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El Rugby y el Espíritu de la Navidad.


Desde Sevilla. Fuente http://senovilla-pensamientos.blogspot.com/

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Aquella tarde previa a la Navidad estábamos jugando al Rugby, deporte que se me daba bastante bien por mi forma de correr, aquellos kilos de menos que hoy recuerdo desde este cuerpo ya no tan esbelto, me sacan los colores (me da verguenza decir...) a todos ustedes que me llamaban la liebre.

Jugaba en la posición de Ala y a veces de Zaguero (Fullback), me gustaba mucho este deporte, pero lo que más recuerdo de aquellos días de niñez fue una tarde de partido, un partido más, de esos que se disputan entre colegios de la ciudad.

Mi entrenador un tipo muy serio y duro cada vez que hacíamos algo mal era el momento de cumplir con la vuelta al campo de rigor, a los que nos reíamos nos hacía dar dos y entre ellos siempre estaba yo.

Como os decía esa tarde era una más, pero la recuerdo con pasión, fue el mejor partido que he tenido en este deporte tan hermoso y único en el mundo.

Ese día apareció la mujer del entrenador y llegó acompañada de su hijo, un muchacho algo raro para los que desconocíamos los secretos de la vida y el mundo del autismo.

Estaban en la banda (en el touch, al costado de la cancha) la mujer con su hijo, el niño aplaudía cada vez que teníamos el balón y se enfadaba mucho cuando lo perdíamos o caíamos al suelo al ser placados (tackleados), nosotros seguíamos jugando y no dejábamos de observar al hijo del entrenador, llegó el descanso y comenzamos a hablar sobre como era aquel niño y qué raro nos parecía.

En un principio decíamos barbaridades, es un niño subnormal afirmaban unos, tiene una enfermedad muy peculiar decían los más mayores.

Al llegar el entrenador todos quisimos saber que le pasaba a su hijo y nos lo contó, tenía el Síndrome de Down, en esos momentos nos interesamos en saber que enfermedad era esa y vaya que si lo supimos, nuestro entrenador a pesar de ser un cascarrabias muy serio era un excelente orador y en cinco minutos todo el equipo entendió que le pasaba a su hijo.

El capitán del equipo, un niño algo más mayor que yo, no recuerdo si un año o dos, bueno para ser sincero lo estoy intentando adivinar, porque lo que más recuerdo de él es que pesaba el doble que yo y que una vez en un entrenamiento, estando en un maul, soporté su peso con la cabeza en un charco y casi me ahogo.

Como os decía este capitán era mayor y se le ocurrió la idea de que el hijo del entrenador jugase un poco con nosotros, que fuera durante un rato parte del equipo.

Se acercó al vestuario de nuestros rivales, amigos todos de otros partidos, porque en la ciudad sólo había dos equipos, así que como se imaginarán siempre jugábamos estos partidos contra los mismos y allí se puso a hablar con el otro capitán rival, un niño también mayor que yo, pero esta vez no por el peso, lo era por la altura, me sacaba dos cabezas y media, pero yo presumía de tener mejor zancada que él, aunque cuándo me placaba tenía que tragarme mis fanfarronadas.

Hicieron entre ellos un pacto y era que dejásemos jugar al hijo del entrenador un rato con nosotros, pero sabedores de lo que le pasaba y que deberían de tener mucho cuidado de no hacerle daño.

Fue el mejor partido de mi vida, el que más recuerdo de aquella época deportiva, no recuerdo el nombre de aquel niño, recuerdo que era el primer niño con esa enfermedad que conocía.

Le dejamos una camiseta y le pedimos el permiso al entrenador y a su madre contándoles el pacto de niños que habíamos hecho con el otro equipo.

La madre lloraba y tardé muchos años en saber el porqué, su padre se puso aún más serio de lo que era y con voz ronca nos dijo: Por favor tener cuidado que sois muy burros.

Esta advertencia estaba llena de razón, éramos muy burros, nos dábamos mordiscos, apretones en las partes nobles y algún que otro golpecito demás en los tackles, algo que sabía todo el mundo menos el arbitro que no debía tener muy buena vista porque nunca pitaba el recurrido golpe de castigo (penal).

Allí estaba el hijo del entrenador con su camiseta de color blanco y negro, los colores del Salvador, gran equipo de Rugby hoy perdido entre los recuerdos de mi niñez.

Esa camiseta transformó por momentos la cara de ese niño, era todo un cuadro de lo que es la felicidad, su madre no paraba de llorar cada vez que tenía el balón en la mano y todo el equipo le gritaba, corre, corre, hasta debajo de los palos.

Fue muy divertido, lleno de momentos insuperables cómo cuando el balón resbalaba en un pase y botaba al capricho de su forma de pepino, ese niño se reía a carcajada limpia y nosotros también.

Le dejamos probar todo lo que el deporte del Rugby tiene, la melé (el scrum) que era controlado a su antojo y conseguía mover con su cabeza enganchada en el trasero de un jugador, sacar una pelota al touch(patear afuera) comprobando que no tenía muy buena puntería y lanzando algún que otro balón entre los palos (conviertiendo para marcar puntos) , que se los contábamos como tanto si pasaba por debajo o por arriba.

Nuestros rivales, que no eran tales, porque ese día eran compañeros, como casi siempre en este juego, estuvieron a la altura de auténticos deportistas, apoyaron en todo momento las jugadas del hijo del entrenador y fingían con gracia las caídas por placaje (tackles) que este chico les hacía cuando tenían el balón.

Que tarde tan hermosa !

Impresionantes recuerdos, pero no fue eso lo que hoy me hace recordar aquella tarde, fue unos días después cuando volvimos a tener entrenamiento. Ese día nos llevó el entrenador al gimnasio y nos mandó sentar para darnos una pequeña charla que aún tengo metida en mi cabeza como un cuento de Navidad.

Habéis hecho muy feliz a mi mujer chicos, nos decía, aunque ella no paró de llorar en todo el partido, era la madre más feliz del mundo y os estoy eternamente agradecido, pero lo que más me llegó al alma fue que entendisteis que mi hijo puede ser uno más si gente como vosotros le deja jugar.

Hoy habéis dado un gran paso como deportistas y como personas, hoy os puedo llamar hombres a todos vosotros, y esto no lo olvidaré nunca.

Y así fue como recuerdo aquel partido, aquella tarde, a ese niño y a mi entrenador, era la primera vez que alguien me decía que ya era un hombre, y eso no se olvida jamás y mucho menos en un cuento de Navidad.

Porque todos somos distintos e iguales.
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