El pollo y los huevos son parte de la alimentación diaria en todo el mundo y así lo fueron por milenios. Dijéramos que se consumían de una manera natural porque las gallinas y los pollos eran de razas naturales. Un pollo desde que nacía en una finca se demoraba aproximadamente un año para estar listo para su consumo. La situación hoy es distinta. Desde que nace se demora 7 semanas para estar listo para el sacrificio. Ese crecimiento asombroso se logra basado en dos factores: la raza que es transgénica y que no se sabe que modificaciones genéticas le hicieron y sus implicaciones para la salud de los seres humanos. Los creadores de esas razas no están interesados a dar a conocer los peligros potenciales para la salud humana que tienen dichos animales. A nivel mundial se sospecha que la inversión cada vez mayor del sexo en niños y niñas podría deberse a ello. Toda la respuesta que han recibido es una burla pública. El crecimiento exagerado de algunos niños y la utilización, cada vez más frecuente de Vinagra por los jóvenes aquejados de impotencia bien podría tener que ver con la aplicación de hormonas sexuales a los concentrados para aves y las cuales van a parar finalmente a los consumidores.
El ser humano no necesita para su alimentación asesinar millones de criaturas inocentes para satisfacer sus gustos culinarios bien fomentados por la ciencia médica que recomienda el pollo y los huevos transgénicos a ultranza.