Por Perry Anderson La negociación del presupuesto 2014-2020 de los 27 saco a la luz las divisiones internas de una Union Europea crispada por la crisis económica y las vacilaciones del proyecto común. Los países del Norte enfrentan a los del Sur, que reclaman mayor solidaridad, mientras Berlín impone el rigor financiero. De la solidaridad al vasallaje. Al ver los nombres de algunos galardonados con el Premio Nobel de la Paz –Menahem Begin, Henry Kissinger y Barack Obama-, uno recuerda las palabras del novelista Gabriel García Márquez, para quien el nombre correcto de esta recompensa seria “Premio Nobel de la Guerra”. El laureado en 2012 muestra un perfil un poco menos belicoso, pero igualmente propicio para la sátira. Dichosa Union Europea, gratificada con lo que podría llamarse el Premio Nobel al Narcisismo. Se puede contar con Oslo para superarse. Es de esperar que este año el Comité del Nobel haga lo conveniente: otorgarse el premio a sí mismo. Sin embargo, el honor otorgado a Bruselas y Estrasburgo –que se lo disputan- es ciertamente oportuno. Durante los primeros años del siglo XXI, las vanidades europeas fueron in crescendo. Se hacían manifiestas en la afirmación de que la Union ofrecía a la humanidad el “parangón” universal del desarrollo social y político, según la expresión lanzada por el historiador británico Tony Judt y retomada por otros tantos pilares de la sabiduría europea. Desde 2009, los desgarros en la eurozona desmintieron cruelmente estos desbordes de autosatisfacción. Pero estos, ¿han desaparecido? Resulta prematuro pensarlo, si uno se atiene a un ejemplo notable: el reciente libro del filósofo alemán Jurgen Habermas sobre la Union Europea, continuación de su Ach, Europa (2008). El núcleo de esta obra, un artículo titulado “la crisis de la Union Europea a la luz de una constitucionalización del derecho internacional”, ilustra de la mejor manera posible lo que es la introversión intelectual. Sus cerca de 60 páginas contienen un centenar de referencias, tres cuartas partes remiten a autores alemanes; entre estos el propio autor y tres de sus socios –a los que agradece su ayuda- superan la mitad. Las citas restantes atañen exclusivamente a autores anglo-estadounidenses; a la cabeza (una de cada tres menciones), su admirador británico, el politólogo David Held, que se destacó en el caso Gadafi. No se admite ninguna otra cultura europea en esta ingenua exhibición de provincianismo. El tema del artículo es aún más chocante. En 2008, Habermas había criticado duramente el Tratado de Lisboa, por no aportar ningún remedio al déficit democrático de la Union y por no ofrecer ningún horizonte moral y político. Su adopción, escribía, solo podía “reforzar el abismo que separa a las elites políticas de los ciudadanos”, sin ofrecer a Europa orientación positiva alguna. Lo que hacía falta, al contrario, era un referéndum a escala europea que proveyera a la Union una armonización social y fiscal, medios militares y, sobre todo, una presidencia elegida por voto directo, que, por si sola, salvaría al continente de un futuro “dictado por la ortodoxia neoliberal”. Al notar hasta qué punto este entusiasmo de Habermas en favor de una expresión democrática de la voluntad popular (que nunca había siquiera mínimamente expresado en su propio país) contrastaba con sus posiciones tradicionales, considere que una vez ratificado el Tratado de Lisboa terminaría sin dudas adhiriendo al mismo discretamente. Un edén insuperable Esta previsión se vio superada por la realidad. No solo Habermas abrazo el tratado, sino que se convirtió en su vocero. Descubrió ahora que, lejos de reforzar un abismo entre las elites y los pueblos, el tratado es nada menos que la carta de un progreso sin precedentes en la marcha hacia la libertad humana, que fortalece los cimientos de una soberanía europea que reside a la vez en los ciudadanos y en los pueblos (y no en los Estados) de la Union, que es una matriz luminosa de donde surgirá el Parlamento del mundo futuro. La Europa de Lisboa, al conducir un “proceso de civilización” que pacifica las relaciones entre Estados, al limitar el uso de la fuerza a la represión de aquellos que violan los derechos humanos, abre el camino que conduce de nuestra actual “comunidad internacional” –indispensable, aunque aún imperfecta- a la “comunidad cosmopolita” de mañana, una especie de Union ampliada que abarcaría hasta la última alma del planeta. Con estos impulsos extasiados, el narcisismo de las décadas pasadas, lejos de debilitarse, alcanzo un nuevo paroxismo. Que el Tratado de Lisboa se refiera a los Estados de Europa y no a los pueblos; que haya sido adoptado para eludir la voluntad popular