La Crisis de los Medios
El periodismo tiene el deber de informar. Pero ¿cumple con este objetivo? Mejor planteado, ¿es ése su objetivo? Tocaremos varios puntos de este tema, invitando a una reflexión posterior.
LA ERA DE LA INFORMACIÓN
Se ha calificado esta época como «la Era de la Información», en consideración con las numerosas tecnologías que permiten el fácil acceso a la misma, la conservación y la transmisión de estos datos. Un pequeño pendrive, que podemos sostener fácilmente entre nuestros dedos, tiene una capacidad de almacenamiento sorprendente, si la comparamos con las unidades de almacenamiento portátil de períodos anteriores. Los discos rígidos de las computadoras personales solían tener varios gigas de espacio hace una década y media. Ahora, se habla de capacidades de uno y dos therabytes (mil y dos mil gigabytes). Al lado de eso, no tienen nada que hacer los veinte o cuarenta gigas del tiempo en que salió la generación de los Pentium III de Intel. Sólo comparenlo. Además de esto, también la tecnología virtual (de software) mejoró, creando formatos que hacen que los videos y el audio conserven gran parte de su calidad y reduciendo su peso de una manera igualmente considerable, hasta el punto de que un CD de música puede reducirse a unos 100 MB o menos y una película puede pesar unos 300 MB y verse bien. Hay que agregar que internet facilita la transmisión de estos datos y no es el único medio: existen la televisión, la radio, la telefonía móvil, los satélites, el wifi, la fibra óptica, todos ellos creando este clima en el que parece que la información abunda hasta el punto de que se escapa a la posibilidad de cualquier control. Ciertamente, es comprensible que se denomine a este tiempo como «la Era de la Información».
Sin embargo, una cosa desacredita este nombre y es el hecho de que estos mismos medios pueden usarse para crear falsas impresiones entre el público desprevenido. Confiar es una elección, es cierto. Usamos nuestro mejor criterio para interpretar lo que vemos. Pero ¿qué pasa, si alguien nos muestra una parte de la verdad y nos oculta otra? ¿O si nos narra los hechos que no podemos conocer personalmente de una manera equivocada y tendenciosa? Por ejemplo, vemos a unas cuantas personas destruyendo un establecimiento, y se nos dice que en ese lugar maltrataban gente. Quizás sea cierto, quizás no. No podemos saberlo. Pero el periodista lo dice con un tono de voz tan indignado, que las personas que lo ven le creen, salvo por algunos un poco más perspicaces o más prudentes. Cuando el dueño del lugar sale a dar su versión de los hechos, se le hacen preguntas que contienen una cierta incredulidad o ironía implícita, como si lo estuvieran acusando de antemano y nada de lo que dijera alcanzara a explicar nada. Y no lo dejan hablar libremente, a pesar del poco tiempo de que se dispone para la noticia. En otras palabras, lo ponen al aire para que sepamos a quién tenemos que odiar. Más allá de que sea verdad o no que se haya maltratado gente en el sitio, no se da ninguna prueba de lo que se afirma y, sin embargo, tampoco se es imparcial. En realidad, aunque no se diga directamente «es así», puede decirse algo como «Incidentes en centro neuropsiquiátrico: se afirma que se maltrataba seriamente a los internos» y, de esa manera, inducirnos a creerlo sin dar pruebas. Para empezar, si no se está seguro, no sé si es correcto difundirlo. Al menos, no en esos términos. Que sea un incidente es verdad. Hubo cierta clase de disputa que desembocó en un violento ataque al lugar, pero ¿debe decirse también lo de los maltratos, sin haber pruebas suficientes? ¿No es eso darle voz a lo que pudiera ser una calumnia o difamación? ¿Y es necesario que, encima, el asunto se plantee en un plano emocional? Muchas personas del público, en su inocencia, pueden pensar que el periodista «lo debe decir por algo», aunque ese algo no exista. Mientras tanto, el periodista seguirá diciendo cosas sin tener evidencias y, con esa forma de proceder, es muy fácil cometer errores. Sin embargo, no vemos que los periodistas se retracten. Al contrario, tienen una imagen que proteger y hacer eso podría arruinarles la carrera. Pero, entonces, ¿no deberían dar las noticias sin ponerse de parte de nadie? Para ser justo, voy a explicar la posición del periodista en nuestra sociedad.
