La conquista del Imperio Azteca: La asombrosa gesta de Hernán Cortés


La noticia del descubrimiento de América por Cristóbal Colón en 1492, asombró de forma indeleble al Viejo Continente y se convirtió en uno de los hitos más importantes en la historia del mundo. Cientos de aventureros, obsesos por el oro y la codicia, emigraron hacia las nuevas tierras en búsqueda de gloria militar y personal. Uno de ellos, Hernán Cortés Monroy (1485-1547), sería el protagonista de una verdadera proeza al conquistar, con no más de 1,000 españoles a su mando, un enorme imperio de millones de súbditos. En la historia, pocas campañas militares han tenido tal dosis de suerte, perspicacia, diplomacia y precisión. Cortés, he de allí la importancia de su recuerdo, hizo posible lo imposible: Construir los cimientos de la futura nación mexicana.
La conquista se inició tras la búsqueda de una efectiva solución al gran problema que España generó con su sangrienta expolición a tierras caribeñas, las primeras que descubrió. Las injusticias y variopintas exacciones motivaron la preocupación de las mismas autoridades de la Corona, que en respuesta decretaron las famosas Leyes de Burgos, con las cuales se pretendía limitar los abusos sobre la población indígena. Sin embargo, y a partir de la secularización del imperio, estas atenciones fueron omitidas, degenerando en un brutal sistema de trabajo que ocasionó la muerte masiva de la población aborigen, diezmada por las enfermedades traídas por los invasores y el demoledor peso del trabajo. La preocupante baja de la fuerza laboral esclava, impulsó a las autoridades españolas a buscar mano de obra nueva en las tierras circundantes.
En efecto, Diego Velázquez de Cuellar, gobernador de la isla de Cuba (en esos años Fernandina) organizó 3 expediciones al actual territorio de México. La primera, en 1517, estuvo a cargo de Francisco Hernández de Córdoba a quién se le conoce como el “descubridor de Yucatán”. Esta primera expedición fue bastante accidentada, pues los habitantes atacaron a los expedicionarios tres veces, en Ekab, Chakán Putum y en la península de la Florida. Decepcionado por los resultados, Velázquez organizó y envió en 1518 a Juan de Grijalva como capitán de la segunda expedición, en la cual el clérigo Juan Díaz participó como capellán y escribió la crónica Itinerario del viaje. La expedición, cuyo objetivo era establecer villas o guarniciones, no tuvo el éxito deseado. Velásquez, irritado por los continuos fracasos, organizó una tercera expedición en 1519, la de la conquista.
La tercera expedición
Velázquez designó a Hernán Cortés Monroy Pizarro Altamirano (nombre completo del conquistador) para este viaje en el cual ambos participaron de los gastos; no obstante, pronto tuvieron desavenencias y Velásquez, que prácticamente había perdió el control de la expedición, intentó detenerlo enviando sendas cartas de queja ante el rey de España, Carlos I de la Casa de Habsburgo. Pero Cortés, mucho más astuto, se granjeó el favor de sus subordinados y lejos de detener la expedición, pasó a reclutar voluntarios reuniendo un total de 550 españoles, 16 caballos, 14 cañones, 32 ballestas, 13 escopetas y 200 auxiliares (entre nativos de la isla y esclavos negros).
Mientras tanto en España, el rey Carlos I había firmado el 13 de noviembre de 1518, el documento que autorizaba a Velázquez a realizar la expedición. Parecía ser el final de Cortés; pero el Gobernador de Cuba, que obviamente no podía saber del dictamen a su favor, perdió el tiempo enviado diversas cartas, una de ellas muy amenazante dirigida al propio Cortés, y las otras a Juan Velázquez de León, Diego de Ordás, y al alcalde de la Trinidad, Francisco Verdugo, pidiéndoles entretener la salida de la expedición o en todo caso, la detención del caudillo. De nada valieron sus esfuerzos. Ansioso de riqueza, Cortés tuvo el talento suficiente como para recalar en el puerto de la Habana (actual Cuba) y abandonar sus costas el 10 de febrero de 1519. Nueve barcos zarparon por la banda sur y dos barcos por la banda norte. La conquista del imperio mexicano estaría por iniciar.