expresada en tres referéndums; que consagre una estructura que no tiene la confianza de aquellos que están sometidos a ella, y que, lejos de ser un santuario de los derechos humanos, la Union que codifica esté involucrada en actos de tortura y ocupación , sin que sus representantes más ilustres digan una sola palabra: todo ello desaparece en una autocelebración satisfecha. Ningún espíritu individual equivale jamás a una mentalidad colectiva. Actualmente laureado con tantos premios europeos como medallas tenía un mariscal brejneviano. Habermas es sin duda en parte víctima de su propia eminencia: encerrado, al igual que el filósofo estadounidense John Rawls antes que él, en un universo mental colmado casi exclusivamente de admiradores y discípulos, es cada vez menos capaz de dialogar con posiciones que se alejan de las suyas en más de algunos milímetros. A menudo saludado como el sucesor contemporáneo de Immanuel Kant, corre el riesgo de convertirse en un moderno Gottfried Wilhelm Leibniz, construyendo a golpes de eufemismos imperturbables una teodicea en la cual los perjuicios de la desregulación financiera convergen en los beneficios del despertar del cosmopolitismo, y en la que Occidente abre el camino de la democracia y de los derechos humanos hacia el ultimo edén de una legitimidad universal. En este punto, Habermas representa un caso particular, tanto por su distinción como por la corrupción que lo afecto. Pero, la propensión a convertir a Europa en el objetivo del mundo, sin saber demasiado sobre la vida cultural y politica que allí se produce, no desapareció; y no son las tribulaciones de la moneda única las que lograran hacerla tambalear. Resulta inútil insistir sobre la confusión en que la crisis del euro precipito a la Union. Europa está presa de la recesión más severa y más larga jamás sufrida desde la Segunda Guerra Mundial. Para entender sus causas, es necesario tomar conciencia de la dinámica subyacente que está en marcha en la crisis del euro. Para decir las cosas sencillamente: la crisis es producto del encuentro de dos fatalidades, independientes una de la otra. La primera es la implosión generalizada del capital ficticio con el que los mercados funcionaron a través del mundo durante el largo ciclo de financiarización iniciado en los años 1980, a medida que las ganancias de la economía real se contraían bajo el efecto de la competencia internacional y que las tasas de crecimiento se reducían de una década a otra. Los mecanismos de esta desaceleración, internos al propio capitalismo, fueron magistralmente descriptos por Robert Brenner en su imponente historia del capitalismo desde 1945. Por su parte, sus efectos en el crecimiento exponencial de las deudas privadas y públicas, apuntalando no solo las tasas de ganancia, sino tambien la viabilidad electoral, fueron recientemente analizados por Wolfgang Streeck. La economía estadounidense ilustra esta trayectoria con una claridad paradigmática. Pero su lógica vale para el sistema en su conjunto. En Europa, sin embargo, se puso en marcha otra lógica con la reunificación de Alemania y el proyecto de unión monetaria de Maastricht, y luego el Pacto de Estabilidad, ambos tallados según las exigencias alemanas. La moneda común seria puesta bajo la tutela de un banco central de concepción hayekiana, que no tendría que rendir cuentas ni a los electores ni a los gobiernos, sino que apuntaría al único objetivo de la estabilidad de precios. Dominando la nueva zona monetaria, estaría la economía alemana, hoy ampliada a los países del Este, con, justo en sus fronteras, un enorme yacimiento de mano obra barata. Los costos de la reunificación fueron elevados y empujaron a la baja el crecimiento de Alemania. Para compensar esto, el capitalismo alemán puso en marcha una politica de represión salarial sin precedentes, que los sindicatos alemanes debieron aceptar bajo la amenaza de una creciente deslocalización hacia Polonia, Eslovaquia o más allá. Ninguna comunidad de destinos Para Europa del Sur, las consecuencias económicas eran totalmente previsibles. Por una parte, con el aumento de la producción manufacturera y la baja relativa del costo del trabajo, las industrias exportadoras alemanas se volvieron más competitivas que nunca, apoderándose de una porción creciente de los mercados de la eurozona. Por otra, en su periferia, la perdida correspondiente de competitividad de las economías locales se vio anestesiada por una afluencia de capitales baratos con tasas de interés fijadas de forma virtualmente uniforme en toda la unión monetaria, conforme a reglas impuestas por Alemania. Cuando la crisis general de sobrefinanciarización nacida en EE.UU. golpeo a