A caballo de la feroz crítica (merecida) del actual gobierno se escuchan cada vez más voces que cuestionan -además- a la sociedad argentina. Así
Gabriela Pousa
: “En este contexto, Cristina Kirchner avanzó y seguirá avanzando, gozando de los aplausos de unos y de los silencios del resto, aunque sólo le quede por avasallar las libertades individuales, tarea que ha comenzado de un tiempo a esta parte. ¿Por qué puede hacer esto? La respuesta es deleznable pero es más simple de lo que parece: el pueblo se lo permitió y se lo sigue permitiendo” (
www.perspectivaspoliticas.info
, 7/1/2013).
Por Gabriela Pousa
Dice Pousa que el factor decisivo en esta apatía culposa que permitió llegar hasta aquí a un gobierno de impresentables es el miedo. Miedo de los que aplauden y miedo de los que no aplauden.
Yo creo que hay más; al miedo paralizante que aterroriza a los de adentro y apaga la rebeldía de los de afuera se unen, además, antiguos vicios:
- Una tolerancia suicida a la corrupción: “roban pero hacen”, “sin plata no se puede hacer política”.
- Unas falsas creencias que nos fueron llevando a la anomia y a la irresponsabilidad ciudadana: “con una cosecha salimos adelante”, lo’atamo con alambre”, “somos los europeos de América Latina”, etc.
- El hecho desgraciado de no aprender de los errores; nos mordemos la cola en una especie de mito del eterno retorno que diabólicamente nos impele a volver siempre a cosas que ya vivimos. Y fracasaron: “el que apuesta al dólar pierde”, inflación desbocada, control de precios, autoritarismo, ambición de poder desmedido, re-reelección indefinida, etc.
- Una supuesta “viveza criolla” que podría cambiarse a esta altura del partido por “tontería criolla”.
- Y por fin, y lo más importante: una clase dirigente inculta y sin escrúpulos.
El filósofo español José Antonio Marina pareciera que nos retratara: “Además de la inteligencia individual hay también una Inteligencia social: es la que emerge de los grupos, asociaciones o sociedades, la que nos permite hablar de sociedades inteligentes o sociedades estúpidas” (La inteligencia fracasada, Ed. Anagrama). La inteligencia individual argentina está fuera de discusión. Lo que está en discusión es nuestra inteligencia social, comunitaria.
Por eso, quizá, por esa falta de inteligencia social los pecados capitales vuelven y vuelven, una y otra vez, a la Argentina. Los especialistas en management anglosajones acuñaron hace años un concepto brillante: ¡organizaciones que aprenden! Los japoneses hablan de organizaciones que “crean conocimiento”. ¿Aprendemos? Si no aprendemos de los errores estaremos condenados a repetirlos. Y así a empezar siempre de nuevo.
“Sociedades estúpidas son aquellas en que las creencias vigentes, los modos de resolver conflictos, los sistemas de evaluación y los modos de vida, disminuyen las posibilidades de las inteligencias privadas. Una sociedad embrutecida o encanallada produce estos efectos” (Marina, ob. cit.).
Creo que esta última y dolorosa experiencia de haber tolerado (y muchos inconscientes promovido) a un gobierno autoritario dirigido por una autócrata nos hará reflexionar profundamente. No se trata sólo de quitarse de en medio al kirchnerismo. En el futuro no deleguemos alegremente la soberanía popular en el primer “chanta” que se nos cruza, analicemos los discursos pero también las conductas de los dirigentes del futuro, discutamos propuestas, cuestionemos, estudiemos. Seamos ciudadanos plenos todos los días del año. Y exijamos participación en toda decisión del poder público que nos afecte a nosotros o a nuestra familia.
No vaya a ser cosa que un día cualquiera, un día de estos se nos quede cara de ¿“que nos pasó que no tenemos más país”?
- José A. Marina: La inteligencia fracasada, Editorial Anagrama:
“Una meta equivocada o falsa o mala pervierte todos los razonamientos que conduzcan a ella. Los pensamientos o actividades que son en sí inteligentes, pueden resultar estúpidos si el marco en que se mueven es estúpido”.
