por Philippe Descamps
Desde hace muchos años, Finlandia se erige en modelo de un sistema educativo de máxima excelencia por los notables resultados que obtiene en las diversas encuestas internacionales que miden el nivel de conocimientos adquiridos por los alumnos. La clave está en una concepción democrática y progresista.
Los éxitos del sistema educativo finlandés.
Las evaluaciones del Programa Internacional de Evaluación de Alumnos (PISA) de la Organización para la Cooperacion y el Desarrollo Económicos (OCDE) generan gran preocupación en Alemania y el Reino Unido, mientras que aún son poco comentadas en Francia y EE.UU., a pesar de que no están mejor posicionados.
Aunque invierten en educación, estos grandes países apenas llegan a la media de la OCDE en la capacidad de los jóvenes de 15 años en comprensión lectora, matemáticas y ciencias. Además de su rigor metodológico, que apunta a evitar cualquier sesgo cultural, estas evaluaciones son interesantes porque no se refieren a la adquisición de un programa, sino de un conjunto de habilidades útiles para comprender el mundo y resolver problemas en contextos cotidianos.
Ahora bien, estas investigaciones mostraron a Helsinki como un modelo inesperado. Tanto en la entrega de 2009, realizada entre 65 países, como en las tres anteriores (2000, 2003, 2006), Finlandia aparece en el grupo que lidera los rendimientos globales, junto a Corea del Sur y varias ciudades asiáticas miembros de la OCDE (Shanghái, Hong Kong y Singapur).
Además, junto con Corea del Sur, es el país con resultados más homogéneos y donde son más débiles las correlaciones entre medio económico y rendimiento escolar. El 93% de los jóvenes finlandeses termina el secundario, frente a solo un 80% en promedio en los países occidentales.
Tambien es cierto que el país se distingue por tener uno de los niveles de desigualdad social más bajo del planeta.
Condiciones especificas
Los resultados del PISA han atraído a un nuevo tipo de turistas. Luego de una visita en agosto de 2011, el entonces ministro de educación francés Luc Chatel, explicaba: “Hay una cantidad de recetas, que he visto funcionar aquí, que son transferibles”, en particular “la gran autonomía que se brinda a las escuelas”.
Un año después la revista británica Socialist Review celebraba un sistema “libre de evaluaciones” y donde “cada niño recibe un almuerzo sano al mediodía”. Cada analista extranjero, ya sea que provenga de la derecha liberal francesa o del trotskismo inglés, viaja en busca de tal o cual innovación que, aislada del resto, validara su propio proyecto.
La prensa internacional no suele reparar en las condiciones específicas de la génesis del “modelo”, al que le han sido dedicados varios libros cautivantes. Sin embargo, aquí “descentralización” no rima con competencia entre territorios, hablar de la “participación” de los profesores no se resume en la voluntad de incrementar sus horas de “presencia” en los establecimientos, y promover la “moderación” del gasto no encubre el deseo de beneficiar a prestadores privados.
“!Olvídense del PISA! –lanza Jukka Sarjala, uno de los artífices de la reforma escolar en la década de 1970. Por supuesto que estamos orgullosos de este reconocimiento a nuestro trabajo. Pero tenemos que mirar a nuestro sistema como un todo y no puntualizar sobre tal o cual aspecto”.
Más que una doctrina, el éxito finlandés encuentra sus raíces en la tradición politica de los países nórdicos, apegada a los logros concretos del Estado de Bienestar. El profesor Pasi Sahlberg, convocada para develar la receta pedagógica en un estudio del canal de televisión estadounidense PBS, el 10 de diciembre de 2010, responde con una amplia sonrisa: “ Como saben en nuestro país la educación es gratuita para todos, ¡desde el preescolar hasta la Universidad!”. Con estos supuestos, se hace muy difícil hacer comparaciones con el modelo estadounidense…
En Finlandia la gratuidad no solo se aplica en la enseñanza. Hasta los 16 años, la comunidad se hace cargo de todos los materiales, así como del apoyo escolar, el almuerzo, los gastos de salud y el transporte hasta el establecimiento del distrito. El financiamiento proviene en su mayoría de las 336 municipalidades, pero el Estado armoniza los recursos.
