Por Peter Harling
Aunque aún es objeto de sangrientos atentados, la capital iraquí recupera poco a poco su ritmo cotidiano previo a la guerra. Pero el conflicto ha dejado sus secuelas: el complejo sistema político emergente se asemeja a un remedo del viejo regimen, las tensiones identitarias se han exacerbado y la sociedad no logra definir un proyecto colectivo.
Luego de espantosos actos de violencia, que destrozaron cientos de miles de vidas y casi no dejaron a nadie sin una historia trágica de contar, Irak se instala en una nueva normalidad, pero sin tomar una dirección clara, sin permitirá que los iraquíes proyecten un futuro. “¿Cómo contar lo que paso en los últimos 10 años? –se pregunta un novelista que, justamente, está intentando hacerlo-. El problema no es el punto de partida, sino el punto de llegada. Para escribir la historia de la guerra de Argelia, hubo que esperar a que terminara. Aquí, seguimos en una sucesión de acontecimientos cuyo final no podemos ver.”
La propia estructura de su libro en construcción –donde cada capítulo sitúa el relato en relación con los acontecimientos de un año en particular- lo vuelve dependiente de un sistema político que no deja de mantener el suspenso.
Una década después de la invasión estadounidense que acabo con el reinado de Saddam Hussein, Irak sigue estando en crisis. Pero, para entenderlo, Bagdad es el último lugar al que hay que ir. Los sangrientos atentados, sin los cuales el país dejaría de existir –por así decir- en los medios de comunicación, se hacen mucho más esporádicos que hace unos años, cuando la resistencia frente a la ocupación y las milicias confesionales utilizaban recurrentemente coches bomba, ataques suicidas y otras bombas de todo tipo.
El tráfico, que se había vuelto una pesadilla por la proliferación de puestos de control y muros de hormigón, está mejorando. Muchos de los iraquíes que, particularmente en 2006, habían huido de la violencia y se habían refugiado en Kurdistan o fuera de las fronteras, ahora están volviendo.
Aquellos que “colaboraron” con EE.UU. vuelven a encontrar un lugar común en sociedad. El alto costo de vida no impide que nuevos contingentes de beneficiarios de la bonanza petrolera se entreguen a un consumo frenético. En consecuencia, la actividad parece ser más intensa en las calles comerciales que en las bambalinas del mundo político, donde figuras de todo el arco político parecen abordar los conflictos más recientes con una indolencia de habitués.
Instituciones débiles
El primer ministro, Nouri al-Maliki, ve cómo se multiplican sus detractores a medida que se va imponiendo como el hombre fuerte del país. Su pulseada con el liderazgo kurdo, que domina el noreste del país, por el reparto de los ingresos petroleros y la asignación de territorios en disputa, le sirvió convenientemente para reunir apoyos entre la población árabe, tanto chiita como sunnita, al presentarse como el defensor de sus intereses y, de modo más general, de la integridad nacional.
Pero abuso del argumento del “terrorismo” para apartar a políticos como Rafi´Al-Isawi, el adjunto sunnita que trabajaba con el primer ministro chiita en un sistema político basado en la distribución etnoconfesional de los cargos. Desde entonces, una amplia movilización popular unió a la escena sunnita contra él y la multiplicación de las manifestaciones forzó a las figuras políticas cooptadas por Maliki a desvincularse de él.
Casi mecánicamente, se produjo en consecuencia una crispación identitaria chiita, en una sociedad que todavía vive bajo el shock de la violencia interconfesional que devasto el país, especialmente entre 2006 y 2008. Sin embargo, Maliki no solo cuenta con aliados en una esfera chiita pluralista, dado que su poder personal crece al disminuir la influencia de sus rivales, a la manera de los vasos comunicantes.
Así pues, el primer ministro se encuentra sorprendentemente aislado. Frágil frente a los kurdos, obligado a un juego sectario, y al mismo tiempo poco seguro de sus apoyos comunitarios, de los que busco distanciarse jugando la carta del nacionalismo. Sin embargo, todavía le quedan cartas en la manga: su control de los recursos estatales, la incapacidad de sus dispares oponentes para consensuar un sucesor, una curiosa concordancia estadounidense-iraní en mantener la estabilidad por encima de todo (los primeros porque buscan olvidar sus disgustos en Irak y los otros porque temen que se agraven sus pérdidas en Siria), la ley de hierro del oportunismo cínico que estructura el sistema politico tal vez más que cualquier otro factor, y un gran cansancio popular que podría ver agotarse la movilización.
A la inversa, una confrontación no es imposible, dadas la intensidad de las frustraciones en el mundo sunnita, la polarización sectaria que resurge y las deficiencias a la vez materiales y morales de un aparato de seguridad incapaz de combatir la insurrección y desprovisto de legitimidad nacional.
No se excluye un escenario de vacio político en el que Maliki quedara paralizado o incluso se viera forzado a renunciar sin que haya acuerdo sobre su sucesión.
