A veces pienso que una parte de mi debe estar disfrutando de un buen café y un libro en algún bar. Pero bares hay muchos, yo me refiero a uno de esos bares que ya todos conocen y sus puertas llevan tantos años abiertas que ya nadie las imagina cerradas. El típico lugar donde se juntaban las barras de amigos que hoy lo siguen haciendo pero con 50 años mas en sus espaldas y que al verlos charlar entre ellos, hacer bromas y cantar algún tango a las “minas” que pasan, uno se da cuenta que ellos se siguen sintiendo jóvenes, pero solamente durante el tiempo que están en el bar. Es que el bar sigue siendo el mismo y ellos, debajo del inevitable paso del tiempo, también lo son. Imagino mirándolos a ellos desde mi mesa y tratando de pasar desapercibido, dejo mi libro abierto cerca de mis ojos aunque ya no lo este leyendo, me meto en sus conversaciones –Llenas de términos y frases antiguas- miro sus caras arrugadas, las manchas en sus manos y trato de descubrir sus pasados, todo lo que habrán luchado, todo lo que habrán pasado en sus vidas, que pensaban en la mañana o que lo esperara en sus casas por la noche. No puedo evitar pensar que ese buen momento en el bar se lo tienen bien ganado. Estoy totalmente convencido que una parte de mi esta en ese bar, admirando sus paredes plagadas de cuadros con recortes periodísticos de las hazañas logradas por el club del barrio... La barra atendida por sus dueños que son tan viejos como los que ocupan la mesa y ventanas con vista al futuro que no deja de pasar de largo por las calles empedradas. Una parte de mi habita ese mundo, respira ese aire de finales de los años 50, se viste y piensa como esos viejos, y si estoy tan convencido de ello es porque de este lado, cada día que me despierto siento que me falta algo o alguien que esta en ese lugar contento.
El Bar de los años 50
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