Comentario nuestro: El kichnerismo se mueve en una meta equivocada o falsa: aumentar su poder y quedarse “sine die” en gobierno. Esta es la meta o marco equivocado que habla J. A. Marina (buscar en Interne y en Escuela para padres de España su CV). Es muy parecido a lo que decía Perón de que”nadie puede realizarse en una comunidad que no se realiza” (la Comunidad Organizada idea por él creada).
Marina: “El fracaso de la inteligencia aparece cuando alguien se empeña en negar una evidencia, cuando nada puede apearle del burro, cuando una creencia resulta invulnerable a la crítica o a los hechos que la contradicen, cuando no se aprende de la experiencia, cuando se convierte en un módulo encapsulado”.
Comentario nuestro: Negar la inflación, la inseguridad, querer imponer un nuevo ‘relato’ sobre la guerrilla del 70, negar nuestro aislamiento en el mundo, son realidades que son negadas desde el gobierno. Esa negación freudiana (ver el libro el Punto Ciego de Coleman el autor de la Inteligencia Emocional)provoca en la sociedad, en el hombre de abajo, en el ciudadano: primero estupor pero luego una sensación de impunidad y rencor que -seguro- termina siempre mal. Carl Hirschmann acuñó una idea que plasmó en su libro Voz y Salida: cuando los pueblos no tiene voz (no son oídos, ni tenidos en cuenta, etc.) tienen salida: o gritan (Kicillof, Boudou) y rompen todo o dejan de pertenecer, o se van. La falta de voz siempre provoca la Salida. De una u otra forma.
Marina: “Además de la inteligencia individual hay también una Inteligencia social: es la que emerge de los grupos, asociaciones o sociedades, la que nos permite hablar de sociedades inteligentes y sociedades estúpidas. ORTEGA dice: ‘Yo soy yo y mi circunstancia,. Pero usualmente se olvida la segunda parte (y quizá la más importante) de la famosa frase: Y si no salvo mi circunstancia, no me salvo yo. La inteligencia social es un fenómeno emergente. He tomado la idea del mundo de la economía. Los especialistas en management anglosajones acuñaron hace años un concepto brillante -¡organizaciones que aprenden!- que con el tiempo se ha revelado muy útil. Los japoneses prefieren hablar de organizaciones que crean conocimiento”.
Comentario nuestro: sería muy bueno insistir (ED en su ‘relato’)en esto: HAY SOCIEDADES QUE APRENDEN DE LOS ERRORES, DEL PASADO, DEL ESTUDIO, ETC. NOSOTROS NO APRENDEMOS y como el mito de Sísifo cuando creíamos que habíamos superado una prueba, zás, la piedra vuelve a caer al lugar de origen y (los argentinos) ¡otra vez a levantarla!
Marina: “Sociedades estúpidas son aquellas en que las creencias vigentes, los modos de resolver conflictos, los sistemas de evaluación y los modos de vida, disminuyen las posibilidades de las inteligencias privadas. Una sociedad embrutecida o encanallada produce estos efectos. Y también una sociedad adictiva, como es la nuestra en opinión de los expertos. Hay una mezcla de mentalidad del arreglo rápido y de sentimiento de impotencia. La sociedad adictiva tiene una avidez de éxtasis, una impaciencia por las cosas terrenas, una desconfianza en la eficacia del esfuerzo. El triunfo de la inteligencia personal es la felicidad. El triunfo de la inteligencia social es la justicia”.
Comentario nuestro: La falta de participación, de ser ‘oídos’, los ataques a la inteligencia individual producen el encanallamiento y el embrutecimiento de la sociedad. En una sociedad así ya no habrá posibilidad de Felicidad del individuo (el objetivo de la inteligencia individual), ni posibilidad de Justicia (el objetivo de las sociedades inteligentes).La desdicha privada es la infelicidad. La desdicha pública es la injusticia.
Las democracias miopes no salen del corto plazo La lucha por el poder y la obsesión por las encuestas y los ritmos electorales impiden pensar más allá del presente.
Por: Pierre Rosanvallon HISTORIADOR, PROF. COLLEGE DE FRANCE
A los regímenes democráticos les resulta difícil integrar la preocupación por el largo plazo a su funcionamiento. La dificultad se vuelve preocupante en momentos en que las cuestiones del medio ambiente y el clima obligan a pensar en términos inéditos nuestras obligaciones frente a las generaciones futuras.