El imperio mexica (erróneamente llamado azteca), tenía controlado todo el centro actual de México y gobernaba sobre una multitud de pueblos vasallos que anhelaban su caída. Cortés, perceptivo como nadie, quiso aprovechar esa debilidad en su favor. Sin embargo, él mismo no contaba con que atribuyeran su desembarco en tierras mexicanas como el cumplimiento de una fabulosa profecía: El regreso del dios Quetzalcóatl (dios principal dentro del panteón mexica). Los estupefactos vigías que los vieron llegar, hablaban de los hombres de Cortés como hombres barbados de piel blanca que provenían de “montañas que se movían sobre el agua”.
Moctezuma Xocoyotzin, el máximo líder mexica, ante aquellas inesperadas visitas, ordenó al calpixque de Cuextlan, llamado Pínotl, construir atalayas y montar guardias en la costa de Nautla, Toztlan y Mitlanquactla, para vigilar el posible regreso de las embarcaciones. En principio, no hubo nada que lamentar. Los primeros y breves encuentros terminaban en intercambios comerciales en el que los españoles privilegiaron, naturalmente, el oro. No fue hasta cuando llegaron a Centla, actual estado de Tabasco, cuando se enfrentaron por primera vez (Batalla de Centla, 14 de marzo de 1519) con los indios mayas. Los nativos sufrieron un gran susto al ver a los caballos, nuevos para ellos, y el estallido de las armas de fuego. Ya victoriosos, fueron agasajados con la entrega de varias mujeres, una de las cuales, Malintzin (Malinche) sería madre de una de las hijas de Cortés e interprete oficial de los llegados pues dominaba el maya y el nahuatl, las dos principales lenguas aborígenes.
Cortés, tras fundar la Villa Rica de la Veracruz (hoy Veracuz), se encontraría con las totonacas de Zempoala, de quienes recibió informaciones sobre el rey Moctezuma II. Éste, enterado de su presencia en la zona, le envió joyas, oro, plumajes y varios presentes, lo cual no hizo sino despertar más la codicia de los españoles. Moctezuma, hombre supersticioso en extremo, pensaba que la llegada del dios Quetzacoatl por fin se había producido, por lo que envió de nuevo hombres a Cortés con discos tallados en oro y plata. Ante tal muestra de riqueza, Cortés decidió ir hacia Tenochtitlán, capital del reino, no sin antes aliarse hábilmente con los enemigos de los mexicas, quienes le brindaron su apoyo.
Alianzas y emboscadas: El camino a Tenochtitlán
Al inicio, la trayectoria de los conquistadores no fue fácil. Cruzaron la Sierra de Puebla con abastecimiento muy limitado de agua; luego se dirigieron hacia el norte pasando por los poblados de Altotonga, Xalacingo y Teziutlán hasta llegar a Zautla, donde fueron recibidos por el gobernante local Olintetl. Cortés, que deseaba atraerse los favores de tan poderoso líder, intentó convencerlo inútilmente. Empero, Olintetl no les negó su hospitalidad. Días después, prosiguieron su marcha. La siguiente parada era el reino de Tlaxcala, también tributario de los mexicas, una confederación de ciudades-Estado conformada sobre la base de una triple alianza entre Texcoco, Tlacopan, y Tenochtitlan. Siendo éste último el que reinaba, no faltaron los descontentos en los demás señoríos, impedidos de alcanzar el poder.
En medio de esa rivalidad local, llegó Cortés. El “senado” de Tlaxcala, enterado de la llegada de los españoles, se reunió para deliberar la propuesta de Cortés pues como otros pueblos de la zona, estaba ampliamente extendido que los visitantes debían ser semi-dioses. Sin embargo, el veredicto fue contrario a Cortés. El 2 de septiembre de 1519 fueron atacados por los guerreros tlaxcaltecas; pese a la situación desesperada, el impacto de un armamento superior aunque escaso, dio sus frutos. Las tropas de Cortés y sus aliados resistieron incluso, un nuevo ataque, después del cual, y en vista que no podían derrotarlos, el senado de Tlaxcala ordenó a su máximo general, Xicohténcatl Axayacatzin, detener la guerra para negociar un acuerdo de paz. Éste se celebró el 18 de septiembre de 1519. En la reunión, se estableció la crucial alianza para hacer frente a los mexicas, que ya para entonces, estaban a sólo días de distancia.