Además, la naturaleza del regimen político sigue siendo indefinible. El primer ministro implementa una lógica que sus adversarios no dejan de denunciar como autoritaria, al concentrar los poderes ejecutivos, al punto de que por su despacho pueden llegar a transitar simples tramites como un pedido de visa.
Su estilo de hombre providencial y viril se inscribe en una larga tradición a la que los iraquíes siguen siendo sensibles. Bajo su responsabilidad, los abusos contra los derechos humanos repiten una gramática que se inspira en la sintaxis infernal del antiguo regimen. Pero a pesar de todo se enfrenta a un pluralismo ya bien anclado, que vuelve casi ilusoria cualquier ambición tiránica.
Al mismo tiempo, el poder de Maliki se opone al surgimiento de un verdadero parlamentarismo y se apoya más bien en la ambigüedad de las reglas del juego político como base para una redistribución fluida de los recursos y las alianzas en un clima de conflicto permanente.
Para el ex vicepresidente Adel Abdul Mahdi, “ya no se puede imaginar un sistema en el que reine una secta, un partido o un hombre. Los sunnitas lo intentaron, y los chiitas pueden hacerlo, pero no va a funcionar. En este punto tampoco se puede confiar en un sistema basado en una ciudadanía desconfesionalizada. El pluralismo, la descentralización o incluso el federalismo son inevitables en la fase actual. De modo que es necesario un sistema parlamentario. Pero hoy no estamos en ningún sistema en particular. Las instituciones funcionan mal y Constitución no se aplica realmente”.
Exacerbación identitaria
Esta situación es una de las dos dimensiones más determinantes del legado estadounidense en Irak. Entre una invasión concebida como un “golpe quirúrgico” sin responsabilidades colaterales, y la salida acelerada que buscaba el presidente Barack Obama (destinada a deshacerse lo antes posible de los desafortunados compromisos de su antecesor, George W. Bush), se vivieron algunos años de ingeniería politica que merecerían, a lo sumo, el apelativo de bricolage.
Dejemos de lado los pecados originales: criminalización y desmantelamiento total de las estructuras del antiguo regimen, concepción sectaria del sistema político, promoción exclusivamente de políticos exiliados desvinculados de la sociedad, negociación entre bambalinas de una Constitución que refleja un acuerdo entre chiitas y kurdos, a expensas de los sunnitas, y multiplicación de elecciones que consagran la marginación de estos últimos.
Todas estas fechorías podrían haberse corregido lentamente, pero EE.UU. peco sobre todo de omisión. Contrariamente a los objetivos que se había fijado, la retirada se realizó sin ningún acuerdo en todas las cuestiones que atosigaran a Irak durante mucho tiempo: la revisión de la Constitución, la distribución de los territorios en disputa, la repartición de los recursos, las relaciones entre el poder central y las provincias, las prerrogativas del Primer Ministro, la institucionalización de los contrapoderes, el funcionamiento interno del Parlamento, la estructura del aparato represivo, etc.
Queda todo por negociar y renegociar, crisis politica tras crisis politica. Esta indeterminación esta de hecho totalmente internalizada por las personas afectadas. “Los problemas que estamos atravesando son la normal expresión de circunstancias anormales –resume un asesor cercano a Maliki-. Continuamos nuestro proceso de transición.”
El segundo aspecto de la herencia estadounidense se refiere a la arquitectura identitaria –poco solida e incompleta-, en la que los iraquíes están provisoriamente enmarañados. Al proyectar una visión rudimentaria de la sociedad, al imprimir en los iraquíes conceptos burdos de baasismo, “saddanismo”, terrorismo, sectarismo o tribalismo, y al bocetar una construcción politica basada en estos clichés, EE.UU. convirtió a Irak en una parodia de sí mismo. Este fenómeno hace pensar en el efecto performativo de un imaginario colonial, a pesar de que la invasión estadounidense nunca tuvo la intención propiamente dicha de “colonizar”.
Al tratar a los sunnitas como si todos fueran partidarios de Saddam Hussein, el ocupante los reagrupo en su contra y los margino en el sistema político, empujándolos a añorar una época en la que, sin embargo, ellos tambien habían sufrido.
Los estadounidenses tambien quisieron ver “buenos” y “malos” en la escena chiita, agravando así una simple division de clase al enajenar el movimiento proletario denominado “sadrista”, falsamente acusado de ser un secuaz de Teherán. Los kurdos, por su parte, aparecieron como aliados naturales, incrementando su autonomización y sus ambiciones en los territorios en disputa.
En parte, los iraquíes siguen siendo prisioneros de una imagen de sí mismos moldeada en EE.UU., que los estadounidenses han dejado tras de sí. De hecho, las identidades que se muestran de modo más ostensible suelen ser caricaturescas. Los islamistas de todo tipo proclaman sus pertenencias especificas por su estilo capilar: barba corta o larga, con o sin bigotes y el resto del cabello afeitado o no. Los soldados y los policías han conservado de sus “aliados” una coqueta preocupación por su “look”, lo cual, en la moda iraquí, se traduce particularmente en rodilleras que siempre llevan en los tobillos.
