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Tsunami paso a paso: errores y omisiones del SHOA y la ONEMI

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LA HISTORIA EXCLUSIVA DE LAS PRIMERAS CINCO HORAS


Por :  Pedro Ramírez  y  Jorge Aliaga Sandoval  en Reportajes de investigaciónPublicado: 18.01.2012




En Valparaíso, los marinos del SHOA mantuvieron la cancelación de la alarma de tsunami pese a que la oceanógrafa de turno les advirtió del peligro de “olas destructivas”. En Santiago, funcionarios de la Onemi supieron que una ola había devastado Juan Fernández y no dieron aviso. En las siguientes horas dos enormes olas mataron a 36 personas. Estas son sólo dos de la decena de graves errores cometidos por autoridades civiles y navales que debían velar por la seguridad de los chilenos en la madrugada del 27 de febrero de 2010 y que esta investigación de CIPER devela por primera vez paso a paso.
En esta investigación de CIPER se reconstruye por primera vez en forma completa los episodios claves vividos en los principales centros de decisión de la Armada y del gobierno y que explican la inoperancia de las autoridades en las cinco primeras horas de la tragedia, cuando aún se podrían haber salvado vidas. La magnitud de la inoperancia se grafica en que recién cerca del mediodía del 27 de febrero de 2010, ocho horas después de que llegaran las primera olas a la costa chilena, los marinos del SHOA constataron que en Chile había habido un tsunami. Más grave aún: durante horas esos marinos desoyeron los datos de una mujer experta oceanógrafa que les insistía en que estaban leyendo mal los datos y que era probable que “olas destructivas” llegaran a la costa. La misma advertencia que hizo llegar desde Hawai personal del Pacific Tsunami Warning Center (PTWC) una hora y diez minutos después del terremoto.
La contraparte civil del SHOA, la Oficina Nacional de Emergencia del Ministerio del Interior (ONEMI), no actuó mejor. Los antecedentes reunidos por CIPER muestran que funcionarios claves de ese organismo no comprendían los procedimientos del SHOA y malinterpretaron la alerta enviada por ese organismo. Peor aún, pasadas las 05:00 de ese terrible día, recibieron información de que el archipiélago de Juan Fernández había sido arrasado por un tsunami. ¿Por qué no dieron la alerta? En ese momento aún faltaban dos olas por llegar: 32 personas murieron sin que nadie les advirtiera del peligro. Es por esas muertes que la fiscalía podría acusar de hasta “cuasi delito de homicidio” a funcionarios de la Onemi y de la Armada.
03:34 (minuto Cero)
El suave vaivén inicial lo puso en alerta. Se despertó cuando el terremoto recién comenzaba y en lugar de asustarse, aguzó los sentidos. Cuando el dormitorio comenzó a agitarse con furia, fue su mujer la que saltó de la cama para poner a resguardo a los tres niños. Él ni se alteró ni buscó refugio. A diferencia de los casi 12 millones de chilenos repartidos en las seis regiones más pobladas del país que despertaron aterrados, Jorge Henríquez Cárcamo se puso de pie y contra lo que dicta el instinto de supervivencia intentó medir la fuerza que descargaba la tierra.
En esa madrugada del 27 de febrero de 2010, Henríquez era jefe de la Oficina Nacional de Emergencia (Onemi) de la Región del Biobío. En términos técnicos, lo que se conoce como un “observador entrenado”. En la oscuridad calibró el crujir de las construcciones, el corcovear de los muebles y el estruendo de objetos que se estrellaban en el piso. Pero el síntoma más evidente de que el sismo se convertiría en tragedia, era que él mismo apenas lograba mantenerse en pie. Calculó la intensidad en grados Mercalli y de inmediato pensó en la posibilidad de un tsunami. Lo hizo porque estaba a unos tres kilómetros de la costa de Concepción, en San Pedro de la Paz.
Henríquez tomó el teléfono cuando la tierra aún descargaba latigazos y marcó el número de la Onemi central, en Santiago. Sabía que las comunicaciones colapsarían apenas el suelo volviera a calmarse.


Le respondió uno de los tres funcionarios de turno en elCentro de Alerta Temprana (CAT) de la Onemi. Pudo ser el jefe de turno Osvaldo Malfanti Torres, el radioperador Rafael López Meza o el chofer Manuel Bravo Pacheco. A la carrera, Henríquez reportó que el sismo era de intensidad IX a X en la escala de Mercalli. Del otro lado le indicaron que la información que tenían era que se trataba de un grado VII. Henríquez se irritó:
-Mira conchetumadre, esto es un terremoto y es grado IX a X.
Henríquez nunca habló de esto con otros colegas de la Onemi. Hasta que en una cena de camaradería, en abril de 2011, por primera vez Carmen Fernández, la ex directora de la Onemi que dimitió tras el terremoto, oyó el relato de Henríquez:
-Sentí que se me doblaban las piernas cuando lo escuché -dijo Carmen Fernández a CIPER.
El relato de Henríquez dejaba en evidencia que en la madrugada del terremoto uno de los tres hombres de turno en el CAT desestimó un dato clave para evaluar tempranamente la posibilidad de un maremoto. El registro que esa madrugada difundió oficialmente el CAT indicó erróneamente que en la Región del Biobío el terremoto fue sólo grado VIII Mercalli.