En efecto, una especie de “preferencia por el presente” parece marcar el horizonte político de las democracias. Esto se debe a razones estructurales, que derivan de comportamientos determinados por los ritmos electorales y los imperativos de las encuestas. La carrera jadeante del corto plazo es hija de las condiciones en que se ejerce la lucha por el poder. En consecuencia, es trivial oponer los ideales típicos del “político”, que sólo se preocuparía por la próxima fecha electoral, a los del “hombre de Estado”, que tendría los ojos puestos en un horizonte más lejano.
Sin embargo, se pueden prever medidas o instituciones para corregir el desvío cortoplacista: introducir principios ecológicos en el orden constitucional; fortalecer y extender la definición patrimonial del Estado; implementar una gran “Academia del futuro”; instituir foros públicos que movilicen la atención y la participación de los ciudadanos. Es a través de más modalidades de la preocupación por el largo plazo como éste podría ser defendido progresivamente con seriedad.
Por ejemplo, incorporar la dimensión ecológica al orden constitucional es lo más evidente. Las constituciones son las guardianas de la memoria de los principios organizadores de la vida común, al obligar a las asambleas parlamentarias y al Poder Ejecutivo a respetarlos (aun cuando una Constitución a su vez siempre pueda ser modificada). Ellas velan por los derechos humanos y el espíritu de las instituciones. Pero fácilmente podríamos imaginarlas incorporando también la preocupación por las generaciones futuras.
La formación de una “Academia del futuro” también podría cumplir un papel esencial. Compuesta por científicos, filósofos, especialistas reconocidos y representantes de las principales asociaciones que actuaran en el campo ecológico, podría ser consultada sistemáticamente sobre los asuntos de su competencia y ofrecer opiniones públicas con respecto a las cuales los gobernantes tendrían que decidirse. Esto significaría recuperar la idea original de Academia: la de un cuerpo al servicio de la sociedad que ejerce una doble función de vigilancia y anticipación.
Esta ampliación de la expresión de la conciencia ciudadana es decisiva. No habrá salida de la miopía democrática si los ciudadanos no son ellos mismos los defensores de una conciencia ampliada del mundo.
En el siglo XIX, los avances de la educación fueron una de las matrices esenciales de la consolidación democrática. En el siglo XXI, es la toma de conciencia social de la necesidad de un nuevo horizonte temporal de la razón pública la que será el vector de una profundización de la idea democrática.
Cuando los ciudadanos hayan modificado sus propios reflejos en lo que se refiere a la anticipación, su visión se armonizará con el sentimiento de una existencia a la medida de la humanidad.
Pero no habrá verdadera “revolución” en las cabezas mientras la cuestión de una ampliación de las normas de la justicia no se plantee en términos de humanidad. La preocupación por el largo plazo es indisociable del reconocimiento de la existencia de una “tierra-patria”, de un razonamiento a partir de las categorías de humanidad o especie humana.
Pero estas sólo tienen sentido si poseen verdadera coherencia interna en lo que hace a la igualdad y el compartir. Salvar el planeta implica pensarlo como un espacio de solidaridad.
Copyright Clarín y Le Monde, 2010. Traducción de Elisa Carnelli.
Por Gabriela Pousa
La desorientación más absoluta es hoy la característica intrinseca de la escena politica. El grado de desconcierto es atípico. Todo cuanto acontece tiene ribetes desopilantes. Cada discurso de la Presidente es un unipersonal digno de ser llevado, en el verano, a la costa o a Carlos Paz.
Es sabido que hasta los funcionarios más aviesos, los que la aplauden denodadamente, escuchan dislocadas a las palabras de las ideas, y al relato de los hechos. ¿Por qué entonces asienten y rinden pleitesía una y mil veces? Por la misma razón, por la cual la sociedad se mantiene en silencio, haciendo catarsis en redes sociales o refunfuñando dentro de cuatro paredes. Cinco letras nos unen irremediablemente: Miedo.
Mientras unos se preguntan cómo salir ilesos del laberinto en que se metieron, aun siendo responsables de ello; los otros, es decir nosotros, nos interrogamos acerca de cómo y cuándo termina todo esto. Y posiblemente algo de responsabilidad nos quepa, aunque no lo aceptemos. En síntesis, podría decirse que, de un modo u otro, todos estamos siendo cómplices del gobierno. Sí, suena duro y feo.