Casi todos los barrios de Bagdad desbordan de una gran cantidad de marcadores identitarios –retratos de “mártires”, banderas y graffitis- que anuncian sin ambigüedad su color comunitario, ahora homogéneo. Lamentablemente, las instituciones estatales no son impermeables a este fenómeno, en un país donde los símbolos nacionales se ven opacados por emblemas más particularistas. Por ende, flotan estandartes chiitas sobre la mayoría de los puestos de control de la capital.
Los discursos están imbuidos de una misma extroversión del sectarismo, que antes de 2003 no estaba ausente de la sociedad, sino del espacio público. Los prejuicios recíprocos se expresan abiertamente. Lejos de los interminables discursos estereotipados que antes se solían enunciar sobre la fraternidad nacional, a un interlocutor tomado al azar solo le tomara unos minutos dejar caer las máscaras, acusar a los manifestantes del oeste de Irak de ser una mezcla de baasistas, miembros de Al Qaeda y agentes infiltrados, decretar que “cada época tiene a su hombre, y ahora nos toca a nosotros, los chiitas, reinar”.
Las banderas y los canticos de la oposicion no lo contradecían, ya que al principio movilizaron a referentes vinculados con el antiguo regimen, con una cultura yihadista y con el espíritu de venganza confesional. A menudo, este repertorio tiene menos que ver con la profesión de fe que con la provocación gratuita, pero no importa: los mensajes identitarios de ambos sectores acaban confirmando y reforzando las ideas preconcebidas de cada uno.
Y, sin embargo, en un espacio público saturado de imágenes de Epinal, se multiplican los recordatorios de los enredos identitarios iraquíes. Es el caso, por ejemplo, de este grupo de jóvenes que se encuentra cada noche en torno a conversaciones a veces sectarias, compuesto por una mezcla solidaria de sunnitas, chiitas y kurdos.
Un artista fotógrafo, que tuvo que huir de la violencia en 2006 y refugiarse en un barrio exclusivamente chiita, sigue siendo más explícitamente ateo que nunca. Un médico chiita cuenta su calvario en manos de una milicia de su misma fe, mientras que un colega sunnita recuerda los riesgos que tuvo que correr al atravesar ejes controlados por Al Qaeda. En algunos casos, las lógicas de clase social tambien trascienden los reflejos comunitarios y, hasta la fecha, la práctica de los matrimonios mixtos no ha desaparecido por completo.
Encarnación de la brecha entre discursos encantatorios y practicas efectivas, un empresario de sunnismo paroxístico, que llama a que las manifestaciones se vuelvan plenamente sectarias y sobre todo violentas, no se molesta por seguirlas en las noticias…porque, en el fondo, no le interesan realmente. Las amistades duraderas también permiten ver fenómenos interesantes: un intelectual convertido al islamismo moderado y partidario de Maliki rezara con la mayor naturalidad del mundo en la sede del Partido Comunista cuando visite a sus ex camaradas…
En suma, muchas factores pueden aplanar las identidades más hiperbólicas. Lo que falta para que esas modulaciones se expresen con más fuerza es un poco de tiempo, de calma, de relajación. Sobre la ciudad planea el fantasma de los “días negros” o de los “acontecimientos sectarios”, es decir, de una violencia generalmente muy íntima, que los eufemismos intentan exorcizar.
En cada uno se inscribe un mapa de los lugares familiares, tranquilizadores, “consolidados”, y de las zonas preocupantes a las que la gente no se atreve a volver. Los residentes de un barrio hoy tranquilo se asombran por su fama de lugar peligroso entre las personas que ya no se acercan por allí, mientras proyectan sus propios temores en otros distritos, generalmente también pacificados. Esta distancia y este desconocimiento también pueden verse a nivel político, ya que se vuelven cada vez más esporádicos los viajes hacia provincias afiliadas al bando contrario. También son un recurso y un resorte del juego político, que no deja de movilizar el miedo al Otro, las crispaciones identitarias y todo un repertorio de la protección de los intereses comunitarios.
Punto muerto
Mientras confían en una normalización real que se hace esperar cruelmente, los iraquíes se construyen un cotidiano y se orientan notoriamente bien en el laberinto de un sistema político complejo, de una sociedad conmovida y de una economía complicada por mil y unas formas de depredación. Por ejemplo, la mayoría de las casas se alimentan con tres fuentes de electricidad –la red estatal, algunas horas por dia; el generador privado del barrio y el pequeño motor auxiliar para enfrentar los frecuentes cortes- en un sistema tan aberrante como perfectamente aceitado.