Antes de dirigirse hacia Tenochtitlan, Cortés llegó a Cholula, ciudad tributaria y aliada de los mexicas, y que tenía una población de 30,000 habitantes. Durante 2 días el trato para los recién llegados fue hospitalario; poco después, las autoridades cholultecas comenzaron a evadir a Cortés y sus capitanes y el español se sorprendió. Pronto sabría la verdad: Los cholultecas, enemigos de los tlaxcaltecas, odiaban la unión forzada entre ellos y Cortés, de modo que siguiendo instrucciones secretas de Moctezuma, habían jurado asesinar a ambos tras una emboscada. El conquistador entendió que debía salvar la vida y se adelantó. Más de 5,000 hombres murieron en menos de 5 horas bajo el acero de las espadas españolas y la furia incontrolable de sus aliados tlaxcaltecas y totonacas. Tras la victoria, los españoles se apoderaron del oro y las joyas, mientras que los aliados indígenas tomaron la sal y algodón. Catorce días permanecieron en el lugar; luego partieron hacia Tenochtitlán.
La vista de los españole sen sus caballos, su vestimenta y la naturaleza de sus armas y artillería asombraron vivamente a los indígenas. Moctezuma, enterado de cuan cerca estaban los “semi-dioses”, intentó detenerlos enviando embajadores, entregándoles mujeres y ricos presentes pero no pudo convencer a Cortés. Cuando llegaron al valle de México, el ejército compuesto por 400 españoles, 4,000 tlaxcaltecas y 16 caballos, entró el 8 de noviembre de 1519 a la ciudad de México-Tenochtitlan, magnífica urbe construida en una isla del lago de Texcoco y unida a tierra por 3 calzadas principales.
La noche Triste y la muerte de Moctezuma
Moctezuma Xocoyotzin y un amplio séquito, sin más opción, hubieron de recibirlos. Tras una breve presentación, hubo un intercambio de regalos. Cortés entregó a Moctezuma un collar de cuentas de vidrio que se llamaban margaritas y el gobernante entregó al caudillo un collar con 8 camarones de oro. Posteriormente los españoles fueron alojados en el palacio de Axayácatl, cercano al recinto sagrado de la ciudad. Resulta extraño ver como un imperio daba tantas licencias a los forasteros sin haberlos aniquilado de inmediato, lo cual solamente puede explicarse por el ánimo supersticioso de Moctezuma, quien pese a ser un guerrero experimentado, continuaba con la idea que posiblemente los extraños visitantes eran semidioses. Se entrevistó pues, de forma privada con Cortés y dio a entender, de acuerdo a diversas crónicas, su sumisión como vasallo del rey Carlos I de España.
El hecho sentó un precedente peligroso para Moctezuma, que desde entonces, tuvo que bregar muy duro para evitar levantamientos de sus súbditos, indignados por cómo la cruz había tomado el lugar de sus antiguos y habituales dioses. Los españoles, por su parte, descubriendo por casualidad las reservas de oro de la ciudad, no pudieron ocultar su gran ambición y Moctezuma, que ya sabía que era lo que buscaban, les dio cuanto pudo. Pero Cortés se mostraba insaciable. Y eso hizo fastidiar a los mexicas, que empezaron a dudar de Moctezuma. Pero ya era tarde para rebelarse. Moctezuma, sometido a constante vigilancia, estaba neutralizado. Entretanto, Cortés organizó expediciones para visitar las minas cercanas. Abandonar la ciudad significó para Cortés enfrentar el episodio conocido como la “Noche triste”.
