En 1965 Leonard Casley y su esposa Shirley compraron una granja en el valle del río Hutt, en Australia. Tenían entonces siete hijos. Durante tres años, la familia se dedicó a trabajar el suelo para sembrar trigo, lo que demandó un gasto considerable. Llegado el momento de la primera siembra, había en el país un excedente de cereal, por lo que sólo se permitió a los agricultores australianos plantar apenas una fracción de sus cosechas anteriores. En el caso de quienes, como los Casley, sembraban por primera vez, el permiso era por 580 hectolitros, que representaban, en la moneda de entonces. unos 2000 dólares del país, lo que no alcanzaba ni siquiera para pagar las cuotas de los dos tractores.
Las múltiples protestas de Casley cayeron en saco roto. Una consulta a un abogado fue igualmente estéril. Casley entonces buscó soluciones en su colección de libros de derecho y en la edición de 1961, en veinticuatro volúmenes, de la Encyclopaedia Britannica, y encontró cierta referencia a una ley inglesa según la cual el monarca era culpable de agravio si permitía cualquier injusticia en perjuicio de alguno de sus súbditos. Como se le había asignado su exigua cuota de trigo antes de que el parlamento estatal aprobase las leyes necesarias, Leonard consideró que Su Majestad la Reina Isabel II había permitido que se cometiese con él una injusticia, y la demandó en concepto de compensación territorial por 52 millones de dólares australianos. Pero mientras tanto, se presentó en el parlamento de Australia Occidental un proyecto de ley que, de ser aprobado, permitiría silenciar a revoltosos como él despojándolo de sus tierras, así que el combativo granjero escribió al gobernador Sir Douglas Kendrew para solicitarle que se opusiera a tal ley, alegando que, en Austrlia, un título de posesión de tierras rústicas constituye un contrato personal entre la Reina y el propietario. Tras un mes sin obtener respuesta, volvió a consultar sus libros de derecho y descubrió que existía un convenio internacional por el cual una comunidad podía constituir un "gobierno para la propia conservación" en caso de que su economía fuese destruida y existiera el peligro de que perdiese las tierras. En la práctica, equivalía a declararse independiente. El 21 de abril de 1970, la familia despachó los documentos secesionistas a diversas autoridades. Con notable torpeza, la Casa de Gobierno despachó poco después una carta dirigida a Leonard Casley, administrador de la Provincia del río Hutt, lo que en cierta forma equivalía a reconocer la autoridad del extraño gobierno recientemente constituido. Luego de esa torpeza, siguió otra: al trascender el caso, que fue recibido con gran hilaridad en Australia, el entonces primer ministro William McMahon declaró que la Commonwealth no reconocería jamás a la nueva provincia (que ya había recibido, sin embargo, cierto reconocimiento merced a la carta antes mentada). Ante esto, Leonard Casley recurrió de nuevo a su colección de libros de derecho, y descubrió una ley internacional que declara culpable de traición a quien se oponga a las actividades de un príncipe de hecho. Acto seguido declaró que su granja constituía el Principado de Hutt, y se proclamó príncipe Leonardo.
Desde entonces, el Principado sigue existiendo como micronación (nación o estado independiente pero que carece del reconocimiento de los gobiernos mundiales u organismos internacionales, según Wikipedia). Posee moneda y sellos postales propios, pero éstos no son reconocidos como de curso legal en Australia.
Casley no tardó en advertir el potencial turístico del Principado, y rápidamente empezó a preparar distintas atracciones, como una capilla, un restaurante, una tienda de recuerdos y un lago decorativo. El vino de marca que se sirve en el restaurante ha sido embotellado en el Principado.
Asimismo, por simple diversión, Casley, en su condición de Príncipe, distribuyó distintos títulos nobiliarios. Por ejemplo, el pintor Frank Nash fue recompensado con el título de Conde de Nain (capital del Principado) por decorar con murales la capilla. Otros se sumaron por cuenta propia a esta diversión; así, varios propietarios de yates de Australia Occidental constituyeron con sus embarcaciones la Marina de Hutt. Todo esto, por supuesto, de las tareas agrícolas, que siguieron adelante con renovados ímpetus.
