InicioApuntes Y MonografiasJesús el Hijo de Dios

(Basado en el Libro: Evidencia que exige un veredicto, de Josh McDowell).
C. S. Lewis, profesor de Cambridge y que durante un tiempo fue ateo, escribió: “Estoy tratando aquí de prevenir a cualquiera para que no diga la necedad que la gente dice a menudo respecto de él: Estoy dispuesto a aceptar a Jesús como gran maestro de moral, pero no acepto sus afirmaciones de ser Dios. Eso es lo que no debemos decir. Un hombre que fuese meramente hombre y dijera las cosas que dijo Jesús, no sería un gran maestro de la moral. Podría ser un lunático – en un mismo nivel con el hombre que dice que es un huevo revuelto – o bien podría ser un demonio infernal. Le corresponde a usted hacer su elección. Si este hombre fue, y es, el Hijo de Dios; o si es un demente o algo peor.”
Jesús afirmó ser Dios. No dejó ninguna otra opción. Su afirmación en cuanto a que fuera Dios debe ser verdadera o falsa, y es algo a lo que debiera concedérsele seria consideración. La pregunta de Jesús a sus discípulos, “Y vosotros, ¿quién decís que soy?” (Marcos 8.29) se nos hace también a nosotros hoy.
La afirmación de Jesús de que era Dios debe ser verdadera o falsa. Si la afirmación de Jesús era verdadera, entonces él es el Señor y Dios, y nosotros debemos aceptarle o rechazar su señorío.
Consideremos que su afirmación de que era Dios era falsa. Si era falsa, tenemos únicamente dos alternativas: que sabía que era falsa, o que no lo sabía.
Si, cuando Jesús afirmó ser Dios sabía que no era Dios, entonces estaba mintiendo. Pero, si era un mentiroso, era también un hipócrita, pues a los demás les decía que fuesen honestos, a cualquier costo, mientras él mismo enseñaba y vivía una mentira gigantesca.
Y más que eso, era un demonio, pues les decía a otros que confiaran en él para su destino eterno. Si no podía respaldar sus afirmaciones y lo sabía, entonces era extremadamente malo.
Finalmente, también sería un necio, pues fueron sus afirmaciones de que era Dios las que le condujeron a la crucifixión.
“Mas él callaba, y nada respondía. El sumo sacerdote le volvió a preguntar, y le dijo: ¿Eres tú el Cristo, el Hijo del Bendito?
“Y Jesús le dijo: Yo soy; y veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del poder de Dios, y viniendo en las nubes del cielo.
“Entonces el sumo sacerdote, rasgando su vestidura, dijo: ¿Qué más necesidad tenemos de testigos?
“Habéis oído la blasfemia; ¿qué os parece? Y todos ellos le condenaron, declarándole ser digno de muerte” (Marcos 14.61-64).
“Los judíos le respondieron: Nosotros tenemos una ley, y según nuestra ley debe morir, porque se hizo a sí mismo Hijo de Dios” (Juan 19.7).
Para los judíos, cuando alguno afirmaba ser hijo de Dios le debía, por regla general, añadir la frase: que está en los cielos. La afirmación de Jesús, Yo soy el Hijo de Dios, aludía en primer lugar al nombre de Dios YAH WEH, que fue revelado a Moisés, citado en Éxodo 6.2 y 6. De hecho, el afirmar constantemente que era el Hijo de Dios, le valió ser acusado constantemente de blasfemia, es decir, afirmar que era igual a Dios.
En muchas de las salutaciones de Pablo en sus cartas, afirma lo siguiente: “Gracia y paz a vosotros, de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo” (2 Tesalonicenses 1.2). En la carta dirigida a Tito le llama Dios a Jesús: “aguardando la esperanza bienaventurada y la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo” (Tito 2.13). El apóstol Juan también le llama Dios a Jesús: “Pero sabemos que el Hijo de Dios ha venido, y nos ha dado entendimiento para conocer al que es verdadero; y estamos en el verdadero, en su Hijo Jesucristo. Este es el verdadero Dios, y la vida eterna” (1 Juan 5.20).
El apóstol Pedro, según Lucas, el escritor del libro de Hechos de los apóstoles, le llama Dios al Espíritu Santo: “Y dijo Pedro: Ananías, ¿por qué llenó Satanás tu corazón para que mintieses al Espíritu Santo, y sustrajeses del precio de la heredad? Reteniéndola, ¿no se te quedaba a ti? Y vendida, ¿no estaba en tu poder? ¿Por qué pusiste esto en tu corazón? No has mentido a los hombres, sino a Dios” (Hechos 5.3-4).