La corrupción en los puestos de control –cuya finalidad no es otra, a veces, que la extorsión- ya es parte del paisaje. En este país acostumbrado a las rupturas y a las incongruencias, el vocabulario vernáculo sigue enriqueciéndose con todas las palabras necesarias para dar cuenta de las novedades y poner orden en el absurdo (como el termino fundador e intraducible de hawasim, derivado de la propaganda de Saddam en 2003, que originalmente expresaba la idea de “carácter decisivo”, pero que desde entonces describe los innumerables comportamientos delictivos que se hicieron posibles gracias al desorden ambiente).
El humor tambien es de la partida. Pero esta creatividad no va en detrimento de la resistencia de referencias a las que los iraquíes parecen más apegados que nunca. Las buenas direcciones de panaderías siguen siendo las mismas y los cafés destacados no pasan de moda. La tradición del pescado asado a la manera masguf se está volviendo casi una obsesión.
Más preocupante es la actitud de la clase politica que se adapta a la situación más de lo que intenta cambiarla. Es como si el nuevo regimen se hubiera puesto la ropa del antiguo. Los líderes ocupan las opulentas residencias de sus antecesores, de las que se apropiaron apenas cerrada una época a la que consideraban poner fin.
En Bagdad, casi no se construyó infraestructura en 10 años, excepto la sede municipal, la ruta al aeropuerto y algunas pasarelas para automóviles. Unos stands que se supone cobijan a los policías en los cruces de camino llevan el sello “regalo de la municipalidad”, en una lógica que recuerda las generosidades (makarim) de un Saddam (sustituto personalizado de lo que debería ser una politica anónima). Los sueldos de la administración pública siguen siendo insuficientes, lo cual empuja a sus miembros a buscar ingresos adicionales (legales o no). La corrupción de las altas esferas es tolerada, está documentada y se utiliza como medio de presión en caso de necesidad. El arribismo, el nepotismo y la incompetencia corrompen las instituciones.
En el centro de Bagdad, el palacio republicano –convertido en “zona verde” cuando la ocupación estadounidense lo convirtió en su centro neurálgico- encarna los peores aspectos del nuevo orden, igual que como lo hacía en el antiguo. Inmenso perímetro con mayor o menor seguridad, se trata sobre todo de un campo político exclusivo, de un espacio de privilegios, de un universo que hace lo posible por disociarse del resto de la sociedad. Se ha desarrollado toda una gama de mapas de acceso, que definen una nueva elite y estatutos jerarquizados. El cierre del eje Karrada-Mansur, que cruza la zona verde, obliga a la gente común a hacer unos desvíos inverosímiles. Su reapertura exigiría obras probablemente realizables, pero el desafío está en otra parte: la zona verde parece haberse convertido, por así decir, en la prerrogativa inalienable de una casta que se esmera, precisamente, por no rendir cuentas a nadie.
Todo esto recuerda lo que para muchos iraquíes constituía la insoportable realidad del antiguo regimen. Las críticas expresadas por los iraquíes a menudo adoptan las fórmulas utilizadas en los viejos tiempos. El paralelismo no es tabú, incluso entre quienes no volverían atrás por nada del mundo. Por ejemplo, para este hombre que afirmaba que “ahora es nuestro turno”: “Saddam estaba solo y harto. El problema es que hoy son muchos los que están en el poder y su hambre es insaciable”.
Al final, se plantea una pregunta dolorosa: ¿padeció Irak una nueva década de sufrimiento para nada? Cierto es que la caída del regimen era necesaria para salir del punto muerto e introdujo una forma de redistribución de las cartas. El barrio de oficiales de Yarmuk cae en el descuido, mientras que el antes pobre Hay Al-Jawadein inaugura hoy un jardín de infantes y –quien lo hubiera dicho- una cancha de tenis.
Pero, ¿no habrá sido demasiado sufrimiento para cruzar algunas pelotas…o algunos cargos en el aparato estatal? Con demasiada frecuencia, la migración o el enriquecimiento personal siguen siendo el único horizonte de una sociedad a la que le cuesta definir una ambición colectiva. La nueva elite no es tanto culpable de esta situación como su producto, en este país cuyo presente se inscribe en una serie demasiado larga de rupturas.
Sin embargo, a los nostálgicos del antiguo regimen les falta memoria. No recuerdan, por ejemplo a los rufianes que empleaba Uday Saddam, el hijo degenerado del tirano, para capturar en los sitios de veraneo que frecuentan los iraquíes a hijas de buenas familias para violarlas con total impunidad. Había que avanzar, algo para lo cual seguramente ni Saddam Hussein ni su entorno tenían los medios ni la intención.
Hoy, se puede esperar todo, porque está todo por hacer. Al menos el potencial y los recursos están ahí. El país es rico en petróleo, aunque la corrupción vela por qué no lo parezca; la fuga de cerebros algún dia podría revertirse, cuando el aparato estatal vuelva a nutrirse de las competencias antes que de engordar a los fieles, los amigos y los primos. Falta salir del nuevo punto muerto de un sistema político cuya indeterminación es la condición de algo provisorio que dura.
