A los que vivimos en fronteras sin divisiones, esta ponencia que tengo el honor de compartir con ustedes nos toca muy de cerca. En mi caso particular, soy una acérrima defensora del “portuñol”, la lengua que brota de mis entrañas y que acunó mi infancia. Vivo en la ciudad de Rivera (Uruguay), que limita con Santana do Livramento (Brasil). Es una frontera atípica y maravillosa. Las calles principales de las dos ciudades se continúan en los dos países: son la calle Sarandí y Avenida dos Andradas. Cuando leí lo que escribió Fabián Severo me emocioné mucho. Él es oriundo de otra frontera norteña como la mía: Artigas en Uruguay y Quaraí en Brasil. Llegó hasta Cuba, y creó un texto tan bello que no cabe dentro de un solo país y se puede aplicar, felizmente, a muchas fronteras del mundo.
Ponencia presentada en el Encuentro de Jóvenes Escritores de América Latina y El Caribe en la Feria Internacional del Libro el 14 de febrero de 2012.
Fue presentada por FABIÁN SEVERO, joven poeta, nacido en 1981 Artigas, República Oriental del Uruguay. Fabián se formó en Literatura en el CERP, y está radicado actualmente en Montevideo. En 2010 obtuvo el premio Morosoli.
Fue presentada por FABIÁN SEVERO, joven poeta, nacido en 1981 Artigas, República Oriental del Uruguay. Fabián se formó en Literatura en el CERP, y está radicado actualmente en Montevideo. En 2010 obtuvo el premio Morosoli.
POESÍA DE FONTERA.
QUÉ PALABRA ES DE DÓNDE EN LA GEOGRAFÍA DE LA POESÍA.
QUÉ PALABRA ES DE DÓNDE EN LA GEOGRAFÍA DE LA POESÍA.
¿En qué lengua hablamos los poetas? ¿Qué gramática besa nuestros pensamientos? ¿Qué diccionario usamos para pintar los ladridos que no nos dejan dormir? ¿En qué mapa calcamos los versos del aire? ¿De dónde somos los poetas? ¿Somos de acá y de allá, ilegales, marginados, indocumentados, ciudadanos del mundo? ¿Qué función cumplimos los poetas? ¿Somos loros repitiendo metáforas enseñadas por nuestros amos o aún tenemos el coraje de innovar? Somos y no. Decimos y ocultamos. Nunca aprendimos a entonar pero cantamos. Somos un purgatorio de palabras. Somos una frontera.
Si los poetas somos como niños que juegan con las palabras, la frontera es una gran juguetería. Hay un río que riega dos países, puentes que llevan y traen, calles que hablan varias lenguas. Allí la sangre se mezcla, la lengua se entrevera, la vida se multiplica. Donde los mapas se unen o se despegan, donde alguien dibujó una línea sobre agua o un borde sobre tierra, la gente vive fronteramente y habla un limbo idiomático. La frontera soy yo que ni sé de dónde soy.
Vengo de la frontera de Uruguay con Brasil. Allí las palabras no necesitan visas ni respetan aduanas, hablamos portuñol, esa lengua que es un puente entre el español y el portugués, y que durante muchos años, algunos quisieron hacerlo un dialecto indigno hablado por por pobres. Pero el portuñol es una lengua rebelde que no respeta geografías ni autoridades. Es el canto de esos pájaros que nos contaba el compositor uruguayo Aníbal Sampayo: “Los pájaros cruzan de un lado al otro, muchos comen en Uruguay y por las noches las bandadas van al otro lado del río y allá duermen. Esas aves no tienen cédula de identidad, no las detienen las aduanas, ni las banderas, ni tienen fronteras”.
¿En qué lengua hablamos los “frontera”? ¿En la lengua que nos enseñaron en la escuela o en la lengua que nuestra madre nos cantaba antes de dormir? Tal vez nos suceda lo mismo que al protagonista del escritor argentino Juan José Saer que decía: "De mi boca sale ya la bendición, ya el veneno, ya la palabra antigua con que mi madre me llamaba al atardecer, entre las fogatas y el humo y el olor a comida que flotaba en las calles rojizas, ya esos sonidos que repercuten en mí como un pozo seco y sin fondo. Entre las palabras que la voz le arranca a la sangre y las palabras aprendidas que la boca come ávida de la mesa de los otros, mi vida se balancea sin parar y traza una parábola que a veces borra la línea de demarcación. Me sientocomo atravesando una región en la que hay zonas diurnas y nocturnas, alternadamente, como el gallo que canta a deshora, como el bufón que improvisaba para Ataliba, entre la risa de la corte, una canción que no estaba hecha de palabras sino únicamente de ruído".
