InicioApuntes Y MonografiasOiiiita Pirané - Escritos - (Sea II)

Oiiiita Pirané - Escritos - (Sea II)

Pirané nodriza de los montes, naufragan en tu pecho la dulzura y los misterios Pirané, polvo escarlata y de luna Llevo la escaña de tu sangre en mis entrañas, muchas veces el dolor de tu suelo maltratado la agonía de tu lucha por crecer en el poco esfuerzo que tus hijos te ofrecemos Yo te vi parir frutos y algarrobo, te vi refrescarte en las estrellas, con tu pura sonrisa de algodón Te observé hamacarte en los parpados del sol y me primaron tus caricias en mis noches de angustia Yo sé que sufre tristeza tu alma algunas veces Por el hambre de tu gente y las cosechas desgranadas En un minuto de silencio prometamos cuidarla por siempre a Pirané Autora : Nadia Splausky MI PUEBLO ADMIRO A ESA MADRE DE NOCHE TRAS NOCHE CON LUZ DE UNA VELA, POR EL NIÑO ENFERMO SUFRE Y SE DESVELA . ADMIRO A ESOS NIÑOS, QUE CORRETEANDO POR ESA VEREDA, JUEGAN Y SONRÍEN COMO LLUVIA FRESCA. ADMIRO AL HOMBRE QUE SIEMBRA ALGODÓN Y PONE EMPEÑO PARA GANARSE EL PAN. ME ADMIRO A MI MISMA POR ADMIRARLOS A ELLOS EL NIÑO, LA MADRE… ¡¡ PORQUE SON MI PUEBLO !! Autora : Mirta Graciela Galeano Año : 1986 La canción del Festival Con bombos y guitarras, polleras mil colores, con ponchos y un ardiente deseo de cantar Ya llegan los hermanos, hermanos provincianos, junto a nuestros vecinos del chaco montaraz Sonrisas en sus labios, ternura en sus miradas, trayendo en sus alforjas mensajes de amistad es que el Festival a comenzado y en su música a encontrado alma y vida nacional... suenen las campanas festejando el evento al mas genuino que nació en nuestra ciudad... que viva, que viva, que viva la canción del Festival! que viva! que viva! que viva el Folclore nacional, que viva, que viva, que viva la canción del Festival!(la canción del Festival) que viva! que viva! que viva el Folclore nacional, Apenas unos años, de su primer comienzo y ahora convertido en himno musical fue obra de gendarmes unidos en trabajo orgullo compartido por todo Pirané ejemplo de constancia, ejemplo de entereza yo se que en poco tiempo sera este Festival el mas puro acento formoseño, por su música, sus ansias, su manera de pensar... suenen las campanas festejando el evento mas genuino que nació en nuestra ciudad, que viva!, que viva!, que viva la canción del Festival! que viva! que viva! que viva el Folclore nacional, que viva, que viva, que viva la canción del Festival!( la canción del Festival) que viva! que viva! que viva el Folclore nacional, que viva!, que viva!, que viva la canción del Festival!(la canción del Festival) que viva!, que viva!, que viva la canción del Festival!(Festival) Gracias : compartir ><(((((°> Relatos de vida: Auroro Manzur Auroro Manzur nació en Formosa capital, el 22 de septiembre de 1925. Llegó a Pirané junto a sus padres, a finales del año 1935 cuando tenía sólo 10 años. Su padre era sirio libanés y como la mayoría de esa colectividad ejercía el comercio. Auroro junto a sus dos hermanos ayudaba a su padre en el negocio que entonces estaba ubicado en donde actualmente está el colegio Monte Calvario. Lo hacía en su tiempo libre, luego de la escuela y también realizaba las actividades propias de la niñez, mientras estaba aprendiendo el oficio de su padre. El mes de enero se caracteriza en la zona por un canto particular, el de las chicharras y entre esos cantos Auroro Manzur relataba parte de su historia y la , de Pirané. Con el tiempo, su padre se mudó a la actual Av. 9 de Julio y Santa María de Oro y pusieron una soderia, allá por los años cuarenta. Ya más adulto Auroro inauguró una bicicletería, junto a uno de sus hermanos, la que llevaba el apellido paterno. Se casó a los 26 años con Elsa Orué, de nacionalidad paraguaya, con quien tuvo tres hijos: Oscar, José Rodolfo y Celestina. Siempre en el alma yace una vocación dormida que cuando despierta