InicioApuntes Y MonografiasCuando el arte es una causa y una bandera

por  el 29 abril 2013
El arte, a lo largo de la historia y en cualquiera de sus múltiples disciplinas, ha servido como fiel reflejo y testimonio de cada época, de los sentimientos del autor y, en determinadas ocasiones, una forma de lucha contra la barbarie haciendo del arte una causa y una bandera. Así lo hicieron los artistas en Francia durante la Segunda Guerra Mundial y una buena muestra de ello la tenemos en la exposición   -patrocinada por el BBVA y con la colaboración del Musée d’Art moderne de la Ville de Paris- que podremos visitar hasta el 8 de septiembre en el Museo Guggenheim de Bilbao.

Más de 500 obras realizadas por un centenar de artistas, entre los que se encuentran Georges Braque, Jean Dubuffet, Marcel Duchamp, Alberto Giacometti, Vasily Kandinsky, Henri Matisse, Pablo Picasso o Joseph Steib, evidencian el modo en que estos creadores resistieron y reaccionaron ante la adversidad y la barbarie.

En los años 20 el pintor berlinés George Grosz ya se atrevió a utilizar el arte para desenmascarar al inicipiente y peligroso Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán (partido nazi). Tras el fallido golpe de Estado el 8 de noviembre de 1923 en Múnich, que llevó a prisión a varios dirigentes nazis como Adolf Hitler y Rudolf Hess, George Grosz caricaturizó a Hitler en su obra Siegfried Hitler (1923). En ella se mofa de Hitler representándolo como Siegfried, la figura legendaria de las leyendas germánicas con la esvástica tatuada en el brazo.

Años más tarde y siguiendo sus pasos, en esta exposición veremos cómo Joseph Steib se atrevió a ridiculizar al nazismo con las pinturas que realizaba en la cocina de su casa.

La muestra comienza en enero de 1938 con la Exposición internacional del Surrealismo, en la que se muestran los oscuros nubarrones premonitorios de la que se avecina en la vieja Europa. Un segundo período abarcaría la derrota de Francia, con la ocupación alemana y la instauración del régimen colaboracionista de Vichy, en el que los artistas
tuvieron que adaptarse a las nuevas realidades, a la clandestinidad y al miedo. Entre 1944 y 1947, las obras de la posguerra responden a la liberación de todo la represión sufrida durante años y se cuestionan hacia dónde va Europa.
La libertad no puede ser concedida, sino conquistada (Max Ernst)








Joseph Steib, el pintor que escondía caricaturas de Hitler en los muros de su apartamento.
 Este gris funcionario de la compañía de aguas de Mulhouse era un furibundo antinazi que desahogaba su frustración pintando cuadros tremendamente críticos contra el nazismo en plena Ocupación. De haberse descubierto su actividad, su ejecución habría sido segura. Para protegerse a él y a su mujer, escondía los cuadros en las paredes de su apartamento. Nadie pudo verlos hasta después de la Liberación.
Steib murió completamente olvidado en 1966. 




