InicioApuntes Y MonografiasCorrupción fatal... René Favaloro y su final anunciado

Corrupción fatal... René Favaloro y su final anunciado


En términos generales, la corrupción política es el mal uso público del poder para conseguir una ventaja ilegítima, generalmente secreta y privada. El término opuesto a corrupción política es transparencia. Por esta razón se puede hablar del nivel de corrupción o transparencia de un Estado.

Todos los tipos de gobierno son susceptibles a la corrupción política. Las formas de corrupción varían, pero las más comunes son el uso ilegítimo de información privilegiada, el tráfico de influencias, el patrocinio, las extorsiones, los fraudes, la malversación y el cohecho,"coima" o "soborno" que es un delito cometido cuando una autoridad o funcionario acepta o solicita una dádiva a cambio de realizar u omitir un acto.

El cohecho,"coima" o "soborno" dentro de cierto sector de la medicina en Argentina, fue una de las razones fundamentales para que René Favaloro se quitara la vida, no sin antes dejar escrito un pequeño reflejo de lo que puede llegar a ser el gigantesco sistema de la corrupción médica contra la que no pudo seguir luchando.

Esta carta fue escrita por René Favaloro el 29 de Julio de 2000, aproximadamente a las 14:30.

«Si se lee mi carta de renuncia a la Cleveland Clinic, está claro que mi regreso a la Argentina (después de haber alcanzado un lugar destacado en la cirugía cardiovascular) se debió a mi eterno compromiso con mi patria. Nunca perdí mis raíces. Volví para trabajar en docencia, investigación y asistencia médica. La primera etapa en el Sanatorio Güemes, demostró que inmediatamente organizamos la residencia en cardiología y cirugía cardiovascular, además de cursos de post grado a todos los niveles. Le dimos importancia también a la investigación clínica en donde participaron la mayoría de los miembros de nuestro grupo. En lo asistencial exigimos de entrada un número de camas para los indigentes. Así, cientos de pacientes fueron operados sin cargo alguno».

«La mayoría de nuestros pacientes provenían de las obras sociales. El sanatorio tenía contrato con las más importantes de aquel entonces. La relación con el sanatorio fue muy clara: los honorarios, provinieran de donde provinieran, eran de nosotros; la internación, del sanatorio (sin duda la mayor tajada). Nosotros con los honorarios pagamos las residencias y las secretarias y nuestras entradas se distribuían entre los médicos proporcionalmente. Nunca permití que se tocara un solo peso de los que no nos correspondía. A pesar de que los directores aseguraban que no había retornos, yo conocía que sí los había. De vez en cuando, a pedido de su director, saludaba a los sindicalistas de turno, que agradecían nuestro trabajo. Este era nuestro único contacto.

A mediados de la década del 70, comenzamos a organizar la Fundación. Primero con la ayuda de la Sedra, creamos el departamento de investigación básica que tanta satisfacción nos ha dado y luego la construcción del Instituto de Cardiología y cirugía cardiovascular.

Cuando entró en funciones, redacté los 10 mandamientos que debían sostenerse a rajatabla, basados en el lineamiento ético que siempre me ha acompañado. La calidad de nuestro trabajo, basado en la tecnología incorporada más la tarea de los profesionales seleccionados hizo que no nos faltara trabajo, pero debimos luchar continuamente con la corrupción imperante en la medicina (parte de la tremenda corrupción que ha contaminado a nuestro país en todos los niveles sin límites de ninguna naturaleza). Nos hemos negado sistemáticamente a quebrar los lineamientos éticos, como consecuencia, jamás dimos un solo peso de retorno. Así, obras sociales de envergadura no mandaron ni mandan sus pacientes al Instituto.

¡Lo que tendría que narrar de las innumerables entrevistas con los sindicalistas de turno!

Manga de corruptos que viven a costa de los obreros y coimean fundamentalmente con el dinero de las obras sociales que corresponde a la atención médica.

Lo mismo ocurre con el PAMI. Esto lo pueden certificar los médicos de mi país que para sobrevivir deben aceptar participar del sistema implementado a lo largo y ancho de todo el país. Valga un solo ejemplo: el PAMI tiene una vieja deuda con nosotros, (creo desde el año 94 o 95) de 1.900.000 pesos; la hubiéramos cobrado en 48 horas si hubiéramos aceptado los retornos que se nos pedían (como es lógico no a mí directamente).

