El secreto de Lanata por Jorge Ramírez Jorge Lanata tiene un plan secreto: Ha decidido inmolarse para que su nombre no sea borrado jamás de los anales del periodismo investigativo argentino. Sabe que va a morir, que está enfermo y que no hay remedio para su enfermedad. Su plan secreto consiste en infiltrarse en las entrañas del Grupo y denunciarlo públicamente cuando sea la hora. El país y el mundo conocerá como se tejen y funcionan los entramados que conjuran las grandes corporaciones mediáticas para desinformar y mantener al pueblo sometido y para conservar sus privilegios de clase. Por su historial periodístico Jorge sabía que era muy poco probable que él consiguiese convencer al Grupo Clarín que podían confiar en él. Pero las empresas díficiles siempre le sedujeron. Para hacerlo tenía que estar dispuesto a hacer todo lo que le ordenaran y mucho más. Mientras me contaba su plan y me relataba cómo éste había surgido yo lo miraba y no podía creer lo que estaba escuchando. Primero dijo cosas que yo ya sabía, que toda su vida había ejercitado el periodismo crítico al poder político de turno y que sus momentos de mayor gloria profesional los había alcanzado denunciando y oponiéndose a éste y al poder aún mayor de los poderes económicos, los verdaderos arquitectos de las políticas públicas. Pero después agregó que cuando llegó Néstor percibió que ese gobierno era distinto, que Néstor y su equipo estaban trabajando sinceramente para reconstruir el país y devolverle la autoestima y la dignidad a los argentinos. Por supuesto, también veía que el gobierno cometía errores y que a veces, conscientemente, realizaba oscuras operaciones obligado por las densas tramas jurídicas y sociales en las que se cobijan los enemigos del pueblo. Comprendía que no era realista considerar que en una sociedad atravesada transversalmente desde hacía décadas por la corrupción y el oportunismo no siempre se podía actuar respetando a raja tabla códigos éticos y morales idealistas. Sin embargo, para él, más allá de estas contradicciones o claudicaciones temporales, los gobiernos de los Kirchner estaban decididos a refundar el país sobre bases sanas. Por su parte, él se encontraba en una situación personal extremadamente dificultosa. Más aún, se vivía una verdadera crisis existencial. No sólo el periodista Jorge Lanata había empezado a perder vigencia, en los últimos años también el empresario Jorge Lanata había cometido demasiados errores fatales, algunos de los cuales no estaban totalmente desvinculados de la infame política comercial del Grupo contra los demás medios de comunicación. Jorge Lanata, el fundador de página 12 ya no brillaba y estaba económicamente en quiebra. Si quería volver a levantar cabeza tenía que retornar al periodismo de oposición, que es lo que sabía hacer. Así lo había aprendido desde que a sus 14 años comenzó en la redacción del informativo de Radio Nacional. Esas enseñanzas adquiridas en su juventud estaban grabadas indeleblemente en cada una de sus células, formaban parte de su ADN. Para él, otro tipo de periodismo era inimaginable. Se sentía absolutamente incapaz de adaptarse a las exigencias que la profesión exigía dentro del nuevo contexto protagonizado por un gobierno que representaba con valentía los intereses del pueblo. Algo así nunca había ocurrido desde que él hiciera su debut como escribidor en una nota para La Colmena, la revista del colegio donde cursaba el secundario. La idea de morir en el ostracismo y la pobreza le parecía intolerable. Había hecho una carrera brillante y había luchado incansablemente contra dictaduras, gobiernos democráticos corruptos y mafias económicas. Nunca se había propuesto cambiar el mundo, ni siquiera hacerlo mejor, pero amaba su profesión y siempre había sido un militante por un periodismo honesto. No era justo que ese chico sin infancia por una madre enferma que nunca se recuperó, ese chico que a pesar de su destino supo hacerse un nombre y consiguió sobrevivir a los momentos más aciagos de la Nación desapareciera ahora de la