TABA ESCRITO Él le había dicho en un rapto de pasión: -Preferiría verte muerta a no verte, matarte a perderte. A ella le gustó y se le quedó grabada, se acordaba y la repetía: <>. Era lindo recordar la frase y repetirla, si hasta rimaba y se la podía cantar <> pensó.Se le grabó sin que se diera cuenta y al fin se olvidó, sin darse cuenta.Y sin que se diera cuenta comenzó a crecer en su interior un puntito, como un microbio, una célula; una duda. Lenta y silenciosamente la célula le roía el alma, que no la mente; sentía, que no pensaba. ¿Sería verdad? ¿Sería así de romántico y de loco? <> Pensó. ¿Sería capaz? ¿Sería capaz de matarla para verla, sería capaz de matarla para no perderla? ¿Sería capaz? Pero… “si la matase la perdiese o, si la mataría la perdería o, si la matara la perdiera o, tal vez, si la matara la perdería” De eso él entendía más, ella sabía combinar colores pero no palabras. Ella veía, él pensaba. Ella acertaba él razonaba. Pero… ¿Sería capaz? ¿Cómo saberlo? “Es fácil” –le había dicho años atrás su amiga del alma- “te sacás el sostén” -Yo no uso- La había interrumpido ella en su inocencia. -Entonces te abrís la blusa y te las empezás a acariciar así, distraídamente, como pensando en otra cosa, como si estuvieras solita. Entonces vas a saber si es capaz, de qué es capaz y ¡hasta dónde es capaz! Se había reído la otra, canchera. Y ella supo que era y de qué era, capaz. Pero ¿hasta dónde… hasta dónde? ¿Cómo saberlo? Había un solo modo de saberlo. Por eso un día –como dice el tango- “ató todas sus pilchas y se marchó”. Pero dejó muchas huellas y señales. Fue tirando granitos de maíz como en los cuentos de la tía Beatriz, cuando ella tenía hepatitis y la tía Bea todavía esperanzas. Por eso el gaucho miró el lucero del alba, como de costumbre, ensilló el alazán, como de costumbre. Y como de costumbre salió al trotecito y se dirigió al hotel que conocía de otras veces. Oyó el pedregullo golpeando en el piso y en el guardabarros, levantó el pie y bajó las luces como otras veces y como otras veces saludó al portero que le respondió levantando las cejas y sin dejar de chupar el mate. Puso segunda y dirigió el cuatro puertas derecho a aquel lugar que la pantalla del reflector dejaba en sombras; como otras veces. Sacó la llave del contacto, se bajó calmamente, cerró la puerta del auto tirando con el índice y el mayor, empujando con el anular y el meñique, oprimiendo con el pulgar. Levantó la mano izquierda que tenía sobre el techo y se la pasó por el pelo; apoyó las dos sobre el vientre como un gastroenterólogo y se acomodó los pantalones levantándolos un poco. Como un Truffaut fue barriendo la escena, lenta y regularmente y detuvo la imagen en el único auto que ya estaba en la playa de estacionamiento, cubierto por el rocío de toda la noche. Discretamente entró al pasillo lateral de aquel hotel que conocía de otras veces y discretamente enderezó para el cuarto donde había estado otras veces. Abrió discretamente la puerta del cuarto y discretamente la cerró. Y vio que ella levantaba la vista de la lectura, como cuando él llegaba de hacer horas extras y ella lo esperaba en la cama. Y como otras veces vio las ropas de ella tiradas en el piso a un lado de la c ama y las suyas propias al otro lado. Y oyó la ducha en el baño y como otras veces se oyó a sí mismo tarareando bajito la misma canción de Serrat. Entonces levantando un poco la campera metió la mano por debajo del pantalón mientras recordaba aquellas palabra y sacó el Smit and Wetson que le dejó su tío guerrillero cuando le dijo: “Sacalo sólo en último caso”. Mientras bajaba la vista del Cristo encima de la cabecera pasó por los ojos de ella y los vio brillantes y resignados primero, enseguida percibió un chispazo de alegría en ellos y después un fulgor de amor. Aliñó los tres puntos como le había enseñado su tío y montó el gatillo mientras recordaba: “pero una vez que lo sáques. ¡Usalo! Él le había dicho en un rapto de pasión: -Preferiría verte muerta a no verte, matarte a perderte. A ella le gustó y se le quedó grabada, se acordaba y la repetía: <>. Era lindo recordar la frase y repetirla, si hasta rimaba y se la podía cantar <> pensó.Se le grabó sin que se diera cuenta y al fin se olvidó, sin darse cuenta.Y sin que se diera cuenta comenzó a crecer en su interior un puntito, como un microbio, una célula; una duda. Lenta y silenciosamente la célula le roía el alma, que no la