Si hubiéramos aceptado las condiciones imperantes por la corrupción del sistema (que se ha ido incrementando en estos últimos años) deberíamos tener 100 camas más.. No daríamos abasto para atender toda la demanda.

El que quiera negar que todo esto es cierto que acepte que rija en la Argentina, el principio fundamental de la libre elección del médico, que terminaría con los acomodados de turno.

Lo mismo ocurre con los pacientes privados (incluyendo los de la medicina prepaga) el médico que envía a estos pacientes por el famoso ana-ana , sabe, espera, recibir una jugosa participación del cirujano.

Hace muchísimos años debo escuchar aquello de que Favaloro no opera más! ¿De dónde proviene este infundio? Muy simple: el paciente es estudiado. Conclusión, su cardiólogo le dice que debe ser operado. El paciente acepta y expresa sus deseos de que yo lo opere. ‘Pero cómo, usted no sabe que Favaloro no opera hace tiempo?’. ‘Yo le voy a recomendar un cirujano de real valor, no se preocupe’. El cirujano ‘de real valor’ además de su capacidad profesional retornará al cardiólogo mandante un 50% de los honorarios!

Varios de esos pacientes han venido a mi consulta no obstante las ‘indicaciones’ de su cardiólogo. ‘¿Doctor, usted sigue operando?’ y una vez más debo explicar que sí, que lo sigo haciendo con el mismo entusiasmo y responsabilidad de siempre. Muchos de estos cardiólogos, son de prestigio nacional e internacional. Concurren a los Congresos del American College o de la American Heart y entonces sí, allí me brindan toda clase de felicitaciones y abrazos cada vez que debo exponer alguna ‘lecture’ de significación. Así ocurrió cuando la de Paul D. White lecture en Dallas, decenas de cardiólogos argentinos me abrazaron, algunos con lágrimas en los ojos. Pero aquí, vuelven a insertarse en el ‘sistema’ y el dinero es lo que más les interesa.

La corrupción ha alcanzado niveles que nunca pensé presenciar. Instituciones de prestigio como el Instituto Cardiovascular Buenos Aires, con excelentes profesionales médicos, envían empleados bien entrenados que visitan a los médicos cardiólogos en sus consultorios. Allí les explican en detalles los mecanismos del retorno y los porcentajes que recibirán no solamente por la cirugía, los métodos de diagnóstico no invasivo (Holter echo, camara y etc., etc.) los cateterismos, las angioplastias, etc. etc., están incluidos.

No es la única institución. Médicos de la Fundación me han mostrado las hojas que les dejan con todo muy bien explicado. Llegado el caso, una vez el paciente operado, el mismo personal entrenado, visitará nuevamente al cardiólogo, explicará en detalle ‘la operación económica’ y entregará el sobre correspondiente!

La situación actual de la Fundación es desesperante, millones de pesos a cobrar de tarea realizada, incluyendo pacientes de alto riesgo que no podemos rechazar. Es fácil decir ‘no hay camas disponibles’. Nuestro juramento médico lo impide.

Estos pacientes demandan un alto costo raramente reconocido por las obras sociales. A ello se agregan deudas por todos lados, las que corresponden a la construcción y equipamiento del ICYCC, los proveedores, la DGI, los bancos, los médicos con atrasos de varios meses.. Todos nuestros proyectos tambalean y cada vez más todo se complica.

En Estados Unidos, las grandes instituciones médicas, pueden realizar su tarea asistencial, la docencia y la investigación por las donaciones que reciben. Las cinco facultades médicas más trascendentes reciben más de 100 millones de dólares cada una! Aquí, ni soñando.

Realicé gestiones en el BID que nos ayudó en la etapa inicial y luego publicitó en varias de sus publicaciones a nuestro instituto como uno de sus logros!. Envié cuatro cartas a Enrique Iglesias, solicitando ayuda (¡tiran tanto dinero por la borda en esta Latinoamérica!) todavía estoy esperando alguna respuesta. Maneja miles de millones de dólares, pero para una institución que ha entrenado centenares de médicos desparramados por nuestro país y toda Latinoamérica, no hay respuesta. ¿Cómo se mide el valor social de nuestra tarea docente?