Mateo 3.13-17 narra el bautismo de Jesús, en el cual las tres personas de la Trinidad se manifiestan detalladamente; los versos 16 y 17 dicen: “Y Jesús, después que fue bautizado, subió luego del agua; y he aquí los cielos le fueron abiertos, y vio al Espíritu de Dios que descendía como paloma, y venía sobre él. Y hubo una voz de los cielos, que decía: Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia.”
Esto se conoce como la doctrina de la Trinidad, que aunque no aparece como término explícito sí aparece su enseñanza implícita en la Biblia.
J. S. Mill, el filósofo, escéptico y enemigo del cristianismo (citado por Vernon C. Grounds, Reason for Our Hope, Moody Press, 1945), escribió: “ En lo concerniente a la vida y dichos de Jesús hay un sello de originalidad personal combinado con profunda de visión, que, si abandonamos la inútil expectativa de hallar precisión científica en donde el propósito era muy diferente, creencia en su inspiración, debemos colocarlo en la primera fila de hombres de sublime genio de los cuales puede preciarse nuestra especie. Cuando este sobresaliente genio se combina con las cualidades de quien ha sido probablemente el más grande reformador moral y mártir de aquella misión que haya existido sobre la tierra, no puede decirse que la religión haya hecho una mala elección al tomar a este hombre como el ideal representativo y guía de la humanidad; ni aun ahora sería fácil, ni siquiera para un incrédulo, el encontrar una mejor traducción de la virtud de lo abstracto en lo concreto que tratar de vivir de tal modo que Cristo aprobara su vida”.
William Lecky, uno de los más notables historiadores de Gran Bretaña y un dedicado opositor del cristianismo organizado, escribió en History of European Morals from Augustus to Charlemagne: “Al cristianismo le estaba reservado presentar al mundo un carácter ideal que a través de todos los cambios habidos en dieciocho siglos ha inspirado los corazones de los hombres con amor apasionado; se ha mostrado capaz de actuar en todas las edades, naciones, temperamentos y condiciones; ha sido no solamente el más alto modelo de virtud, sino el más fuerte incentivo a su práctica… El simple registro de estos tres cortos años de vida activa han hecho más para regenerar y pacificar la humanidad que todas las disquisiciones de los filósofos y que todas las exhortaciones de los moralistas.”
Philip Schaff, el historiador cristiano (History of the Christian Church, William B. Eerdmans, reimpresión, 1962) dijo: “Este testimonio, si no es verdadero, debe ser la más absoluta blasfemia o locura. La anterior hipótesis no puede mantenerse ni por un momento ante la pureza moral y dignidad de Jesús, revelada en cada una de sus palabras y en su obra, y reconocida universalmente. La auto-decepción en un asunto de tanta trascendencia, y con un intelecto tan claro y tan sano en todos respectos, es igualmente algo fuera de cuestión. ¿Cómo podría él ser un entusiasta o un demente si es que nunca perdió el equilibrio mental, si cruzó serenamente por en medio de las tribulaciones y persecuciones, como el sol sobre las nubes, si siempre respondió de la manera más sabia a las preguntas capciosas, si calma y deliberadamente predijo su muerte sobre la cruz, su resurrección en el tercer día, el derramamiento del Espíritu Santo, la fundación de su Iglesia, la destrucción de Jerusalem – predicciones que han sido cumplidas literalmente? Un carácter tan original, tan completo, tan uniformemente consistente, tan perfecto, tan humano y sin embargo tan por encima de las grandezas humanas, no puede ser ni un fraude ni una ficción. El poeta, como bien se ha dicho, sería en este caso mayor que el héroe. Se necesitaría a alguien mayor que Jesús para inventar a Jesús.”
Schaff (The Person of Christ) expresa lo siguiente: “La hipótesis de impostura es tan contraria a la moral como al sentido común, que el sólo declararla significa su condenación. Fue inventada por los judíos que crucificaron al Señor con el fin de cubrir su crimen, pero jamás ha sido considerada seriamente, y ningún erudito con alguna decencia y respeto de sí mismo se atrevería a profesarla abiertamente. ¿Cómo, en nombre de la lógica, del sentido común, y de la experiencia, podría un impostor – siendo un engañador, egoísta y depravado – haber inventado, y mantenido consistentemente desde el principio hasta el fin, el carácter más puro y más noble que se haya conocido en la historia con el más perfecto aire de veracidad y realidad? ¿Cómo podía haber concebido y llevado a cabo con éxito un plan de beneficencia, magnitud moral y sublimidad sin igual, y haber sacrificado su propia vida por ello, encarando los más fuertes prejuicios de su pueblo y de las edades?”
Alguien que vivió como vivió Jesús, que enseñó como enseñó Jesús, y que murió como murió Jesús, no podía haber sido un mentiroso. ¿Qué otras alternativas quedan entonces?