Aunque aún es objeto de sangrientos atentados, la capital iraquí recupera poco a poco su ritmo cotidiano previo a la guerra. Pero el conflicto ha dejado sus secuelas: el complejo sistema político emergente se asemeja a un remedo del viejo regimen, las tensiones identitarias se han exacerbado y la sociedad no logra definir un proyecto colectivo.
Luego de espantosos actos de violencia, que destrozaron cientos de miles de vidas y casi no dejaron a nadie sin una historia trágica de contar, Irak se instala en una nueva normalidad, pero sin tomar una dirección clara, sin permitirá que los iraquíes proyecten un futuro. “¿Cómo contar lo que paso en los últimos 10 años? –se pregunta un novelista que, justamente, está intentando hacerlo-. El problema no es el punto de partida, sino el punto de llegada. Para escribir la historia de la guerra de Argelia, hubo que esperar a que terminara. Aquí, seguimos en una sucesión de acontecimientos cuyo final no podemos ver.”
La propia estructura de su libro en construcción –donde cada capítulo sitúa el relato en relación con los acontecimientos de un año en particular- lo vuelve dependiente de un sistema político que no deja de mantener el suspenso.
Una década después de la invasión estadounidense que acabo con el reinado de Saddam Hussein, Irak sigue estando en crisis. Pero, para entenderlo, Bagdad es el último lugar al que hay que ir. Los sangrientos atentados, sin los cuales el país dejaría de existir –por así decir- en los medios de comunicación, se hacen mucho más esporádicos que hace unos años, cuando la resistencia frente a la ocupación y las milicias confesionales utilizaban recurrentemente coches bomba, ataques suicidas y otras bombas de todo tipo.
El tráfico, que se había vuelto una pesadilla por la proliferación de puestos de control y muros de hormigón, está mejorando. Muchos de los iraquíes que, particularmente en 2006, habían huido de la violencia y se habían refugiado en Kurdistan o fuera de las fronteras, ahora están volviendo.
Aquellos que “colaboraron” con EE.UU. vuelven a encontrar un lugar común en sociedad. El alto costo de vida no impide que nuevos contingentes de beneficiarios de la bonanza petrolera se entreguen a un consumo frenético. En consecuencia, la actividad parece ser más intensa en las calles comerciales que en las bambalinas del mundo político, donde figuras de todo el arco político parecen abordar los conflictos más recientes con una indolencia de habitués.
Instituciones débiles
El primer ministro, Nouri al-Maliki, ve cómo se multiplican sus detractores a medida que se va imponiendo como el hombre fuerte del país. Su pulseada con el liderazgo kurdo, que domina el noreste del país, por el reparto de los ingresos petroleros y la asignación de territorios en disputa, le sirvió convenientemente para reunir apoyos entre la población árabe, tanto chiita como sunnita, al presentarse como el defensor de sus intereses y, de modo más general, de la integridad nacional.
Pero abuso del argumento del “terrorismo” para apartar a políticos como Rafi´Al-Isawi, el adjunto sunnita que trabajaba con el primer ministro chiita en un sistema político basado en la distribución etnoconfesional de los cargos. Desde entonces, una amplia movilización popular unió a la escena sunnita contra él y la multiplicación de las manifestaciones forzó a las figuras políticas cooptadas por Maliki a desvincularse de él.
Casi mecánicamente, se produjo en consecuencia una crispación identitaria chiita, en una sociedad que todavía vive bajo el shock de la violencia interconfesional que devasto el país, especialmente entre 2006 y 2008. Sin embargo, Maliki no solo cuenta con aliados en una esfera chiita pluralista, dado que su poder personal crece al disminuir la influencia de sus rivales, a la manera de los vasos comunicantes.
Así pues, el primer ministro se encuentra sorprendentemente aislado. Frágil frente a los kurdos, obligado a un juego sectario, y al mismo tiempo poco seguro de sus apoyos comunitarios, de los que busco distanciarse jugando la carta del nacionalismo. Sin embargo, todavía le quedan cartas en la manga: su control de los recursos estatales, la incapacidad de sus dispares oponentes para consensuar un sucesor, una curiosa concordancia estadounidense-iraní en mantener la estabilidad por encima de todo (los primeros porque buscan olvidar sus disgustos en Irak y los otros porque temen que se agraven sus pérdidas en Siria), la ley de hierro del oportunismo cínico que estructura el sistema politico tal vez más que cualquier otro factor, y un gran cansancio popular que podría ver agotarse la movilización.
A la inversa, una confrontación no es imposible, dadas la intensidad de las frustraciones en el mundo sunnita, la polarización sectaria que resurge y las deficiencias a la vez materiales y morales de un aparato de seguridad incapaz de combatir la insurrección y desprovisto de legitimidad nacional.
No se excluye un escenario de vacio político en el que Maliki quedara paralizado o incluso se viera forzado a renunciar sin que haya acuerdo sobre su sucesión.