Es indudable que ser honesto, en esta sociedad corrupta tiene su precio. A la corta o a la larga te lo hacen pagar.

La mayoría del tiempo me siento solo. En aquella carta de renuncia a la Cleveland Clinic, le decía al Dr. Effen que sabía de antemano que iba a tener que luchar y le recordaba que Don Quijote era español! Sin duda la lucha ha sido muy desigual.

El proyecto de la Fundación tambalea y empieza a resquebrajarse.

Hemos tenido varias reuniones, mis colaboradores más cercanos, algunos de ellos compañeros de lucha desde nuestro recordado Colegio Nacional de La Plata, me aconsejan que para salvar a la Fundación debemos incorporarnos al ‘sistema’.

Sí al retorno, sí al ana-ana. ‘Pondremos gente a organizar todo’. Hay ‘especialistas’ que saben como hacerlo. ‘Debés dar un paso al costado. Aclararemos que vos no sabés nada, que no estás enterado’. ‘Debés comprenderlo si querés salvar a la Fundación’ ¡Quién va a creer que yo no estoy enterado!

En este momento y a esta edad terminar con los principios éticos que recibí de mis padres, mis maestros y profesores me resulta extremadamente difícil. No puedo cambiar, prefiero desaparecer.

Joaquín V. González, escribió la lección de optimismo que se nos entregaba al recibirnos: ‘a mí no me ha derrotado nadie’. Yo no puedo decir lo mismo. A mí me ha derrotado esta sociedad corrupta que todo lo controla.

Estoy cansado de recibir homenajes y elogios al nivel internacional. Hace pocos días fui incluido en el grupo selecto de las leyendas del milenio en cirugía cardiovascular. El año pasado debí participar en varios países desde Suecia a la India escuchando siempre lo mismo. ‘¡La leyenda, la leyenda!’

Quizá el pecado capital que he cometido, aquí en mi país, fue expresar siempre en voz alta mis sentimientos, mis críticas, insisto, en esta sociedad del privilegio, donde unos pocos gozan hasta el hartazgo, mientras la mayoría vive en la miseria y la desesperación. Todo esto no se perdona, por el contrario se castiga. Me consuela el haber atendido a mis pacientes sin distinción de ninguna naturaleza. Mis colaboradores saben de mi inclinación por los pobres, que viene de mis lejanos años en Jacinto Arauz.

Estoy cansado de luchar y luchar, galopando contra el viento como decía Don Ata. No puedo cambiar.

No ha sido una decisión fácil pero sí meditada. No se hable de debilidad o valentía. El cirujano vive con la muerte, es su compañera inseparable, con ella me voy de la mano. Sólo espero no se haga de este acto una comedia. Al periodismo le pido que tenga un poco de piedad.

Estoy tranquilo. Alguna vez en un acto académico en USA se me presentó como a un hombre bueno que sigue siendo un médico rural. Perdónenme, pero creo, es cierto. Espero que me recuerden así.

En estos días he mandado cartas desesperadas a entidades nacionales, provinciales, empresarios, sin recibir respuesta.

En la Fundación ha comenzado a actuar un comité de crisis con asesoramiento externo. Ayer empezaron a producirse las primeras cesantías. Algunos, pocos, han sido colaboradores fieles y dedicados. El lunes no podría dar la cara.

A mi familia en particular a mis queridos sobrinos, a mis colaboradores, a mis amigos, recuerden que llegué a los 77 años. No aflojen, tienen la obligación de seguir luchando por lo menos hasta alcanzar la misma edad, que no es poco.

Una vez más reitero la obligación de cremarme inmediatamente sin perder tiempo y tirar mis cenizas en los montes cercanos a Jacinto Arauz, allá en La Pampa.

Queda terminantemente prohibido realizar ceremonias religiosas o civiles.

Un abrazo a todos. René Favaloro

Así vivió y amó el corazón de un genio

El mago del bypass, la técnica que salvó y salva millones de vidas en el mundo, se mató de un tiro, deprimido y decepcionado ante lo que imaginó el derrumbe de sus mayores obras: la Fundación Favaloro, la universidad que lleva su nombre y el Instituto de Cirugía Cardiovascular. Sin embargo, los latidos de su corazón y el amor que impulsó cada uno de sus actos mantienen en pie su misión.