En este contexto, Cristina Kirchner avanzó y seguirá avanzando, gozando de los aplausos de unos y de los silencios del resto, aunque sólo le quede por avasallar las libertades individuales, tarea que ha comenzado de un tiempo a esta parte. ¿Por qué puede hacer esto? La respuesta es deleznable pero es más simple de lo que parece: el pueblo se lo permitió y se lo sigue permitiendo.
En El Hombre Rebelde, Albert Camus sostenía que callarse es dejar creer que no se juzga ni se desea nada. La desesperación juzga y desea todo en general, pero nada en particular, y por ello deviene fácilmente en silencio. Lo furtivo y efímero del último blandir de las cacerolas ha demostrado con claridad esto.
El pueblo argentino es reflejo de sus gobernantes. No cree en nada, por lo tanto nada tiene sentido, no afirma valor alguno. Todo es posible pero nada tiene importancia. Hasta la maldad y la virtud son azar o capricho. La acción es reemplazada por el diletantismo, y así la vida se convierte en una espera.
En este ámbito, nada es verdadero ni falso, ni bueno ni malo. Y si acaso adjetivamos algo en el instante en que acontece, el adjetivo caerá por inercia en horas apenas. Un ejemplo: la confiscación de fondos de las AFJP causo estupor, pero ya pasó. La vida sigue como un mar sometido, indiferente a cualquier corriente. Si la apatía resta valor, no tiene sentido ser honesto, o no, basta con ser el más fuerte.
Esto sucede en la Argentina. Cristina tiene un gran andamiaje comunicacional, y una habilidad indiscutible para hallar artilugios que sumen a su intención: perpetuarse. Necesita como nunca a la sociedad apática, anestesiada, entretenida con nimiedades, debatiendo si Daniel Scioli hace bien en enfrentarla, o si Tinelli ganó audiencia en su franja horaria.
De espera en espera -decía Epicuro- consumimos nuestra vida, y nos morimos todos en la costumbre, en la rutina.
Lo asombroso no es que el oficialismo siga manipulando al pueblo con ficciones y circos: Tecnópolis es ejemplo de ello . Lo viene haciendo hace 9 años. Lo asombroso es que, desde el momento en que la sociedad toma conciencia de que ese tipo de entretenimiento es una herramienta del poder, para mantener el status quo, y el gatopardismo, no haya un rechazo generalizado a consumirlo.
Cristina Kirchner puede no saber de economía pero sabe de manipulación, y esta es la cicuta de los argentinos. Bebida a conciencia supone un estado más grave de lo que se piensa.
¿Por qué esta inclinación por gobiernos indignos? Es muy difícil aceptar algún grado de culpa en todo esto. El “yo no la voté” sirve como atenuante para redimirnos a nosotros mismos, pero no soluciona ni evita que vuelva a repetirse una elección, sin apatía frente a lo elegido.
A esta altura se preguntarán qué es lo que se puede hacer. Rebelarse. No tomando como rebelión el concepto vacuo de desorden, caos y disgregación, sino todo lo contrario: expresándose, perdiendo el miedo a diferenciarse, dejando de esconderse detrás de seudónimos o apodos que sirven de coraza pero no aportan ninguna savia.
Jugarse no es pararse frente al delincuente y decir “-aquí estoy máteme”, pero tampoco es esconder la identidad o dejar de decir una verdad, por temor a una inspección impositiva. ¿No nos da un poco de vergüenza que así sea?
Si los argentinos callamos y manifestamos temor a la visita de la AFIP, dejemos entonces de quejarnos por quienes detentan el mando. Ellos han logrado su cometido. Ganaron.
Este análisis trae a colación una nota que escribí sobre por qué Cristina es la Presidente que Argentina debe tener hoy día. Y es que si acaso no es justo aducir que “cada pueblo tiene el gobierno que se merece”, hay sí que admitir que cada país está demostrando tener un presidente que es reflejo de su gente.
