Hace unos años, en un evento de lectura y discusión sobre poesía y ciencia, un querido amigo científico (ahora también poeta) expresó que la investigación científica era una labor muy ardua y desgastante. Fue inmediatamente refutado por otro contertulio, ajeno al mundo científico, quien aseguró que la ciencia “era bella y divertida, no sufrida” (o algo así, cito de memoria).

Y es que la imagen popular de la ciencia, la que tiene el ciudadano común, al tiempo que la presenta como producto de inventores o científicos locos, como una labor más bien rara, mecánica, aburrida y difícil (eso sí: nunca creativa –creativos, los artistas–, aunque en realidad un científico siempre tiene que serlo: para generar nuevas hipótesis, experimentos para someterlas a prueba, enfoques para interpretar los resultados…), también la idealiza. Un científico es bueno, sabio y feliz (como Einstein, o como los personajes del programa de TV The big bang theory).
El autor de este blog con John Ziman,
Salamanca, España, 2002
Lo cierto es que, como para cualquier profesión, para ser un buen investigador científico se requiere poseer ciertas habilidades y cierto tipo de personalidad. El físico y estudioso de la ciencia John Ziman, uno de los iniciadores del movimiento CTS (ciencia, tecnología y sociedad), afirmaba en su excelente libro Enseñanza y aprendizaje sobre la ciencia y la sociedad (Fondo de Cultura Económica, 1985) que el científico, además de originalidad –creatividad– debe poseer ciertas habilidades técnicas –de ahí la necesidad de largos años de estudio– y la dedicación necesaria. Porque la ciencia es un oficio que muchas veces puede ser tan demandante como el de pianista o bailarín de ballet.
Y en efecto: no se puede ser pianista o bailarín practicando unas cuantas horas a la semana; hay que hacerlo “24/7”. Y no se puede ser un buen investigador trabajando de 9 a 5. En muchos laboratorios –especialmente en el competitivo ambiente de los Estados Unidos–, es frecuente que las labores se prolonguen hasta altas horas de la noche, e incluyan fines de semana y días festivos (cuando hice mi servicio social y tesis en un instituto de la UNAM, no era raro ver estudiantes de doctorado que iban a trabajar en domingo).
Alfredo Quiñones (centro) con su equipo
En el número más reciente de la revista Nature (1º de septiembre) aparecen dos textos que abordan el asunto. En un reportaje, Heidi Ledford presenta el caso del grupo de investigación de Alfredo Quiñones Hinojosa, que comenzó como inmigrante ilegal en los campos de cosecha de California, y hoy es un exitoso neurocirujano en un importante hospital de la Universidad Johns Hopkins en Baltimore. Para los estudiantes y colaboradores de Quiñones, es común trabajar hasta la medianoche, alimentarse de comida rápida sin salir del laboratorio y tener juntas los viernes hasta las 10 pm. “No tengo nada en contra de las vacaciones; tómate el fin de semana”, afirma Quiñones medio en serio, medio en broma. Y añade estar convencido de que “cuando das ese extra, estás entrenando tu cerebro como un atleta”.
Puede sonar horrible, pero no es raro. Al parecer, el científico promedio en Estados Unidos trabaja 50 horas a la semana. “La ciencia es una amante cruel”, afirma otro investigador, Pierre Azoulay, del Instituto Tecnológico de Massachusetts, haciendo referencia al título de la magistral novela de Robert A. Heinlein The moon is a harsh mistress. Y añade: “creo que pocos científicos esperan tener un trabajo de 9 a 5”.
Aunque hay estudios que muestran que este estilo de trabajo rinde frutos –los laboratorios más industriosos son los que producen más artículos científicos (no en balde la palabra “laboratorio” viene de “labor”)–, también tiene un costo. Quiñones acepta no ser un buen padre, y el nivel de estrés y desgaste puede ser un problema para quien no se adapte.

Pero hay también otras formas de hacer ciencia. Ledford cita al psicólogo Dean Simonton, quien sostiene que el estilo “monástico” de muchas instituciones científicas disminuye la creatividad. Y en un lúcido comentario, publicado también en Nature, la investigadora biomédica Julie Overbaugh asegura que para ella, un buen nivel de vida es tan importante como ser productiva, sobre todo porque toda persona tiene, además de las demandas académicas y administrativas de la ciencia, otras presiones, como criar a los hijos, cuidar a los padres, enfermedades, accidentes…
Un equipo “fatigado e infeliz” no puede ser muy creativo, comenta Overbaugh, que suele jugar basquetbol y tenis, ir al bar con amigos, tomar clases de arte y salir en bicicleta o de caminata (“ahí es donde he tenido varias de mis mejores ideas”). Y defiende la necesidad de recuperar la costumbre de “tomar una taza de té y discutir temas científicos”.
No, ser científico no es una vida fácil. Pero para quienes tienen la personalidad correcta, y encuentran un estilo de vida compatible con la ciencia, es también una vida increíblemente satisfactoria. Si no, no estarían ahí.