Según el diccionario, corazón, en su primera acepción, es apenas “una víscera muscular”, pero en la cuarta cobra su mayor dimensión: “voluntad, amor”. En la media tarde del sábado 29 de julio del año 2000, en el baño de su departamento de la calle Dardo Rocha, Palermo Chico, frente al espejo, René Gerónimo Favaloro se partió de un exacto disparo, con precisión de cirujano genial, ese corazón que fue mucho más voluntad y amor que la víscera muscular del tamaño de un puño cerrado que nos mostraron las láminas escolares. El día fatal se despertó, como siempre, al alba. A las nueve y media desayunó con Diana Truden, su última pareja. Hablaron de su ya cercano casamiento, planeado para agosto. Pasado el mediodía, mientras almorzaban, le dijo a Diana:

–Me voy a La Plata.

Pero volvió, escribió unas cartas, y ya solo, cumplió el ritual.

El siucidio. “La única cuestión importante de la filosofía”, según Albert Camus. Las cartas quedaron en la caja fuerte del Juzgado de Instrucción 41, a cargo del juez Daniel Turano, secretaría de Cristian Mangone, como parte de la causa caratulada René Favaloro, suicidio. Una de ellas dice: “Diana: ha llegado el momento de la gran decisión. Tú no eres culpable de nada. Mis proyectos se han hecho pedazos. No puedo cambiar los principios que siempre me acompañaron (…) Tú eres testigo de mi sufrimiento diario. Te agradezco todo lo que me has brindado. Nunca podrás imaginar cuánto te he amado. Nunca tuve nada igual. No se puede comparar con nada semejante de mi pasado. Tú has sido mi grande y verdadero amor. Siempre me he sentido un poco culpable. Nunca debí permitir que nuestro amor llegara tan lejos. Cuarenta y seis años es una gran diferencia. Y no te pude brindar hijos. Rezá un poco por mí. Sé que sufrirás un poco al principio. No sufras, por favor, no sufras mucho. Te he amado con locura. Estaré pensando en ti, solamente en ti, hasta el último segundo. Un abrazo grande, muchos besos, René”.

María Antonia

Favaloro dijo muchas veces, que el primer amor de su vida fue su madre, Ida Raffaelli, una mujer excepcional, de ojos verdes y una mirada muy dulce. Era modista y lo poco que ganaba lo aportaba al hogar. Pasaba largas horas en la máquina de coser, y además cumplía con devoción su papel de ama de casa mientras él, a sus doce años, ya trabajaba en la carpintería de su padre, Juan Bautista, donde aprendió a tallar la madera: un gran paso, aunque no parezca, para manejar el bisturí. Aquella casa y aquel taller estaban en uno de los barrios más modestos de La Plata, llamado El Mondongo por su cercanía a los frigoríficos. El barrio de Gimnasia y Esgrima, Los Triperos: otro de los profundos amores que agitaron el corazón de René. Al caer la noche, después del colegio y del trabajo, solía vagar por el Bosque; conoció los primeros besos, el primer sexo y el primer amor. Ella fue María Antonia Delgado, compañera del secundario. René se recibió de médico en 1949, a los 26 años; se casaron el 18 de noviembre de 1951 y pasaron su luna de miel en Capilla del Monte.

Jacinto Arauz

Ni un solo paso dio René Favaloro, hasta su última tarde y el disparo, que no fuera inspirado por la pasión, el amor, su corazón indomable. Casi apenas recibido, su tío le escribió desde Jacinto Arauz, un pueblito perdido en La Pampa, diciéndole: “El único médico que tenemos está enfermo. ¿Te animás a venir y reemplazarlo unos pocos meses? Su jefe en el hospital trató de disuadirlo: ‘Vos no naciste para médico rural’. Pero fue… ¡y se quedó doce años! Con María Antonia, su mujer, vivían en una vieja casa, con mucha modestia, y los pacientes le pagaban con pollos, huevos, queso. Andaba en un Chevrolet del treinta y cuatro y llegó a atender sesenta pacientes por día. Muchos años después, ya en los grandes centros médicos de los Estados Unidos, añoraba a aquellas humildes enfermeras de Jacinto Arauz, que tanto lo quisieron y a las que tanto quiso. Nunca volvió al pueblo: “tuve miedo de que la emoción me matara de un infarto”, dijo en cierta ocasión.