Así como solo participa en un 1% del presupuesto escolar en la municipalidad más rica, Espoo (cerca de Helsinki), en promedio provee el 33% de los recursos, y en las comunas pobres llega a aportar el 60%.
El gobierno tambien desalienta la apertura de escuelas privadas. En la década de 1970 desaparecieron casi todas (menos del 2% de la planta docente, frente al 17% en Francia), salvo las escuelas asociativas de pedagogías alternativas, del tipo Steiner o Freinet.
Esta prestación publica unificada no es particularmente onerosa, sino todo lo contrario. En términos de paridad de poder adquisitivo, Finlandia gasta menos dinero por alumno en la educación primaria y secundaria que la media de los países occidentales, y mucho menos que EE.UU. o el Reino Unido.
Se hizo hincapié en la calidad de los directivos, el número y la formación de profesores: la profesión docente se volvió muy respetada y codiciada, incluso cuando se requiere de una formación larga (al menos 5 años de universidad, generalmente más) y aunque los sueldos siguen más o menos la media occidental: al inicio de sus carreras son significativamente más altos que los sueldos franceses (36% más en primaria, 27% en secundaria) y se equiparan hacia el final de la carrera.
Solo uno de diez candidatos a la docencia llega a la meta. Además, se espera de los profesores un compromiso tan fuerte que no es extraño que algunos confíen sus números de teléfono o dirección electrónica a los padres.
Buena parte de la capacitación (mínimo un año) no se dedica a los contenidos a transmitir, sino a la pedagogía: a la manera de transmitirlos.
La directora de una escuela primaria en Rauma, Ulla Rohiola, define su misión: “Tenemos el deber de integrar a todos los niños. ¡Cada uno de ellos es importante!”. Cualquier discapacidad, diferencia, dificultades sociales, afectivas o escolares, debe encontrar una respuesta. “Si te sentís cómodo en el grupo y aprendes según tu nivel, no te frustras –dice-. Cuando de forma cotidiana se tienen en cuenta las necesidades de cada uno, un niño rápido puede convivir toda su escolaridad con un compañero más lento”.
Mientras que el modelo internacional promueve los indicadores de rendimiento, las auditorias y las clasificaciones, los educadores finlandeses defienden otro uso de las evaluaciones. Deben ser un instrumento de reajuste de las herramientas o los métodos que sirven para el desarrollo de los docentes y los niños, nunca una herramienta de control o competencia.
Es por ello que las evaluaciones se realizan por muestras y no a nivel nacional. Cada uno conoce sus resultados, pero no los de otras escuelas. Varias municipalidades han luchado contra los periódicos que querían publicar clasificaciones. Y en los casos en los que los tribunales fallaron contra el Estado, buena parte de la prensa prefirió llamarse a silencio.
En la década de 1990, se promovió la competencia entre escuelas, incluso un legislador conservador de Helsinki las invito a hacer publicidad. Hoy en dia, se comprendió que era un error, explica Susse Huhta, profesor de fines en Helsinki.
Con la abolición del mapa escolar, la búsqueda de las escuelas más prestigiosas, un fenómeno marginal en el interior, se impone en la capital, donde el 30% de los niños en la Clase 7 (13 años) no va al establecimiento de su barrio.
Según Tuomas Kurttila, director de la Liga de Padres, esto no hace más que responder al rápido crecimiento de la desigualdad y la evolución social en Finlandia: “Nuestra politica educativa corre el riesgo de convertirse en una simple vitrina, mientras que nuestras políticas sociales se degradan.
Los logros de hoy se construyeron en las décadas de 1970 y 1980. Los logros de mañana se construyen hoy. Todavía hay demasiados chicos que no cumplen con la escolaridad obligatoria. Soy optimista, pero debemos permanecer atentos ante el aumento de las disparidades”. “Se le pide a la escuela que responda a todos los problemas de la sociedad. Algo que muy difícilmente puede hacer”, añade Petri Pohjonen, director del Ministerio de Educación.
La obra de gobiernos de coalición de centro e izquierda
“Al principio, no fue fácil defender la escuela única. Muchos todavía pensaban que era imposible enseñar algunas materias a todos”, recuerda Jukka Sarjala, uno de los artífices de la implementación de la reforma, que termino su carrera en 2002 dirigiendo el Ministro de Educación nacional.