-Nunca fui informada que el jefe de la Onemi regional había percibido, en el borde costero, una intensidad tan alta. Si esa información hubiese circulado esa madrugada, probablemente se hubiesen tomado otras decisiones -indica Carmen Fernández.
Incrédula, la ex directora de la Onemi le preguntó a Henríquez si su relato era fiel a lo que comunicó en la madrugada del terremoto. Su ex subalterno se lo confirmó y agregó que era exactamente lo que le había contado al fiscal del Ministerio Público que le tomó declaración a mediados de 2010.
La declaración de Henríquez figura en una carpeta reservada de la investigación que lleva la Fiscalía Regional Metropolitana Occidente. Las pesquisas son lideradas por la fiscal regional, Solange Huerta, secundada por los fiscales Andrés Castellanos y Luis Tapia. El grupo se ha dedicado en estos dos años a establecer las responsabilidades penales de quienes, faltando a sus deberes, podrían haber propiciado que 178 personas murieran en el maremoto (22 de ellas aún desparecidas). La investigación se ha centrado en los funcionarios de la Onemi que no difundieron la alerta de tsunami; en la dotación del Servicio Hidrográfico y Oceanográfico de la Armada (SHOA), que erróneamente canceló esa alerta y en las autoridades que informaron que ya no había riesgo cuando aún no terminaban de arribar las olas asesinas.
03:40 (a seis minutos del sismo)
José del Carmen Tapia estaba a no más de 20 kilómetros del punto desde donde el jefe regional de la Onemi de Biobío hizo su reporte. Cuando la tierra paró, decidió seguir su instinto y el de la mayoría de sus vecinos: partió a subir el cerro que encajona la Caleta Tumbes, en Talcahuano. Como la mayor parte de los chilenos, los pescadores y algueros de Tumbes estaban incomunicados y sin luz. Pero no necesitaban escuchar autoridades por la radio o verlas por la tele para saber que había riesgo de maremoto. En Tumbes, la tradición oral y la memoria colectiva fueron suficientes.
Tratando de alcanzar el cerro, José del Carmen (69) se encontró con su primo Juan Carlos Mora (46), quien con un foco rompía la oscuridad en Tumbes y alumbraba hacia el mar. Desde la calle principal llegaban los gritos de quienes intentaban poner orden o buscaban a sus niños para organizar la subida al cerro. El haz del improvisado faro de Mora se movía nervioso sobre las aguas. Cuando el precario hilo de luz reveló que el mar había comenzado a recogerse, un estallido de estupor y espanto antecedió a los gritos que multiplicaron el trajín de la evacuación. En su declaración policial, Mora aseguró que el agua se retiró unos 200 metros, pero que volvió lentamente, sobrepasando apenas la marca habitual de la marea.
Visto que la primera marejada sólo besó el muro de contención de la caleta, José del Carmen pensó que no era para tanto y se devolvió a su casa a buscar su inhalador y “unas monedas”. Unos diez minutos después moriría de asfixia por inmersión en su propio dormitorio. Quedó tendido a los pies de su cama cuando una segunda ola gigantesca entró a la caleta triturando las casas de madera como si fuesen varillas secas.
Cuando la primera ola comenzaba a matar en Talcahuano, el geofísico del Centro de Alerta de Hawai, Vindell Hsu, se comunicó con el SHOA. Quería confirmar si habían recibido su mensaje de que el terremoto tenía un alto potencial de tsunami. Le contestó el cabo Araya. En su declaración Hsu dijo que intentó conversar con el chileno, pero que éste al parecer no hablaba inglés: “Escuché algo que no entendí y no fue inglés”.
José del Carmen no sabía que un tsunami es un “tren de olas” de tres, cuatro o más ondas que azotan la costa con distinta fuerza y en intervalos que pueden durar desde minutos a horas. Tampoco que la primera ola, precisamente la que él vio, normalmente es la menos destructiva. En la madrugada del 27/F, diversos puntos del litoral entre Valparaíso y Puerto Saavedra recibirían a lo menos cuatro olas a distintas horas, entre las 03:49 y las 06:40.
Desde la llamada que hizo Jorge Henríquez a la Onemi y la primera marejada que arribó a la costa -en San Antonio, Pichilemu y Constitución- no pasaron más de 15 minutos. Y tal como lo intuyó Carmen Fernández en la cena donde escuchó a Henríquez, el testimonio del ex jefe regional de la Onemi se convirtió en prueba de la primera de las graves omisiones que se cometieron en el CAT.
Efectivamente, en el minuto cero de la tragedia, el CAT recibió el dato de Henríquez, quien estando a escasos kilómetros de la costa, reportó una percepción de IX a X grados Mercalli. Ese dato inicial de manera indubitable ponía sobre aviso el riesgo de un maremoto.
¿Qué frenó al jefe de turno del CAT para llamar de inmediato a las autoridades de las zonas costeras a poner en marcha la evacuación? Básicamente, la ley. De acuerdo con el Decreto Supremo Nº 26 del 11 de enero de 1966, el SHOA es el único organismo que puede generar una alerta de tsunami. La responsabilidad de la Onemi se remite a difundir a la población la alerta emitida por el SHOA.