EL DILEMA PERIODÍSTICO
Cuando hablamos de algún hecho concreto de interés periodístico, por ejemplo, un asesinato, es fácil darse cuenta de que las personas más informadas sobre el hecho son, aparte de los implicados, los investigadores que trabajan en el caso. Obviamente, la finalidad del periodista y la del policía son distintas. Uno quiere enterarse de lo que pasó y contárselo a los demás, el otro quiere llegar al fondo de la cuestión y, con la verdad revelada, detener al criminal, proteger al resto de las personas y, de paso, que se confirme la inocencia de cualquiera del que se haya sospechado injustamente.
A veces, estos fines no coinciden y el periodista se verá en la necesidad de usar su ingenio para conseguir la información que quiere. Pero lo más importante es el medio en el que el periodista distribuye «su producto». ¿Cuántos estudios hará el policía para llegar a una conclusión? Si tenemos que estar bien informados, deberíamos tener acceso a esos datos, porque son los que definen las cosas. Por supuesto, las prácticas forenses se fundamentan en muchas teorías que no conocemos. No entendemos ese mundo porque sería preciso, realmente, aprender aunque sea lo básico de la ciencia forense. Aún así, supongamos que estamos lo suficientemente interesados para investigar lo que no sepamos. Miren una noticia en el diario, y verán que no se les dedica el bastante espacio como para hacer un estudio completo de cada hecho. Ni hablar de que tenga comparación con las investigaciones exhaustivas de la ciencia forense. Pero, al grado que se reduce la cantidad de datos, se está afectando la visión de la realidad de ese hecho concreto. El público puede interpretar que las cosas son demasiado complicadas, que ellos no son especialistas y, por lo tanto, deben confiar en lo que se les dice. Esa postura los vuelve unas víctima fáciles para cualquier charlatán. Vemos a los periodistas de la televisión explicar las cosas en términos emocionales, en vez de presentar la información de una manera en que no se ligue a un punto de vista o posición. No es lo mismo decir «se dio vuelta para mirarla» que «se dio vuelta para mirarla porque, al parecer, le encantaban sus pechos». Lo que se afirma es lo mismo, pero la suposición altera cómo se percibe esa misma situación. Se le está dando un sentido que puede ser falso. No importa que sea o no una mentira, el método en sí permite que las falsedades pasen frente nuestros ojos como si fueran verdad.
La televisión tiene un poder particular en este sentido, porque es muy limitada en cuanto al tiempo que tiene cada programa y resulta ser más apta para entretener que para informar. Si los periodistas quisieran hacer algo en serio, deberían dedicarle al menos una hora al estudio de cada hecho. Como mínimo aceptable, digo. No se puede informar una situación compleja y dar a conocer todos los datos de algo importante o interesante en cinco o diez minutos. Directamente, eso es absurdo. Imagínese cuando usted se entera de algo que pasó en el barrio y le pregunta los detalles a una persona bien informada. Si realmente le interesa, le hará muchas preguntas y habrá hablado bastante tiempo. No conforme con eso, después consultará por otra parte, y si puede hablar con los implicados, mejor. Todo eso, ni hablar, no se puede hacer en cinco o diez minutos. Hay tantas cosas que saber por cada problema o situación concreta... Sin embargo, esto es lo que hacen los periodistas en la tele, todo el tiempo. Y encima, toman una posición; dicen las cosas de una manera simplificada y, por si eso fuera poco, también, parcial, tendenciosa.
