InicioApuntes Y MonografiasEn busca de esa respuesta - Cuento propio


En busca de esa respuesta.



El niño tendría unos once o doce años cuando sintió el malestar en su cabeza. Cada suspiro era un dolor indescriptible que lo hacían llorar hasta que el sueño lo callaba. Cada paso era un caminata eterna que terminaba con sus pies sudados y adoloridos. Sus manos cada vez más blancas, y sus ojos cada vez más abultados. Su presencia ya no era más que un peso para él. Sentía que era mejor estar muerto.

Después de varios días presentando estos balazos en su sien, estos golpes que lo azotaban contra el suelo y que aquejaban al pobre pequeño, su madre, por fin decide llevarlo al médico.


Luego de muchos exámenes, el médico menciona tan lamentable palabra, tan desdichado y delicado término que aquél señor vestido de blanco se atreve a decir. Cáncer.

¡Maldita seas Tu, Dios! - reclamaba la madre con los brazos extendidos hacía el cielo - ¿Que he hecho yo para recibir tal castigo? ¿Que ha hecho mi pequeño muchacho para ser condenado a tan misera mortificación?

Pero, - dice, con algo de optimismo en la voz, el médico - podemos someter al niño a una operación. Mañana mismo entrara al quirófano si usted así lo desea.

Sin más preámbulos, el pequeño entra con una sonrisa de oreja a oreja, quizás por los analgésicos o por la leve esperanza que tenía de poder contar esto a sus hijos el día de mañana, con la convicción de que Dios, su Dios, estaría con él, y no dejaría que tan diminuta vida enferma deje de existir.

Ya no recuerda nada. Está el solo en un salón blanco. Puede caminar sin sentir, ni siquiera, el más mínimo dolor en su cabeza. Puede ver su cuerpo, y al equipo médico tratando de extirpar tan maléfico tumor que vive en su cerebro. Aún tiene signos vitales. Él pequeño muchacho esta convencido de que vivirá, incluso te diría que saltaba de alegría en su extraño estado de sueño.

Pero de pronto, todo cambio. El salón blanco ya no era más que un triste escenario de cenizas, y el dolor volvía. No puede seguir en pie. Y al levantar levemente su cabeza adolorida, puede ver, OÍR, como sus signos vitales, ya no son más que un sonido infinito en el electrocardiógrafo.

El dolor desaparece nuevamente.


Sus ojos se llenan de lágrimas, y con enojo, con ira, grita en su último pensamiento: ¿Por qué, Dios? ¿Por qué, si tanto te amé, respeté y nunca dude de Ti, por qué, de tan repentino golpe, has acabado con mi vida? ¿Ese es tu plan de salvación? ¿Acabar con nuestras vidas y sin ninguna explicación? ¿Por qué tantos días, semanas y meses de sufrimiento? ¿Para acabar en esto? ¿Qué será de mi madre, de mis amigos? ¿Por qué eres tan cruel? ¿Por qué osas a confinarme en una caja? ¿Por qué no hablas? ¿Por qué no respondes mis lamentos? ¿Por qué...?

No hubo respuesta.

El pequeño sintió sueño. Parecía que era anesteciado. Sus párpados pesaban y su repiración se agotaba. Su corazón ya no latía. El alma del pequeño, murió.





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