La historia de los Casley tiene, por supuesto, su lado cómico; pero no conviene olvidar que empezó amagando tonos dramáticos. Por encima de todo, viene a ser una curiosa anécdota épica que reafirma que jamás, ni en las peores circunstancias, se debe dejar de luchar contra la adversidad. Y por esa misma razón, no conviene relegarla al olvido.
Las múltiples protestas de Casley cayeron en saco roto. Una consulta a un abogado fue igualmente estéril. Casley entonces buscó soluciones en su colección de libros de derecho y en la edición de 1961, en veinticuatro volúmenes, de la Encyclopaedia Britannica, y encontró cierta referencia a una ley inglesa según la cual el monarca era culpable de agravio si permitía cualquier injusticia en perjuicio de alguno de sus súbditos. Como se le había asignado su exigua cuota de trigo antes de que el parlamento estatal aprobase las leyes necesarias, Leonard consideró que Su Majestad la Reina Isabel II había permitido que se cometiese con él una injusticia, y la demandó en concepto de compensación territorial por 52 millones de dólares australianos. Pero mientras tanto, se presentó en el parlamento de Australia Occidental un proyecto de ley que, de ser aprobado, permitiría silenciar a revoltosos como él despojándolo de sus tierras, así que el combativo granjero escribió al gobernador Sir Douglas Kendrew para solicitarle que se opusiera a tal ley, alegando que, en Austrlia, un título de posesión de tierras rústicas constituye un contrato personal entre la Reina y el propietario. Tras un mes sin obtener respuesta, volvió a consultar sus libros de derecho y descubrió que existía un convenio internacional por el cual una comunidad podía constituir un "gobierno para la propia conservación" en caso de que su economía fuese destruida y existiera el peligro de que perdiese las tierras. En la práctica, equivalía a declararse independiente. El 21 de abril de 1970, la familia despachó los documentos secesionistas a diversas autoridades. Con notable torpeza, la Casa de Gobierno despachó poco después una carta dirigida a Leonard Casley, administrador de la Provincia del río Hutt, lo que en cierta forma equivalía a reconocer la autoridad del extraño gobierno recientemente constituido. Luego de esa torpeza, siguió otra: al trascender el caso, que fue recibido con gran hilaridad en Australia, el entonces primer ministro William McMahon declaró que la Commonwealth no reconocería jamás a la nueva provincia (que ya había recibido, sin embargo, cierto reconocimiento merced a la carta antes mentada). Ante esto, Leonard Casley recurrió de nuevo a su colección de libros de derecho, y descubrió una ley internacional que declara culpable de traición a quien se oponga a las actividades de un príncipe de hecho. Acto seguido declaró que su granja constituía el Principado de Hutt, y se proclamó príncipe Leonardo.
Desde entonces, el Principado sigue existiendo como micronación (nación o estado independiente pero que carece del reconocimiento de los gobiernos mundiales u organismos internacionales, según Wikipedia). Posee moneda y sellos postales propios, pero éstos no son reconocidos como de curso legal en Australia.
Casley no tardó en advertir el potencial turístico del Principado, y rápidamente empezó a preparar distintas atracciones, como una capilla, un restaurante, una tienda de recuerdos y un lago decorativo. El vino de marca que se sirve en el restaurante ha sido embotellado en el Principado.
Asimismo, por simple diversión, Casley, en su condición de Príncipe, distribuyó distintos títulos nobiliarios. Por ejemplo, el pintor Frank Nash fue recompensado con el título de Conde de Nain (capital del Principado) por decorar con murales la capilla. Otros se sumaron por cuenta propia a esta diversión; así, varios propietarios de yates de Australia Occidental constituyeron con sus embarcaciones la Marina de Hutt. Todo esto, por supuesto, de las tareas agrícolas, que siguieron adelante con renovados ímpetus.
La historia de los Casley tiene, por supuesto, su lado cómico; pero no conviene olvidar que empezó amagando tonos dramáticos. Por encima de todo, viene a ser una curiosa anécdota épica que reafirma que jamás, ni en las peores circunstancias, se debe dejar de luchar contra la adversidad. Y por esa misma razón, no conviene relegarla al olvido.