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Un milagro bíblico que sí se produjo


Antes de comenzar, pongamos dos cosas en claro. Número uno: en función de su magnitud, podríamos englobar los sucesos milagrosos en dos categorías llamadas milagros absolutos y milagros relativos. Un milagro absoluto sería el que nadie puede discutir; por ejemplo, la resurrección de un muerto, admitiendo que se hubiera constatado previamente que el difunto lo estaba de verdad y no sólo lo parecía. Un milagro relativo sería un suceso que algunos pueden interpretar como milagroso, pero sin que necesariamente estén todos de acuerdo. Por ejemplo, si un enfermo terminal se salvara porque a último momento se descubriera una cura para su mal, a él le parecerá un milagro, pero otros podrían verlo de otra manera: pensar, por ejemplo, que tarde o temprano tenía que encontrarse un remedio para esa enfermedad, y por fuerza, cuando ello ocurriera, habría gente gravemente enferma (porque si no, lógicamente no habría sido necesaria una cura) que se salvaría muy a tiempo de una muerte que hasta entonces parecía segura. El milagro que narraremos pertenece a la segunda categoría.



Lo segundo que debemos dejar en claro es el título del presente artículo: Un milagro bíblico que sí se produjo. Si bien nadie puede verificar que todos los demás milagros no hayan ocurrido, lo contrario tampoco es posible; se trata de una mera cuestión de fe. En cambio, éste en particular, además de la Biblia, nos es conocido a través de otra fuente, y por lo tanto, no deja mucho espacio a controversias en lo que respecta al carácter histórico del suceso, aunque sí en cuanto a su interpretación. Dicho todo esto, ubiquémonos espaciotemporalmente en el escenario del milagro.







En el año 715 el rey etíope Shabaka completó victoriosamente una invasión a Egipto, que a partir de entonces estuvo gobernada por una dinastía de faraones negros. En el año 701 Shabataka sucedió a Shabaka como Faraón, pero la situación en Egipto era turbulenta, y en su Historia de Egipto afirman Etienne Drieton y Jacques Vandier que el capítulo 19 del Libro de Isaías describe muy bien la situación de aquella época en su versículo 2: yo armaré a egipcio contra egipcio y se batirá hermano contra hermano, amigo contra amigo, ciudad contra ciudad, reino contra reino. Es decir, el país no era la gran potencia de otros tiempos; al contrario. En Palestina, hacía ya bastante tiempo que el reino de David se había escindido en dos: Israel al Norte, Judá al Sur. Tampoco eran países muy pujantes. Por el contrario, el Imperio Asirio cernía una sombra amenazante sobre sus vecinos inmediatos, entre ellos, precisamente, Egipto, Israel y judá. Desde el año 705 gobernaba allí un nuevo rey, Sennaquerib, un monarca guerrero que emprendió en primer término la conquista de Palestina.




Tras arrasar Israel, Sennaquerib se dispuso a castigar militarmente a Judá, gobernada por el rey Ezequías. En apoyo de éste, Shabataka envió un primer ejército contra los asirios, que sufrió una humillante derrota en Altaku. Ezequías trató de negociar con Sennaquerib, quien había acampado con sus tropas en Lakish; pero la negociación no llegó a buen término, y a pesar de que Ezequías pagó el tributo que exigía Sennaquerib, éste puso sitio a Jerusalén, capital de Judá. Gracias a estar convenientemente fortificada, la ciudad resistió durante cierto tiempo los embates de los asirios. Egipto, por su parte, se preparó para enfrentarse a las represalias del temible Sennaquerib, que se preparaba para invadir Egipto. Todo indicaba que se avecinaba un desastre lo mismo para Egipto que para Judá, pero los ejércitos egipcio y asirio, al parecer, no llegaron a batirse debido a un suceso que fue interpretado como milagroso lo mismo en Egipto que en Judá. Según la versión bíblica, aconteció que la misma noche salió el ángel de Jehová, é hirió en el campo de los Asirios ciento ochenta y cinco mil; y como se levantaron por la mañana, he aquí los cuerpos de los muertos (II Reyes 19, 35).



La versión de Heródoto es algo distinta, pero coincide en la interpretación milagrosa. Nos cuenta que el sucesor de Shabaka, a quien llama Sethos pero que es identificado por los egiptólogos como Shabataka, había suprimido a los militares cierto privilegio; por lo que, en venganza, aquéllos se negaron a combatir contra Sennaquerib (Heródoto, sin embargo, narra que esto tuvo lugar cuando el monarca asirio se disponía a invadir Egipto). Sin embargo, a Sethos le habló en sueños su dios, asegurándole que triunfaría de cualquier manera; por lo que marchó contra los asirios al mando de civiles ataviados y armados como soldados. Entonces, en vísperas de la batalla, una plaga de ratas hizo estragos en el campamento asirio: royeron los carcajes, royeron los arcos y también las correas de los escudos, en tal forma que, al día siguiente, encontrándose los asirios sin defensa (y sin armas) huyeron y perecieron en gran cantidad.



Tal la interpretación de la Biblia y de Heródoto. Qué ocurrió en realidad, es imposible de precisar, pero se tiende a pensar que se desató una epidemia entre las huestes asirias, que obligaron al Sennaquerib a regresar a su capital, Nínive. En lo sucesivo, el soberano no volvió a intervenir militarmente en Palestina y jamás pudo intentar de nuevo una invasión a Egipto.



¿Demuestra esto que se produjo un milagro? No; ésa será sin duda la interpretación de los creyentes, los no creyentes continuarán tan escépticos como siempre. Pero lo que sí demuestra es que, por escéptico que se sea, en muchos casos la Biblia se revela como una interpretación religiosa de hechos históricos. Si reflexionamos la polémica que se ha instalado aquí mismo, en Taringa, entre partidarios y detractores del Che Guevara -una figura, sin embargo, infinitamente más cercana en el tiempo que Shabataka, Ezequías y Sennaquerib-, deberemos llegar a la conclusión de que lo que llamamos Historia, tal como la conocemos, es simple interpretación de hechos cuya verdad última nadie, salvo Dios -si se cree en El; en lo personal, yo creo- conoce. La Biblia hace su propia interpretación y tiene derecho a hacerlo. Y lo que hay de verdad en ella... También lo sabe sólo Dios.
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