InicioApuntes Y MonografiasEsclavitud y Explotación Infantil

Los niños fueron siempre las primeras víctimas de la explotación y la barbarie. Al surgir la sociedad capitalista, ellos pasaron a engrosar el ejército de esclavos modernos, y de estas fuerzas de trabajo se nutrió la burguesía para obtener pingües beneficios a cambio de pobreza.


En efecto, a finales del siglo XIX, en Inglaterra existían niños obreros en casi todas las fábricas. Hacían trabajos livianos y concretos, y adquirían una experiencia que garantizaba el porvenir de la industria. Los capitalistas sabían que la fuerza de trabajo de un niño implicaba menor salario y más capital, aunque los niños, al igual que los adultos, constituían un factor tan importante como los medios de producción.

La explotación infantil azota en especial a países en vías de desarrollo, donde el trabajo infantil, lejos de toda crítica, está considerado como un fenómeno social que forma parte de las infraestructuras de la sociedad y de la vida familiar.

Se considera " explotación infantil " a todo tipo de trabajo cuya actividad económica de producción afecta el desarrollo personal o el disfrute de sus derechos de los menores de edad, todo trabajo que implique un riesgo y sea peligroso para la salud de los menores de dieciocho años.

¿Cuáles son las razones que motivan la explotación infantil ? Son varias, como la negligencia de los padres o la orfandad. Asimismo, la marginación social y extrema pobreza hacen que los niños trabajen para mantener la economía familiar, a veces, bajo el control de las redes del crimen organizado que usan y abusan a los niños y las niñas en sus propósitos económicos, como la mendicidad y la prostitución.

En ciertos países se posee todavía al hijo como si fuese un objeto, se menosprecia a la hija como a un minusválido, y quien tiene la suerte de ser varón y nacer sano, tiene la desgracia de empezar a trabajar mucho antes de cumplir los diez años de edad. Se calcula que los niños constituyen el 11% de la población activa en Asia y el 20% de la población infantil en África.

Según estimaciones del Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef), se cifra que alrededor de 346 millones de niños y niñas son sujeto de explotación infantil en el planeta y al menos tres cuartas partes (171 millones) lo hacen en condiciones o situaciones de peligro. Es decir, son millones los niños y las niñas que sacrifican su salud, educación y niñez en una lucha diaria por la supervivencia, aunque la pobreza de una familia no puede cargarse en las espaldas de un niño, siendo ésta una obligación de los gobiernos, que deben resolver las necesidades básicas de una familia de escasos recursos, en procura de garantizar la salud y la educación básica gratuita para todos los niños. Tampoco está por demás que las instituciones pertinentes del Estado desarrollen campañas para concientizar a la población de que todo tipo de trabajo infantil es una violación a los derechos de los niños y las niñas.

Sin embargo, los niños son los excavadores de la arcilla para la fabricación de ladrillos artesanales en Bogotá y los cargadores de carbón en las minas de Boyará, los fabricantes de vidrios en Delhi, los tejedores de alfombras en Nepal, los fabricantes de bombillas en Indonesia, los trabajadores del subsuelo en las minas de Bolivia y Perú, los empleados en las curtiembres de El Cairo, las prostitutas en los burdeles de Manila y Bangkok, los trabajadores de la cosecha en África, los confeccionadores de colgadores y broches de camafeo en Italia, los empleados de restaurantes y supermercados en Inglaterra, los vendedores ambulantes en España y los miles de niños insertos en el sector del calzado y textil en Portugal.


La pobreza ha lanzado a las calles a millones de niños, que luchan por la “supervivencia errática”, teniendo el asfalto como único hogar. No tienen familia ni esperanzas para el futuro. Viven cada día como si fuese el último. Algunos visten harapos, comen lo que encuentran a su paso, y quienes no duermen en los sótanos de los edificios abandonados o sobre tiras de periódicos, duermen acurrucados en los portales o amontonados en los parques.

Los niños sin hogar, que viven abandonados por sus padres o como fugitivos de la violencia familiar, son los parias de la sociedad, los “hijos de nadie” o “niños desechables”. No se los considera verdaderos ciudadanos, porque no existen leyes que los amparen. Son pequeños andrajosos, raterillos de ocasión y víctimas de los matones que han implantado clandestinamente la pena de muerte para “limpiar las calles comerciales” de las grandes ciudades. En el mundo viven unos 150 millones de niños en la calle y el número de parias crece a ritmo acelerado. En América Latina se calcula que hay 80 millones de niños que no tienen hogar ni un techo bajo el cual cobijarse. Y a medida que el deterioro económico, social y político toma sitio en vastos sectores de la población, los niños del asfalto van en busca de sitios que les garantice abrigo, comida y subempleo. Los niños y adolescentes sin hogar, cuyas edades oscilan entre cinco y diecisiete años, utilizan sustancias alucinógenas, ingieren bebidas alcohólicas y fuman tabaco u otras sustancias volátiles.

Los niños sin techo provienen, generalmente, de barrios marginales y se enfrentan a una realidad apocalíptica que los estadistas demuestran con números. De noche duermen bajo las marquesinas o en los porches, se esconden en galerías comerciales o, simplemente, pasan las noches acurrucados en las veredas. Durante el día andan en grupos; son limpiabotas, mendigos, ladrones o prostitutas. Y, como los “niños de la calle” suscitan la ira de los hoteleros y tenderos que trabajan con los turistas, se han convertido en las víctimas fáciles de los temibles “escuadrones de la muerte”, bandas de pistoleros a sueldo, integradas por policías, expolicías matones y delincuentes al servicio de los comerciantes que se enfrentan contra los “niños de la calle”, con la lógica perversa de que más vale matarlos ahora, y evitar así que se conviertan en bandidos cuando crezcan.