Un día, quise escribir poemas sobre ciertos recuerdos, pero no encontraba el sonido de mi calle. Los versos se partían como un trozo de tierra reseca, las palabras quedaban lejos de la lluvia que mojaba aquellos días. Entonces descubrí que debería intentar recrear el sonido de la máquina de coser de mi madre o la sonrisa con que el Caio me invitaba a remontar cometa. Y allí surgió eso parecido al portuñol, palabras torcidas que traían el olor a humedad de la pared de mi cuarto. Del idioma materno son las palabras del afecto, de la ternura, de las emociones, de la pasión. No puedo recrear ni expresar mi pasado sin ellas.
Desde que escribí “Noite nu Norte”, un libro de poemas en portuñol, he pasado por muchos interrogatorios que casi siempre comentaban con la misma pregunta: ¿Por qué escribiste en portuñol? No sé por qué escribo en portuñol. A veces estoy mirando el cielo a esa hora en que se vuelve confuso de color y siento angustia de no saber quién soy. Entonces, tomo un lápiz y voy dibujando en la hoja esas mágenes que vi vivir o alguien me contó que vivió, que viví o soñé, porque uno también tiene derecho a soñar aunque no tenga con qué. Las imágenes surgen como cuando era niño y calcaba figuras, yo sólo las rescato de la memoria afectiva que las registró en la lengua que me cuidó con amor.
Ojalá pudiera explicarle a la gente, que a veces, cuando estoy recordando aquella tristeza que había en mi tierra, las palabras van saliendo una arriba de otra, todas entreveradas, palabras torcidas. Hay días en que intento enderezarlas, pero no puedo, ellas empiezan a perder su música, su sabor. Las palabras enderezadas son hueso sin carne, muriendo en mis cuadernos. Pero otras veces, las dejo así, todas torcidas, y entonces regreso a mis diez años y ando descalzo por la calle, corriendo con la Gabriela o ayudando a la María a arrancar naranja. Las pocas veces que me pasa eso, me siento triste, me olvido que afuera el mundo es tardecita. Por unos segundos, vuelvo a tener los sueños que caminaban en el medio de las piedras sin saber que las palabras tenían dueño, cuando creía que el mundo era todo mío.
Según el poeta uruguayo Javier Etchemendi: “La frontera es una circunstancia física y psicológica, es el misterio de una luz, de un idioma; la frontera tiene su olor propio y sus colores, la frontera es peligro”. Y el peligro de la fronetra es un manantial para la poesía. Manantial donde las palabras adquieren nuevos significados, donde el lenguaje es espontáneo, libre, donde se puede innovar a cada instante, donde el aire arrastra riqueza fonética, donde oralidad y escritura se confunden, donde los neologismos están en cada esquina, y en lugar de decir “íbamos”, podemos decir “nosotro iba” o “nós ia”. Donde los alambres no detienen a la musicalidad de las palabras.
En un lugar donde uno no sabe dónde está, porque por la mañana fue a comprar azúcar y arroz en Brasil, y por la tarde hizo un arroz con leche en Uruguay, y el sabor es de aquí y de allá, es natural que la poesía también sea doble o múltiple, y uno utilice palabras en español, portugués o en portuñol según la necesidad poética, porque uno puede echar de menos el patio de la infancia o sentir “saudade”, que es extrañar pero con música. La frontera es una fuente inagotable. Escritores del continente, los invito a visitar la frontera, a entreverar plumas y lenguas para encontrar metáforas nuevas. Descubramos imágenes de nadie y de todos y utilicemos la lengua que mejor represente el canto de la vida, sea ésta portuñol, espanglés, casteñol, nuyorriqueño o las que surjan donde alguien se pregunte qué hay más allá del mar. Tal vez un día, todos seamos la frontera misma de un solo continente, donde no haya que pasar aduanas para abrazar a una madre o responder interrogatorios para besar a un hermano, donde soñamos una sola poesía.