Juan Manuel de Rosas y su amante
Difícilmente había podido imaginar don Juan Manuel las consecuencias que acarrearía la derrota de Caseros para el resto de su vida.
En febrero de 1852 marcó el comienzo de la pérdida de todos sus poderes y la confiscación de sus bienes, lo cual devastador para él que tuvo fortuna y mando desde que abrió los ojos a la vida.

Eugenia Castro salió a la luz pública en 1886, cuando sus hijos iniciaron querella por la herencia de Rosas. Su destino se define, cuando a los trece años, allá por 1835, llega a la casa del gobernador, en calidad de entenada, (hijastra, hija adoptiva) impulsada por las veleidades de su padre el coronel Juan Gregorio Castro, que al dejarla huérfana coloca allí su tutoría.

Encarnación Ezcurra
Su vida transcurrió como la de una sirvienta con ciertas ventajas; fue enfermera de Encarnación Ezcurra en sus últimos tiempos, hasta que don Juan Manuel se prendó de sus vivaces ojos negros, de su físico sensual, la hizo su amante y la llenó de hijos bastardos.
Estos amores habían comenzado hacia 1839/1840, luego de producida la muerte de la esposa. Según le contara Nicanora, una de las hijas, al periodista Pineda, Eugenia Castro cayó en brazos del viudo forzada en su voluntad. Y es de imaginar que muy pocas chances pudo tener esta mujer- que luego, probablemente, lo amó- de rechazar sus pretensiones viviendo en la misma casa.
Según algunos datos, la joven ya había conocido el amor con un sobrino de la familia que reconoció a la primera de las hijas: Mercedes Costa. Luego comenzó a dar a luz a los hijos de Rosas: la primera Ángela en 1840, y luego Emilio, Joaquín, Nicanora, Justina y Adrían.
Manuelita Rosas
Antes del traslado definitivo de la familia al Caserón de Palermo, cuando los embarazos avanzaban a Eugenia se la escondía allí. Más tarde a medida que los hijos se sumaban, los allegados fueron conociendo y aceptando la situación. Juan Manuel no podía permitirse hacer pública esta distracción para su viudez; sin embargo parte de ello se había filtrado y los opositores desde Uruguay, criticaban que obligase a su hija Manuela a vivir bajo el mismo techo que su querida.
La realidad es que ambas mujeres no se molestaban, incluso tuvieron buen trato.
Los “hermanitos” despertaban la ternura de Manuela, que en ese entonces ya pintaba para solterona; y no sólo mantuvo correspondencia con ellos hasta después de la muerte de Eugenia, sino que se comenta que cierta vez conminó al padre que de volver a casarse lo hiciera con Eugenia.
Cada una tenía su tarea: Manuela la embajadora; Eugenia ciertas funciones de ama de casa, cuidando los achaques del gobernador, afeitándolo, cebándole mates, preparándole sus cigarros, sentándose a su mesa, paseando juntos en coche con su prole.
A pesar de tener cierto reinado sobre la vida doméstica de Palermo, se la conoció como “la cautiva”, a raíz de la situación de reclusión en la que vivía.
No se le conocieron al restaurador muchas mujeres durante su función pública, aunque todas las que lo rodearon tuvieron peso decisivo sobre él. Y si las hubo, mantuvo absoluta discreción. Apenas si se sabe del enamoramiento que sintió por Juanita Sosa, la amiga de su hija, o de los amoríos con Marcelina Alem, la madre de Hipólito Yrigoyen, que alimentaron la teoría de que el caudillo radical era hijo del restaurador de las leyes.
Si todas las mujeres que lo rodearon tuvieron tanta influencia, se debía a que eran descollantes. Encarnación consolidó la posición política del marido manejando desde la retaguardia, con voluntad de acero, los hilos del poder. Manuelita con su gracia y perspicacia, fue la mejor “ministra de relaciones exteriores”, su confidente y mano derecha. Pero, pese a ser ambas “Rosas” y, poseer estas condiciones, ninguna de ellas había conocido otra voluntad que la del rubio brigadier. “La cautiva”, en cambio, que nada había sido, ni nada había tenido, decidió por sí misma en medio del huracán y deja a Rosas con agua entre las manos.
Quinta de Palermo
Veamos como fue esto. Producida la derrota de Caseros, Juan Manuel y su familia se refugiaron en un barco inglés: Eugenia no se contó entre ellos. No volvieron a verse, pero ella, embarazada, tiene tiempo de prepararle el equipaje y, él para dejar en manos de Terrero los asuntos de la herencia que a ella le correspondía por su padre: una casita en el barrio de la Concepción, algo de dinero, y 21.000 pesos que van de regalo.
La vida en Inglaterra no fue fácil. Manuela, rápidamente, se casó con Terrero. Juan Manuel comenzó a escribirle a su antigua amante, la reclamaba junto a Angelita y Emilio que eran sus preferidos. El amor de madre hacia los otros hijos, los que no habían sido llamados, pone las cartas en manos de Eugenia, que elije el destino: para sí la miseria, para el brigadier la soledad.
En la correspondencia posterior, Rosas le reprochó amargamente su ingratitud, e incluso, le propone que de obtener dinero la mandaría a buscar junto a todos los vástagos. Era tarde, Eugenia instalada en su casita trabajó como lavandera, como sirvienta, como enfermera, se juntó a otro hombre y perdió la salud al poner en el mundo otros dos hijos.
Crió a sus “bastardos” en la mayor privación, de modo tal que salvo Nicanora de quien se decía que poseía modales naturales de “señora”, todos eran analfabetos y rústicos. Por ironía del destino, Adrián (pocero en Lomas de Zamora) y Joaquín (peón de campo la provincia de Buenos Aires), eran la estampa del padre.
En 1876 ella murió tan silenciosamente como había vivido. Un año más tarde, Juan Manuel, oceáno por medio, apagó también su existencia.
Pero, ¿Qué había pasado con la vida amorosa del ex gobernador en los 25 años que duró su destierro? Se había disipado, según el testimonio de su propio hijo, corría tras las mujeres de mal vivir, en compañía de dos amigotes de mala laya. Encontró incluso algún consuelo en Mary Ann Mills, su criada.