Amnistía Internacional denunció que varios miles de niños fueron ya asesinados por los “escuadrones de la muerte”, tanto en Colombia, Guatemala y Brasil. Cabe recordar que, la noche del viernes 23 de julio de 1993, la Iglesia más famosa de Río de Janeiro fue salpicada de sangre. Ocurrió que dos coches y un taxi frenaron delante de la Catedral de la Candelaria, en el centro financiero de la ciudad. Un grupo de hombres descendió portando armas de fuego, dos de ellos encapuchados. Se acercaron a los que dormían al amparo de la Catedral y dispararon contra casi treinta niños. Siete de ellos murieron en el acto. Los que sobrevivieron a la masacre, empapados en sangre, escaparon en desbandada. La noticia conmocionó al mundo entero, la sociedad brasileña reaccionó con indignación, funcionarios de los Derechos Humanos condenaron la masacre, personalidades políticas y religiosas exigieron castigo a los culpables, mientras los cadáveres infantiles seguían apareciendo en terrenos baldíos de los suburbios, las manos atadas a la espalda y la frente perforada por un tiro.

En las calles de México y Venezuela, los niños trabajan como “dragones”, absorbiendo gasolina para luego lanzarla por la boca, sin otra ayuda que una antorcha que sostienen en una mano, mientras con la otra recogen la limosna; en Guatemala existen miles de “niños de la calle”, conformados en bandas que la población denomina “morras”. Los “morras” crean problemas sociales, pero el gobierno insiste en solucionar de la manera que trata todos los problemas nacionales. Es decir, mediante la violencia y el crimen.


Los “niños de la calle” no sólo son aquéllos que salen de sus hogares por razones económicas o por el tipo de relaciones violentas sostenidas con sus padres, sino también aquéllos que trabajan en lo que pueden, como las niñas prostitutas que venden su cuerpo a cambio de un plato de comida, y cuyas consecuencias se ven reflejadas en la maternidad precoz, los problemas de salud por abortos ilegales o el abandono de los hijos. El escaso trabajo que pueden conseguir como cocineras o “empleadas domésticas” no es más que un espacio de explotación y, con frecuencia, de agresión o acoso sexual permanente de parte del patrón.

En el sudoeste asiático, sobre todo en la India, miles de niños trabajan como siervos. La mayor parte de ellos han sido vendidos por sus paupérrimas familias por un puñado de rupias. La periodista sueca Majgull Axelsson, en su libro “Våra minsta bröder” (Nuestros hermanos menores), reveló que en una fábrica de caramelos en Bangkok trabajaban un centenar de niñas en condiciones infrahumanas. Todas eran propiedad de la fábrica, no conocían feriados ni días libres, pero trabajaban 13 horas diarias en posición inclinada. Cuando esta fábrica fue denunciada como ilegal, tras la muerte de una niña obrera, la autopsia constató que ésta tenía los intestinos y el estómago vacíos. También se descubrió la mazmorra de una fábrica clandestina de papel, donde treinta niños con una edad media de trece años eran obligados a trabajar a destajo. Además, para que pudiesen aguantar la jornada laboral de dieciocho horas, eran obligados a consumir anfetaminas. Ninguno de ellos recibía salario, pero todos tenían lesiones óseas e infecciones en la piel.

Los menores están desamparados de la protección social. Los sistemas judiciales de muchos países son en general bastante indiferentes ante este drama y los porcentajes de niños y niñas trabajadores parece aumentar más que disminuir, aunque las autoridades pertinentes contemplan castigos judiciales a empresas que contratan niños y niñas. Las formas más degradantes de la explotación infantil son difíciles de controlar porque están en manos del crimen organizado y las actividades ilícitas.

Los mercaderes de “mano de obra infantil” siguen convencidos de que los niños son idóneos para realizar ciertos trabajos, porque tienen los dedos ágiles y la vista muy fina, y son capaces de estar sentados en la misma posición durante horas, como los niños recolectores de flor de jazmín y los trabajadores de la industria de las alfombras en la India y Pakistán, o el caso de los miles de niños que trabajan en las minas de Meghalaya, reptando por túneles que apenas tienen 90 centímetros de diámetro.

En Pakistán se registran algunos de los casos más graves del sistema de servidumbre por deudas, lo mismo que en la India, donde la práctica de la servidumbre por deudas afecta a millones de niños que trabajan en la agricultura, las canteras y el servicio doméstico. De modo que las promesas de educación, alojamiento y formación que los empresarios prometen van cayendo poco a poco en saco roto, para convertir a estos pequeños en los nuevos esclavos de nuestro orden económico.

Si se considera que los niños y las niñas tienen derecho a la escolaridad, como parte de sus derechos fundamenteales, entonces se deben abolir los trabajos que ponen en riesgo su salud mental y física, como los trabajos que se realizan en las canteras y los socavones; o aquellos que los obligan a trabajar ocultos a la luz pública, en situaciones infrahumanas, en largas horas de trabajo y poca remuneración y que obstaculizan el normal desarrollo de su crecimiento.

Los niños trabajadores son niños sin infancia, porque se hacen adultos quemando etapas de su vida. Son niños cuyos ojos no reflejan la felicidad ni la alegría, niños que no conocen lo que es el juego ni la escuela; son niños que buscan la alegría y no la encuentran, puesto que para ganarse unos centavos están obligados a realizar un trabajo demasiado pesado para sus cuerpos pequeños y mal alimentados; son niños que sufren hambre, abandono, incomprensión y desamor.

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