
Denunciadores y moderadores:
El título: es descriptivo y no está en mayúsculas, ni es exagerado.
El post:
No contiene información personal, ni de terceros.
No hay fotos de menores.
No hay muertos, ni sangre, ni vómitos.
No es racista, ni discriminador, ni promociona el odio.
No es crap.
No tiene chistes, ni adivinanzas, ni triva.
No hace preguntas, ni críticas.
No tiene insultos.
No tiene intención de armar polémica.
No hace apología del delito.
No tiene virus, troyanos, malware, ni ningún programa malicioso.
Pero sí cumple con todo el protocolo.
El mencionado presidente solía repetir una frase de Aristóteles que dice: "La única verdad es la realidad". Este no es un post político. Este es un post meramente histórico. Yo no digo que nada esté bien, ni que esté mal. Yo no doy ninguna opinión.
Primera parte: De dónde vino mi abuela
1825, Domingo Faustino Sarmiento fundó en San Luis una escuela, en la localidad de San Francisco. San Luis era una provincia muy pobre. Era tan pobre que los hijos de un gobernador fueron analfabetos.
¡Pero tenían una escuela!

A lo largo de todo el siglo XIX esa y otras escuelas normales formaron maestros. (En la Argentina se llaman "escuela normal" las escuelas donde antes salías a los 18 años con título de maestro). En muchas ciudades mendocinas hay calles llamadas "maestros puntanos" porque todos los maestros venían de ahí. ("puntano" es el gentilicio de la gente de San Luis).
Bueno, pasaron los años y en la primera década del siglo XX nació un chico en una familia muy pobre, llamado Napoleón. Vivían en un rancho, en un caserío que ya no existe más: su nombre en idioma ranquel era Rimihuasi. Era muy pobre... pero fue a la escuela. Y ahí leyó muchos libros, y estudió, y se recibió de maestro como todos sus compañeros.
En vez de ejercer el magisterio, se fue a la lejana Buenos Aires para entrar en la marina... Se recibió de marino, y se fue de viaje en la Fragata Sarmiento alrededor de América. En esa época todavía no estaba la Fragata Libertad, y el viaje inaugural lo hacían en la Sarmiento.
Fragata Sarmiento, hoy en Puerto Madero
Y pasaron por Chile, Perú, Ecuador, Colombia, México, hasta llegar a Los Ángeles. En los EEUU vio una sociedad bastante más avanzada que su pobre y árido San Luis. California era igual de desértica, pero estaba llena de riquezas. No era rico el suelo: era rica la gente. Cada persona había aprendido contabilidad, y así podía llevar al día los números de su propio kisco, de su zapatería. Habían aprendido oficios y habilidades productivas. Reflexionó mucho. Él había entrado en la marina por amor a la Patria. Pero él sintió un llamado a una vocación más grande. Cuando volvió a Buenos Aires, abandonó su sueño, y se volvió a San Luis... a ser maestro.

Lo mandaron a una escuelita rural en el medio de la nada. Trabajó y se esforzó. Abrió una biblioteca. Al año, la cantidad de alumnos había crecido un 30%. Tenía muchos proyectos, pero su superior le pidió que hiciera otro sacrificio: que se fuera a enseñar a la ciudad mendocina de San Carlos.
¡Abandonar su escuela y su provincia, para irse a vivir lejos! Pero allá fue, incansable. Y en San Carlos también se esforzó y se sacrificó, y enseñó. Ascendió, fue director, fue inspector de escuelas, conoció a una maestra, se casaron y tuvieron una hija. Y esa hija fue mi abuela.
Siendo hija de maestros, obviamente fue a la escuela. Pero sus padres no se contentaron con eso, e hicieron un esfuerzo muy grande para que la aceptaran en la universidad. ("¡Una mujer!, que se case y vaya a cocinar" le decían). Pero fue y se recibió de licenciada en filosofía, y su tesis fue tan buena que le dieron dos cátedras en la Universidad Nacional de Cuyo. En esa época Evita vivía, y estaba bien visto que una mujer accediera a ese puesto.
Ella tenía una oficina en la universidad, donde recibía a los alumnos, guardaba sus papeles, etc. Un día alguien llama a la puerta... y era un guardia de seguridad.
- Buen día, ¿es usted la doctora C.?
- Sí, soy yo, ¿en que lo puedo ayudar?
- La señora que trabaja en la limpieza me comentó que usted no tiene un cuadro de Evita en su despacho.
- La señora tiene razón: no lo tengo.
- ¿Se lo traigo ahora, o más tarde?
- No hace falta que lo traiga, muchas gracias.
Pasada una semana, ella estaba en su casa, con sus padres (no se casó hasta que tuvo 36 años), tranquila disfrutando la tarde, y suena el timbre... se pregunta quién será...
Cinco policías.
- Buenas tardes, ¿es usted la doctora C.?
- Sí soy yo, ¿ha pasado algo?
- El comisario ha recibido información de que usted no está afiliada al sindicato que debería, además de que usted no quiere un cuadro de Evita en su despacho. A propósito ¡¿tampoco lo tiene en su casa?!
- No: claro que no lo tengo. ¿Es delito?
- Todavía no. ¿Pero, le molestaría acompañarnos?
Afortunadamente el Comisario no era tan mala persona. Durante unas semanas siguió mandando inspecciones, pero no podían hacerle nada porque era una de las pocas profesoras de la facultad y no querían problemas. Eso sí, durante varios meses tuvo a un oficial asistiendo de "oyente" a todas sus clases.
Segunda parte: Cien fotos valen más que mil mentiras
A continuación les presento un libro que fue parte de la enseñanza obligatoria durante el régimen peronista.
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Reflexión:
¿Esto sirve para educar ciudadanos libres?
¿Esto promueve el pensamiento crítico?
¿Esto promueve la libertad y la dignidad de los hombres?
¿Esto tiende a reducir al pueblo a ser una masa controlada de aplaudidores obedientes?
La respuesta depende de la opinión de cada uno de ustedes.
Cierro con una frase de Mariano Moreno:
Si los pueblos no se ilustran, si no se vulgarizan sus derechos, si cada hombre no conoce lo que vale, lo que puede y lo que se le debe, nuevas ilusiones sucederán a las antiguas, y después de vacilar algún tiempo entre mil incertidumbres, será tal vez nuestra suerte mudar de tiranos sin destruir la tiranía