La patria

Año 1962: Favaloro viaja a los Estados Unidos para especializarse en cirugía torácica y cardiovascular en la Cleveland Clinic. Cinco años después logra una de las mayores hazañas médicas del siglo XX: el bypass, o puente coronario. El diario New York Times lo consagra como “el héroe mundial que cambió parte de la medicina moderna y revolucionó la cirugía cardíaca”. Se convierte en una codiciada y costosa estrella. Los mayores hospitales y clínicas se disputan su contrato. Pero en 1971 vuelve a la Argentina. A un país que empezaba a vivir la década más violenta de su historia: los años de plomo. ¿Por qué? Es muy simple: por amor a la patria. Aun con todos sus defectos, le gusta y ama a su país. Vino para operar y para enseñar, porque, según él, enseñar es una de las más grandes pruebas de amor. Mientras, le llueven premios desde todo el mundo: el John Scott, sólo ganado por genios como Marie Curie y Alexander Fleming; doctor honoris causa en Tel Aviv; Gran Oficial de la República Italiana; invitado de lujo a todo congreso del planeta; le ofrecen el Ministerio de Salud, bajo la presidencia de Carlos Menem, la gobernación bonaerense y la intendencia porteña. Pero todo lo declina. Su corazón, el de la cuarta acepción “voluntad, amor”, dedica cada sístole y cada diástole a sus dos y más conmovedoras obras: 1975, la Fundación Favaloro, y 1992, el Instituto de Cardiología y Cirugía Cardiovascular: trece pisos, 4.500 metros cuadrados, once años de trabajo y vigilia, 55 millones de dólares. Hasta el último centavo que había ganado en su vida lo puso allí. Dos años después, una hepatitis B casi lo borra del mundo. Tuvo que bajar el ritmo de trabajo. Pero no lo hizo por él, sino por sus cinco sobrinos y sus once sobrinos nietos. No tuvo hijos, pero ellos no lo eran menos.

El Instituto de Cardiología y Cirugía Cardiovascular de la Fundación Favaloro fue fundado como una entidad sin fines de lucro. Con el lema "tecnología de avanzada al servicio del humanismo médico" se brindan servicios altamente especializados en cardiología, cirugía cardiovascular y trasplante cardíaco, pulmonar, cardiopulmonar, hepático, renal y de médula ósea, además de otras áreas. Favaloro concentró allí su tarea, rodeado de un grupo selecto de profesionales.

Siguió haciendo hincapié en la prevención de enfermedades y enseñando a sus pacientes reglas básicas de higiene que contribuyeran a disminuir las enfermedades y la tasa de mortalidad. Con ese objetivo se desarrollaron en la Fundación Favaloro estudios para la detección de enfermedades, diversidad de programas de prevención, como el curso para dejar de fumar, y se hicieron varias publicaciones para el público en general a través del Centro Editor de la Fundación Favaloro, que funcionó hasta 2000.

Para el 2000 la Argentina estaba ya sumergida en una crisis económica y política y la Fundación Favaloro estaba endeudada en unos US$ 75 millones por lo que Favaloro pidió ayuda al gobierno sin recibir una respuesta oficial. El 29 de julio del mismo año toma la decisión de quitarse la vida de un disparo al corazón. Después de su muerte se supo que le había enviado una carta al entonces Presidente de la Nación Fernando de la Rúa, la cual nunca había sido leída y en la que expresaba su cansancio de "ser un mendigo en su propio país" y le solicitaba ayuda para recaudar fondos para la Fundación. Además, expresaba que la sociedad argentina necesitaba su muerte para tomar conciencia de los problemas en los que estaba envuelta.

