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Carne de cañón: el desastre de Annual





El general Silvestre dio las últimas órdenes, ordenó la retirada y caminó hasta la salida del campamento de Annual. En los siguientes dos días los rifeños de Abd-el-Krim asesinaron a más de diez mil españoles que huían en desbandada.



Tres días antes del desastre, desde el blocao de Igueriben a poco más de cuatro kilómetros de Annual el comandante Benítez, que combatía desde el 7 de junio, solicitaba ayuda urgente. La concentración de enemigos era tan numerosa que llevaban dos días sin poder salir del bolcao para poder abastecerse de agua. Bajo el sol del Rif, los soldados del regimiento de Ceriñola aprovechaban las pocas pausas del combate para exprimir patatas rancias y beber su zumo y para cavar agujeros en los que se arrojaban desnudos para suavizar el calor.
El primer intento de llevar un convoy con agua y refuerzos a los sitiados de Igueriben fue un fracaso. En cuanto los regulares del coronel Núñez de Prado salieron por la puerta de Annual, los rifeños, con se enfrentaron al convoy con lo que los españoles no lograron avanzar más de cien metros antes de que se ordenara la retirada.



Desde Melilla, el general Silvestre ordenó al general Navarro que se intentara de nuevo llevar ayuda a la guarnición sitiada. Las lomas de los montes donde se asentaban los rifeños se batieron con artillería durante horas. Navarro mandó que salieran las tropas y que avanzaran por la derecha las fuerzas de policía y las harcas auxiliares apoyadas por cuatro compañías de soldados españoles. Por la izquierda marcharon los regulares y el resto de las fuerzas. Los rifeños, sin piedad, tiraban desde lo alto a las columnas de españoles que tuvieron que retirarse por el desfiladero. Annual es un desfiladero, un largo camino entre montañas, el peor escenario posible para una batalla.




Un año antes, el general Silvestre decidió comprar la lealtad de las cabilas rifeñas con dinero y asegurar con decenas de campamentos y blocaos la zona entre Melilla y la bahía de Alhucemas.
Los blocaos (del alemán block haus, una fortificación precaria construida con sacos terreros y protegida con alambradas a modo de vivac para una pequeña guarnición de soldados) de Silvestre tenían que construirse lo más alto posible de aquel barranco, con el inconveniente de que en las alturas de los desfiladeros no hay agua. Aquello obligaba a los soldados del blocao a realizar salidas a diario para recoger agua de pozos al descubierto.

Pero el dinero que se uso para comprar a las cabilas rifeñas mantuvo en calma la zona mientras se armaban. Las cabilas se unieron en torno al cadí Abd-el-Krim, que estudió en España y que pasó años analizando al ejército español. También estudió a Silvestre. Sabía que era un hombre que soñaba con las medallas y la retórica de la guerra. Sabía que era el tipo de militar capaz de arriesgar la vida de miles de soldados a cambio de su gloria personal.


Abd-el-Krim


Tras el desastre del 98 en Filipinas, a España sólo le quedaba la zona que se había firmado en el Tratado de Madrid de 1912 y que repartía la protección del Sultanato de Marruecos en dos zonas. La del sur, con las ciudades de Casablanca, Rabat y Fez, fue para Francia. La zona norte, el Rif, fue para España.
Allí, en el norte de África, se encontraba lo peor de cada ejército. La inmensa mayoría de los oficiales españoles, excepto los del arma de artillería (que solo podían ascender por antigüedad), buscaba el ascenso rápido por méritos de guerra, aunque en muchísimos casos no dispararan ni una sola vez. Y muchos otros hacerse ricos a costa del pobre material que se enviaba a las tropas.

También estaban las tropas indígenas, que eran los primeros en avanzar y los primeros en desertar y vender sus armas españolas a las cabilas rifeñas. Este era el material español en el Rif: oficiales en busca de la gloria y dinero, soldados a lo suyo y un desfiladero donde enterrar los últimos sueños imperialistas de España.



El 20 de junio, el general Silvestre salió hacia Annual por culpa de la torpeza del general Navarro, que todavía no había conseguido llevar ayuda a Igueriben. Silvestre llegó a Annual cuando llegaba la última comunicación del blocao que pedía que corrigieran el tiro y que disparasen sobre la alambrada, donde rifeños y soldados combatían cuerpo a cuerpo. Silvestre ordenó a los de Igueriben que abandonaran la posición, después de ver la imposibilidad de acercarse a ellos. Con los prismáticos vio cómo los rifeños mataban a todos los oficiales y soldados que quedaban en el blocao.


El General Silvestre


Pocas horas después llego el aviso de que de las lomas de los montes bajaban oleadas de harcas rifeñas. El general Silvestre dio sus últimas órdenes y caminó hasta la salida del campamento de Annual y se expuso a los fusileros rifeños que le disparaban sin acertarle. El general había enloquecido y llegó el caos. Los indígenas al servicio de España desertaron en masa. Los españoles empezaban a hiur, sin disciplina sin tener en cuenta que había 130 kilómetros hasta Melilla, con caminos difíciles o imposibles para una huida en masa. Los soldados arrojaban las armas para ir más ligeros, y así, morían mientras desde las lomas, les disparaban. Nunca una matanza fue tan fácil, una pesadilla.



Los rifeños pinchaban con sus cuchillos los cuerpos de los españoles, que parecían muertos y cuando encontraban a uno vivo, le abrían en canal y le dejaban morir despacio. A los cobardes les cortaban los genitales y se los introducían en la boca. Ni un solo español, de los diez mil que cayeron en Annual, fue enterrado.

En aquella masacre hubo episodios heroicos como la carga de caballería de los Cazadores de Alcántara en el cruce del Igan, entre Drius y Monte Arruit, cuando queriendo cubrir la desbandada de la columna, los 192 jinetes del regimiento, al mando del teniente coronel Fernando Primo de Rivera, cargaron monte arriba al galope y a sable contra los moros. Doce de los trece cornetas murieron en el combate. La última carga, con los caballos extenuados, fue al paso. A Primo de Rivera, herido, tendrán que amputarle un brazo sin anestesia en Monte Arruit. Finalmente lo que dejaron los buitres se pudrió al sol y así se los encontraron cuatro años después las tropas españolas, muchas de ellas ya profesionales, que desembarcaron en Alhucemas. Se cuenta que al segundo día, y ante tal cantidad de cadáveres, los buitres decidieron comer sólo de comandante para arriba.




La entrada al acuartelamiento de Monte Arruit antes y después de la lucha.


Cuando los cerca de 3.000 españoles que sobrevivieron a la desbandada llegaron a los muros de la guarnición de Monte Arruit, el general Navarro mandó un emisario a Adb-el-Krim para negociar los términos de la capitulación. El líder rifeño propuso que los españoles entregaran las armas a cambio de la promesa de respetar sus vidas. Navarro aceptó y los españoles amontonaron sus fusiles y pistolas y cuando el último cartucho fue entregado, los rebeldes rifeños sacaron sus cuchillos y degollaron a casi todos los españoles. De los 3.000 hombres, sólo se salvaron 60. Entre ellos, el general Navarro. Los sesenta fueron tomados como prisioneros durante año y medio, hasta que los liberaron por cuatro millones de pesetas de la época. Fue entonces cuando comentó el Rey Alfonso XIII: “Hay que ver lo cara que está la carne de gallina”.







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