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Mi carta a Chávez: No sólo nos hizo soñar. Nos saco de la pesadilla

Miguel Ángel Pérez Pirela
Columna Cayendo y Corriendo






Cómo escribir hoy sobre vos, Chávez. Hoy que todo lo que pueda decir, no sólo está de más, sino también de menos.

Hoy todo lo que pueda expresarse, lo está diciendo ese río Orinoco de pueblo desbordado y viéndote testarudamente a cuentagotas.

Hoy, vos mismo habláis sobre vos, a través de tus obras: personas que salieron de la ceguera, del hambre, del analfabetismo, de la pobreza, de la calle, de las drogas, en fin, de esa pesadilla de la cual vos nos sacaste.

Chávez, si vos nos hubieras hecho sólo soñar, hubiera sido ya mucho. Pero no. Vos nos hiciste soñar y, al mismo tiempo, nos sacaste de la pesadilla en la cual vivíamos.

Te confieso que desde ese 5 de marzo, cada mañana, abro los ojos, esperando que todo esto sea una pesadilla. Una mala jugada de mi inconsciente, y no del destino.

Pero después vuelvo en mí, respiro profundamente, y me doy cuenta que la única verdadera pesadilla hubiera sido que vos no hubieses existido; que vos no hubieras sido Chávez, nuestro Chávez; nuestro padre, hijo; nuestro líder, Presidente; nuestro corazón, corazón de la Patria.

Miro a mi alrededor y, aunque parezca fuera de lugar, le doy "gracias a la vida que nos ha dado tanto". Sí, porque para sentir que te perdí (físicamente), te tuve que haber sentido antes aquí conmigo, con nosotros.

Ya no escucharemos más "en vivo y directo" el clarín de tu voz que nos despertaba cada mañana, que despertaba nuestras conciencias, que despertaba todo lo dormido. Pero ahora vos te transfiguraste en cada cosa. Bien hubiera podido decir Neruda de vos, lo que dijo de Bolívar:

Padre Chávez, "Padre nuestro que estás en la tierra, en el agua, en el aire
de toda nuestra extensa latitud silenciosa".

Gracias, hijo Chávez. Gracias por esta tristeza inmensa que siento. Gracias porque tu muerte física hace sentir vivo a todo un pueblo, nos hace respirar con un mismo suspiro, llorar con esa misma lágrima, sufrir con esta misma alegría de haberte tenido y tenerte, aquí, con nosotros.

Chávez, ya no repicará más ese teléfono desde el cual hablamos de "filosofía de la comunicación", de Karl-Otto Apel, de Habermas o Dussel; ya no me sorprenderás más en Cayendo y Corriendo para conversar sobre el concepto de "Partido" o los límites de las "encuestadoras"; ya no me llegará más esa corbata que me enviaste como tierna mamadera de gallo por haberme puesto una tan fea...

Ya ni yo, ni nadie, esperará por una palabra, gesto, reunión, alocución, Aló Presidente o presencia tuya, pues, ahora que moriste físicamente, te volviste inmortal, y estás y estarás, por siempre jamás, aquí conmigo, con nosotros, de batalla en batalla, de victoria en victoria.

Termino estas líneas con unas palabras de un niño de 4 años a quien le leí, antes que a todos, estas líneas. Él me pidió que las terminara así:

"Chávez, nos faltas".





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