En la década de 1960, el sistema educativo finlandés aún estaba basado en la selección de alumnos desde la temprana edad de 11 años. Mientras que muchas familias rurales u obreras estaban condenadas a la repitencia, el fracaso escolar y el abandono, la elite garantizaba su reproducción enviando a sus hijos a escuelas secundarias en su mayor parte privadas.
Ya durante la posguerra, el profesor Yrjo Ruutu, un socialista que estuvo a cargo del Ministerio de Educación entre 1945 y 1950, había propuesto un espacio público unificado que garantizara la misma educación para todos, entre los 7 y los 16 años.
Pero sus proyectos se estancaron en la multiplicación de los comités de reflexión. La masificación de la escuela durante la década siguiente cambio las circunstancias. “Los agentes de cambio más importantes fueron los padres. Entendían muy bien que la igualdad de oportunidades no estaba garantizada”, agrega Sarjala.
En 1966, llega al poder el Frente Popular Finlandés, que reúne a políticos de centro agrarios y a toda la izquierda, con tres grandes proyectos de reforma: la salud, la jubilación y la educación. Esta coalición, que sigue geometrías variables e integra por periodos la Liga Democrática del Pueblo Finlandés (comunistas y aliados), gobierna hasta 1987 y construye pacientemente su reforma educativa.
La gran ley escolar se vota en 1968. Prevé la unificación de la escolaridad obligatoria en el ámbito público y una formación mucho más profunda para los docentes. La nueva “escuela fundamental” de 9 años se implementa en 1972, comenzando por las regiones del norte y luego progresivamente hacia el sur y Helsinki. La municipalización de las escuelas privadas permite la anulación de sus deudas.
“Algunos les dirán que nos inspiramos en Suecia y en la Republica Democrática Alemana (RDA) –prosigue Sarjala-. Pero teníamos nuestras propias ideas, con una exigencia: en un pequeño país nórdico como Finlandia, no tenemos otra riqueza que el capital humano. Necesitamos a todos”.
Muchos docentes de secundario al principio dudan o se oponen al cambio. Los dos principales sindicatos de dividen. Pero cuando la reforma se muestra ineludible, una nueva generación promueve la unidad. El sindicato Único de la Educación (OAJ), fundado en 1974, cuenta hoy con el 96% de adhesion entre los profesores.
En 1984, entabla una pulseada con el gobierno por un nuevo estatuto docente y una actualización salarial. Luego de un mes de huelga, logra su cometido y se impone como actor fundamental. “Los responsables políticos comprendieron que necesitaban de los profesores para lograr la reforma”, explica Ritva Sema, una de los 125 miembros permanentes del sindicato de la educación.
La democratización de la enseñanza se implementó a la par de la descentralización del país. El programa nacional –Opetussuunnitelma- en fines, desempeña un papel rector.
La voluminosa primera versión, publicada en 1970, describía en detalle todo lo que había que hacer en clase.
El segundo programa (de 1985) se contentaba con definir los objetivos y cada municipalidad redactaba su propio documento respecto de la manera de alcanzarlos.
A partir del tercer programa nacional (de 1994), aun más corto, cada uno de los establecimientos redacta su propio cuadernillo para completar el programa municipal. Hoy se está redactando el quinto programa nacional. En cada nivel, los docentes, los universitarios y los padres se asocian estrechamente para su elaboración.
Ante la ola neoliberal
“Detrás del aparente consenso actual, los conservadores quieren que olvidemos que muchos de ellos combatieron la reforma –señala Semi-. En la década de 1990, todo los favorecía. Por suerte, los primeros resultados de PISA aparecieron como una especie de martillo para aplastar las ideas de los conservadores, que desprestigiaban nuestras escuelas buscando imponer el regreso al sistema privado y la competitividad”, precisa Eero Vaatainen.
Ex responsable municipal de la Alianza de Izquierda, este profesor especializado redacta una tesis sobre la resistencia del sistema educacional finlandés a la ola neoliberal. Según el, la reforma pudo dar sus frutos gracias a su inscripción en el largo plazo, a un consenso muy amplio, al peso del sindicato de los profesores, a la importancia de la ruralidad en la vida politica y a la descentralización.
Por ejemplo, durante la gran crisis económica de 1991 a 1993, los padres y los docentes pudieron presionar con mayor facilidad a las municipalidades que al gobierno contra los recortes presupuestarios.