"A los que sienten correr por sus venas la sangre mágica del dragón, pues son los poseedores del fuego de la pasión y las alas de la fantasía."
"A los valientes que se han enfrentado con el peor de los monstruos: su propio dragón interior, pues son los verdaderos héroes de la vida."
Máximo Damián Morales:
MITOS Y LEYENDAS DE DRAGONES
(dedicatorias iniciales)
Las citas de apertura ilustran a la perfección los sentimientos que suelen invadir a muchos seres humanos ante la figura de la más famosa de las criaturas míticas, el dragón. Por un lado, el asombro, la maravilla; por otro lado, la certeza de que se trata de una criatura peligrosa que implica un riesgoso desafío para el valiente que ose oponérsele. Su mito es uno de los más extendidos y perdurables de la Humanidad. Aquí hablaremos largo y tendido acerca de esta criatura, y empezaremos analizando su origen.
No faltan quienes han supuesto y suponen todavía que el dragón se inspiraba en una criatura real, tan peligrosa como la describen las leyendas que inspiró, y posteriormente extinta, especialmente teniendo en cuenta que, más allá de añadidos tales como alas, cuernos, etc., la naturaleza de este fantástico animal es siempre reptiliana.. La teósofa Helena Petrovna Blavatsky, por ejemplo, imaginaba, contra todas las pruebas fósiles, que el hombre prehistórico había coexistido con los dinosaurios, y que las leyendas de dragones se basaban en estos últimos. Otros, ya un poco más razonables, han postulado que tal vez el hallazgo de restos de dinosaurios en la antigúedad favoreció el nacimiento del mito. Por su parte, el geólogo Charles Gould, en su ingenua obra MONSTRUOS MITOLÓGICOS, examina la evidencia y concluye, en base a representaciones del dragón chino: "...no hay nada imposible en la noción del dragón tradicional; que, siendo tal el caso, es más verosímili que en una ocasión tuviera una existencia real que el hecho de que sea mero fruto de la fantasía... Podemos deducir que era un largo lagarto terrestre, que hibernaba, que era carnívoro y con capacidad para constreñir con su cuerpo y su cola semejantes a una serpiente; posiblemente estuviera provisto de una extensión de su tegumento a modo de alas, tras la moda del Draco volans, y capaz de levantar ocasionalmente las paras traseras cuando se excitaba en un ataque. Aparece protegido por una armadura y picos protectores, como los que se encontraron en Moloch horridus y Megalania Prisca, y posiblemente se acercara más a esta última forma que a cualquier otra de la que tengamos conocimiento. Probablemente prefiriera los campos arenosos y abiertos a las zonas boscosas... Aunque era terrestre, es posible que, igual que la mayoría de los reptiles, disfrutara del baño y, cuando no estaba ocupado, tomara el sol...".
(Bajo esta imagen, reconstrucción del Megalania Prisca, el reptil prehistórico al que alude el autor)
En desacuerdo con Blavatsky y también con el ya citado Máximo Damián Morales, que halla cierto parecido entre los dragones y los dinosaurios, Daniel Cohen, en LA ENCICLOPEDIA DE LOS MONSTRUOS, afirma:"La verdad es que los dinosaurios no se parecen al dragón tradicional, el cual al principio parecía serpiente y posteriormente un lagarto alado. De hecho, es probable que la influencia fuese la contraria. Muchas de las primeras reconstrucciones de dinosaurios mostraron la incluencia de la visión popular del dragón. No obstante, ahora sabemos que la mayoría de los dinosaurios, en lugar de arrastrarse a la manera de un lagarto, anduvieron casi erectos y caminando sobre dos patas largas y fuertes. Los dinosaurios se parecieron más a un canguro o a un avestruz que al dragón tradicional. (Hay unos cuantos dibujos medievales y del Renacimiento de unos dragones bípedos, mas no son típicos). Los dinosaurios de cuatro patas, o saurópodos, tales como el brontosaurio, no tenían tampoco aspecto de dragón.
'Lo que sucede es que nuestra visión del dinosaurio ha influido en nuestra idea del dragón, y algunas imágenes modernas del dragón se parecen más a un tiranosaurio que al dragón tradicional."