Si resulta inconcebible que Jesús fuese un mentiroso, ¿no podía entonces verdaderamente haber pensado que era Dios, pero haber estado equivocado? Después de todo, es posible ser sincero y estar equivocado.
Pero debemos recordar que para que alguien crea ser Dios, especialmente en una cultura que es ardorosamente monoteísta, y que luego cuente a otros que su destino eterno depende de que crean en él, no es un leve vuelo de fantasía sino los pensamientos de un lunático en el más amplio sentido de la palabra. ¿Era Jesucristo una persona semejante?
C. S. Lewis (Miracles, A Preliminary Study, Macmillan Co.) ha escrito: “La dificultad histórica para dar una explicación para la vida, dichos e influencia de Jesús que no sea más dura que la explicación cristiana es muy grande. La discrepancia entre la profundidad y sensatez de su enseñanza moral y la excesiva megalomanía que debería haber tras su enseñanza teológica a menos que él fuera verdaderamente Dios, nunca ha sido satisfactoriamente explicada. Por consiguiente, las hipótesis no cristianas se suceden la una a la otra con asombrosa e incesante fertilidad.”
Napoleón, que era genio para comprender a los hombres (citado por Vernon C. Grouds, The Reason for Our Hope, Moody Press), dijo: “Conozco a los hombres; y puedo decirles que Jesucristo no es un hombre. Las mentes superficiales ven un parecido entre Cristo y los fundadores de imperios, y los dioses de otras religiones. Ese parecido no existe. Entre el cristianismo y cualquier otra religión existe una distancia infinita… Todo lo referente a Cristo me asombra. Su espíritu me anonada, y su voluntad me confunde. Entre él y cualquier otro personaje en el mundo, no hay término posible de comparación. Él es ciertamente un ser único. Sus ideas y sentimientos, la verdad que anuncia, su manera de convencer, no son explicadas ni por alguna organización humana ni por la naturaleza de las cosas… Mientras más me aproximo, con mayor cuidado examino todo cuanto está sobre mí – todo permanece grandioso, de una magnitud que apabulla. Su religión es la revelación de una inteligencia que ciertamente no es la de un hombre… En ningún otra parte puede uno hallar, excepto solamente en él, la imitación o el ejemplo de su vida… Escudriño en vano en la historia para hallar a quien se parezca a Jesucristo, o a algo que pueda aproximarse al evangelio. Ni la historia, ni la humanidad, ni las edades, ni la naturaleza, me ofrecen algo con lo cual yo pueda compararlo o explicarlo. Aquí todo es extraordinario.”
Channing, citado por P. Schaff, al hablar de la teoría del lunático dice: “La imputación de un entusiasmo extravagante, auto-engañatorio, es la que tiene menos asidero en Jesús. ¿Dónde podemos, en su historia, hallar rastros de ello? ¿Les detectamos en la calma autoridad de sus preceptos? ¿En el suave, práctico y benéfico espíritu de su religión; en la simplicidad del lenguaje con el cual él revela sus altos poderes y las sublimes verdades de la religión; o en el buen sentido, en el conocimiento de la naturaleza humana, que él siempre pone en evidencia en su estimación y trato de las diferentes clases de hombres con los cuales entra en contacto? ¿Descubrimos este entusiasmo en el hecho singular de que mientras él clamaba poder en el mundo futuro, y siempre volvía las mentes de los hombres hacia el cielo, jamás permitía el libre vuelo de su imaginación, ni estimulaba la de sus discípulos presentándoles cuadros vívidos o alguna descripción minuciosa de aquel estado aun no visto? La verdad es que, notable como era el carácter de Jesús, por nada se distinguía más que por su tranquilidad y auto-dominio. Esta característica está presente en todas sus demás excelencias. ¡Cuán tranquila era su piedad!
Philip Schaff, el historiador, escribió: “¿Es posible que un intelecto semejante, claro como el cielo, vigorizante como el aire de la montaña, agudo y penetrante como una espada, plenamente vigoroso y sano, siempre listo y siempre bajo control, esté expuesto a un engaño tan grande y tan serio respecto de su propio carácter y misión? ¿Descabellada imaginación!
La decisión que usted haga respecto de quien es Jesucristo no debe ser un simple ejercicio mental. Usted no puede ponerlo en el estante como un gran maestro de moral. Esa no es una opción válida. Él es, ya sea un mentiroso, un lunático, o el Señor. Usted debe hacer una elección.
La evidencia está claramente a favor de Jesús como Señor. Sin embargo, algunas personas rechazan la clara evidencia a causa de que hay implicaciones morales involucradas. Es necesario que en la anterior consideración de Jesús como mentiroso, lunático, o Señor y Dios, se proceda con honestidad moral.
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