Europa, la credibilidad de esta deuda periférica se desmoronó, haciendo temer una reacción en cadena de Estados en bancarrota. Pero mientras en EE.UU. planes masivos de salvataje públicos podían conjurar la quiebra de bancos, de compañías de seguros y de firmas insolventes, y la emisión de moneda por parte de la Reserva Federal podía frenar la contracción de la demanda, dos obstáculos hacían imposible la puesta en marcha en la eurozona de una solución provisoria similar. No solo los estatutos del Banco Central Europeo (BCE), consagrados en el Tratado de Maastricht, le prohibían formalmente recomprar deuda de los países miembros, sino que además no había una Schicksalsgemeinschaft –esa “comunidad de destinos” de la nación weberiana- que uniera a gobernantes y gobernados en un orden político común, en la cual los primeros pagarían muy caro su total ignorancia de las necesidades existenciales de los segundos. En el simulacro europeo de federalismo, no había lugar para una “unión de transferencia” basada en el modelo estadounidense. Por esa razón cuando la crisis golpeo, la cohesión de la eurozona no podía provenir del gasto social, sino solo del diktat político: la implementación por parte de Alemania, al frente de un bloque de pequeños estados nórdicos, de programas de austeridad draconianos –impensables para sus propios ciudadanos- dirigidos a los países del Sur, ya incapaces de recuperar competitividad mediante una devaluación. Sometidos a esta presión, los gobiernos de estos “pequeños” países cayeron como moscas. En Irlanda, en Portugal y en España, los regímenes en el poder a comienzos de la crisis fueron barridos en elecciones que instalaron sucesores con tendencia a aumentar la dosis de remedios drásticos. En Italia, la erosión interna y las intervenciones externas se combinaron para reemplazar un gobierno surgido del Parlamento por un gobierno de “técnicos”, sin pasar por elecciones. En Grecia, un regimen impuesto por Berlín, Paris y Bruselas redujo el país a una condición que recuerda la de Austria en 1922, cuando un alto comisionado fue nombrado en Viena por la Entente –bajo el estandarte de la Sociedad de las Naciones (SDN)-, para administrar a su conveniencia la economía del país. El hombre elegido para ese puesto fue el alcalde de derecha de Rotterdam, Alfred Zimmerman, partidario de reprimir la tentativa holandesa de seguir los pasos de la revolución alemana de noviembre de 1918. En Viena, donde permaneció en funciones hasta 1926, “critico incansablemente al gobierno, subrayando sus carencias, exigió cada vez más ahorros, cada vez más sacrificios, a todos los sectores de la poblacion”, y, presionando al gobierno para que “estabilice su presupuesto en un nivel considerablemente más bajo”, afirmo “que el control se mantendría hasta que se alcanzara ese resultado”. En todos los países en los que fueron aplicadas, las medidas tendientes a restaurar la “confianza” de los mercados financieros en la fiabilidad de los gobiernos locales fueron de la mano de recortes de los gastos sociales, de la desregulación de los mercados y de la privatización de bienes públicos: es decir, el repertorio neoliberal estándar, combinado con una presión fiscal mayor. Para blindarlas, Berlín y Paris decidieron imponer la exigencia del equilibrio presupuestario en la Constitución de los 17 países miembros de la eurozona; una noción durante mucho tiempo rechazada en EE.UU. como una idea fija de una derecha loca. Una nueva “relación especial” Las pociones elaboradas en 2011 no curaran los males de la eurozona. Los spreads de las tasas de interés de las deudas soberanas no volverán a los niveles anteriores a la crisis. Y la deuda que se acumula no es solamente publica, lejos de eso: según algunas estimaciones, los créditos bancarios dudosos alcanzarían los 1,3 billones de euros. Los problemas son más profundos, los remedios más débiles y aquellos que los administran más frágiles de lo que los círculos de dirigentes admiten. Cuando es evidente que el fantasma de las cesaciones de pagos no ha desaparecido en absoluto, los trucos chapuceados por la canciller alemana Angela Merkel corren el riesgo de no durar. Su alianza, es cierto, nunca fue equilibrada. “No se descarta que el poder alemán adopte una forma más brutal, que se expresaría a través de los mercados y no desde las altas esferas o el directorio del Banco Central”, escribí antes que estallara la crisis. Alemania, que, más que cualquier otro Estado, fue la mayor responsable de la crisis del euro debido a su politica de represión salarial interna y de capitales baratos hacia fuera, fue tambien el principal arquitecto de los intentos de hacer pagar la factura a los más