El periodista ha dejado el rol de informador por el de actor. Representa frente a tus ojos una pieza teatral. Y lo hace para ganar audiencia. No se compromete con la verdad, sino con el rating. No difunde la realidad, genera un espectáculo que entretenga a la gente y la mantenga adelante del televisor. A eso se le llama «hacer prensa sensacionalista», pero parece que todo el periodismo es sensacionalista, hoy en día. Seleccionan la información por el impacto que puede generar, no por la importancia. Y si tienen que dar preferencia al mostrar ciertos datos antes que otros, para fines mediáticos, lo hacen. No hay ética. Presentan las cosas de cierta forma, para darte una impresión determinada de los hechos. Y en el caso de Argentina, esto es especialmente cierto.
LA CRISIS MEDIÁTICA EN ARGENTINA
Para explicarle al extranjero lo que sucede en este país, debo comenzar por contarles la situación de la que parte el hecho actual.
Gobernaba un Presidente llamado Fernando De la Rúa. En mi sincera opinión, creo que la campaña televisiva lo favoreció bastante. El hombre planteaba que decían que él era aburrido, sólo porque trabajaba por el país y se preocupaba por nuestro bienestar. Esto contrastaba con su predecesor, Carlos Menem, que andaba en ferrari, se hacía cirugías estéticas y otras cosas por el estilo.
El caso es que el país cayó en una crisis, de la cual algunos hacen responsable a Menem, por pedir préstamos al FMI y hacer todo lo que este organismo le exigía, que era vender las cosas a bajo precio, para pagarles. Los fondos también se usaban para mantener una equivalencia de valor entre el peso y el dólar. Es generalizada la opinión actual de que fue la gestión de Menem la que arruinó al país, y esa crisis se arrastró hasta ese momento. Si es cierto o no, sinceramente, no lo sé, pero la especulación sobre esto influye en las decisiones políticas de las personas.
Durante la marcha, accedió al cargo de Ministro de Economía Domingo Cavallo, quien había participado de la gestión menemista. Este hombre creó lo que se conoce como «el Corralito», o sea, quedarse con el dinero de la gente que ahorraba en el banco nacional, y devolvérselo en cuanto pudieran. Lo de «corral» se refería a eso. Aparte de eso, se pagaba parte del sueldo con bonos, llamados «lecops» y «patacones», que bajaban de valor inmediatamente después de que te los daban. Por eso, en los comercios te lo aceptaban por menor valor del que decían. Si eran dos pesos, te lo aceptaban como uno ochenta.
Se decía en los medios que la gente pobre que pasaba hambre fue la que echó a De la Rúa. Me permito ser escéptico. Creo que los ahorristas tuvieron más influencia en el asunto y que nos quieren hacer creer un disparate. Es mi opinión, de todos modos, pero doy las dos versiones juntas, para que no se vea solamente de la forma en que lo muestran los medios. No importa si lo echaron por una cosa o por la otra. En todo caso, parecía razonable quitarlo del puesto porque estaba enfermo de arterioesclerosis, una enfermedad que deja a la gente poco apta mentalmente para ejercer una función tan importante como es la presidencia de un país.
Los políticos, siempre tan interesados en gobernar, se hacían presidentes provisionales y renunciaban enseguida. No me acuerdo de cuáles, pero es información fácilmente accesible. Finalmente, Eduardo Duhalde asumió el poder ejecutivo. Y estuvo un tiempo razonablemente más largo que los otros. Hubo un poco de devaluación.
Después, en vez de quedarse en el cargo por el tiempo restante de la presidencia de De la Rúa, convocó unas elecciones. Recomendó a Néstor Kirchner y, al parecer, eso benefició al candidato, que ganó (yo no lo conocía ni lo más mínimo, y no era el único —aunque tampoco podía votar—).
Desde ese tiempo, hasta la actualidad, noviembre de 2012, se puede clasificar todo dentro del mismo período, porque Cristina gobierna igual que Néstor, su marido. Yo pensaba que, cuando él muriera, iba a cambiar, pero mantuvo el inconfundible estilo kirchnerista.
