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El hombre que estuvo 64 años meando plutonio

UPPU es el club radiactivo más selecto del mundo: las 26 personas fabricaron las bombas atómicas en Los Alamos durante la Segunda Guerra Mundial El plutonio es el tipo de elemento de la tabla periódica con el que no te gustaría cruzarte en un callejón por la noche. Altamente radiactivo y todavía más tóxico, el plutonio es algo así como el Hannibal Lecter de la tabla periódica. Por suerte, está confinado en la última fila de la citada tabla, dos casillas a la derecha del uranio, con un número atómico de 94, lo que indica muchos protones. También por suerte el plutonio no existe en la naturaleza, de modo que para obtenerlo hay que irradiar con deuterio a su vecino de tabla, el más terrenal uranio. Hechas las presentaciones, vayamos de visita a uno de los clubs más selectos del mundo: el UPPU, cuyas siglas en inglés significan “tú meas plutonio” (“You Pee PlUtonium”). Con certeza, los 26 miembros que integraron el club hubieran preferido que no les admitiera, acogiéndose a la “doctrina Groucho Marx”, pero alguien tenía que hacer el trabajo sucio: obtener unos diez kilos de plutonio para armar la bomba atómica que arrasaría Nagasaki (la primera, que asoló Hiroshima, era mucho más voluminosa: estaba basada en uranio). Los 26 del UPPU fueron los primeros humanos en entrar en contacto con el malhallado plutonio, obtenido por vez primera en 1941 en el laboratorio de Los Alamos, en California. Maticemos: “entrar en contacto” no es el término más adecuado. Como decía al principio, el plutonio es uno de los elementos más tóxicos conocidos, tanto que una dosis casi imperceptible puede dejarte el sistema inmunitario jodido de por vida. El plutonio se manipula en vitrinas completamente aisladas, en la que los operarios introducen sus manos en unos guantes a prueba de radiaciones. El contacto, por tanto, es imposible. A menos que… Uno de los miembros del club, un tal Theodore Magel, sufrió un desdichado accidente en 1944. Mientras manipulaba en el citado artilugio un fragmento de plutonio (en estado sólido es un metal de color gris y altísima densidad) se pinchó con una aguja, que atravesó el guante y se le quedó bajo la piel una bolita de plutonio -insistimos: el Hannibal Lecter de la tabla periódica-. Teniendo en cuenta el estado del arte de la medicina y el conocimiento de la radiactividad en aquel momento lo previsibe era que Magel hubiera muerto entre estertores, incapaz de digerir alimentos tras la aniquilación de las células de su intestino delgado, según me describe demasiado gráficamente Pepe Cervera, periodista y “aficionado irredento a los elementos transuránicos”, según sus propias palabras. Los doctores del Ejército de EEUU no tenían experiencia en infecciones por plutonio, como no la tenía ningún otro galeno del mundo en aquel momento, así que sometieron a Magel a un estricto seguimiento durante los siguientes años: 64 en concreto, que fueron los que sobrevivió, alcanzando la provecta edad de 89 años cuando falleció, de viejo, en 2008. Cada día de estos dos tercios siglo Nagel meó, literalmente, plutonio. Bien es cierto que en cantidades ínfimas (eran necesarios cuatro litros del pis de Nagel para detectar trazas del plutonio), pero, insisto, estamos hablando de uno de los elementos más tóxicos conocidos (creados, en este caso) por el hombre. Ted Magel tiene todo el derecho de arrogarse el título de presidente del distinguido clup UPPU. No se vayan todavía, aun hay más. Desafiando las leyes de la radiactividad, de la posología y de la probabilidad, los 26 del UPPU vivieron más tiempo y con mejor salud que sus iguales en otros departamentos científicos del Ejército. Vivieron por encima de sus posibilidades, como dicen ahora tipos muchos menos duros que aquellos pioneros del plutonio. Valga un dato para entender esta anomalía médica que es la extraordinaria supervivencia de los miembros del UPPU. La radiación ionizante de un cuerpo no expuesto a radiactividad, el suyo lector o el mío propio, ronda los 350 milirem (3,5 Sv). Las dosis del club de los 26 oscilaban entre 100 y 1.000 rem. Para hacernos una idea, 1.000 rem es la dosis que recibirías después de hacerte 100.000 radiografías de tórax, una exposición que mataría a más de la mitad de las personas. ¿Mutantes o tipos duros?
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