Ya no se elige a los mejores sino a los semejantes, aunque tengan rasgos más grotescos comparados con el grueso del pueblo. Hay coherencia en que Pepe Mujica conquistara Uruguay; Evo Morales a Bolivia; Lula y Dilma a Brasil; Piñera a Chile, y Merkel a los alemanes. La hipótesis es polémica pero no parece ser incierta. ¿Qué sucede con Hugo Chávez?- se interrogó a José Mujica. Su respuesta fue contundente: “Para Venezuela está bien” Del mismo modo, si se interroga por Cristina Kirchner se podrá decir que, para esta Argentina, está bien. ¿Alguien se atreve a sostener lo contrario? ¿Y por qué?
Narcisista, pagada de sí misma, ególatra, caprichosa, intolerante, no parece muy distinta al argentino promedio. Desde luego las generalizaciones son odiosas, pero es dable confesar que representa al conjunto social con una exactitud difícil de negar. ¿O no se embelesó la clase media con las cuotas para plasmas, mientras se desmantelaban las instituciones básicas? Y dentro de las clases bajas, ¿no hay muchos que prefieren el plan social a trabajar, y tener la netbook regalada?
Una sociedad que se desgarra las vestiduras apenas 48 ó 72 horas por una seguidilla de crímenes aberrantes y cuando llega el fin de semana, no recuerda más nada; una sociedad que saca las cacerolas y sin que cambie un ápice, las guarda… En definitiva, una sociedad que prioriza el bolsillo antes que la vida, no dista considerablemente de parecerse a quién encarna el Ejecutivo Nacional. A engañarse a otra parte. El espejo delata.
¿Qué podría hacer un Domingo Sarmiento en esta Argentina actual? Sarmiento existió cuando los argentinos preferían la civilización a la barbarie; y al progreso se llegaba de mano de la educación, no de un electrodoméstico.
Nos igualamos fatalmente a la Presidente. Ella incumple leyes, nosotros rompemos reglas. Ella no escucha al otro, nosotros tampoco. Pretender que cambie es como exigirle a un argentino que deje de ser ostentoso, individualista o pedante. Si nosotros echamos la culpa a otros del gobierno que tenemos, ¿por qué Cristina Fernández se haría cargo de su ineficiencia constante?
“No nos ahogamos por falta de oxígeno, sino por falta de capacidad en los pulmones” La cita es de Franz Kafka. Y a buen entendedor pocas palabras…
Fuente
Por Gabriela Pousa
Dice Pousa que el factor decisivo en esta apatía culposa que permitió llegar hasta aquí a un gobierno de impresentables es el miedo. Miedo de los que aplauden y miedo de los que no aplauden.
Yo creo que hay más; al miedo paralizante que aterroriza a los de adentro y apaga la rebeldía de los de afuera se unen, además, antiguos vicios:
- Una tolerancia suicida a la corrupción: “roban pero hacen”, “sin plata no se puede hacer política”.
- Unas falsas creencias que nos fueron llevando a la anomia y a la irresponsabilidad ciudadana: “con una cosecha salimos adelante”, lo’atamo con alambre”, “somos los europeos de América Latina”, etc.
- El hecho desgraciado de no aprender de los errores; nos mordemos la cola en una especie de mito del eterno retorno que diabólicamente nos impele a volver siempre a cosas que ya vivimos. Y fracasaron: “el que apuesta al dólar pierde”, inflación desbocada, control de precios, autoritarismo, ambición de poder desmedido, re-reelección indefinida, etc.
- Una supuesta “viveza criolla” que podría cambiarse a esta altura del partido por “tontería criolla”.
- Y por fin, y lo más importante: una clase dirigente inculta y sin escrúpulos.
El filósofo español José Antonio Marina pareciera que nos retratara: “Además de la inteligencia individual hay también una Inteligencia social: es la que emerge de los grupos, asociaciones o sociedades, la que nos permite hablar de sociedades inteligentes o sociedades estúpidas” (La inteligencia fracasada, Ed. Anagrama). La inteligencia individual argentina está fuera de discusión. Lo que está en discusión es nuestra inteligencia social, comunitaria.