Golpe al corazón

En 1998, primer gran duelo. O segundo, porque su hermano Juan José había muerto en un accidente. Un cáncer de riñón condena a María Antonia. En vano intenta cuanto tratamiento existe. Ya postrada, en el último verano la lleva a la playa en silla de ruedas. Fallecida María Antonia, se queda solo en su departamento de Barrio Parque. Solo y jaqueado por la adversidad, porque el Instituto tambalea: dos obras sociales le deben más de 18 millones de dólares, no le pagan, y él debe endeudarse con créditos para pagar los sueldos de sus mil cien empleados y todos los gastos de la Fundación. Manda cartas desesperadas a empresarios y dueños del poder, sin respuesta. Advierte que su decálogo moral, escrito para los jóvenes, se desploma, derribado por la corrupción y el dios-dinero. Su voluntad y su amor le dictan ese decálogo: honestidad; culto a la verdad; defensa de la libertad; lucha por la democracia; solidaridad; responsabilidad y compromiso en todos los frentes; lucha por la dignidad del hombre; una mejor vida en la Tierra; unidad latinoamericana, y entender que nada, nada, nada se consigue sin esfuerzo. “Este es mi testamento moral –dice–, pero todo lo que pasa en mi país parece burlarse sistemáticamente de cada uno de los puntos: sólo veo a mi alrededor corrupción, violencia, injusticia social, desocupación y marginalidad”.

Diana Lucía

En esas encrucijadas, en esos desencantos, en esas tristezas se encuentra René Favaloro cuando conoce a Diana Lucía Truden. Diana Lucía, que primero es una foto carnet, un currículum y una postulación: asistente de una de las secretarias del mago del by-pass, puesto vacante. Edad: 25 años. Meta: estudiar traductorado técnico, científico y literario en inglés. Seria, apasionada, de puntualidad solar, escala posiciones y se acerca cada vez más a su jefe. Después de la tragedia del 29 de julio, ella recordó que trabajaron juntos unos seis años y que después de la muerte de María Antonia él sufrió una gran depresión. A veces, Diana se quedaba hasta las nueve de la noche, hablaba con él, y en una de esas charlas le dijo: ‘Me siento atraído por vos’. Poco después, el domingo 7 de marzo de 1999, al mediodía, la invitó a su casa de Palermo Chico, Dardo Rocha 2965, y le confesó que estaba enamorado de ella”. No tardaron en ser pareja, pero en secreto absoluto: ni siquiera salían juntos de la Fundación. Por fin, en junio de 2000 decidieron no ocultarlo más. A partir de entonces, Favaloro empezó a presentarla como su novia.

El último acto

El 28 de julio salieron del trabajo a las seis de la tarde, hicieron las compras en una quesería de Entre Ríos y Venezuela, y fueron a la casa de él. El 29 se levantaron normalmente, y al mediodía Diana Lucía fue a su casa para buscar una valija con ropa, porque iban a casarse. René pensaba visitar a su sobrino Coco en La Plata. Cuando Diana volvió, le extrañó que no estuviera su auto, pero pensó que había llegado temprano y lo había guardado. De pronto recordó algo: en enero de ese año 2000, cuando volvió de un viaje por África, le había dicho: ‘Me voy a suicidar. No puedo vivir sin esta relación, pero tampoco puedo sacrificarte’. Se refería a la diferencia de edad. Pero luego de eso hablaron y decidieron seguir. Ella le pidió que nunca más hablara de suicidio, y él se lo prometió. Pero la situación de la Fundación lo angustiaba. ‘No tiene arreglo’, decía. Los últimos balances fueron negativos, y el 28 de julio se le murió un paciente que operó ese mismo día. Para colmo, ese mismo día, le habían dado una lista del personal de la Fundación que sería despedido: la mayoría, amigos entrañables que empezaron con él. Cuando Diana llegó a la casa de René no pudo entrar porque la puerta estaba cerrada y la llave puesta por dentro. Lo llamó dos veces desde su celular, pero respondió el contestador automático. Tocó el timbre muchas veces. Por fin, Pedro, el hermano de Diana que la había acompañado, pudo empujar la llave, y entraron. René estaba muerto. Ella no sabía que tenía un arma. Luego se supo que, cinco meses antes, en febrero, pidió permiso de portación alegando sus continuos viajes a La Plata y alrededores, lugares que consideraba peligrosos.