Además, la naturaleza del regimen político sigue siendo indefinible. El primer ministro implementa una lógica que sus adversarios no dejan de denunciar como autoritaria, al concentrar los poderes ejecutivos, al punto de que por su despacho pueden llegar a transitar simples tramites como un pedido de visa.
Su estilo de hombre providencial y viril se inscribe en una larga tradición a la que los iraquíes siguen siendo sensibles. Bajo su responsabilidad, los abusos contra los derechos humanos repiten una gramática que se inspira en la sintaxis infernal del antiguo regimen. Pero a pesar de todo se enfrenta a un pluralismo ya bien anclado, que vuelve casi ilusoria cualquier ambición tiránica.
Al mismo tiempo, el poder de Maliki se opone al surgimiento de un verdadero parlamentarismo y se apoya más bien en la ambigüedad de las reglas del juego político como base para una redistribución fluida de los recursos y las alianzas en un clima de conflicto permanente.
Para el ex vicepresidente Adel Abdul Mahdi, “ya no se puede imaginar un sistema en el que reine una secta, un partido o un hombre. Los sunnitas lo intentaron, y los chiitas pueden hacerlo, pero no va a funcionar. En este punto tampoco se puede confiar en un sistema basado en una ciudadanía desconfesionalizada. El pluralismo, la descentralización o incluso el federalismo son inevitables en la fase actual. De modo que es necesario un sistema parlamentario. Pero hoy no estamos en ningún sistema en particular. Las instituciones funcionan mal y Constitución no se aplica realmente”.
Exacerbación identitaria
Esta situación es una de las dos dimensiones más determinantes del legado estadounidense en Irak. Entre una invasión concebida como un “golpe quirúrgico” sin responsabilidades colaterales, y la salida acelerada que buscaba el presidente Barack Obama (destinada a deshacerse lo antes posible de los desafortunados compromisos de su antecesor, George W. Bush), se vivieron algunos años de ingeniería politica que merecerían, a lo sumo, el apelativo de bricolage.
Dejemos de lado los pecados originales: criminalización y desmantelamiento total de las estructuras del antiguo regimen, concepción sectaria del sistema político, promoción exclusivamente de políticos exiliados desvinculados de la sociedad, negociación entre bambalinas de una Constitución que refleja un acuerdo entre chiitas y kurdos, a expensas de los sunnitas, y multiplicación de elecciones que consagran la marginación de estos últimos.
Todas estas fechorías podrían haberse corregido lentamente, pero EE.UU. peco sobre todo de omisión. Contrariamente a los objetivos que se había fijado, la retirada se realizó sin ningún acuerdo en todas las cuestiones que atosigaran a Irak durante mucho tiempo: la revisión de la Constitución, la distribución de los territorios en disputa, la repartición de los recursos, las relaciones entre el poder central y las provincias, las prerrogativas del Primer Ministro, la institucionalización de los contrapoderes, el funcionamiento interno del Parlamento, la estructura del aparato represivo, etc.
Queda todo por negociar y renegociar, crisis politica tras crisis politica. Esta indeterminación esta de hecho totalmente internalizada por las personas afectadas. “Los problemas que estamos atravesando son la normal expresión de circunstancias anormales –resume un asesor cercano a Maliki-. Continuamos nuestro proceso de transición.”
El segundo aspecto de la herencia estadounidense se refiere a la arquitectura identitaria –poco solida e incompleta-, en la que los iraquíes están provisoriamente enmarañados. Al proyectar una visión rudimentaria de la sociedad, al imprimir en los iraquíes conceptos burdos de baasismo, “saddanismo”, terrorismo, sectarismo o tribalismo, y al bocetar una construcción politica basada en estos clichés, EE.UU. convirtió a Irak en una parodia de sí mismo. Este fenómeno hace pensar en el efecto performativo de un imaginario colonial, a pesar de que la invasión estadounidense nunca tuvo la intención propiamente dicha de “colonizar”.
Al tratar a los sunnitas como si todos fueran partidarios de Saddam Hussein, el ocupante los reagrupo en su contra y los margino en el sistema político, empujándolos a añorar una época en la que, sin embargo, ellos tambien habían sufrido.
Los estadounidenses tambien quisieron ver “buenos” y “malos” en la escena chiita, agravando así una simple division de clase al enajenar el movimiento proletario denominado “sadrista”, falsamente acusado de ser un secuaz de Teherán. Los kurdos, por su parte, aparecieron como aliados naturales, incrementando su autonomización y sus ambiciones en los territorios en disputa.
En parte, los iraquíes siguen siendo prisioneros de una imagen de sí mismos moldeada en EE.UU., que los estadounidenses han dejado tras de sí. De hecho, las identidades que se muestran de modo más ostensible suelen ser caricaturescas. Los islamistas de todo tipo proclaman sus pertenencias especificas por su estilo capilar: barba corta o larga, con o sin bigotes y el resto del cabello afeitado o no. Los soldados y los policías han conservado de sus “aliados” una coqueta preocupación por su “look”, lo cual, en la moda iraquí, se traduce particularmente en rodilleras que siempre llevan en los tobillos.