Por eso, quizá, por esa falta de inteligencia social los pecados capitales vuelven y vuelven, una y otra vez, a la Argentina. Los especialistas en management anglosajones acuñaron hace años un concepto brillante: ¡organizaciones que aprenden! Los japoneses hablan de organizaciones que “crean conocimiento”. ¿Aprendemos? Si no aprendemos de los errores estaremos condenados a repetirlos. Y así a empezar siempre de nuevo.
“Sociedades estúpidas son aquellas en que las creencias vigentes, los modos de resolver conflictos, los sistemas de evaluación y los modos de vida, disminuyen las posibilidades de las inteligencias privadas. Una sociedad embrutecida o encanallada produce estos efectos” (Marina, ob. cit.).
Creo que esta última y dolorosa experiencia de haber tolerado (y muchos inconscientes promovido) a un gobierno autoritario dirigido por una autócrata nos hará reflexionar profundamente. No se trata sólo de quitarse de en medio al kirchnerismo. En el futuro no deleguemos alegremente la soberanía popular en el primer “chanta” que se nos cruza, analicemos los discursos pero también las conductas de los dirigentes del futuro, discutamos propuestas, cuestionemos, estudiemos. Seamos ciudadanos plenos todos los días del año. Y exijamos participación en toda decisión del poder público que nos afecte a nosotros o a nuestra familia.
No vaya a ser cosa que un día cualquiera, un día de estos se nos quede cara de ¿“que nos pasó que no tenemos más país”?
- José A. Marina: La inteligencia fracasada, Editorial Anagrama:
“Una meta equivocada o falsa o mala pervierte todos los razonamientos que conduzcan a ella. Los pensamientos o actividades que son en sí inteligentes, pueden resultar estúpidos si el marco en que se mueven es estúpido”.
Comentario nuestro: El kichnerismo se mueve en una meta equivocada o falsa: aumentar su poder y quedarse “sine die” en gobierno. Esta es la meta o marco equivocado que habla J. A. Marina (buscar en Interne y en Escuela para padres de España su CV). Es muy parecido a lo que decía Perón de que”nadie puede realizarse en una comunidad que no se realiza” (la Comunidad Organizada idea por él creada).
Marina: “El fracaso de la inteligencia aparece cuando alguien se empeña en negar una evidencia, cuando nada puede apearle del burro, cuando una creencia resulta invulnerable a la crítica o a los hechos que la contradicen, cuando no se aprende de la experiencia, cuando se convierte en un módulo encapsulado”.
Comentario nuestro: Negar la inflación, la inseguridad, querer imponer un nuevo ‘relato’ sobre la guerrilla del 70, negar nuestro aislamiento en el mundo, son realidades que son negadas desde el gobierno. Esa negación freudiana (ver el libro el Punto Ciego de Coleman el autor de la Inteligencia Emocional)provoca en la sociedad, en el hombre de abajo, en el ciudadano: primero estupor pero luego una sensación de impunidad y rencor que -seguro- termina siempre mal. Carl Hirschmann acuñó una idea que plasmó en su libro Voz y Salida: cuando los pueblos no tiene voz (no son oídos, ni tenidos en cuenta, etc.) tienen salida: o gritan (Kicillof, Boudou) y rompen todo o dejan de pertenecer, o se van. La falta de voz siempre provoca la Salida. De una u otra forma.
Marina: “Además de la inteligencia individual hay también una Inteligencia social: es la que emerge de los grupos, asociaciones o sociedades, la que nos permite hablar de sociedades inteligentes y sociedades estúpidas. ORTEGA dice: ‘Yo soy yo y mi circunstancia,. Pero usualmente se olvida la segunda parte (y quizá la más importante) de la famosa frase: Y si no salvo mi circunstancia, no me salvo yo. La inteligencia social es un fenómeno emergente. He tomado la idea del mundo de la economía. Los especialistas en management anglosajones acuñaron hace años un concepto brillante -¡organizaciones que aprenden!- que con el tiempo se ha revelado muy útil. Los japoneses prefieren hablar de organizaciones que crean conocimiento”.
Comentario nuestro: sería muy bueno insistir (ED en su ‘relato’)en esto: HAY SOCIEDADES QUE APRENDEN DE LOS ERRORES, DEL PASADO, DEL ESTUDIO, ETC. NOSOTROS NO APRENDEMOS y como el mito de Sísifo cuando creíamos que habíamos superado una prueba, zás, la piedra vuelve a caer al lugar de origen y (los argentinos) ¡otra vez a levantarla!