La facultad privativa del SHOA es uno de los argumentos que esgrimió  en el sumario administrativo efectuado en la Onemi  el jefe de turno del CAT esa noche, Osvaldo Malfanti, para explicar por qué no difundió la alerta de tsunami. Pero la misma Onemi, a través de su documento  “Plan Accemar” , durante años ha capacitado a las autoridades comunales costeras enseñándoles que “basta la ocurrencia de un sismo de gran intensidad, que impida a las personas mantenerse en pie, que haga caer muros, derrumbe torres y logre desplazar algunas casas de madera, para (…) aplicar el Plan de Emergencia en su fase de Evacuación hacia zonas seguras”.
Carmen Fernández explicó a CIPER que el “Plan Accemar” no es una norma que obligue a la Onemi a llamar a una evacuación, sino sólo “una metodología que se enseña a las autoridades locales para que establezcan sus propios planes de protección. La decisión de evacuar es de las autoridades locales”. En otras palabras, y contra toda lógica, el “Plan Accemar” no obliga a la Onemi a difundir la alerta de maremoto, aunque tuviese certeza de que minutos antes un terremoto arrasó localidades costeras. La paradoja es que la Onemi enseña a los habitantes del litoral que deben huir apenas se produce el sismo, pero está obligada a esperar que el SHOA emita formalmente la alerta para recién irradiarla.


El mismo “Plan Accemar” deja en evidencia lo absurdo de esta fórmula. El documento explica que para que se produzca un tsunami deben darse algunas condiciones: el sismo debe ser superior a 7,5 grados Richter; el movimiento debe ser vertical y no sólo lateral; el área de ruptura geológica debe situarse a menos de 60 kilómetros de profundidad y la mayor parte de la zona de ruptura debe ubicarse bajo el lecho marino. Pero como estas condiciones son medidas con instrumentos que pueden tardar de 10 a 15 minutos después del sismo -que es lo que demora el SHOA en monitorear la situación- y una ola destructiva puede alcanzar la costa antes de ese lapso, el “Plan Accemar” indica que lo sensato es evacuar apenas se produce el movimiento telúrico.
Pero en la madrugada del 27/F la sensatez chocó con la burocracia: la Onemi no llamó a las autoridades comunales del litoral a evacuar. Y a pesar de que su propio jefe regional del Biobío alertó la magnitud devastadora del sismo en el borde costero, la Onemi esperó la evaluación instrumental del SHOA.
En el balneario de Constitución esa sería una lección amarga, de esas que entran con sangre.
03:44 (a diez minutos del sismo)
“Dios te salve María, el Señor es contigo, bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre…”. La desesperada rogativa brotaba convertida en susurros de los labios del capitán del pesquero Pinita, José Ibarra, mientras aguantaba el timón para poner la proa de frente a la mole de agua que se le venía encima. Calculó en unos 15 metros de alto la pared oscura que su nave comenzó a remontar a una velocidad inaudita, succionada por la corriente.
Ibarra y los seis tripulantes del Pinita, cuyo testimonio fue recogido en el premiado reportaje  “La ola maldita”  de Juan Andrés Guzmán en revista Paula, probablemente fueron los primeros que vieron venir el maremoto. Se lo encontraron cara a cara cuando el SHOA aún monitoreaba instrumentos y la Onemi evaluaba la percepción Mercalli del sismo. Se habían despertado diez minutos antes, cuando estaban anclados cinco millas al oeste de Constitución, y saltaron de sus camarotes porque el barco, de 50 toneladas, comenzó a zarandearse mientras el océano borbotaba.
Los pescadores comprendieron que era un terremoto. Ibarra se comunicó por celular con su familia que estaba en Constitución. Mientras trataba de tranquilizar a su mujer, que lloraba en la línea, la Capitanía de Puerto de la ciudad le consultó por radio si veía olas en dirección a la costa. “Negativo”, informó.
A la misma hora en que Ibarra hablaba con los marinos, el geólogo taiwanés naturalizado estadounidense Vindell Hsu, despachaba desde el Pacific Tsunami Warning Center de Hawai (PTWC) un “mensaje de observación” con los primeros datos de magnitud y ubicación del sismo. En su  declaración ante la fiscalía  -hecha el 15 de diciembre de 2010 en Hawai-, Hsu dijo que enviaron el mensaje cinco o seis minutos después del temblor:
-Una vez que determinamos la ubicación y las magnitudes, inicialmente obtuvimos un 8,5 (grados Richter), nos dimos cuenta que iba a ser un terremoto con un alto potencial de tsunami.
Hsu tenía razón. Sólo un par de minutos después de que mandó el mensaje que alertaría al SHOA en Valparaíso -y a toda la red de países del Pacífico-, la tripulación del Pinita empalideció al comprobar que la nave era arrastrada mar adentro hasta encarar la ola descomunal. Era un verdadero muro que se extendía en el horizonte hasta donde alcanzaba la vista. El Pinita remontó la ola de costado, pero sólo para encontrarse con otra enorme masa de agua. Ibarra alcanzó a capear la segunda con la proa de frente. Después vino la calma e intentó alertar a la Capitanía de Puerto, pero ya no pudo comunicarse.