escena sin dejar rastros. Algún tiempo antes del inicio de su metamorfosis había escrito algunos artículos como él sabía escribirlos para llamar la atención. Calificó al gobierno de autoritario y posteriormente también se mostró condescendiente hacia el Grupo confesándole a Tenembaum frente a las cámaras de TN y emulando a Robin Hood "siempre voy a estar del lado más débil". Las duras críticas que recibió de sus asombrados antiguos colegas, muchos de ellos también amigos, le dolieron mucho, pero al mismo tiempo, sin entender qué le estaba pasando, sintió que renacían en él energías largamente adormecidas y que se sentía nuevamente alegre y vital campeando contra la embestida. "Era muy loco" me dijo, "pero volví a sentir la emoción que experimentaba cuando hacíamos Sin Anestesia con Eduardo y desafiabamos a una verdadera dictadura, sangrienta e inhumana". Como reflexionando sobre sus propias palabras agregó "Tal vez haya sido en esos momentos cuando vislumbré por primera vez una luz de esperanza, o quizás haya sido un poco más tarde, cuando la euforia comenzó a retroceder y la angustia provocada por la visión de un futuro gris y chato volvió a invadirme". Nada es más creativo que el estado de necesidad. La experiencia vivida en esos días alimentó en Jorge la idea de una misión imposible. Lo que al principio le pareció el delirio propio de un espíritu acorralado y desesperado, comenzó a cristalizar lentamente hasta transformarse en un plan maquiavélico y genial. Cuanto más incomprendido y vipuleado era por sus amigos de otrora, más fuerza fue cobrando en él la voluntad de concretizar su plan. Jorge conocía perfectamente la idiosincracia del pueblo argentino y particularmente la del porteño, e intuía que una porción nada despreciable de ellos también sufría, como él, la nueva realidad nacional. Con ellos contaba para garantizar el éxito de su plan. No es casualidad que Buenos Aires sea la capital mundial del psicoanálisis. En ningún otro lugar del mundo hay tantos psicoanalistas en proporción a la cantidad de habitantes como en la ciudad del tango y sus alrededores. Estos arregladores del alma melacólica y sufriente de pseudoeuropeos latinoamericanizados y desarraigados se concentran sobretodo en los barrios donde residen los estratos medios altos y altos de la población. Es allí donde se acumulan las contradicciones más abyectas: grupos enteros de personas con un índice de educación alto o muy alto, muchos de ellos profesionales académicos independientes exitosos o empleados de nivel jerárquico, embuídos todos ellos de valores humanistas progresistas y convicciones democráticas profundas. Difícilmente alguien pudiera alinearlos entre los perdedores de la Nación, pero ellos mismos se consideran, no obstante, víctimas de todos los gobiernos de turno y mucho más si esos gobiernos utilizan términos tales como nacionalismo y patriotismo en sus discursos, porque ellos odian el fascismo y son internacionalistas y son a favor de la juticia social. Para ellos todos los seres humanos son iguales sin distinción de raza, credo, género o país de origen, aunque desconfían por razones obvias de los paraguayos, los bolivianos y los chilenos inmigrantes y también de sus compatriotas morenos. Pero esto no se debe, por supuesto, a que discriminen, sino porque porque muchas de esas personas, está comprobado y cada uno puede enumerar una serie completa de casos que conoce, quieren vivir a costas del estado, en vez de hacer sacrificios como los hicieron ellos para estar donde están. Definitivamente ellos no son insensibles a los dramas humanos injustos y mucho menos se los puede acusar de no ser solidarios. Pero tampoco son los hijos de la pavota que siempre tienen que pagar todo para que los demás vivan de sus trabajos. Jorge no se identificaba con ese grupo para nada. En realidad lo detestaba, pero el comprendía su angustia. Como él, ellos habían aprendido a vivir en un mundo con los valores invertidos y en él habían triunfado sin tener que hacerse cómplices de lo que custionaban (al