Marina: “Sociedades estúpidas son aquellas en que las creencias vigentes, los modos de resolver conflictos, los sistemas de evaluación y los modos de vida, disminuyen las posibilidades de las inteligencias privadas. Una sociedad embrutecida o encanallada produce estos efectos. Y también una sociedad adictiva, como es la nuestra en opinión de los expertos. Hay una mezcla de mentalidad del arreglo rápido y de sentimiento de impotencia. La sociedad adictiva tiene una avidez de éxtasis, una impaciencia por las cosas terrenas, una desconfianza en la eficacia del esfuerzo. El triunfo de la inteligencia personal es la felicidad. El triunfo de la inteligencia social es la justicia”.
Comentario nuestro: La falta de participación, de ser ‘oídos’, los ataques a la inteligencia individual producen el encanallamiento y el embrutecimiento de la sociedad. En una sociedad así ya no habrá posibilidad de Felicidad del individuo (el objetivo de la inteligencia individual), ni posibilidad de Justicia (el objetivo de las sociedades inteligentes).La desdicha privada es la infelicidad. La desdicha pública es la injusticia.
Las democracias miopes no salen del corto plazo La lucha por el poder y la obsesión por las encuestas y los ritmos electorales impiden pensar más allá del presente.
Por: Pierre Rosanvallon HISTORIADOR, PROF. COLLEGE DE FRANCE
A los regímenes democráticos les resulta difícil integrar la preocupación por el largo plazo a su funcionamiento. La dificultad se vuelve preocupante en momentos en que las cuestiones del medio ambiente y el clima obligan a pensar en términos inéditos nuestras obligaciones frente a las generaciones futuras.
En efecto, una especie de “preferencia por el presente” parece marcar el horizonte político de las democracias. Esto se debe a razones estructurales, que derivan de comportamientos determinados por los ritmos electorales y los imperativos de las encuestas. La carrera jadeante del corto plazo es hija de las condiciones en que se ejerce la lucha por el poder. En consecuencia, es trivial oponer los ideales típicos del “político”, que sólo se preocuparía por la próxima fecha electoral, a los del “hombre de Estado”, que tendría los ojos puestos en un horizonte más lejano.
Sin embargo, se pueden prever medidas o instituciones para corregir el desvío cortoplacista: introducir principios ecológicos en el orden constitucional; fortalecer y extender la definición patrimonial del Estado; implementar una gran “Academia del futuro”; instituir foros públicos que movilicen la atención y la participación de los ciudadanos. Es a través de más modalidades de la preocupación por el largo plazo como éste podría ser defendido progresivamente con seriedad.
Por ejemplo, incorporar la dimensión ecológica al orden constitucional es lo más evidente. Las constituciones son las guardianas de la memoria de los principios organizadores de la vida común, al obligar a las asambleas parlamentarias y al Poder Ejecutivo a respetarlos (aun cuando una Constitución a su vez siempre pueda ser modificada). Ellas velan por los derechos humanos y el espíritu de las instituciones. Pero fácilmente podríamos imaginarlas incorporando también la preocupación por las generaciones futuras.
La formación de una “Academia del futuro” también podría cumplir un papel esencial. Compuesta por científicos, filósofos, especialistas reconocidos y representantes de las principales asociaciones que actuaran en el campo ecológico, podría ser consultada sistemáticamente sobre los asuntos de su competencia y ofrecer opiniones públicas con respecto a las cuales los gobernantes tendrían que decidirse. Esto significaría recuperar la idea original de Academia: la de un cuerpo al servicio de la sociedad que ejerce una doble función de vigilancia y anticipación.
Esta ampliación de la expresión de la conciencia ciudadana es decisiva. No habrá salida de la miopía democrática si los ciudadanos no son ellos mismos los defensores de una conciencia ampliada del mundo.
En el siglo XIX, los avances de la educación fueron una de las matrices esenciales de la consolidación democrática. En el siglo XXI, es la toma de conciencia social de la necesidad de un nuevo horizonte temporal de la razón pública la que será el vector de una profundización de la idea democrática.