Casi todos los barrios de Bagdad desbordan de una gran cantidad de marcadores identitarios –retratos de “mártires”, banderas y graffitis- que anuncian sin ambigüedad su color comunitario, ahora homogéneo. Lamentablemente, las instituciones estatales no son impermeables a este fenómeno, en un país donde los símbolos nacionales se ven opacados por emblemas más particularistas. Por ende, flotan estandartes chiitas sobre la mayoría de los puestos de control de la capital.
Los discursos están imbuidos de una misma extroversión del sectarismo, que antes de 2003 no estaba ausente de la sociedad, sino del espacio público. Los prejuicios recíprocos se expresan abiertamente. Lejos de los interminables discursos estereotipados que antes se solían enunciar sobre la fraternidad nacional, a un interlocutor tomado al azar solo le tomara unos minutos dejar caer las máscaras, acusar a los manifestantes del oeste de Irak de ser una mezcla de baasistas, miembros de Al Qaeda y agentes infiltrados, decretar que “cada época tiene a su hombre, y ahora nos toca a nosotros, los chiitas, reinar”.
Las banderas y los canticos de la oposicion no lo contradecían, ya que al principio movilizaron a referentes vinculados con el antiguo regimen, con una cultura yihadista y con el espíritu de venganza confesional. A menudo, este repertorio tiene menos que ver con la profesión de fe que con la provocación gratuita, pero no importa: los mensajes identitarios de ambos sectores acaban confirmando y reforzando las ideas preconcebidas de cada uno.
Y, sin embargo, en un espacio público saturado de imágenes de Epinal, se multiplican los recordatorios de los enredos identitarios iraquíes. Es el caso, por ejemplo, de este grupo de jóvenes que se encuentra cada noche en torno a conversaciones a veces sectarias, compuesto por una mezcla solidaria de sunnitas, chiitas y kurdos.
Un artista fotógrafo, que tuvo que huir de la violencia en 2006 y refugiarse en un barrio exclusivamente chiita, sigue siendo más explícitamente ateo que nunca. Un médico chiita cuenta su calvario en manos de una milicia de su misma fe, mientras que un colega sunnita recuerda los riesgos que tuvo que correr al atravesar ejes controlados por Al Qaeda. En algunos casos, las lógicas de clase social tambien trascienden los reflejos comunitarios y, hasta la fecha, la práctica de los matrimonios mixtos no ha desaparecido por completo.
Encarnación de la brecha entre discursos encantatorios y practicas efectivas, un empresario de sunnismo paroxístico, que llama a que las manifestaciones se vuelvan plenamente sectarias y sobre todo violentas, no se molesta por seguirlas en las noticias…porque, en el fondo, no le interesan realmente. Las amistades duraderas también permiten ver fenómenos interesantes: un intelectual convertido al islamismo moderado y partidario de Maliki rezara con la mayor naturalidad del mundo en la sede del Partido Comunista cuando visite a sus ex camaradas…
En suma, muchas factores pueden aplanar las identidades más hiperbólicas. Lo que falta para que esas modulaciones se expresen con más fuerza es un poco de tiempo, de calma, de relajación. Sobre la ciudad planea el fantasma de los “días negros” o de los “acontecimientos sectarios”, es decir, de una violencia generalmente muy íntima, que los eufemismos intentan exorcizar.
En cada uno se inscribe un mapa de los lugares familiares, tranquilizadores, “consolidados”, y de las zonas preocupantes a las que la gente no se atreve a volver. Los residentes de un barrio hoy tranquilo se asombran por su fama de lugar peligroso entre las personas que ya no se acercan por allí, mientras proyectan sus propios temores en otros distritos, generalmente también pacificados. Esta distancia y este desconocimiento también pueden verse a nivel político, ya que se vuelven cada vez más esporádicos los viajes hacia provincias afiliadas al bando contrario. También son un recurso y un resorte del juego político, que no deja de movilizar el miedo al Otro, las crispaciones identitarias y todo un repertorio de la protección de los intereses comunitarios.
Punto muerto
Mientras confían en una normalización real que se hace esperar cruelmente, los iraquíes se construyen un cotidiano y se orientan notoriamente bien en el laberinto de un sistema político complejo, de una sociedad conmovida y de una economía complicada por mil y unas formas de depredación. Por ejemplo, la mayoría de las casas se alimentan con tres fuentes de electricidad –la red estatal, algunas horas por dia; el generador privado del barrio y el pequeño motor auxiliar para enfrentar los frecuentes cortes- en un sistema tan aberrante como perfectamente aceitado.