mente; sentía, que no pensaba. ¿Sería verdad? ¿Sería así de romántico y de loco? <> Pensó. ¿Sería capaz? ¿Sería capaz de matarla para verla, sería capaz de matarla para no perderla? ¿Sería capaz? Pero… “si la matase la perdiese o, si la mataría la perdería o, si la matara la perdiera o, tal vez, si la matara la perdería” De eso él entendía más, ella sabía combinar colores pero no palabras. Ella veía, él pensaba. Ella acertaba él razonaba. Pero… ¿Sería capaz? ¿Cómo saberlo? “Es fácil” –le había dicho años atrás su amiga del alma- “te sacás el sostén” -Yo no uso- La había interrumpido ella en su inocencia. -Entonces te abrís la blusa y te las empezás a acariciar así, distraídamente, como pensando en otra cosa, como si estuvieras solita. Entonces vas a saber si es capaz, de qué es capaz y ¡hasta dónde es capaz! Se había reído la otra, canchera. Y ella supo que era y de qué era, capaz. Pero ¿hasta dónde… hasta dónde? ¿Cómo saberlo? Había un solo modo de saberlo. Por eso un día –como dice el tango- “ató todas sus pilchas y se marchó”. Pero dejó muchas huellas y señales. Fue tirando granitos de maíz como en los cuentos de la tía Beatriz, cuando ella tenía hepatitis y la tía Bea todavía esperanzas. Por eso el gaucho miró el lucero del alba, como de costumbre, ensilló el alazán, como de costumbre. Y como de costumbre salió al trotecito y se dirigió al hotel que conocía de otras veces. Oyó el pedregullo golpeando en el piso y en el guardabarros, levantó el pie y bajó las luces como otras veces y como otras veces saludó al portero que le respondió levantando las cejas y sin dejar de chupar el mate. Puso segunda y dirigió el cuatro puertas derecho a aquel lugar que la pantalla del reflector dejaba en sombras; como otras veces. Sacó la llave del contacto, se bajó calmamente, cerró la puerta del auto tirando con el índice y el mayor, empujando con el anular y el meñique, oprimiendo con el pulgar. Levantó la mano izquierda que tenía sobre el techo y se la pasó por el pelo; apoyó las dos sobre el vientre como un gastroenterólogo y se acomodó los pantalones levantándolos un poco. Como un Truffaut fue barriendo la escena, lenta y regularmente y detuvo la imagen en el único auto que ya estaba en la playa de estacionamiento, cubierto por el rocío de toda la noche. Discretamente entró al pasillo lateral de aquel hotel que conocía de otras veces y discretamente enderezó para el cuarto donde había estado otras veces. Abrió discretamente la puerta del cuarto y discretamente la cerró. Y vio que ella levantaba la vista de la lectura, como cuando él llegaba de hacer horas extras y ella lo esperaba en la cama. Y como otras veces vio las ropas de ella tiradas en el piso a un lado de la c ama y las suyas propias al otro lado. Y oyó la ducha en el baño y como otras veces se oyó a sí mismo tarareando bajito la misma canción de Serrat. Entonces levantando un poco la campera metió la mano por debajo del pantalón mientras recordaba aquellas palabra y sacó el Smit and Wetson que le dejó su tío guerrillero cuando le dijo: “Sacalo sólo en último caso”. Mientras bajaba la vista del Cristo encima de la cabecera pasó por los ojos de ella y los vio brillantes y resignados primero, enseguida percibió un chispazo de alegría en ellos y después un fulgor de amor. Aliñó los tres puntos como le había enseñado su tío y montó el gatillo mientras recordaba: “pero una vez que lo sáques. ¡Usalo! Entonces dio tres tiros seguidos. Ella se sintió aturdida y alcanzó a percibir el apagarse del tercer tiro cuando a través de las lágrimas vio por el espejo la sangre que empezaba a manchar sus ropas; entonces se relajó y pensó: “como en la tele”. Él apretó más el ojo izquierdo y otra vez el gatillo. Y acordándose del “turco” Olguín se oyó repitiendo en voz muy baja las palabras tantas veces oídas de boca del moro. “Taba escrito”. Entonces dio tres tiros seguidos. Ella se sintió aturdida y alcanzó a percibir el apagarse del tercer tiro cuando a través de las lágrimas vio por el espejo la sangre que empezaba a manchar sus ropas; entonces se relajó y pensó: “como en la tele”. Él apretó más el ojo izquierdo y otra vez el gatillo. Y acordándose del “turco” Olguín se oyó repitiendo en voz muy baja las palabras tantas veces oídas de boca del moro. “Taba escrito”. Ariel, Asunción 199… A mí me pone muy loco “La puñalada” por Juan D’Arienzo “TODO GOBIERNO ES MALO”
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