Joseph Steib: Sueños y pesadillas
Esconder un manuscrito a la vigilancia persecutoria de la censura y la consiguiente destrucción es difícil, pero posible. En épocas distantes, bajo regímenes autoritarios, los autores de escritos subversivos se han visto obligados a ocultar sus obras, a posponer su divulgación e, incluso, a evitar la curiosidad de vecinos. El escritor puede, para salvar su manuscrito, copiarlo, reproducirlo, distribuirlo aquí y allá, abandonarlo en la alacena de una cocina cualquiera (a la manera de Macedonio Fernández), sobre todo si las alacenas se hallan en las manos negligentes de personas cuya atención es puesta en tareas más elevadas que el orden de la despensa. El autor puede, también, posponer la publicación de algunos escritos (diarios, memorias, correspondencia) para evitar conflictos que hacen correr el riesgo de procesos interminables o para no herir a los dichosos amigos que se mencionan. En fin, los motivos para posponer una edición sobran y deberían aprovecharse para no precipitarse en publicaciones de las que uno puede arrepentirse, no a causa de los otros, peor aún, de uno mismo.
Ocultar una pintura es bastante más complicado y requiere un esfuerzo de imaginación. Ladrones y encubridores de telas amorosamente sustraídas de museos, han hecho prueba de fantasía en el arte del disfraz. Los escondrijos más inusitados brotan de la necesidad. Uno de ellos es el ocultamiento de una pintura bajo otra pintura: un Rembrandt escondido por un ramo de flores de colores chillantes. Pero untar pintura y decaparla después es una labor de profesionales: el escondite puede conducir al triste final balzaciano de la "obra maestra desconocida" cuando el artista extiende pintura sobre pintura y termina por destruir su obra.
Joseph Steib (1898-1966), alsaciano, apenas ahora reconocido en Francia, logró el milagro de esconder sus telas a las miradas inquisidoras de la Gestapo. Su pintura, de haber sido descubierta por la policía nazi, era un boleto sin regreso a los campos de concentración si sobrevivía a la tortura. Joseph Steib se exponía, y exponía a su mujer, a una muerte segura. En efecto, sus telas, entre 1939 y 1945, son un testimonio inapelable sobre Alsacia durante el Tercer Reich, pintura cruda del terror nazi: bajo trazos fingidamente naïfs, se impone la ironía mordaz con que el artista lanza un escupitajo vehemente para exorcizar las situaciones.
Fabrice Hergott, director de los Museos de Estrasburgo, señala acertadamente que Steib consiguió ocultar su pintura escondiéndose él mismo bajo las apariencias del idiota Tal se le puede observar en las fotografias de la época: endomingado, torpe, con la facha de un inocente que aspira al dandismo y sólo atrae la conmiseración que puede inspirar un ridículo, modesto, empleado sin mayores luces. ¿Qué mejor disfraz para esconder una pintura peligrosamente subversiva?
Si Steib ocultó sus obras durante los años del nazismo, la liberación las cubre con su oleada de entusiasmo y el deseo, quizás, de enterrar el horror. Vienen después los años en que representar a Hitler, incluso en las llamas del infierno, era de todos modos representarlo. Apenas ahora, más de 60 años después de la creación de estos cuadros, una mirada más abierta permite percibir su verdadero sentido.
La actual exposición titulada Salon des rêves, en el Museo de Arte Moderno de Estrasburgo, revela con claridad la pertenencia de este artista a la tradición del exvoto. Steib, profético, exorciza el mal con sus obras y anticipa la caída y la condenación de Hitler. Exorcismo, indica Georges Sebbag, al que pretendió Dalí, cuando autografió un ejemplar de La conquista de lo irracional, destinado a Hitler, con una cruz, signo "que provocaría la sublime catástrofe hitleriana". En su Ultima escena, Steib, creyente, osa reproducir la Ultima cena con Hitler al centro en una tela de apariencia blasfematoria, en realidad profética: última mascarada antes de la desaparición final anunciada para 1944. Obra fundamental, su originalidad proviene de un paroxismo místico capaz de exorcizar el mal gracias a lo sagrado de una pintura profética.

















El hombre que ridiculizó al nazismo y no fue descubierto
De puertas afuera, Joseph Steib era un funcionario más, un hombre que pasaba totalmente desapercibido.
Nadie sospechaba que en la cocina de su casa alsaciana se convertía en un crítico feroz, un rebelde que utilizaba la pintura para denunciar las atrocidades del nazismo.
Ante la invasión de su propia tierra, Steib vuelca su indignación sobre el lienzo. Su obra no solo ridiculiza al Führer y a su séquito, sino que expresa su deseo de que desaparezcan para siempre.
Así lo reflejan las 56 telas que expuso en su "Salón de los sueños", cuando el país se despertaba de la pesadilla nazi.
Gracias a su obra, su historia sigue viva.





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