¿Cómo nació en realidad el mito? Daniel Cohen, en su libro ya citado, sostiene que la voz germana para "dragón" era Lindwurm, que significa "serpiente-gusano"; que la palabra anglosajona Wyrm significa indistintamente "dragón", "serpiente" o "gusano"; que en Beowulf el dragón es denominado el "Gusano"; y que las antiguas baladas inglesas describen al monstruo como "gusano repugnante". En las obras de Tolkien, los dragones Glaurung y Scatha también reciben a veces el apelativo de "Gusano". Isidoro de Sevilla, en su Etymologiarum, afirma que el dragón es la serpiente más grande que existe, según leemos en BESTIARIO MEDIEVAL (con traducción, introducción y notas de Virginia Naughton). Plinio el Viejo, en su Historia Naturalis (y citado por Cohen) describía al dragón de la India como una serpiente "de tamaño tan inmenso, que fácilmente envuelve a un elefante con su piel y lo rodea con su cuerpo. La lucha resulta fatal para ambos; el elefante, vencido, cae al suelo, y con su peso aplasta al dragón entrelazado con él". (Agrega Cohen que esta lucha entre el dragón y el elefante, que Plinio hizo que terminara en empate, concluyó cada vez más a menudo, descripta por autores posteriores, con el triunfo del dragón). Morales admite que también la voz griega Drakón y la latina Draco significan "serpiente gigante". Por lo tanto, podemos concluir que exactamente eso era, originalmente, el dragón: una serpiente o un gusano, pero de tamaño excepcional. Tanto los reptiles como los gusanos están entre los animales más temidos por el ser humano. En algún número de la revista Geografía Universal (no recuerdo cuál ahora) se publicó un artículo sobre lagartos que incluía un recuadro en el que se comentaba precisamente que experimentos en primates y en niños demostraban que los reptiles se contaban entre los animales más temidos por unos y por otros, y pòstulaba la posibilidad de que este temor se transmitiera genéticamente y se remontara a la época en que los mamíferos primitivos debían esconderse de los grandes dinosaurios para sobrevivir. No sé si esto será cierto, pero, si lo fuera, tendríamos ahí una remota vinculación entre el dragón y el dinosaurio.
En Occidente, el dragón se hallaba vinculado al elemento fuego, y se lo consideraba maligno, impresión que se acentuaría, como veremos, con la llegada del cristianismo. En Oriente no fue así. Leemos a Rosa Gómez Aquino en su INVENTARIO DE CRIATURAS FANTÁSTICAS: "De forma contraria a los dragones occidentales, que auguran calamidades varias, los orientales eran presagio de buena suerte y cosechas abundantes. Se los asociaba, básicamente, con la creación, la naturaleza y la divinidad, por lo cual, eran criaturas de signo positivo. Efectivamente, los dragones de la mitología china eran seres benéficos y bondadosos, a pesar de que, en momentos de ira, podían causar inundaciones o tempestades. Se suponía que manipulaban los fenómenos meteorológicos: sus ojos despedían rayos, su vuelo producía el viento y su aliento se condensaba en forma de lluvia. Vivían en el agua, ya que éste era su elemento natural, en hermosos palacios de paredes transparentes y cada río, lago o laguna tenía su rey dragón. Durante mucho tiempo, se creyó que las piedras redondas que sirven de lecho a muchos arroyos no eran sino huevos de dragones. Asimismo, representaban sabiduría y poder, por lo que terminaron simbolizando al Imperio chino y al emperador, de quien, se decía, descendía de dragones y por cuyas venas corría sangre de este animal". Añade Morales: "Para un oriental, encontrarse con un dragón es hallar la sabiduría total y última. Por eso, el trono del Emperador de la China es llamado El Trono del Dragón, y a esta mágica criatura siempre se la asocia con las castas más altas.
'Para los occidentales, en cambio, el dragón encarna todo lo maligno, irracional y caótico del mundo: devora seres humanos, exige sacrificios, destruye por placer, tiene raptos de furia en los que puede destruir todo y posee un tesoro que custodia celosamente". Añade Morales que, quizás. la idea de un dragón custodiando un tesoro provenga de grabados orientales en los que se lo ve sosteniendo una perla. "¿Por qué motivo una criatura inmortal y mágica, de profunda sabiduría y que detesta a los humanos, va a pasarse toda la eternidad encerrada en una cueva custodiando tesoros materiales que no le sirven para nada? Una respuesta posible es la de suponer que los dragones, así como aquellos seres capaces de obtener cierto nivel de sabiduría, también tendrán el poder del libre albedrío: los habrá agresivos, bondadosos, avaros, codiciosos de riquezas, etc."