débiles. En ese sentido, ha llegado la hora de una nueva hegemonía. Y con ella, ha llegado puntualmente el primer manifiesto descarado de un vasallaje de Alemania sobre la Union. En un artículo publicado en Merkur la revista de opinión más influyente de la Republica Federal, el jurista de Constanza, Christoph Schonberger explicaba que el tipo de hegemonía que Alemania está destinada a ejercer en Europa nada tiene que ver con el deplorable “eslogan de un discurso antiimperialista a lo Gramsci”. Debe entenderse en el sentido constitucional tranquilizador otorgado por el jurista Heinrich Triepel, es decir la función tutelar que corresponde al Estado más poderoso en el seno de un sistema federal, a semejanza de Prusia en la Alemania de los siglos XIX-XX. La Union Europea equivale precisamente a este modelo: un consorcio esencialmente intergubernamental reunido en un Consejo Europeo cuyas deliberaciones son forzosamente “insonorizadas” y del que solo la ciencia ficción podría imaginar que se convertiría un dia en la “flor azul de la democracia, liberada de todo residuo institucional terrenal”. Pero en la medida en que los Estados representados en el Consejo Europeo son extremadamente desiguales en tamaño y en peso, seria irrealista creer que podrían coordinarse en pie de igualdad. Para funcionar, la Union necesita que el país más importante en poblacion e ingresos asegure la cohesión y dirección del grupo. Europa necesita la hegemonía alemana, y los alemanes deben dejar de mostrarse tímidos en su ejercicio. Francia cuyo arsenal nuclear y cuya sede permanente en el Consejo de Seguridad de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) ya no tienen mayor relevancia, debería revisar otro tanto sus pretensiones. Alemania debería tratar a Francia como Otto von Bismarck trataba a Baviera en ese otro sistema federal que fue el II Reich: gratificando al socio inferior con favores simbólicos y consuelos burocráticos. Así “sugería” Christoph Schonberger en su artículo. ¿Aceptaría Francia tan fácilmente verse rebajada al estatuto de Baviera en el seno del II Reich? Queda por verse. La opinión de Bismarck sobre los bávaros es muy conocida: “ A mitad de camino entre un austriaco y un ser humano”. Bajo la presidencia de Sarkozy, la analogía quizás no hubiera parecido insólita, teniendo en cuenta que Paris se apegaba a las prioridades de Berlín. Pero hoy, tal vez convenga mejor otra comparación, más contemporánea. La ansiedad que muestra la clase politica francesa por permanecer siempre asociada a los proyectos alemanes en la Union, recuerda cada vez más otra “relación especial”: la de los británicos que se aferran desesperadamente a su papel de ayudante de campo de EE.UU. Cabe preguntarse cuánto tiempo más podrá perdurar la subordinación francesa sin el menor esbozo de protesta. Las fanfarronadas de Volker Kauder, secretario general de la Union Demócrata Cristiana (CDU) de Alemania, afirmando que “hoy Europa habla alemán”, están más dirigidas a provocar resentimiento que docilidad. Sin embargo, desde hace muchos años, debido particularmente a las notables distorsiones del sistema electoral francés, ningún país produjo una clase politica tan escrupulosamente conformista en sus perspectivas como Francia. Esperar una mayor independencia económica o estratégica de Francois Hollande, sería la victoria de la esperanza sobre la experiencia. Por la misma razón, no hay otro país donde el abismo entre la opinión popular y las exhortaciones oficiales siga siendo tan profundo. Hollande llego al poder a la manera de Mariano Rajoy en España, sin fervor alguno de sus electores, como la única opción disponible; podría verse tambien rápidamente debilitado, una vez establecido el ajuste. En el seno del sistema neoliberal europeo, del que se convirtió en el intendente francés, solo Grecia vivió hasta el momento turbulencias populares de envergadura, aunque España parece que tambien va en ese rumbo. En otras partes, las elites todavía no escucharon a las masas. Es cierto que no existen garantías de que incluso los sufrimientos más duros hagan estallar la reacción de los pueblos antes que paralizarlos, tal como demostró la pasividad de los rusos bajo el desastroso gobierno de Boris Yeltsin. Pero los pueblos de la Union no están tan desmoralizados y, por poco que sus condiciones de vida continúan deteriorándose, su paciencia podría ser más limitada. En el trasfondo de todos los escenarios, hay una realidad sombría: aun cuando la crisis del euro pudiera ser resuelta sin que sufran los más débiles –hipótesis muy poco probable-, la contracción subyacente del crecimiento continuaría.
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