Sin embargo las mujeres de su vida había desaparecido, muertas o lejanas, eran fantasmas que poblaban ese remedo de pampa que improvisó sobre la campiña de Southampton.
"Ellos también amaron"
Es interesante conocer su vida no sólo como "Prócer", si no también como "Hombre" en sus relaciones privadas.
Manuel Belgrano
Fue un hombre galante a quien gustaban apasionadamente las mujeres.
Una historia pésimamente documentada difundió comentarios que rozaron su imagen de varón, tildandolo de afeminado.
Cuando tenía algo más de 40 años, destacado en Tucumán, el bien parecido y seductor general, tenía la posibilidad de elegir para compañera a la mujer que quisiera y, fue una niña de quince años, la que tocó su corazón: la bella Dolores Helguera, hija de una familia patricia de esa provincia.
La geografía del norte había sido escenario de varios de los amores de Belgrano.

Hasta allí le había seguido la cuñada de Rosas, María Josefa Ezcurra,cuando abandonada por su marido, podía vivir con él, en libertad, el viejo amor que los unía. Permancieron juntos en la Campaña del Norte, hasta que embarazada, regresó para tener a su hijo, el que por convenciones sociales, no fue un Belgrano, sino un Rosas, cuando Juan Manuel y Encarnación Ezcurra lo hicieron pasar por hijo propio.

Luego había tenido por amante a la pintoresca Isabel Pichegru. Una francesa que escandalizaba a sus contemporáneos con sus modales y esas osadías inexplicables de los vestidos cortones y ajustadísimos; que no le había resultado una relación sin importancia, porque para cuando conoce a Dolores, aún tenía el espíritu comprometido por aquellos tormentosos amores.
No estaba en el destino de Belgrano lograr un amor en el que reposar sus muchos pesares. Y posiblemente la relación con Dolores Helguera, fue la más dolorosa, ya que el destino se encargó de darle un dramático final y, fue durante 6 años la comidilla de la sociedad tucumana.

De ese romance nació Manuela Mónica del Corazón de Jesús Belgrano, a la que el patriota le dedicó el más tierno amor y no olvidó a “su palomita”, como él la llamaba, ni en el lecho de muerte. En su testamento, redactado en mayo 1820, encomienda su crianza a su hermana Juana, e instrucción y dirección espiritual a su hermano sacerdote.
Manuel, tuvo hacia Dolores una actitud seria y comprometida. Le había dado palabra de matrimonio porque deseaba fundar con ella una familia, siendo este uno de sus más caros anhelos. Pero en ese entonces, el general estaba absorbido por las batallas de la Campaña del Norte cuyo ejército comandaba, y el matrimonio no se concretaba.
En uno de los encuentros que los amantes iban teniendo a lo largo de los años, Dolores quedó embarazada y cuando Belgrano pudo regresar por fin para casarse, halló que ya había sido desposada por un tal Rivas, por arreglo de la familia Helguera y así cubrir su "deshonra".
El desconsuelo fue inmenso, especialmente porque el marido abandonó rápidamente a su esposa. Belgrano que deseaba cumplir con la palabra empeñada, averiguó secretamente a donde se había dirigido Rivas; cuando confirmó que lo hacía hacia Bolivia, despachó chasque tras chasque para saber que destino había corrido; si había muerto para poder concretar su matrimonio. Jamás pudo confirmarlo. Hay que recordar que en esa época no existía el divorcio y por lo tanto Dolores continuaba aún casada.
Ella, desesperada abandonó la ciudad de Tucumán para radicarse en Catamarca. Él, enfermo, derrocado en Vilcapugio y Ayohuma, vapuleado por el gobierno, sintió que su vida se acababa. Manuela Mónica tenía apenas un año, antes de partir definitivamente de Tucumán a Buenos Aires, Belgrano pidió verla por última vez, y quizás ese recuerdo haya sido una luz en su agonía.

Manuela Mónica. Detalle del Oleo de Pripidiano Pueyrredon
El 20 de junio de 1820, Buenos Aires en la anarquía, conoció el día de los tres gobernadores. En medio del caos, solamente un diario se ocupó de comunicar su muerte en una pequeña nota.
Belgrano no murió del todo ese día. La hija perpetuó su sangre y su apellido, fundando la familia de los Belgrano Vega y, sintetizó lo que seguramente su padre hubiera deseado para ella. Una mujer culta que dedicó su vida a su familia y a reclamar aquellos 40.000 pesos que el gobierno debía a su padre, para que las cuatro escuelas que él había dispuesto se levantaran con ese dinero, fueran fundadas.
Peña Historia del Sur
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