InicioApuntes Y MonografiasLa guerra de los bóeres
No resulta muy frecuente encontrar en la historia contemporánea ejemplos de ocupación militar y colonización de territorios previamente habitados por poblaciones de origen europeo y constituidos ya como estados soberanos. Además de las consideraciones de orden moral, el derecho internacional y el juego de la política mundial lo hubieran impedido.
Sin embargo, a finales del siglo XIX la Gran Bretaña tuvo que alterar esta norma y empeñarse en una costosa guerra de conquista, contra dos repúblicas, Orange y Transvaal, que colonos de origen holandeses -o los bóeres- habían establecido en territorio de la actual Unión Sudafricana.
Desde el establecimiento de la factoría de El Cabo, en la segunda mitad del siglo XVII, los inmigrantes holandeses se habían extendido hacia el interior de África, colonizando el territorio en continua lucha con los nativos.
A comienzos del siglo pasado la colonia de El Cabo no se distinguía mucho de cualquier país europeo. Los colonos cultivaban la viña y los frutales mediterráneos. Los inmensos pastizales del interior permitían el mantenimiento de una próspera campaña ganadera. La población aumentaba continuamente con la llegada de nuevos colonos del norte de Europa.

Choque de intereses
Por aquellos días Holanda estaba aliada a la Francia revolucionaria y, por tanto, en guerra con Inglaterra. En dos ocasiones, 1834 y 1839, los británicos ocuparon el estratégico enclave de El Cabo. La segunda vez se quedaron y terminaron expulsando a los bóeres para hacer sitio a sus propios colonos. Entre 1834 y 1839 la nación bóer se dirigió al interior de África y, tras sostener una durísima guerra con los nativos, lograron establecer dos repúblicas. Orange y Transvaal, a las que dieron una conformación innegablemente europea.
Pocos años disfrutaron los bóeres de su recién recuperada libertad. La colonización inglesa avanzaba inexorablemente tras sus huellas, y en 1877 el Transvaal fue incorporado a la corona británica. Los bóeres se negaron a partir otra vez y se sublevaron. Dirigidos por estrategas improvisados -Paul Kruger, Andries Pretorius, Piet Joubert-, los colonos mantuvieron en jaque a los británicos hasta que éstos no tuvieron más remedio que reconocer su independencia.
En 1884 se descubrieron riquísimas minas de oro en los territorios bóeres. Los británicos, que habían proseguido su avance hacia el interior del continente, favorecieron la entrada en las dos repúblicas de aventureros codiciosos y de hombres de negocios que alteraron los tranquilos hábitos de los bóers.

La guerra
A partir de entonces, los choques fueron continuos. Y cuando, en 1899, el presidente de Transvaal, Paul Kruger, exigió el cese del envío de tropas británicas al África Austral, estalló la guerra. El 11 de noviembre de ese año las fuerzas bóeres invadieron la colonia británica de Natal y obligaron a las fuerzas inglesas a refugiarse en Ladysmith. En el otro extremo de su territorio de su territorio derrotaron al enemigo en Kimberley y pusieron sitio a esta ciudad y a Mafeking.
Los británicos desencadenaron una ofensiva en tres frentes en el mes de diciembre. Pero las tropas bóeres de Piet Joubert los contuvieron. En la batalla de Colenso la columna del general Redvers Buller, formada por 80.000 hombres, quedó diezmada y las tropas de Piet Joubert penetraron profundamente en la propia colonia de El Cabo.
La derrota de Colenso provocó una enorme conmoción en las islas Británicas y despertó las simpatías generalizadas de Europa hacia la causa bóer. El gobierno Salisbury destituyó al mando de las fuerzas británicas a Redvers Buller y colocó a su frente a Frederick Roberts. Este nombró jefe de su Estado Mayor al general Horatio Kitchener, que acababa de obtener un rotundo éxito en el Sudán.
De la metrópoli llegaron refuerzos en tres frentes y grandes cantidades de material moderno. Enfrente, los bóeres apenas tenían artillería y sufrían gran penuria de municiones. Aun así, su peculiar forma de hacer la guerra, su magnífica puntería y la rapidez de sus movimientos convertían al soldado bóer en un digno rival de la pesada maquinaria bélica británica, ineficaz en cuanto abandonaba las vías de ferrocarril.
Ello explica que, cuando los hombres de Frederick Roberts reemprendieron su ofensiva para liberar a la guarnición de Ladysmith, sufrieren una nueva y sangrienta derrota en Spionkob, que alcanzó resonancia mundial.
Sin embargo, el potencial militar de los británicos y el agotamiento de sus enemigos, terminaron por dar un giro a la guerra. Horatio Kitchener preparó un meticuloso plan, y ya en febrero de 1900 infligió la primera derrota al adversario en Paardeberg.
El generalísimo Piet Joubert murió a finales de marzo. Para entonces el avance británico era irresistible. El día 13 cayó la capital de Orange, Bloemfontein, y el 5 de junio los ingleses entraron en la de Transvaal, Pretoria. Teóricamente, la guerra parecía aproximarse a su fin.
Sin embargo, fuera de las ciudades, las fuerzas bóers que dirigía el general Louis Botha aguantaron dos años manteniendo una agotadora guerra de guerrillas. Horatio Kitchener respondió con una durísima represión que llevó a la reclusión de la población civil en campos de concentración y la práctica de la tierra quemada. Louis Botha terminó capitulando en Verreniging el 31 de mayo de 1902, pero las nuevas colonias británicas recibieron la promesa de una futura autonomía.
La guerra había costado a Inglaterra 22.000 muertos y una gran humillación en su orgullo de potencia imperialista.
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