menos así lo creían ellos -pero no Jorge- porque a pesar de su demostrada capacidad para entender la realidad y flotar en los momentos más díficiles del país parecían incapaces de reconocer los vínculos existentes entre su modo de vida y la crisis del país). Jorge iba a hablarle a ese grupo, con ellos contaba para recuperar su popularidad y ganar la confianza del Grupo. A mediados de 2009 comenzó a archivar sistemáticamente registros de todo cuánto hacía y decía. Minuciosa y prolijamentemente guardó nombres, diálogos, fechas y lugares. Rápidamente se fue constituyendo un voluminoso dossier en el que se documentaba con pruebas irrebatibles e hiperchequeadas las maniobras del Grupo y de algunos políticos lacayos para evitar que el gobierno pudiera aplicar la ley de medios. Pasó momentos muy difíciles en los que tuvo que darles muestra de lealtad. Convencer a Magnetto y a sus secuases de su conversión no fue tarea sencilla. Debió pasar el filtro de colegas clarinistas, experimentados mercenarios ideológicamente identificados con el Grupo, muchos de ellos manchados con la sangre de las víctimas de la dictadura. Para conseguirlo debió mostrar que él podía hacerlo mejor que ellos. Cuando desesperaba se tranquilizaba pensando que por las circunstancias políticas vigentes en Latinoamérica, al menos él nunca tendría que mancharse de sangre para demostrárles su supremacía periodística y su lealtad. Contaba con sus dotes actorales y confiaba en su inteligencia. El ataque a que fue sometido por su antiguo entorno se hizo cada más vez despiadado pero simultáneamente recibió también la aprobación de sus jefes y de sus nuevos colegas aliados y también la admiración creciente de esa porción de la población eternamente insatisfecha, no obstante sus condiciones de vida privilegiada en un país que había quebrado y que lentamente empezaba a resurgir. Eso lo convenció que no se había equivocado y que su dossier iba a hacer historia. Una vez superado el dolor causado por el desprecio merecido con que fue tratado por la gente que le importaba se dio cuenta que se había tornado inmune y no le intersaba más lo que de él dijeran y le divertía provocarlos. Se consoló pensando en Chávez, su ídolo secreto, que, como él, también era insultado, despreciado y calumniado diariamente por la prensa hegemónica mundial. Cuando se sentía mal y creía no poder soportar más la presión recordaba las palabras del comandante venezolano declarando a sus seguidores que había aprendido a ignorar insultos y provocaciones. Jorge, por supuesto, no se comparaba con Chávez (él nunca quiso cambiar el mundo), pero se reconfortaba pensando que su sacrificio era más mayor que el de Chávez, porque el presidente era despreciado por sus enemigos y amado por los suyos, pero él, en cambio, era admirado por lo peor o lo más conflictivo de la sociedad argentina, y odiado y despreciado por los que él se estaba sacrificando. Han pasado más de tres largos años desde que su plan se puso en marcha. Felizmente la lucha contra el Grupo va llegando a su fin. La ley ya ha sdo declarada constitucional y en algunos meses comenzará la desinversión. Él, Jorge Lanata, había alcanzado sus objetivos. Con su trabajo consiguió que sus antiguos practicantes hoy conductores (por ejemplo), de 678 fueran perfeccionando el desmontaje de las técnicas de desinformación de los medios hegemónicos y que la parte sana de la ciudadanía argentina se hubiera vuelto experta en reconocer las técnicas mediáticas de manipulación de la opinión pública. Gracias a su sacrificio sus antiguos compañeros se habían convertido en excelentes periodistas al servicio de la verdad y la ética. Pero al mismo tiempo, y justamente debido a esa excelencia, su margen de maniobras se había ido reduciendo progresivamente hasta quedar prácticamente anulado. Por eso, frente a las preguntas que le fueron realizadas días atrás a la salida de Radio Mitre sólo pudo responder monotónicamente "Gvirtz es un chorro"
El secreto de Lanata
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