Impotente, el capitán observó desde el timón del Pinita cómo se alejaban las olas rumbo a su ciudad. Su relato posterior sería la comprobación de que el “Plan Accemar” tenía razón: no se puede esperar a que los instrumentos detecten la magnitud y ubicación de un sismo que ha incubado una marejada destructiva si el objetivo es salvar vidas.


Mientras Ibarra sorteaba las dos olas, el hombre que por ley debía medir con instrumentos la posible formación de un tsunami y dar aviso del peligro, avanzaba en la oscuridad de los pasillos del SHOA, en Valparaíso. El teniente primero Mario Andina Medina iba rumbo a la sala del Sistema Nacional de Alarma de Maremotos (SNAM). De acuerdo con el relato que hacen funcionarios que estuvieron esa noche en el SHOA, Andina era el jefe de turno y recién se había acostado, tras una última ronda, cuando el sismo lo obligó a levantarse y a vestirse con las dificultades que imponía la falta de luz. La sala SNAM contaba con energía y ya estaban en sus puestos el cabo Daniel Gutiérrez, el cabo Alejandro Núñez y el marinero Sebastián Santibáñez.
Andina comprobó que no tenían aún datos del sismo y ordenó a su gente monitorear los instrumentos. Detrás de él llegó el cabo Jorge Araya, de especialidad oceanógrafo, y lo puso a revisar las pantallas donde se recibían los indicadores de los mareógrafos que, apostados a lo largo de todo el litoral, detectan las variaciones del nivel del mar. Pero el terremoto había cortado la línea de fibra óptica que transmite las señales de los mareógrafos casi en tiempo real, con sólo dos a cuatro minutos de desfase. Para saber si había olas destructivas desplazándose hacia la costa dependían ahora de un satélite, pero esto los dejaba a ciegas casi por una hora.
El sistema satelital GOES permite a los mareógrafos conectarse nada más que una vez por hora. De esta forma, el que está en el archipiélago de Juan Fernández sólo transmite al satélite, y desde ahí al SHOA, en el minuto 23 de cada hora. A las 3:23 envió su última marca antes del terremoto. Había que esperar hasta las 4:23 para que reportara los índices de los siguientes 60 minutos. A la hora en que se produjo el terremoto, los primeros mareógrafos que enviarían sus marcas por el sistema satelital eran los que estaban en los extremos del país, los menos útiles en ese momento crucial. Los marinos de la sala SNAM debían esperar casi una hora para saber qué marcaban las estaciones de marea en Valparaíso y Talcahuano, las más apremiantes, y cuyos registros llegarían recién a las 04:24 y a las 04:29, respectivamente.
El teniente Andina comprendió que bajo esas circunstancias, desprovisto de las marcas de mareógrafos, sólo los datos de magnitud y ubicación -que llegan al SHOA desde organismos norteamericanos, como el PTWC- serían la clave para su eventual decisión de lanzar la alerta de maremoto, algo que no ocurría desde el terremoto de1985.
03:49 (a 15 minutos del sismo)
En el CAT de la Onemi, el jefe de turno Malfanti y el radioperador López terminaron de ordenar las informaciones de regiones que reportaban percepciones en escala Mercalli. López lanzó los datos por radio a la red de protección civil. Porque se traspapeló producto de la tensión ambiental o derechamente porque alguien lo desestimó, ahí quedó olvidado el urgente reporte de Jorge Henríquez y el registro oficial para la Región del Biobío fue sólo de grado VIII Mercalli.
Las comunicaciones de la Onemi estaban cortadas con las regiones del Maule y Biobío. Eso impidió que el CAT tuviese reportes de avistamiento de olas destructivas en la costa de esas regiones, lo que habría permitido a Malfanti saltarse al SHOA y lanzar la alerta. Pero, tal como estaban las cosas, dependía de las mediciones que hiciera el organismo técnico naval para saber si había riesgo de maremoto.


Entre los receptores que alcanzaron a escuchar el mensaje radial de la Onemi estuvo el SHOA. El teniente Andinaescuchó el informe del CAT y analizó la situación. El sismo se había percibido en grado VII de Mercalli tanto en Santiago como en la Araucanía. Era un terremoto que cubrió una superficie inusualmente extensa, concluyó el oficial, con una amplia zona de fractura y parte de ella podía estar bajo el lecho marino. El epicentro, calculó, debía estar en las regiones del Maule o Biobío. Aquilató el peso de su responsabilidad al pensar en las instalaciones navales de Talcahuano, donde al día siguiente estaba programada la botadura del buque científico “Cabo de Hornos” y donde pernoctaba la mayor parte del almirantazgo a la espera de esa ceremonia que encabezaría la Presidenta Michelle Bachelet.
En esos minutos entró al SHOA el mensaje despachado por Hsu desde Hawai. Andina revisó los datos y comprobó que la magnitud era 8,5 Richter, que la fractura se había producido a 55 kilómetros de profundidad y que las coordenadas del epicentro daban en tierra, al noreste de Concepción, pero sólo a unos kilómetros del borde costero. Con esos datos, según señalan funcionarios del SHOA, el teniente consideró que había riesgo de tsunami. Preparó a la dotación para lanzar la alerta.