La corrupción en los puestos de control –cuya finalidad no es otra, a veces, que la extorsión- ya es parte del paisaje. En este país acostumbrado a las rupturas y a las incongruencias, el vocabulario vernáculo sigue enriqueciéndose con todas las palabras necesarias para dar cuenta de las novedades y poner orden en el absurdo (como el termino fundador e intraducible de hawasim, derivado de la propaganda de Saddam en 2003, que originalmente expresaba la idea de “carácter decisivo”, pero que desde entonces describe los innumerables comportamientos delictivos que se hicieron posibles gracias al desorden ambiente).
El humor tambien es de la partida. Pero esta creatividad no va en detrimento de la resistencia de referencias a las que los iraquíes parecen más apegados que nunca. Las buenas direcciones de panaderías siguen siendo las mismas y los cafés destacados no pasan de moda. La tradición del pescado asado a la manera masguf se está volviendo casi una obsesión.
Más preocupante es la actitud de la clase politica que se adapta a la situación más de lo que intenta cambiarla. Es como si el nuevo regimen se hubiera puesto la ropa del antiguo. Los líderes ocupan las opulentas residencias de sus antecesores, de las que se apropiaron apenas cerrada una época a la que consideraban poner fin.
En Bagdad, casi no se construyó infraestructura en 10 años, excepto la sede municipal, la ruta al aeropuerto y algunas pasarelas para automóviles. Unos stands que se supone cobijan a los policías en los cruces de camino llevan el sello “regalo de la municipalidad”, en una lógica que recuerda las generosidades (makarim) de un Saddam (sustituto personalizado de lo que debería ser una politica anónima). Los sueldos de la administración pública siguen siendo insuficientes, lo cual empuja a sus miembros a buscar ingresos adicionales (legales o no). La corrupción de las altas esferas es tolerada, está documentada y se utiliza como medio de presión en caso de necesidad. El arribismo, el nepotismo y la incompetencia corrompen las instituciones.
En el centro de Bagdad, el palacio republicano –convertido en “zona verde” cuando la ocupación estadounidense lo convirtió en su centro neurálgico- encarna los peores aspectos del nuevo orden, igual que como lo hacía en el antiguo. Inmenso perímetro con mayor o menor seguridad, se trata sobre todo de un campo político exclusivo, de un espacio de privilegios, de un universo que hace lo posible por disociarse del resto de la sociedad. Se ha desarrollado toda una gama de mapas de acceso, que definen una nueva elite y estatutos jerarquizados. El cierre del eje Karrada-Mansur, que cruza la zona verde, obliga a la gente común a hacer unos desvíos inverosímiles. Su reapertura exigiría obras probablemente realizables, pero el desafío está en otra parte: la zona verde parece haberse convertido, por así decir, en la prerrogativa inalienable de una casta que se esmera, precisamente, por no rendir cuentas a nadie.
Todo esto recuerda lo que para muchos iraquíes constituía la insoportable realidad del antiguo regimen. Las críticas expresadas por los iraquíes a menudo adoptan las fórmulas utilizadas en los viejos tiempos. El paralelismo no es tabú, incluso entre quienes no volverían atrás por nada del mundo. Por ejemplo, para este hombre que afirmaba que “ahora es nuestro turno”: “Saddam estaba solo y harto. El problema es que hoy son muchos los que están en el poder y su hambre es insaciable”.
Al final, se plantea una pregunta dolorosa: ¿padeció Irak una nueva década de sufrimiento para nada? Cierto es que la caída del regimen era necesaria para salir del punto muerto e introdujo una forma de redistribución de las cartas. El barrio de oficiales de Yarmuk cae en el descuido, mientras que el antes pobre Hay Al-Jawadein inaugura hoy un jardín de infantes y –quien lo hubiera dicho- una cancha de tenis.
Pero, ¿no habrá sido demasiado sufrimiento para cruzar algunas pelotas…o algunos cargos en el aparato estatal? Con demasiada frecuencia, la migración o el enriquecimiento personal siguen siendo el único horizonte de una sociedad a la que le cuesta definir una ambición colectiva. La nueva elite no es tanto culpable de esta situación como su producto, en este país cuyo presente se inscribe en una serie demasiado larga de rupturas.
Sin embargo, a los nostálgicos del antiguo regimen les falta memoria. No recuerdan, por ejemplo a los rufianes que empleaba Uday Saddam, el hijo degenerado del tirano, para capturar en los sitios de veraneo que frecuentan los iraquíes a hijas de buenas familias para violarlas con total impunidad. Había que avanzar, algo para lo cual seguramente ni Saddam Hussein ni su entorno tenían los medios ni la intención.
Hoy, se puede esperar todo, porque está todo por hacer. Al menos el potencial y los recursos están ahí. El país es rico en petróleo, aunque la corrupción vela por qué no lo parezca; la fuga de cerebros algún dia podría revertirse, cuando el aparato estatal vuelva a nutrirse de las competencias antes que de engordar a los fieles, los amigos y los primos. Falta salir del nuevo punto muerto de un sistema político cuya indeterminación es la condición de algo provisorio que dura.