¿Características del período? Desde el principio, fueron muy mediáticos. Entiendo que el político tenga cierta necesidad de hacerse ver en la televisión, pero en este caso es marcadamente frecuente, como si lo disfrutara. También, hubo una devaluación en constante aumento. Pero, además, hay aumentos de precio injustificados, en comparación con el valor peso-dólar. Hay problemas constantes con el servicio eléctrico, que empezaron en el año 2003 y siguen dándose muy habitualmente. Se corta la luz varias veces por semana y/o por día: cortes de un minuto, cortes de diez minutos, media hora, todo el día o varios días, pero los hay con frecuencia. En el tiempo kirchnerista sobran los favoritismos. Premio y castigo: premio si apoyás al kirchnerismo, castigo si no le aportás nada o le hacés frente, porque cualquier discrepancia que se pueda tener con la Presidenta, ella lo toma como una cuestión personal, como si desafiaran su poder, y no está dispuesta al diálogo. En otras palabras, se hace lo que ella quiere o está todo mal. Evidencia de esta manera de proceder se tiene en cómo trata sus diferencias con los demás, sean políticos opositores, grupos de los medios o empresarios rurales. Tiene mucho carisma y habilidad política, pero carece de capacidad diplomática y de una intención conciliadora. Trata de convertirse a los ojos de la gente en una especie de heroína (como Perón, Evita, San Martín, Belgrano, Sarmiento). Hizo muchas obras públicas, indudablemente. Algunos dicen que deja las cosas a medio hacer y es cierto, pero hay muchas obras que terminó y se puede entender que la plata no sobra como para que haga todo de una vez, aunque por hacer tanta parafernalia cada vez que va a hacer algo, es víctima de la acusación de fingir que va a hacer lo que no va a hacer, intencionalmente, sólo para ganar votos. Nos da información falsa, pero no digo simplemente una mentira, sino que es una hipocresía de magnitudes indecibles. Nos niega en la cara lo que todos estamos viendo, como si pensara que le vamos a creer más a las mentiras del INDEC (el organismo nacional que se encarga de hacer las encuestas y censos) que a los precios que vemos cuando vamos a comprar. Eso ya es ilógico, pero cuando contradicen estas cifras, pone el grito en el cielo y le causa problemas al que haya hablado. Pero todos lo estamos viendo. Por muchos porcentajes y cifras que pronuncie en sus discursos de cadena nacional, yo le creo más a lo que tengo alrededor. Precisamente, la libertad de expresión sufre mucho a causa del kirchnerismo. Además, parece creer que los problemas sociales se solucionan poniendo más policías, lo cual no es un camino a un cambio positivo sino un medio de reprimir al que tiene el problema o al que pide un cambio. Las leyes se endurecieron un poco, con la excepción de permitir el matrimonio gay (es realmente raro que se haya logrado eso en el kirchnerismo). Las multas son más caras, se agravó el control del pago de impuestos y aumentaron los mismos, se prohibieron muchas importaciones (hay cosas que ya no se consiguen), se decretó una ley con el único fin de destruir a su mayor opositor mediático (el grupo Clarín), se hizo otra ley para que cualquiera que gane un buen sueldo tenga que pagar impuestos a las ganancias y se plantea crear una ley de reelección sin límites. En fin, todos comprendemos que es grave que se creen leyes con fines personales y para exprimir a los ciudadanos. Eso es abuso de poder, despotismo. Además, hay un clima de corrupción (por el mismo favoritismo, o sea, los chicos «buenos» no deben ser castigados, se les puede perdonar). Se dice que se entregan planes trabajar a la gente sin que trabaje lo más mínimo, para generar «clientela política», o sea, gente que acuda a las protestas y actos kirchneristas y que los vote. En este tiempo, se nacionalizaron algunas empresas clave, como la YPF y Aerolíneas Argentinas.
Mi opinión sobre el kirchnerismo es la siguiente: hicieron cosas pero para lograrlo exprimieron en forma extrema las finanzas de los ciudadanos. Y subsidiaron a las empresas. El regimen es elitista. No veo un progreso, ya que el kirchnerismo siempre hace recaer el peso sobre los ciudadanos comunes. Personalmente, no me conviene, por la inflación. En cuanto a las ideas y el sentir, no me identifico con un régimen que pospone el bienestar del ciudadano. Soy liberal, y eso quiere decir que pienso primero en los individuos y después en todo lo demás. ¿Qué me importa que el país se llene de fábricas y empresas, si es solamente para explotar a la gente? ¿Qué interesa que pongan más feriados y adoren a la Vírgen, si se destroza a cualquiera que piense distinto?
