Buenos Aires en el Año 2080
Mucho antes de la aparición de las películas y series de ciencia ficción, escritores y dibujantes de fines del siglo XIX y principios del XX se atrevieron a soñar. Desde revistas y libros, imaginaron cómo luciría la capital argentina en un futuro para entonces lejano: una megalópolis con torres de 150 metros de altura, robots domésticos, alimentos sintéticos y ferrocarriles lujosos de 5000 pasajeros y en la que el matrimonio es obligatorio a partir de los veinte años y los piropeadores terminan en la cárcel.
Minutos después de desembarcar en Buenos Aires procedente de París, Achilles Sioen se desplomó en la silla de su habitación de hotel y se puso a escribir. Era 1879 y el periodista francés se sintió, como hacía mucho tiempo que no lo hacía, invadido por nuevas ideas. Los ruidos y los movimientos de una Buenos Aires que comenzaba a dejar atrás una década oscura marcada por la fiebre amarilla lo inspiraban, impulsaban a su mano derecha para que no dejara de moverse sobre el papel.
Durante días y noches, Sioen casi no durmió. Quería darle convertir en palabras aquellas imágenes que desfilaban por su cabeza. No se proponía, sin embargo, construir una crónica sobre la Conquista del Desierto emprendida ese mismo año por Julio Roca ni describir a la distancia la “Guerra del Pacífico” que enfrentaba a Chile con Bolivia y Perú.
Sioen no pensaba en el presente. Sioen veía más allá. Tanto que su imaginación voló hacia donde pocos argentinos y colegas de su época habían viajado: el futuro. El resultado de aquel trance fue un librito de tan sólo 120 páginas, las suficientes para marcar un hito y convertirse en una de las primeras obras de ciencia ficción local. Buenos Aires en el año 2080: una historia verosímil fue eso y mucho más.
Si bien no se convirtió en best-seller y hallar hoy una copia representa toda una hazaña, la utopía de Sioen movió todas las estanterías de su época. Fue como sacudir una colmena. Era una de las primeras veces que la Argentina en general y Buenos Aires en particular eran el escenario de tal curioso ejercicio de prospección.
Embebido en el espíritu verneano de su época, Sioen hizo algo parecido a lo que habían hecho Tomás Moro (Utopía, 1516), Francis Bacon (La Nueva Atlántida, 1624) y luego harían Edward Bellamy (Looking backward or The year 2000, 1888), el propio Julio Verne (Un periodista en 2889) y Aldous Huxley (Un mundo feliz, 1932): proyectó sus deseos, fantasías y miedos bien lejos de su época para hablar indirectamente de su tiempo.
La historia no es complicada: un joven administrador de una mina de cobre que viaja desde la Patagonia a Buenos Aires en la línea Sudamericana de ferrocarril que une el Estrecho de Magallanes con Río de Janeiro (“una de las mejores líneas del mundo”, cuenta). Mientras avanza a 360 km/h describe lo que ve: los trenes son superlujosos —llevan a 5000 pasajeros y tienen bibliotecas, capilla, un teatro y tiendas—, el país es cosmopolita —idiomas como el francés, el inglés, el ruso y el chino son tan usuales de oír en la calle como el castellano— y Buenos Aires cuenta con 2.800.000 habitantes (Argentina tiene 30.000.000). El espiritismo es considerado una ciencias exactas y el ateísmo, una rareza. La Boca se convirtió en el centro financiero porteño, un gran “sol eléctrico” ilumina la ciudad durante la noche sostenido por una estatua de Prometeo, el Riachuelo fue ensanchado y profundizado y se encuentra flanqueado por un gran bosque. Por hilos grafotelefónicos subterráneos se recibe en las casas los sonidos de los teatros, Europa es un solo país y las guerras han terminado. Y, curiosamente, la soltería es considerada un vicio inmoral, el matrimonio es obligatorio a partir de los veinte años; los piropeadores son mandados a prisión por un Consejo de Ancianos; hay condenas de tres años de trabajos forzados para aquellos novios que no concretan el matrimonio luego de ocho días de iniciado el noviazgo y las mujeres no tienen iniciativa individual y son sumisas a sus maridos.
Sioen no fue el único soñador. Sarmiento había imaginado en 1850 con Argirópolis, una ciudad imaginaria pensada como capital de los hipotéticos Estados Unidos de la América del Sud. Y 26 años después, en 1876, un tal José de Alcándara volcó en el Almanaque Ilustrado Sudamericano su relato “Buenos Aires en el año 4000”: el protagonista se levanta en el siglo XL y se espanta ante una ciudad hiperkinética y bulliciosa en la que los ferrocarriles eléctricos invaden las calles y el horizonte está infestado con edificios de tres y hasta cuatro pisos.