Fuera de Tenochtitlán, Cortés tuvo noticia de la expedición de apresamiento enviada por Diego Velásquez y capitaneada por Pánfilo de Narváez. Sólo su astucia y su temple en momentos desesperados pudieron anularla y mientras estaba de regreso, supo que las fuerzas a cargo de Pedro Alvarado estaban siendo amenazadas. Alvarado, creyendo que los nativos maquinaban su muerte, cerró los accesos alrededor del templo durante una ceremonia en honor del dios Huitzilopochtli y mató a mansalva a los nativos. Los mexicas, desarmados, no pudieron hacer nada ante la insanía de un irresponsable. Altos dirigentes de la nobleza, veteranos de guerra, los calpixques, los intérpretes de códices, todos murieron. La dimensión del asesinato quebró las cadenas del respeto que sentía el pueblo hacia Moctezuma y se rebelaron, sitiando el palacio real durante más de 20 días. Los españoles, atrincherados, llevaron a Moctezuma y a otros jefes con ellos para quizás usarlos como rescate.
La noticia de lo ocurrido debió haber impactado a los españoles. En un intento por traer la paz, Cortés hizo que Moctezuma subiera a uno de los muros del palacio para que hablara con su gente y los tranquilizara; sin embargo, la multitud enardecida comenzó a arrojar piedras, una de las cuales hirió a Moctezuma de gravedad durante su discurso y moriría 3 días después. Cortés, alarmado, se reunió con sus hombres. Sin agua y alimentos, y con todo un pueblo iracundo afuera, lo mejor era abandonar la ciudad. ¿Pero cómo hacerlo si los puentes de salida y entrada habían sido destruidos? Cortés ordenó utilizar las vigas del Palacio a manera de puentes portátiles.
El 30 de junio de 1520, (la célebre Noche Triste) Cortés salió de Tenochtitlan. La lucha por la vida fue espantosa. Murieron unos 800 españoles y gran número de aliados, además de 40 caballos, cañones, arcabuces, espadas, arcos y saetas de hierro, así como la mayor parte del oro. El propio Cortés fue herido en una mano. Aquella noche, la peor que vivió desde que llegó a México, Cortés, los pocos que le quedaban y de la leal Malinche, sentían que lo habían perdido casi todo. No obstante, la voluntad del extremeño era inquebrantable. Meses después, preparó la contraofensiva, la cual no hubiese logrado sin la ayuda de los tlaxcaltecas, que vieron en él, ilusamente por cierto, la derrota de sus odiados opresores mexicas.
El regreso de Cortés y la toma de Tenochtitlán
Allí, durante meses mascó la venganza y trazó un plan de ataque. Asoló la comarca y puso sitio a Tenochtitlán. Pero la gran ciudad no era fácil de conquistar. Le faltaba material de asedio y los cañones que tenía eran escasos. Renovarlos, estando tan lejos de España, era imposible. Entonces diseñó una estratagema genial: Si la ciudad se encontraba en un lago, habría que rendirla con barcos. Los mandó construir. Con grandes esfuerzos, construyó una escuadra de bergantines y las botó en el lago. Los mexicas, resistiendo en la ciudad, asistieron con asombro al espectáculo de ver a un hombre sobre embarcaciones de tamañas dimensiones. Dos mil hombres tlaxcaltecas lo acompañaban.
La batalla por Tenochtitlán duró más de dos meses. Fue el único combate naval de la historia librado a 400 kilómetros de la costa y a 2,200 metros de altura. Los aztecas resistieron memorablemente… hasta que les faltó el agua. A principios de agosto, Cuatemoc, el último tatloani, salió de la ciudad en una canoa, huyendo de las tropas españolas que arrasaban Tenochtitlán. El capitán García Holguín detuvo a sus ocupantes. Llevado ante Cortés, el emperador dijo entre lágrimas: “Ya he hecho lo que estoy obligado en defensa de mi ciudad y no puedo más. Puesto que vengo por fuerza y preso ante tu persona y poder, toma este puñal que tienes en la cintura y mátame enseguida con él”. Cortés, conmovido por tanta nobleza, le dejó con vida.
El 13 de agosto de 1521 el orgulloso Imperio Azteca escribía su última página en la historia: la de su rendición. Las cenizas de un imperio vendrían a abonar las raíces de otro. México se convirtió en la posesión más preciada de la Corona, tanto que recibió el nombre de Nueva España. Durante tres largos y laboriosos siglos, lo indígena y lo español se mezclaron, alumbrando el mestizo y fascinante México actual, que con sus 106 millones de habitantes es la nación con más hispanohablantes del planeta. Y todo, pese a las críticas a su figura, gracias a Cortés. Nada menos