Ahora, vamos a hablar de Clarín. Tenemos que remontarnos a la dictadura de 1976. En ese tiempo, había una empresa que se llamaba Papel Prensa y era la que fabricaba el papel para los diarios. Los militares la terminaron expropiando y regalándosela a Clarín. No sé demasiado sobre esa historia particular, pero se quiere ver en esto una asociación estrecha entre Clarín y el Gobierno de la Dictadura. Ignoro si es así, de verdad, porque todos le tenían miedo a los militares, salvo algunos pocos valientes, que terminaban desapareciendo de manera misteriosa. El caso es que, por miedo o por lo que sea, Clarín fue dócil. No fueron los únicos, pero hay una saña particular hacia esta empresa por parte del kirchnerismo. En realidad, se beneficiaron casi todas las empresas que conocemos. Había un documental, en el que se daba una lista de las empresas que crearon la deuda externa, junto con el gobierno militar. Decía que era intencional crear esta deuda, para que después pudieran obligarnos a hacer todo lo que el FMI quiere o quitarnos las cosas «con justa causa». El documental se llama «La gran estafa al pueblo argentino». Ahí se ve que casi todas las empresas que conocemos hoy en día fueron beneficiarias de este proceso de desmantelamiento del país y endeudamiento. Por supuesto, la difusión de mentiras en ese período de terror no es patrimonio exclusivo de Clarín. Puede entenderse, en realidad, a quien no quiera comprometer su vida. Pero lo cierto es que pudo haber algo más. Si lo hicieron por simple codicia y avaricia, nunca lo vamos a saber. En todo caso, es algo confuso y de posiciones encontradas, que no se puede determinar (uno dice una cosa, el otro una distinta, y no hay cómo salir de dudas).
Clarín cumple con todo lo que dije del periodismo antes. Hace espectáculo. Puede ser que diga la verdad, pero lo hace de una manera demasiado emotiva y que dista con los métodos de un verdadero comunicador. En realidad, usa su influencia para hacer quedar mal a Cristina y de una manera muy pronunciada (no sé si es una reacción a la actitud kirchnerista de creerse dios o si viene desde antes, pero lo cierto es que hay demasiada insistencia). Por supuesto, todos los mediáticos mienten (en la forma que expliqué antes) y esto no es razón suficiente para desmembrarles la empresa. Pero lo cierto es que Clarín sí es muy tendencioso. Al menos, en el tiempo kirchnerista. Jorge Lanata, respetado periodista, tiene un programa en el que exclusivamente se dedica a hablar en contra del gobierno. Sus razones tiene, puede ser incluso que la mayor parte de lo que dice sea totalmente cierto, pero ¿es para tanto? ¿Es correcto hacer un programa con el único fin de atacar a alguien, sea con justas razones o no?
Lo único que veo en el país es que se bombardean de un lado y del otro, y siempre las bombas explotan sobre los ciudadanos. Casi se puede creer que están todos juntos y nos hacen creer el cuento de las disputas para robarnos más fácil. Igual, usando una palabra muy de izquierda, son todos burgueses. Gane el que gane, no ganamos nosotros.