es capaz de transformar el entorno brindando cosas bellas, Auroro también tenía vocación por la música. Formó una orquesta con su hermano Víctor Manzur y lo integraban cinco o seis músicos. El conjunto se llamaba “los errantes”, el nombre lo puso Martín Kriebaun que era el encargado de SADAIC y para hacer los papeles y mandarlos a Buenos Aires había que ponerle un nombre y registrar todas las piezas musicales que se interpretaban. Actuaban en muchos lugares, pero principalmente en una pista frente a Lesbegueris que entre semana era cine y los sábados y domingos pista de baile popular, también actuaban en el club social. Respecto de las cosas que recuerda con especial cariño de su juventud, dijo: “La llegada del tren desde Formosa o Las Lomitas; esa era la diversión del pueblo, se congregaban como 200 personas en la estación para ver llegar el tren con sus pasajeros, era una cita infaltable, también recuerdo a esta avenida (por la Av. 9 de Julio) que cuando era niño era un callejón entre los árboles nada más. Y terminaba donde hoy está la usina, era todo monte con caminitos que se llegaba hasta una casita aquí , otra allá hasta que se salía hasta la agencia de Torres, después era todo campo, no había ruta.” En el patio de su casa bajo un alero hay dos autos antiguos, un Ford A y un Chebrolet 27/28 como si con su presencia quisiera amarrar el tiempo de antaño, y frente a ellos don Auroro Manzur con esa chispa de nostalgia recuerda: “Las fiestas eran lindas cuando yo tenía 20 años, se hacían los carnavales y se disfrazaban de mascaritas y dominó, las mujeres bailaban en los corzos pero, eran discretas y recatadas, no mostraban todo como ahora, la diversión era sana.” Fue testigo de muchos cambios sociales, especialmente en la juventud y por eso su reflexión para los jóvenes: “Hacer una vida sana y sobre todas las cosas respetar los valores que no cambian por el paso del tiempo y a los músicos les digo que la música también cambió pero, hay que rescatar la esencia de nuestra música que no quede en el olvido”. Auroro Manzur toca tres instrumentos: guitarra, violín y bandoneón, lejos del egoísmo para transmitir conocimiento el pueblo de Pirané fue testigo de su generosidad. Un joven llamado Mariano quería aprender a tocar el violín. En muy poco tiempo aprendió a ejecutarlo bajo la enseñanza de don Auroro. Se presentó en el Festival Provincial de Folklore del año 2000 y fue revelación. Todos los años cuando Mariano viene a Pirané lo visita, actualmente está viviendo en Río Grande y enseña a otros chicos lo que le enseñó don Manzur. Asimismo, en relación a otros recuerdos que lo conmueven expresó “los casamientos para los que he tocado música, muchas parejas que se casaron entonces hoy siguen unidas, hoy pocos se casan o directamente ya ni se casan.” Finalmente, Manzur, -que tiene siete nietos y dos bisnietos- expresó que la vida fue generosa con el aseverando, “sí, he vivido 86 años.” Escribe: Felisa E. Sacarías* // Personajes que hacen la historia de un pueblo //.....><((((°> Pueblo Querido Hoy me encuentro muy lejos, muy lejos de la tierra que me vio nacer, de mis padres y de mis hermanos, y del barrio que me vio crecer, la nostalgia me destroza el alma y quisiera volverlos a ver. El recuerdo se me hace tristeza, la tristeza me hace llorar y entre llanto parece que miro a mi pueblo y a mi dulce hogar y también a mi madre bendita que sin duda por mi ha de rezar. Yo ansío con todo mi ser, regresar a mi pueblo querido y mi Dios me lo ha de conceder pa morirme haya con los míos. Es muy triste encontrarse ausente de la tierra donde uno ha nacido, y mas triste si no están presentes los amigos y los seres queridos, que el destino nos hizo dejarlos, mas del alma jamás ha podido. Yo he vagado por grandes ciudades, con sus calles requete bien alumbradas, pero nunca he olvidado y ni pienso olvidarlo por nada aunque tengan sus