Exactamente a la misma hora en que Andina todavía sacaba cálculos, las primeras olas golpearon la costa en San Antonio, Pichilemu y Constitución, entre las 03:49 y las 03:50. Esa fue la “zona de sacrificio”, aquella que no alcanzaría a ser avisada aunque hubiese funcionado correctamente el sistema de alerta. En Constitución una marejada oscura y fría inundó la playa y el agua se adentró por la ancha desembocadura del Maule cubriendo la Isla Orrego, un banco arenoso de unos 600 metros de largo y 200 de ancho ubicado en medio del río, donde un centenar de veraneantes acampaba bajo un bosque de eucaliptos.
En la Isla Orrego esa primera ola no entró con fuerza, pero el agua subió con rapidez más de un metro. La gente gritaba por auxilio, entumida y temerosa de una nueva marejada, pero ya nadie vendría a socorrerla.
03:51 (a 17 minutos del sismo)
El teniente Andina ya estaba listo para lanzar la alerta de tsunami por correo electrónico, fax y radio. De acuerdo con los protocolos que rigen al SHOA, el mensaje debía enviarse en primer lugar a la Onemi, para que ésta difundiera la alerta a la red de protección civil, y en segundo término a la red de comunicaciones Genmercalli, que comunica con 70 receptores de diversas instalaciones navales, portuarias, capitanías de puerto y gobernaciones marítimas.
Andina ordenó ingresar los datos de magnitud y ubicación que recibió desde Hawai en el sistema computacional TTT (Tsunami Travel Time) que automáticamente arrojó las posibles horas de arribo de las olas a los puntos relevantes de la costa (Arica, Iquique, Antofagasta, Caldera, Isla de Pascua, Coquimbo, Valparaíso, Talcahuano, Puerto Montt, Punta Arenas y Puerto Williams). De inmediato mandó incorporar esas horas de arribo a los mensajes navales que se despacharían por la red Genmercalli y a los correos electrónicos que se enviarían a todos los destinatarios que debían ser advertidos, entre ellos la Onemi. A las 03.51 dio orden de difundirlos.
Mientras Hugo Barrera luchaba contra el torrente sucio y frío que lo arrastraba por el río Maule, en Constitución, el funcionario Osvaldo Malfanti le hizo saber al jefe de gabinete de la Onemi, Pedro Salamanca, que el país no estaba bajo riesgo de tsunami.
Debido al corte generalizado de las comunicaciones tras el terremoto, de los 70 destinatarios de la red naval y marítima Genmercalli, sólo ocho recibieron el mensaje, entre ellos los de Valparaíso y San Antonio. Pero en el SHOA quedaron convencidos de que toda la red marítima había recibido la alerta: “Nosotros tenemos que recibir una confirmación de cada destinatario, pero la persona que tenía que chequear eso recibió primero las de Valparaíso y, en medio del ajetreo, la mandaron a hacer otra cosa. Nos quedamos con la idea de que, si la alerta había entrado a Valparaíso, la habían recibido en todas partes”, cuenta un oficial que estuvo esa madrugada en el SHOA.
Para avisar a la Onemi, el propio Andina tomó la radio y se comunicó con el CAT, despachando, según el relato de personal del SHOA, un mensaje corto, simple y comprensible: “Atento Omega Cero (código radial de Onemi)… Atento Omega Cero de SHOA… Alerta de tsunami en curso”.
En este punto los testimonios del personal del SHOA y de la Onemi entran en una contradicción irreconciliable. Mientras la dotación del SHOA insiste en que Andina transmitió por radio la alerta en forma clara y precisa, en la Onemi aseguran que en esa comunicación se les dijo que el epicentro era en tierra y que eso descartaba el riesgo de tsunami.
Los funcionarios de la Onemi central Johaziel Jamett, Paolo Marín, Osvaldo Malfanti, Rafael López y Helia Vargas, declararon en el sumario interno que escucharon ese mensaje radial del SHOA en que supuestamente se descartó el riesgo de maremoto. El jefe de la Onemi de Valparaíso, Guillermo de la Maza, ha dicho que escuchó lo mismo y que el radioperador de su región, Juan Pablo Núñez, también.
Como no hay registro ni grabación de esa comunicación radial, la contradicción difícilmente será aclarada. Un dato relevante en esta controversia es que los especialistas del CAT, a diferencia de los oficiales del SHOA, estaban convencidos de que con un epicentro en tierra era imposible que se generara un maremoto. Y estaban rotundamente equivocados. Tanto los jefes de turno del CATOsvaldo Malfanti y Paolo Marín Pakarati (quien se integró a colaborar en la emergencia), como el propio jefe del CAT, Johaziel Jamett Paz, confirmaron su error al declarar en el sumario administrativo:
-Para que se genere un tsunami (…) el epicentro debe ser en fondo marino -señaló Jamett en el sumario.
Paolo Marín, en tanto, declaró que “los datos epicentrales (transmitidos por el SHOA) no coincidían con lo que técnicamente se requiere para una probabilidad de tsunami”. Y Malfanti sostuvo que, luego de que el CAT difundió por radio las intensidades Mercalli, “responde el SHOA dando el epicentro, indicando que es en tierra y que se descarta alerta de tsunami por ser epicentro en tierra”.