Unas últimas palabras sobre esta situación nacional: hay personas que piensan que todo el que es kirchnerista lo es porque recibe alguna clase de beneficio (planes y parecidos), pero esto es incorrecto. Tampoco es que sean idiotas a los que les hayan lavado el cerebro (ésa es la segunda opción en la que creen). Una persona puede creer sinceramente en el kirchnerismo, aunque no reciba el menor beneficio. No todos son una encarnación del egoísmo. Puede ser que no ganen nada, pero crean que la Presidenta ayuda a los demás con los planes o que les guste por el lado de que haya comprado empresas. En todo caso, hay muchas personas que no sólo no votan a alguien por su interés personal, sino que votan en contra. Existen los que están dispuestos a hacer algún sacrificio, si es para el bien común o del país. Y aunque nosotros no creamos que se esté haciendo un bien y veamos la corrupción, puede ser que ellos no lo asocien directamente con la figura presidencial, o que crean que «todos los políticos son deshonestos», así que ni soñar con que no exista eso. También, creen que «es lo mejor que hay», comparando con los anteriores y su competencia política. Eso opinan algunos, por lo menos. A lo que voy es que no todos son kirchneristas por el pancho y la gaseosa, como se dice vox populi. Algunos lo son por la netbook, otros por los planes, otros por un cargo público... ¡Eh! Decía que hay quienes pueden serlo por sincero convencimiento o porque se identifican con la forma de hacer las cosas de nuestra adorable Presidenta.
Todo esto que dije, recuerden, está desde mi punto de vista personal, mis vivencias y la manera en que me enteré de las cosas. No soy un profesional del periodismo, ni pretendo serlo. No es ésa mi función. Quería solamente destacar la aberrante situación de un ciudadano argentino. Se pelea Cristina con el sector rural, nos aumentan los precios de la carne y las verduras. Se pelea Cristina con Macri, nos aumentan el viaje en subte. Se pelea Cristina con los maestros, nos hacen paro y dejan a los chicos sin estudiar. Se pelea Cristina con Moyano, y nos cortan los medios de transporte. Se pelea Cristina con los acreedores extranjeros, se quedan con la fragata Libertad. A eso me refería cuando, anteriormente, dije que, en estas peleas, siempre somos los ciudadanos comunes los perjudicados. Es decir, ¿yo qué tengo que ver con las peleas de Cristina y sus contrincantes de turno, para que me causen perjuicios?
El asunto del periodismo sensacionalista debe llevarnos a una reflexión. Tengo el temor de que esta justa añoranza, que seguramente también comparten otros argentinos, sirva de excusa al kirchnerismo para convertir nuestro país en un Estado Policial (al estilo de Venezuela). Pero lo voy a decir claro: prefiero mil veces a los periodistas derramando calumnias que a los militares degollando y encerrando a los demás sólo por decir lo que piensan. Y las expropiaciones y creación de leyes para destruir a un enemigo político también cuentan. No siempre van a estar de acuerdo con nosotros. Incluso, hay idiotas que te odian y te difaman sin razón. Pero ¿para qué llevarlo a un plano más serio? Se puede, pero hay que mirar las consecuencias. Una cosa lleva a la otra... ¿Estás dispuesto a tomar más poder del que te corresponde, a caer en conductas despóticas, para callar a tu enemigo? Soy escritor, y no me gusta que se controle lo que escribo. Incluso, si escribiera algo que a otro le resulta desagradable o inconveniente, mis escritos deberían circular con libertad. Por algo, se dice que vivimos en Democracia. ¿Y qué Democracia puede haber donde ni siquiera podés hablar tranquilo? La comunicación es uno de los grandes valores humanos. Que los demás crean o dejen de creer lo que se les cante, pero uno puede decir lo que quiere, con la única limitación de faltar el respeto mediante insultos, calumniar, difamar. Pero incluso no hay que tomarse demasiado en serio las calumnias, insultos y difamaciones. Al fin y al cabo, son estupideces. El único problema es que los demás se las crean. Soy perfectamente consciente del daño que se le puede hacer a alguien por medio de los chismes y actitudes venenosas al hablar de él. Pero, como defiendo la Libertad de Expresión, porque creo que es parte del respeto básico a un ser humano, me parece mucho más preferible enfocarse en poner atentos a los receptores a estas irregularidades comunicativas que aplastar al que nos calumnie gratis.
En definitiva, es muy complicado determinar cuándo una persona dice algo que cree y cuándo lo dice sólo para causar daño, sin creerlo. Así que, antes de convertir el país en un matadero, es un millón de veces más preferible que aprendamos a tomarnos las cosas con algo de sentido del humor.