casas de adobe y una que otra calle afaltada…” Yo ansío con todo mi ser, regresar a mi pueblo querido y mi Dios me lo ha de conceder pa morirme haya con los mío Mr/tra: Scheihing Edgardo Libreta, sifones y demás hierbas (1era parte) Resulta bastante lógico pensar que antes, allá en la época de la niñez, en mi pueblo, el tiempo viajaba lento, en un andar cansino absorbido por la monotonía, quizás. Deshojar los almanaques de Casa Ciudad de Asunción, La Favorita, La Muñequita, Casa la Sin Rival o Carnicería Unsaín, era un proceso parecido a la eternidad. Incluso aquella vida cotidiana, lejos, muy lejos del consumismo hoy persistente y propagado, o de la opulencia, nos ubicaba en esquemas de vida elementales. Claro, y ese limitado mundo de consumo estaba, siempre, representado, por las cuadriculadas libretas “el almacenero”, que era como un libro diario, de asentamiento contable, pero pequeño y portátil. La libreta era una institución en el mundo comercial de entonces, basado en la confianza entre el que compraba y el que vendía. Era el símbolo del crédito, como sinónimo de confianza y el alto valor y fé que se le asignaba a la palabra. No era el equivalente a una tarjeta de crédito pues, tener la libreta en un comercio no implicaba usufructuarla en otro. En los almacenes se olía a aceite suelto, o a kerosene, a papeles para envolver por ejemplo fideos, o harina, o azúcar, o grasa suelta, comprados en proporciones racionales, para el día a día. Admiraba a aquellos vendedores que con ese raro papel, de color marrón o gris envolvían, cualquiera de esos productos, con una solvencia artesanal, parecida a las virtudes de un artista. (Nunca aprendí a hacerlo) Y por otro lado ese incipiente consumismo elaboraba tras de sí una serie larga de personajes, que son inolvidables, y con quienes se entablaba una relación personal estrecha, entre el que compraba y el que vendía. Desde el panadero hasta el sodero o el mismo carnicero, de cuya predisposición o buen humor, a veces dependía comprar una buena bola de lomo. La soda era un elemento siempre presente. Y en PIRANE de entonces la variedad de oferentes estaba a la orden del día. Aún recuerdo a Don TITO y a su carro de lata verde oliva, provisto de un par de ruedas de automóvil y casi siempre cargando a gran parte de su prole que ayudaban en la tarea de reparto, llevando soda por todo el pueblo y la angustia que nos producía ver a sus caballos siempre fiaquentos y desgarbados. Otros soderos también anduvieron de casa en casa repartiendo, los de MANZUR, o DOÑA PULA o TULA (el tiempo me produce confusión de letras); estaba también sodería RODAS, más tarde MINGO que incorpora el tractor como transportador de los sifones. Es siempre una alegría recordar aquellos paisajes de un PIRANE lejano, que se debatía entre el mundo que se modernizaba y esa vida de pueblo profunda, donde el tiempo era lerdo. Tan profunda que a los memoriosos, seguramente, los ha marcado a fuego. Autor : Gustavo Javier Lezcano El Mandato (2da parte de Libreta, sifones y demás hierbas) Las mañanas me quedaban libres para hacer los clásicos mandados, entendidos éstos como una suerte de obligaciones consuetudinarias (es decir, incuestionables) del hijo para con los padres. En consecuencia a los 10 y picos de años fui descubriendo las dimensiones (más allá de la calle de mi casa) de la patria chica, de aquel PIRANE, en los inicios de la década del 80. Esos mandados matutinos solían arrancar bien temprano. En cualquier época del año, PIRANE es tan lindo en la aurora. En la primavera o en el verano, destaco, los pájaros llenan de bullicios a los amaneceres, enredados entre las ramas de los árboles, que a su vez se conjugan con el canto repetido de los gallos, proveniente de todos los gallineros del pueblo y con las esporádicas intervenciones de mi loro PANCHO, que aporta una versión poco comprensible de la marcha