Igual que en Oriente, en Occidente se tuvo al dragón, durante mucho tiempo, por una criatura real. Según Daniel Cohen, "Se escribieron varios tratados eruditos sobre los 'huesos de dragón' y los cráneos de dragón' hallados en toda Europa. A la luz de los conocimientos actuales, resulta obvio que los 'dragones' fueron, en realidad, mamíferos extintos. El padre Athanasius Kircher, sabio jesuita, desarrolló en el siglo XVII una complicada teoría acerca de cómo los dragones vivían debajo de la superficie de la Tierra, puesto que sus huesos, por lo común, se encontraban ahí. Afirmó que vivían en cuevas y que por ser animales subterráneos rara vez aparecían en la superficie. Sólo cuando su regreso se veía obstruido por un terremoto o un alud eran obligados a permanecer en la superficie. Por eso se veía tan poco a los dragones". Agrega Cohen que un supuesto cráneo de dragón descubierto cerca de Klangenfurt (Austria) y conservado luego en el Palacio Municipal de dicha ciudad, fue identificado posteriormente como perteneciente a un animal prehistórico, concretamente un rinoceronte lanudo. Además, en la Edad Media existían los "fabricantes de monstruos", que reuniendo piezas anatómicas de distintos animales bien reales, las unían y disecaban para dar la impresión de que se trataba de una única criatura fantástica, y la vendían como tal. En apariencia, fabricaban presuntas crías de dragón añadiendo alas de murciélago a cuerpos de lagarto; y los resultados influyeron en todas las posteriores imágenes del monstruo.
Por supuesto, si el dragón era la mismísima encarnación del Mal, el héroe que tarde o temprano acudía a hacerle frente se alineaba en el bando opuesto, el del Bien. Aparte de efectuar un servicio público eliminando a tan peligrosa bestia, el héroe podía tener motivos más personales para matar al dragón, ya que por lo general, como señala Máximo Damián Morales, el dragón solía ser custodio de algo; de un tesoro, por ejemplo, o de una bella mujer. Obtener aquello que custodiaba el dragón era un poderoso acicate para el héroe. Claro que era una empresa tremendamente arriesgada. Recordemos nada más la reacción del dragón del poema anónimo BEOWULF cuando despierta de su letargo y descubre que un ladrón le ha robado un cáliz que formaba parte de su tesoro, según se lee en la versión completa, editada por Longseller y adaptada, traducida y prologada por Roberto Rosaspini Reynolds:
"Avido de venganza y lleno de odio y furia, comenzó a recorrer la caverna en todo sentido, siempre revisando los rincones en busca de su joya, pero la copa de oro se había perdido definitivamente. Con ansiedad, el guardián de la caverna esperó la aparición del Lucero, lleno de aversión hacia el género humano, y pensando en la forma más cruel de vengarse de ellos por la pérdida de su cáliz. Finalmente, como eran sus deseos, llegó la noche, y el dragón ya no pudo aguardar más: sus ojos rojos parecían dos ascuas del Averno, y sus fauces despedían ígneas llamaradas capaces de quemar todo lo que tocaban.
'Por último, ya preparada su venganza, se deslizó por el pasaje del barrow que desembocaba en los acantilados, y se lanzó al vacío, en su primer vuelo al cabo de muchos siglos, oteando los alrededores en busca de las primeras víctimas de su venganza. Pronto aparecieron bajo sus correosas alas las débiles luces de un pueblo de aldeanos, cuyos pobladores corrían aterrados y sin rumbo ante la malévola criatura que los amenazaba desde el cielo.
'El monstruo no perdió tiempo en iniciar su venganza: tan pronto como divisó el pueblo, se dirigió directamente hacia él, y una densa lluvia de fuego comenzó a caer sobre las humildes chozas de techo de paja, que no tardaron en arder como teas, con muchos de sus habitantes en su interior. La malévola intención del merodeador aéreo era, sin duda, la de no dejar a nadie vivo, y pronto, desde los ventanales del Mead Hall de Beowulf, comenzaron a verse los rastros de los incendios, a medida que el engendro los iba incinerando hasta los cimientos, junto con todos los geata que habían corrido a refugiarse en su interior. las escenas apocalípticas no cesaban: aquella era una nación que estaba siendo convertida a cenizas, y hasta el espléndido Salón del Rey fue reducido a pavesas. Sin embargo, el monarca, como corresponde a un verdadero guardián de su pueblo, se repuso rápidamente de la tragedia y comenzó a reunir a sus huestes para preparar un contraataque..."