La misma convicción tenía Carmen Fernández quien en  una entrevista en marzo de 2010 , afirmó: “Si el terremoto es en tierra no es posible un tsunami. Eso lo sabemos todos los que trabajamos en esto. Ese dato es clave, y es lo que analizó el equipo”.
En el SHOA aseguraron a CIPER que sóloAndina se comunicó con la Onemi para transmitir la alerta y que como ingeniero naval oceanográfico e hidrográfico y jefe (s) del Departamento de Oceanografía del SHOA, el teniente jamás habría cometido el error de desestimar el riesgo de maremoto sólo porque el epicentro se ubicaba en tierra.
Hasta ahora ha sido imposible comprobar si Andina se equivocó o no. Si lo hizo, el error sería mayúsculo porque la dotación del Departamento de Oceanografía del SHOA debe aprenderse y “recitar” el documento que regula todos los procedimientos de esa unidad naval: la Orden Permanente Técnica 801 (OPT 801). Por eso, Andina tenía la obligación de saber que la OPT 801 en su “Anexo C” es taxativa al indicar que para generar un tsunami “el epicentro del sismo debe estar ubicado en el mar o en tierra cerca de la costa”. En el mismo anexo, se establece que una “alerta de tsunami” se basa en información que indica, entre otras condiciones, que el epicentro está “ubicado en el mar o en tierra cerca de la costa de Chile”.
Personal del SHOA relató a CIPER que al recibir la información de magnitud y ubicación del sismo enviada desde Hawai, Andina ordenó georreferenciar las coordenadas y ubicó el epicentro en tierra, al suroeste de Cauquenes, pero a escasos 17 kilómetros de la costa. En un terremoto que se percibió con fuerte intensidad desde Santiago a Temuco y con epicentro cercano al litoral, perfectamente una parte de la fractura geológica podía ubicarse en el lecho marino. Y eso, a lo menos, Andina debía saberlo.
Ninguno de los especialistas de la Onemi que analizaron el fax del SHOA esa madrugada tenía alguna especialización en tsunamis. Malfanti es ingeniero forestal y, según la información aportada por la Onemi, sólo exhibe dos cursos de capacitación en “Formación en Protección Civil”, impartidos en 2009.Johaziel Jamett es geógrafo y sólo tiene un curso de especialización: “Formulación y Evaluación de Proyectos” (2008). Marín es periodista y sólo ha hecho el curso “Formación en Protección Civil” (2009). Carmen Fernández es periodista y ha hecho nueve cursos: cinco de tipo administrativo y cuatro relacionados con comunicación social en materia de desastres o protección civil.
De acuerdo con los documentos consultados por CIPER, y con independencia de lo que Andinarealmente transmitió a las 03:51 a la Onemi, el personal del SHOA estaba capacitado para comprender que un epicentro en tierra, pero cercano al borde costero, sí puede generar un tsunami. En cambio, entre los funcionarios del CAT de la Onemi existía el convencimiento erróneo de que bastaba que el epicentro fuese en tierra para descartar el riesgo de maremoto.
03:55 (a 21 minutos del sismo)
“¡Tata! ¡Tata! ¡Viene el mar… arranque!”. Debby Bastías Domínguez gritaba y golpeaba la puerta de su tío abuelo, Armando del Carmen Domínguez, mientras el agua le pisaba los talones. La niña de 12 años vivía en Caleta Tumbes, pero ese último sábado de sus vacaciones se había quedado a regalonear con su abuela, María del Carmen Domínguez (60), en la pequeña casa de madera donde la mujer vivía sola, en la Caleta Cantera de Talcahuano.


El hermano de María, Armando (59), conocido como “Chano”, tenía su mediagua al lado. Debby, María y Armando, salieron disparados cuando comenzó el terremoto y cada cierto rato ponían un ojo en el mar. A la espalda de sus viviendas, a solo diez metros, estaba la orilla. La abuela María se movía nerviosa. A los 10 años había vivido el terremoto de Valdivia y aún recordaba que entonces el mar había subido en Caleta Cantera, pero poquito.
El viejo “Chano” volvió a encerrarse, ajeno al parloteo nervioso de los vecinos. Entre 15 y 20 minutos después del sismo, María y su nieta Debby fueron a mirar el mar nuevamente. Frente a la abuela se abrió la imagen que durante 50 años había esperado y temido: el mar subió dos metros, despacito, y luego se recogió hasta dejar ver el fondo. Los botes quedaron varados. La mujer calculó que el agua se había retirado unos 50 metros. Pero el océano recuperó de un zarpazo el terreno que había cedido y se les vino encima rugiendo.
En su declaración policial, la abuela María dijo que el agua venía “haciendo ruido, como hirviendo, dando vueltas como un remolino”. Por segunda vez en la noche salió a la carrera, pero Debby se le adelantó para alertar a su “Tata”. El “Chano” Domínguez alcanzó a asomarse a la puerta y su hermana ya no volvió a verlo hasta que lo encontró en el Servicio Médico Legal.