peronista. Por otro lado, en esas tempranas horas arrancan lentamente los ruidos que suelen ser habituales en el barrio: las sierras de carpinterías y de aserraderos (a una cuadra de mi casa está el aserradero de BONINO); asimismo a unos 50 metros funciona el obrador del hospital que se está haciendo a nuevo y de ahí emanan, como un eco, los ruidos de los portentosos motores de los tractores John Deere verdes o los FIAT anaranjaditos, precalentándose para la larga jornada laboral, y el girar metálico de las mezcladoras cargadas de cemento, piedras y arena, en fin, las charlas y risas de los obreros. A esa hora, más o menos a las 6 y 45, CAÑOLE, Robertito, Juan y ÑAÑO llegan a lo de TANCO, trayendo, en un carro tirado a caballo, la preciada carne, recientemente faenada en el matadero. Al frente, se suma, a todo ese paulatino vértigo, los cantos tempraneros de HUGUITO, mi vecino de enfrente, que está de paso en PIRANE, pues estudia en Córdoba, en una escuela para no videntes, que escucha una insignificante radio y la tiene pegada a su oído. En fin, doña Margarita, madre de HUGUITO (mujer guapa si las hay) a esa hora, con el sol nuevito a cuestas, empieza su cotidiana actividad de barrer o carpir pacientemente su gran patio. Lo primero es ir a la panadería ROLON a comprar la famosa galleta “especial”. Allá me dirijo. Mientras voy meneando en esa inmensa bicicleta (en cuyo manubrio llevo atado un bolso de hilo fino de nylon, a rayas blancas y azules, ligeramente ensanchado en su base, y provisto de un par de circunferencias de alambre que sirven para sostenerlo), el olor a pan nuevo, característico de esas mañanitas, acelera mis pedaleadas y parece llevarme suspendido en el aire. Mientras me aproximo a la panadería ahí está, siempre, Don GOYO ROLON, parado en la esquina, como meditando la jornada que está empezando. Podría describirlo perfectamente de pies a cabeza, pero me detengo solo allí, en sus pies: una elegancia, parecía un “DANDY” el hombre, luciendo siempre impecables y relucientes zapatos y pantalones blancos; muy amable y apuesto, de a ratos desenrolla sus manos que las tiene agarrada por detrás suyo, gesticula y saluda a cuantos transeúntes irán por allí pasando. Una vez adentro el olor a pan nos irá derritiendo el estómago. De repente alguien me atendía, yo, instintivamente, decía: “un kilo de galleta especial”, entonces desde el fondo asomaba un hombre de breve estatura, pero grueso, de cabellos con rulos, pero incipiente, dotado de un bigote a lo CHAPLIN, era CATALO, o CATALINO, ya lo conocíamos porque EL acarreaba con unos grandes canastos de mimbre los panes y galletas calentitos desde bien atrás, donde estaban los hornos. A veces musitando algo…algo que en realidad nunca entendíamos. Para los que llevaban la galleta o el pan para la reventa o al por mayor CATALINO los atendía por el costado, pegado al fondo de la IGLESIA, en una inmensa puerta, dotada de una pesada persiana, abierta hasta la mitad. Una vez adquirida la galleta especial, no podía resistir a la tentación, que era poderosa, de pegarle uno, dos o tres pellizcones, hasta que finalmente terminaba pulverizando a la primera galleta. Pasaba, seguidamente, a farmacia MARIÑO. Toda vez que entro a una farmacia, incluso hoy día, el olor a remedios me lleva a aquella vieja farmacia (al estilo BOTICARIO) pegadita a IÑIGUEZ. Era un saloncito pequeño. Me impresionaba la propaganda de GENIOL (que era lo primero que se veía al ingresar) un caricaturesco hombre, de nariz y cachetes rosados; perfilado y totalmente calvo y lleno de agujas y prendedores en la cabeza y en otras partes de su rostro, como una metáfora gráfica de los dolores. De pronto, como de la nada aparecía DON MARCOS con su típico delantal blanco con bolsillos y sus cuidadas manos allí, bien guardadas. Caminando con todo su pecho y abdomen para delante, como atropellando al mundo. De