Resaltemos la abnegación de Beowulf, que no piensa en el tesoro que lo aguarda, sino sólo en la seguridad de su pueblo, y que irá a batirse con el dragón aunque él mismo esté muerto de miedo, y con un solo acompañante.
Beowulf fue sólo uno entre tantos héroes y dioses paganos que debieron hacer frente a un dragón: Jasón, Perseo, Hércules, Cadmo, Marduk, Thor, Sigfrido, Fraoch... El cristianismo hizo del dragón una figura de Satanás. De hecho, en el libro del APOCALIPSIS se relata la batalla entre el Arcángel Miguel y Satanás: "Entonces se entabló una batalla en el cielo: Miguel y sus Angeles combatieron con el Dragón. También el Dragón y sus Angeles combatieron, pero no prevalecieron y no hubo ya en el cielo lugar para ellos. Y fue arrojado el gran Dragón, la Serpiente antigua, el llamado Diablo y Satanás, el seductor del mundo entero; fue arrojado a la tierra y sus Angeles fueron arrojados con él" (Apocalipsis 12:7-9). A partir de entonces, los héroes que se encargaban de acabar con el dragón eran santos cristianos: San Jorge, desde luego, pero también San Román, San Narciso, Santa Margarita y Santa Marta, entre otros. En el caso de San Jorge, algunos relatos que narran su martirio llaman serpiente al gobernador que lo condenó a muerte, y ése epodría ser el origen de la leyenda; sin embargo, eso del guerrero dando muerte al monstruo es arquetípico, y una gesta obligada en la carrera de todo héroe que se preciara de tal. Así, en EL MITO DEL ETERNO RETORNO, Mircea Eliade nos cuenta: "Dieudonné de Gozon, tercer Gran Maestre de los Caballeros de San Juan de Rodas, se hizo célebre por haber dado muerte al dragón de Malpasso. Como era natural, en la leyenda el príncipe de Gozon ha sido dotado de los atributos de San Jorge, conocido por su lucha victoriosa contra el monstruo. Es inútil precisar que el combate del príncipe de Gozon no se menciona en los documentos de su tiempo y que sólo comienza a hablarse de él unos dos siglos después del nacimiento del héroe. En otros términos: por el simple hecho de haber sido considerado como un héroe, el príncipe de Gozon fue elevado a la categoría de arquetipo, en la cual ya no se han tenido en cuenta sus hazañas auténticas históricas, sino que se le ha conferido una biografía mítica en la que le era imposible omitir el combate con el monstruoso reptil".
El avance del racionalismo por encima de la religiosidad degradó al dragón a la categoría de mito; y el hombre, progresivamente, entendió que los demás seres vivientes no le eran tan peligrosos como él para ellos. Esto dejó su impronta en la forma en que la literatura y el cine fantástico abordaron al dragón, que empezó a verse más amable, más sabio, más divertido o todo ello a la vez. Así, en el cuento EGIDIO, EL GRANJERO DE HAM, de J. R. R. Tolkien, encontramos a Crisófilax Dives, un dragón villanesco, pero que, achicado ante un granjero suertudo e infatuado que le hace frente en contra de toda lógica y hasta de su propia voluntad, termina en buenas relaciones con éste. En la TRILOGÍA DE TERRAMAR, de Ursula K. Le Guin (creo que mientras tanto son más de tres libros, en realidad), los dragones resultan temibles todavía, pero ni de lejos son los monstruos devastadoramente asesinos de antaño. En VENCER AL DRAGÓN, de Barbara Hambly, los dragones son depredadores peligrosos para el ser humano, pero tan bellos, que su destrucción es un hecho lamentable aunque necesario. Christopher Paolini, en ERAGON, describe dragones que no sólo dejan que los humanos los usen como cabalgaduras, sino que hasta eligen a quienes habrán de montarlos. En la SAGA DE HARRY POTTER, de Joan K. Rowling, hay toda una fauna mágica, de la que forman parte los dragones; son animales peligrosos, pero hay formas de controlarlos, y resultan muy útiles, gracias por ejemplo a su sangre, a la que puede dársele doce usos.