Días después del suicidio, Diana Truden pidió retirar del departamento algunos objetos personales. Una batidora, 850 pesos, regalos, ropa, su libreta de estudiante, su PC, una cámara de fotos, una lapicera Montblanc con las iniciales RF, los manuscritos de un libro que estaban escribiendo juntos (casi listo, y aceptada su impresión)… y dos alianzas de oro en un estuche rojo guardado en la mesita de luz. Siete cartas dejó el hombre antes de enfrentarse al espejo –a su cara, a su propia vida, y en soledad–, apretar el gatillo y liberar esa bala calibre 38 que le partió el corazón.

Epílogo

La vida, pasión y muerte de René Gerónimo Favaloro no fue otra cosa, además de genio, que la cuarta acepción de la palabra corazón: voluntad, amor. Amor al taller de su padre carpintero y a las herramientas de tallar que mucho después trocaría por el sutil y estricto bisturí. Amor al barrio El Mondongo, a la primera mujer, a la última mujer. A los años de la soledad pampeana de Jacinto Arauz y sus pacientes, aquellos que le pagaban con pollos y huevos frescos. A la fundación donde arriesgó todo sin que nadie, cuando los números pasaron del azul al rojo, le tendiera la mano.

Hoy, Diana Lucía Truden sigue allí, en la Fundación. En el lugar de su corazón.

El 29 de julio de 2000 se mató René Favaloro y no se mató porque si. Lo venció la corrupción médica, que involucra a las obras sociales, a sindicatos, a funcionarios públicos, a políticos y a tantos otros. Y es como si nada hubiera pasado.

En septiembre de 2009 transcendió el escándalo de la venta de medicamentos falsos y el tráfico de drogas que ha salpicado a la presidente argentina Cristina Fernández. La investigación que lleva a cabo el juez federal Norberto Oyarbide encontró lazos entre la llamada "mafia de los medicamentos" y la campaña que llevó a Cristina Fernández a la presidencia en 2007.

La causa que instruye el magistrado investiga la venta de remedios contra el cáncer y el SIDA que fueron adulterados, vencidos o robados. El principal imputado en el caso habría aportado cerca de un cuarto de millón de dólares a la carrera presidencial de la mandataria. Eso se desprende de las evidencias halladas por Oyarbide durante un allanamiento de las oficinas del primordial sospechoso, el empresario Néstor Lorenzo, dueño de la droguería San Javier.

Según reveló el juez a la prensa, durante el registro halló "una serie de facturas que tienen que ver con posibles aportes a la campaña presidencial". Fuentes judiciales detallaron que se trataría de copias de cheques por valor de cerca de US$250.000 entregadas por Lorenzo a colaboradores del partido oficialista, Frente para la Victoria.

Efedrina

Según la Justicia, éste no sería el único vínculo entre la venta ilegal de drogas y la campaña presidencial de Cristina Fernández: otro empresario farmacéutico investigado por su presunta participación en el tráfico de estupefacientes también habría financiado la candidatura de la mandataria.

Se trata de Sebastián Forza, una de las víctimas de un triple homicidio ocurrido en agosto de 2008, quien según las autoridades estaba relacionado con la venta ilegal de efedrina, un precursor químico utilizado en la fabricación de drogas sintéticas. La jueza María Servini de Cubría investiga los aportes que Forza habría realizado a la campaña de la presidenta, estimados en más de US$50.000.

El juez Oyarbide dijo que le envió a la magistrada -que lleva la causa por las presuntas irregularidades en el financiamiento de la candidatura de Cristina Fernández- las evidencias que vinculan a Lorenzo con Héctor Capaccioli, ex superintendente del Servicio de Salud y recaudador de la campaña presidencial.

En julio de 2000 Favaloro se suicidó y es como si no hubiese ocurrido nada. La conmoción duró poco y nada cambió. Muchos sintieron una honda tristeza y muchos otros se hicieron los tristes. Muchos recuerdan hoy a René Favaloro y muchos otros prefirieron olvidarlo. Muchos sintieron vergüenza por lo que ocurrió en aquel 2000 con René Gerónimo Favaloro. En la actualidad, a muchos sinvergüenzas no les importa absolutamente nada la impotencia, la frustración y el abandono que sintió el mago del bypass, el héroe mundial que cambió parte de la medicina moderna y revolucionó la cirugía cardíaca, en sus últimos días, antes del disparo final.
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