Cuando la primera ola comenzaba a matar en Talcahuano, Vindell Hsu tomó el teléfono y desde Hawai se comunicó con el SHOA. Quería confirmar que los miembros del organismo técnico chileno habían recibido su mensaje y si comprendían el riesgo. Le contestó el cabo Araya. En su declaración, Hsu dijo que intentó conversar con el chileno, pero que al parecer éste no hablaba inglés: “Escuché algo que no entendí y no fue inglés”.
Afortunadamente, hasta las instalaciones del PTWC había llegado el geofísico de origen cubano Víctor Sardiña, quien al ver las complicaciones idiomáticas de Hsu tomó el teléfono y chequeó con Araya, en español, si el SHOA había recibido el mensaje y si estaba al tanto que la magnitud era de 8,5 grados Richter. El cabo le respondió que sí. “Es una magnitud bastante importante”, “es un terremoto bastante grande”, le insistió Sardiña a Araya, con cortés sutileza, testeando si en Chile habían comprendido que era altamente probable que se generara una ola destructiva.
El geofísico le pidió al cabo que el SHOA comunicara de inmediato al PTWC si tenía informes de avistamiento de una ola. Lo hizo, según sostuvo  en su declaración , porque Chile tiene más de 4 mil millas de costa y sólo una decena de mareógrafos repartidos a gran distancia, por lo que a su juicio era posible que una ola tocara tierra antes de que fuese detectada por los instrumentos. En ese caso, dijo, era más urgente observar en terreno que confiar en los mareógrafos. El cabo Araya se comprometió a llamarlo si el SHOA obtenía esa información.
Probablemente los primeros efectivos de la Armada que vieron las olas tal como lo requería Sardiña, fueron los que casi murieron ahogados bajo una de ellas en la Capitanía de Puerto de Constitución. Los mismos que minutos antes habían rechazado facilitar su lancha zodiac al pescador Mario Quiroz Leal para rescatar gente en la Isla Orrego.
Quiroz estaba con su familia en la isla y apenas paró el terremoto, con el olfato de su oficio, se convenció de que vendría un maremoto y cruzó a nado los 150 metros que lo separaban de la ribera. Iba en busca de un bote para salvar a su mujer, embarazada, y a sus hijos de 8 y 9 años.
El pescador pidió a los marinos que ayudaran a evacuar la gente de la isla o que al menos le prestaran el zodiac. Le respondieron que no había riesgo de tsunami. Quizás estaban a la espera de la evaluación del SHOA o confiados en el informe negativo que despachó el capitán del Pinita antes de que lo atraparan las olas.
Tras el rechazo de los marinos, Quiroz fue en busca de un bote a la ribera del río cuando la primera subida del agua lo obligó a internarse por las calles de Constitución. Cuando el nivel bajó, sólo alcanzó a comprobar que ya no había botes en la orilla y sobrevino la segunda subida. El agua ahora sí entró con fuerza, arrastrando a decenas de personas en la isla. Quiroz corrió hacia los cerros para salvarse.


A las 03:55, casi al mismo tiempo que el geofísico Sardiña pedía al SHOA que le comunicaran si la Armada tenía informes de avistamiento de olas, los marinos de la Capitanía de Puerto de Constitución -según testimonios citados en “La ola maldita”- abandonaron su puesto en una camioneta que prácticamente flotaba empujada por la segunda marejada. Se fueron sin prestar auxilio a los atrapados en el río. Pedro Muñoz y Osvaldo Gómez no eran marinos, no habían jurado defender ni dar la vida por algo o por alguien, pero bajaron de los cerros cuando escucharon los gritos implorantes de los abandonados en la Isla Cancún, situada detrás de la Isla Orrego. Ambos murieron tratando de rescatar gente. La esposa y el hijo mayor del pescador Quiroz también figuran en la nómina de los 18 muertos que dejó el maremoto en Isla Orrego. Su hija menor, entre los siete desaparecidos.
Prácticamente en paralelo, a las 03:54, el mar subió en Talcahuano unos dos metros y minutos después se retiró hasta que el mareógrafo marcó “cero”. Tendría que pasar una media hora para que el satélite se lo revelara al SHOA. Debby Bastías y su abuela María del Carmen, ya estaban enteradas y corrían para salvarse.
04:07 (a 33 minutos del sismo)
Debby y María del Carmen no pararon de correr y escalar hasta subir por completo el cerro que se levanta a espaldas de la caleta. Desde ahí, junto a otros vecinos, miraron las olas que seguían entrando a Caleta Cantera, Caleta Candelaria y Puerto Inglés. Era un maremoto, pero no tenían cómo dar aviso.
El teniente Andina sí estaba comunicado, al menos con la Onemi y la Primera Zona Naval de Valparaíso. Por eso resulta extraño que nadie le haya informado desde el principal puerto del país que a las 04:01 el nivel del mar comenzó a subir hasta alcanzar una “amplitud de onda cercana a 1,5 mts”, como quedó registrado en la posterior “Investigación Técnica” de la Armada, firmada por elvicealmirante Enrique Larrañaga, director general del Territorio Marítimo y Marina Mercante.
Después de la controversial transmisión radial de Andina a las 03:51, Onemi le había pedido al SHOA que confirmara a través de un fax lo que había informado verbalmente el teniente. Según la versión de los funcionarios del CAT, pidieron que el SHOA confirmara por escrito que no habría tsunami. A la inversa, según la dotación del SHOA, les solicitaron que confirmaran que el país estaba bajo una alerta de maremoto.