cabellos finos y blancos, peinados para atrás con una prominente calva y sus bigotes blancos e incipientes, recortados prolijamente acaso con una tijera. A veces de pocas pulgas, especialmente cuando no sabías lo que ibas a comprar. Pero como yo llevaba anotadito, cuando el hombre preguntaba con su aguda voz “¿Qué va a llevar muchacho?”, sin dudar le respondía “¡reliverán, Don MARCOS!” (Era para la abuela). Era una alegría colosal salir de la farmacia MARIÑO sin haber ligado un reto de Don MARCOS. Al volver, para mi casa, solía hacer escala “en lo de KIRCH”. El edificio, imponente, enclavado en una esquina, al frente de la Comisaría. Paredes rosadas, gastadas por el tiempo, o blancuzcas, quizás. Sus verdes y altas aberturas y la puerta elevada que era el acceso al salón de ventas bien en la esquina. Entrar allí era también encontrarse con otros olores, los distintivos olores a ferretería. Su largo mostrador de madera, sus exhibidores de madera que también eran de considerables proporciones. En una palabra todo lo que había ahí adentro era grande; incluso quienes atendían: dos rubios hombres altos y corpulentos, uno ligeramente mayor que el otro, denotaban ciertos parecidos parentales, de vozarrones poderosos, manos gigantescas. Ambos bien peinados hacia atrás, y ambos provistos de sendos pares de sorpasos de elevada numeración o calce, cómodos evidentemente para trabajar diariamente. En lo de KIRCH se podía comprar desde cables hasta clavos, de diversos tamaños y laya, tornillos varios, focos o accesorios de cañería de agua. Recuerdo que cerraban sistemáticamente todos los meses de enero, entonces se podía leer en un viejo pizarrón verde de madera y escrito con tizas “cerrado por balance, desde….hasta….” A esta altura de la mañana ya había dado de baja a dos o tres o cuatro galletas (les dije, la tentación era poderosa y muy convincente). De vez en cuando, pasaba a La Muñequita, en la vereda de enfrente a KIRCH. Solo cuando mi madre necesitaba algún botón o hilo de coser en carreteles, o tal vez yo incorporaba a la compra algún par de bolitas paraguayas o porcelanas, o papel barrilete, si era época de las pandorgas. Llegar hasta la mujer que atendía La Muñequita, que estaba siempre sentada al fondo, era un hecho complejo, ya que siendo un local pequeño, continuamente estaba abarrotado de todo un poco, en el piso, o colgados juguetes desde el techo. Llegabas a ella, pero tropezando con todo lo que había al paso ¡Oh sí, y ese típico olor a MERCERIA! En otras oportunidades, especialmente a fin de mes, mi padre me encargaba que pasara por RICALDONE (en diagonal a KIRCH, siempre sobre la AVDA 9 de julio) a retirar los catálogos de zapatos (en esa época se compraba a pedido los zapatos). Aquellas compras solían incluir más negocios. O en todo caso, otros itinerarios, de acuerdo a la disponibilidad económica y a las necesidades domésticas del momento. Recuerdo en el límite de la Avenida Casa García, Casa Valdés. Del lado ESTE de la gran Avenida 9 de Julio, menciono algunos almacenes: ZAPAGUIN, VICENTE DIAZ, PANADERIA Juliá, CASA PLEY PANADERIA, el entonces innovador Autoservicio MENDOZA, o el autoservicio MALUF, donde en la década del 70 funcionaba FLORES electrónica, un edificio casi totalmente cubierto de azulejos azul celeste. La lista, como toda lista hecha a las apuradas, resulta pues incompleta. Como también es verdad que la memoria se vuelve frágil con el paso inexorable del tiempo; y los contornos de los lindos panoramas del Pirané de ayer se van tornando más bien difusos. En fin, mucho antes del mediodía ya estaba de vuelta en mi casa, escuchando de modo intermitente a otra sucesión de melodías en la voz de Huguito. Con la tranquilidad del deber cumplido: vale decir, haber consumado el MANDATO, o sea, el famoso MANDADO. Autor : Gustavo Javier Lezcano
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