El escritor español Enrique Vera y González siguió continuó esta tradición futurista al imaginar en La estrella del sur: a través del porvenir (1904) su visión de Buenos Aires en 2010, para entonces la tercera ciudad del mundo que se preparaba a celebrar el Bicentenario. Sus 40 millones de habitantes viven en torres de 150 metros de altura, manejan autos y máquinas voladoras por doquier, telégrafos transmiten imágenes y hay robots domésticos. Los alimentos y combustibles son sintéticos —se erradicó el hambre— y hay tantas religiones como seres humanos.
A su modo y sin pretenderlo, Achilles Sioen y Enrique Vera y González instauraron una moda. A principios del siglo XX, imaginar la Buenos Aires del futuro se transformó en un deporte popular, practicado desde revistas populares como Caras y Caretas, PBT, El hogar y Fray Mocho.
“De repente, comenzaron a aparecer artículos de anticipación por todos lados. Por lo general, se concebía una ciudad vertical, un mundo interconectado, bañado por la electricidad —cuenta la arquitecta Margarita Gutman, autora de Buenos Aires: el poder de la anticipación (Ediciones Infinito)—. Se imaginaba que algún día se podría llegar rápido a cualquier lugar. Los aviones individuales y los rascacielos eran los símbolos predilectos, íconos del futuro urbano”.
Ni piquetes, ni calles con baches, ni celulares, ni internet. Para los habitantes de principios del siglo XX marcados por la ciega confianza en la ciencia, la razón y el progreso indefinido, la Buenos Aires del futuro era un gran parque de diversiones.
“En el año 2177, Buenos Aires será una ciudad fantástica de cientos de pisos de altura, repleta de hangares para las monstruosas naves del espacio —se lee en un artículo publicado el 23 de octubre de 1927 en el diario Crítica—. Proyectiles-vagones llevarán pasajeros de América a Europa en minutos. El transporte de energía, sonido e imagen se hará por conductos inalámbricos. Las ciudades no constituirán el refugio del hombre. Como los rápidos medios de locomoción suprimieron las distancias, los seres humanos elevarán sus viviendas en las montañas, en los desiertos canalizados y convertidos en jardines mediante la electricidad aplicada a la
agricultura”.
Más allá de las anticipaciones que se volvieron realidad y aquellas que no escaparon del ámbito de la fantasía, lo se advierte al sorprenderse a la distancia con estas proyecciones optimistas es un cambio en cómo imaginamos el futuro. “A lo largo del siglo XX, el horizonte de esperanza se transformó en horizonte de amenaza —concluye Gutman—. Hoy el pensamiento sobre el futuro es mucho más escaso. Está impregnado de escepticismo. Por eso necesitamos recuperarlo: como decía el sociólogo Raymond Williams, comenzar a pensar el futuro es el primer paso para construirlo”.
EXPERIMENTOS URBANOS EL PASADO DEL FUTURO
La obsesión e insistencia sobre la ciudad del porvenir en las revistas a principios del siglo XX.
Colección de las imágenes del futuro producidas en el pasado, el retrofuturismo es tanto una apuesta al entretenimiento como a la reflexión. Como si fueran arqueólogos, sus investigadores se sumergen en épocas remotas con paciencia detectivesca. Aunque no trabajan con palas ni cavan fosas en el suelo, ven hacia atrás para ver hacia adelante.
La arquitecta Margarita Gutman, por ejemplo, revisó 8367 ejemplares de revistas de entre 1882 y 1928 para conocer la particular manera que tenían los porteños de principios del siglo XX de soñar con el porvenir. “Encontré en estas publicaciones una constante, una especie de reiteración, una obsesión e insistencia sobre el futuro a través de artículos, caricaturas, chistes —cuenta esta arquitecta graduada en la Facultad de Arquitectura Diseño y Urbanismo de la Universidad de Buenos Aires—. Pero no sólo me llamó la atención el énfasis puesto en rascacielos y los aviones particulares. Me sorprendió aquello no mencionado: las cloacas, el tendido de agua y gas. Igualmente, eso es pintoresco: las anticipaciones del futuro producidas por una sociedad hablan más de esa sociedad que del mismo futuro que anticipan”.
Aunque ahora nos parezca que está ahí desde siempre, la idea de futuro no tiene más de 250 años. “En el siglo XVIII, se asoció a la idea de progreso, una profunda convicción de que el presente era mejor que el pasado y que lo que estaba por venir iba a ser mejor que el presente –explica Gutman—. La ciencia se asoció a lo milagroso. La idea de futuro estaba impregnada de un sólido optimismo. Sólo había que esperar, que el tiempo pasara para que todo fuera mejor”.
Entre aquella época y la nuestra, sin embargo, algo ocurrió: guerras, bombas atómicas, experimentos nazi, cambio climático y dos torres gemelas desplomadas en el suelo. Hoy nos cuesta pensar en la Buenos Aires o Argentina de octubre del año 2567 o del siglo XXXI. Un alud de novedades tecnológicas eclipsó al futuro. Sólo hay que volver a imaginarlo.
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