Andina ordenó confeccionar el fax con el encabezado “Alerta de tsunami” y dispuso que se incluyeran en el mensaje las horas estimadas para el arribo de las olas a 11 puntos de la costa. La transmisión se inició desde la Oficina de Distribución de Mensajes (ODM) del SHOA cerca de las 03:55. Los problemas con la línea telefónica dificultaron la operación y luego de cinco o seis intentos, recién a las 04.07, se completó el despacho del fax.
En el CAT la copia del fax fue timbrada fijando la recepción a las 04:08. El documento llegó a las manos del jefe de turno Malfanti, quien estimó que sólo se trataba de un aviso de alistamiento y vigilancia ante la posibilidad de que se generara un tsunami, pues entendió que el SHOA avisaría si efectivamente había olas avanzando hacia la costa. Por eso, erróneamente, descartó difundir la alerta.
En su declaración en el sumario interno de la Onemi, Malfanti explicó por qué hizo esa evaluación:
Entre los funcionarios del CAT de la Onemi existía el convencimiento erróneo de que bastaba que el epicentro fuese en tierra para descartar el riesgo de maremoto.
-Respecto del primer fax, el contenido no es claro. La magnitud (del sismo) no es suficiente para informar sobre la ocurrencia de un tsunami o no. Para mí, una información clara del SHOA debió haber contenido datos sobre anomalías a nivel del mar, con información de oceanógrafos. Sumado a esto, por radio se descartaba la alerta de tsunami.
Malfanti se equivocó. El fax despachado porAndina en su forma y contenido cumplía con todos los requisitos establecidos en la Orden Permanente Técnica 801 (OPT 801) del SHOA para emitir una “Alerta de Tsunami”. Y, obligada por ley, la Onemi debió informar al país que estaba bajo riesgo de maremoto y que las zonas costeras debían ser evacuadas.
En la página 12 del “Anexo D” de la OPT 801, en su versión actualizada en 2009, se aprecia el formato y contenido que debe tener lo que se denomina “Mensaje de alerta de tsunami con los tiempos de arribo de la primera onda”. Y es idéntico al que llegó a las manos de Malfanti en la madrugada del 27/F. (Vea y compare  el fax enviado por el SHOA a Onemi  y el  formato de fax establecido en la OPT 801 )
En concordancia con lo estipulado en la OPT 801, el fax que despachó Andina señala en su mensaje: “(El sismo) fue de magnitud suficiente para generar un tsunami. Se desconoce aún si se ha producido. Si se diera la posibilidad de ocurrencia, situación que sería informada oportunamente, las horas estimadas de arribo serían las siguientes (agrega las horas para 11 puntos desde Arica a Puerto Willliams)”.
La redacción del mensaje suena ambigua, especialmente la frase “si se diera la posibilidad de ocurrencia, situación que sería informada oportunamente”. Eso podría llamar a equívoco a un lector común y corriente, pero en ningún caso al jefe de turno del CAT, porque el personal especializado de la Onemi debió haber estado capacitado y familiarizado con la OPT 801 del SHOA para comprender que ese mensaje era efectivamente una alerta de maremoto y que no se debía analizar su contenido de manera crítica, sino operar de forma automática para difundir la alerta.
Pero en la Onemi no estaban ni capacitados ni familiarizados con lo que les debía llegar desde el SHOA en caso de alerta. Aunque parezca increíble, en el sumario interno Malfanti declaró: “Sobre el formato del fax, no sé si hay un formato establecido entre el SHOA y la Onemi para una alerta de tsunami”.
El jefe del CAT, Johaziel Jamett, dijo en el mismo sumario: “Quiero destacar que el fax del SHOA, en caso de ser una alerta, no corresponde a los formatos establecidos por el SHOA al interior de sus procesos”.
Otro jefe de turno del CAT, Paolo Marín, declaró: “(Con) la redacción del texto del fax de las 04:07 no se contaba con la información necesaria para declarar una alerta de tsunami”.
Aún si fuese cierta la versión de los funcionarios de la Onemi acerca de que el teniente Andina les informó por radio a las 03:51 que no habría maremoto, al recibir el fax Malfanti debió reconocer de inmediato el documento como una “alerta de tsunami” y tendría que haber solicitado al SHOA que aclarara la situación. Ese era el curso regular ante una duda en medio de la emergencia,  según la declaración de Carmen Fernández a la fiscalía :



-En el caso de existir duda, en forma inmediata se debe solicitar al SHOA la aclaración, por la inmediatez del riesgo que implica un tsunami. Luego de hacer las aclaraciones se procede a difundir. En el caso de que no existan dudas, se emite inmediatamente la alerta.
Pero Malfanti no pidió explicaciones, porque -tal como lo reconoció en el sumario- sencillamente no sabía qué le tenía que llegar desde el SHOA y cuando leyó el fax no comprendió que era una alerta de maremoto que lo obligaba a su difusión inmediata. Minutos después, su jefe, Johaziel Jamett, al llegar a la Onemi revisaría lo obrado por su subalterno y no enmendaría el error.
PARTE 2 : 
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