InicioApuntes Y MonografiasCarta de un secuestrado

Esta carta la escribí pensando en uno de los tantos secuestrados que el país ha olvidado… porque ellos también esperan, día a día, el momento en que puedan volver a vivir. ¡Libérenlos ya!
Atención
A los que dicen que la escribí yo y antes de que me bardeen que yo la hice les digo que no, la encontré en Internet y me pareció bueno compartirlo, es un tema que lamentablemente nos aqueja, mas en América Latina





Soy un hombre normal. Un día salí de casa (una casa cualquiera, sin lujos, en un barrio del montón de cualquier ciudad de Colombia), me despedí de mi familia como todos los días con la promesa de vernos más tarde, y tomé mi humilde auto para dirigirme a mi empresa, ésa que aunque era lo mejor que me había pasado, no era ni la más destacada ni la más importante de la región (pero en ella estaban todos mis sueños, mis ahorros y el futuro de mi familia).

Mientras conducía, mis pensamientos cavilaban sobre las decisiones que debía tomar para resolver situaciones que habían quedado pendientes el día anterior, sin percatarme de qué sucedía a mi alrededor.

Mis pensamientos aterrizaron abruptamente cuando observé que los autos delante del mío se detenían. Imaginé que era un retén policial como cualquier otro, pero eso no me afectaba, todos mis documentos estaban en regla. Entonces mi atención siguió dirigida a lo que realmente era importante para mí en esos momentos. Pero en un abrir y cerrar de ojos, sin percatarme del momento exacto, ahí estaban esos hombres encapuchados y armados, indicándome a gritos que me bajara del auto.

En ese momento mis pensamientos se evaporaron y por instantes sentí que mi mente había quedado vacía, al sentir que ése era el final de mis planes, de mis sueños y de mi vida.

No hubo explicaciones, no hubo razones para este fatídico suceso. Yo sólo era uno más que estaba en el lugar equivocado en el momento equivocado. Las preguntas fueron resueltas con golpes, maltratos verbales, cadenas en mis manos, y vendas en mis ojos y mi boca.

Quizás allí, en el fondo de una plancha de una camioneta donde me lanzaron como cualquier cosa, estarían las respuestas; pero allí mis oídos sólo retumbaron con el zumbido del viento mientras el vehículo se desplazaba a gran velocidad sin esquivar obstáculos. Así fue por mucho tiempo, que para mí fue eterno…


En esa misma eternidad el auto se detuvo, y allí estaban los mismos hombres apuntando hacia mí con rifles que me hacían rogar a Dios se les disparara de una vez por todas para terminar con esa pesadilla (era mejor morir inmediatamente que morir lentamente con cada movimiento que ellos daban).

Ahora estoy preso como un delincuente, pero sin los beneficios de vivir dignamente. El pan diario de cada día es la violación absoluta de los derechos humanos, y la vida que lleva un perro callejero es lujosa comparada con lo aquella en que se ha convertido la mía; terminó la lucha contra el tiempo, cayeron como barajas planes y proyectos construidos con tesón y anhelo, y la esperanza de volver a vivir se vuelve inalcanzable.

A veces me pregunto si realmente estoy vivo, aunque mi respiración insiste en recórdamelo. La oscuridad y la incertidumbre de cada día me sumen en los pensamientos de estar conviviendo con la misma muerte; he sentido su frío recorrer mi cuerpo, he despertado mil veces con mi cuerpo rígido negándose a despertar, he sentido el olvido de los que un día me quisieron. Quizá me enterraron en sus recuerdos para no sentir mi dolor de estar viviendo en el mismo infierno. Cada día sentirme vivo se hace más ajeno y se transforma en un recuerdo de otra vida que no es la mía.

“Han pasado muchos años y ya nadie recuerda que existes”, me dijo hoy mi carcelero. “No eras tan importante como creímos, la paga nunca llegó y se agota tu tiempo de espera. Para el gobierno, los políticos, los medios de comunicación y los mediadores de paz no existes, no apareces siquiera en las estadísticas que corroboren que estás secuestrado. Podrías morir hoy sin que nadie se enterase; nadie sentiría tu ausencia. Desapareciste y dejaste de existir. Nadie entonces llorará tu muerte. ¿Qué más da un día más para firmar tu sentencia de muerte, si para todo el mundo tú ya estas muerto?”.

Cerré mis ojos fuertemente, tapé mis oídos, y cayendo de rodillas supliqué acabara con esto que él llamaba vida pero que para mí era sólo una constante agonía. No sé qué pasó después…

Desperté sin despertar, sin querer abrir los ojos a la amarga realidad que me deparaba.

Pensé “aquí estoy yo, todavía preso y condenado a vivir muriendo, y morir viviendo; quisiera que mis gritos los llevara el viento y que a través de él alguien me escuchase para que hoy todos sepan que estoy vivo, que yo también espero igual que muchos ese día tan anhelado de mi libertad, y que aunque no aparezco en las lista de los secuestrados y menos de los canjeables, también tengo derecho a ser libre, porque hoy quiero vivir y cumplir esa promesa que hice hace unos años (’hasta luego mamá, nos vemos más tarde’, aunque ese ‘más tarde’ sea ‘años mas tarde’)”.

Hoy quiero regresar a casa, por eso quiero pedirles: ¡Por favor no me olviden, yo también quiero volver! ¡Sí, quiero volver a vivir!


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