En el cine, la renovada imagen del dragón se inició quizás con CORAZÓN DE DRAGÓN, de Rob Cohen (DRAGONHEART, 1996; fotograma sobre estas líneas), cuyo protagonista, Draco, era un dragón parlanchín, benévolo y simpático; siguió con la dragona que en SHREK ](2001), de Andrew Adamson y Vicky Jenson, custodiaba a la princesa Fiona en su torre y se enamoraba de Burro, el amigo del protagonista. Por último, citemos a CÓMO ENTRENAR A TU DRAGÓN (How To Train Your Dragon, 2010), de Chris Sanders y Dean DeBlois, ambientada en una Edad Media donde los vikingos sostienen una especie de guerra contra los dragones, a quienes terminarán adoptando como mascotas gracias al protagonista, Hipo.
En consonancia con nuestra actual mirada ecologista, incluso el canal Discovery, en el año 2005, estrenó un falso documental intitulado DRAGONES: UNA FANTASÍA HECHA REALIDAD, del que vemos una imagen sobre estas líneas, y que imaginaba una historia evolutiva y toda una biología para estas criaturas, demostrando que, aunque ficticias, no son imposibilidades zoológicas.
Sin perjuicio de todo lo antedicho, el dragón continúa siendo un peligroso y maligno monstruo en otras ficciones, como por ejemplo en EL SEÑOR DE LA NOCHE, de Tanith Lee, uno de cuyos personajes, el joven Drezaem, libra un espectacular enfrentamiento contra una de estas fieras, y resulta vencedor. O en el lúgubre EN BUSCA DEL REY, de Gore Vidal, que describe a Ricardo Corazón de León y sus compañeros de regreso de las Cruzadas, y matando a un dragón por el camino. Claro que en estos casos, la peligrosidad de los dragones estriba en su condición de depredadores. En EL HOBBITT, de Tolkien, hallamos al perverso y codicioso Smaug el Dorado, descendiente literario directo del monstruo al que se enfrentó Beowulf. EL SILMARILLION, del mismo autor, nos trae, por fin, al que quizás sea el más diabólico dragón de la literatura y el cine, el siniestro Glaurung (a quien vemos bajo estas líneas en combate contra su mortal enemigo Túrin Turambar); sencillamente, se hace odiar por el lector.
Nuestra actual actitud ambivalente hacia el dragón, la misma que expresa Máximo Damián Morales en las dedicatorias de su libro y con las que hemos abierto este artículo, es perfectamente comprensible. En la Edad Media, se consideraba muy real al dragón, que inspiraba temor. Ahora sabemos que jamás veremos una de esas criaturas en carne y hueso, aunque, como escribió alguna vez la gran Ursula K. Le Guin, "La fantasía es verdadera. No es real, pero no es verdadera...". Al dragón no lo encontraremos en nuestro propio entorno material; es en nuestro mundo interior donde debemos buscarlo. Y siempre lo buscaremos, porque lo necesitamos. Implícita en esa búsqueda está la imperecedera, permanente necesidad que tenemos de maravillarnos, de sentir que no vivimos en una gris y agobiante rutina. Por desgracia, en el mundo real, nuestra capacidad de asombro dura lo que un suspiro. Si en él existieran los dragones, ya estarían catalogados con nombre científico en latín, al borde de la extinción, protegidos en reservas y cazados furtivamente de todos modos y algunos de ellos, sin duda, vegetando en zoológicos, añorando los cielos abiertos de los que, algunas vez, fueron amos y señores. Los admiraríamos, pero ya no tanto, porque nos resultarían excesivamente familiares y, por lo mismo, algo aburridos; una especie animal más a la que hemos subyugado.
Ello no ocurrirá jamás, por suerte, Relegado al terreno de la fantasía, el dragón preservará intacta su majestad, ejerciendo sobre nosotros su portentosa, perenna fascinación, y siempre disponible para ser lo que nosotros querramos que sea: a veces, una subyugante criatura de inimitable belleza; y en ocasiones, un ser infernal dispuesto a arrasar con nosotros, sólo para concedernos la oportunidad de trabarnos en combate y descubrir nuestras propias agallas y nuestro verdadero lugar en el mundo. Lo cual, tal vez, sea nuestra verdadera recompensa, el único tesoro que de verdad custodia el dragón.