Cuando los ciudadanos hayan modificado sus propios reflejos en lo que se refiere a la anticipación, su visión se armonizará con el sentimiento de una existencia a la medida de la humanidad.
Pero no habrá verdadera “revolución” en las cabezas mientras la cuestión de una ampliación de las normas de la justicia no se plantee en términos de humanidad. La preocupación por el largo plazo es indisociable del reconocimiento de la existencia de una “tierra-patria”, de un razonamiento a partir de las categorías de humanidad o especie humana.
Pero estas sólo tienen sentido si poseen verdadera coherencia interna en lo que hace a la igualdad y el compartir. Salvar el planeta implica pensarlo como un espacio de solidaridad.
Copyright Clarín y Le Monde, 2010. Traducción de Elisa Carnelli.
Por Gabriela Pousa
La desorientación más absoluta es hoy la característica intrinseca de la escena politica. El grado de desconcierto es atípico. Todo cuanto acontece tiene ribetes desopilantes. Cada discurso de la Presidente es un unipersonal digno de ser llevado, en el verano, a la costa o a Carlos Paz.
Es sabido que hasta los funcionarios más aviesos, los que la aplauden denodadamente, escuchan dislocadas a las palabras de las ideas, y al relato de los hechos. ¿Por qué entonces asienten y rinden pleitesía una y mil veces? Por la misma razón, por la cual la sociedad se mantiene en silencio, haciendo catarsis en redes sociales o refunfuñando dentro de cuatro paredes. Cinco letras nos unen irremediablemente: Miedo.
Mientras unos se preguntan cómo salir ilesos del laberinto en que se metieron, aun siendo responsables de ello; los otros, es decir nosotros, nos interrogamos acerca de cómo y cuándo termina todo esto. Y posiblemente algo de responsabilidad nos quepa, aunque no lo aceptemos. En síntesis, podría decirse que, de un modo u otro, todos estamos siendo cómplices del gobierno. Sí, suena duro y feo.
En este contexto, Cristina Kirchner avanzó y seguirá avanzando, gozando de los aplausos de unos y de los silencios del resto, aunque sólo le quede por avasallar las libertades individuales, tarea que ha comenzado de un tiempo a esta parte. ¿Por qué puede hacer esto? La respuesta es deleznable pero es más simple de lo que parece: el pueblo se lo permitió y se lo sigue permitiendo.
En El Hombre Rebelde, Albert Camus sostenía que callarse es dejar creer que no se juzga ni se desea nada. La desesperación juzga y desea todo en general, pero nada en particular, y por ello deviene fácilmente en silencio. Lo furtivo y efímero del último blandir de las cacerolas ha demostrado con claridad esto.
El pueblo argentino es reflejo de sus gobernantes. No cree en nada, por lo tanto nada tiene sentido, no afirma valor alguno. Todo es posible pero nada tiene importancia. Hasta la maldad y la virtud son azar o capricho. La acción es reemplazada por el diletantismo, y así la vida se convierte en una espera.
En este ámbito, nada es verdadero ni falso, ni bueno ni malo. Y si acaso adjetivamos algo en el instante en que acontece, el adjetivo caerá por inercia en horas apenas. Un ejemplo: la confiscación de fondos de las AFJP causo estupor, pero ya pasó. La vida sigue como un mar sometido, indiferente a cualquier corriente. Si la apatía resta valor, no tiene sentido ser honesto, o no, basta con ser el más fuerte.
Esto sucede en la Argentina. Cristina tiene un gran andamiaje comunicacional, y una habilidad indiscutible para hallar artilugios que sumen a su intención: perpetuarse. Necesita como nunca a la sociedad apática, anestesiada, entretenida con nimiedades, debatiendo si Daniel Scioli hace bien en enfrentarla, o si Tinelli ganó audiencia en su franja horaria.
De espera en espera -decía Epicuro- consumimos nuestra vida, y nos morimos todos en la costumbre, en la rutina.
Lo asombroso no es que el oficialismo siga manipulando al pueblo con ficciones y circos: Tecnópolis es ejemplo de ello . Lo viene haciendo hace 9 años. Lo asombroso es que, desde el momento en que la sociedad toma conciencia de que ese tipo de entretenimiento es una herramienta del poder, para mantener el status quo, y el gatopardismo, no haya un rechazo generalizado a consumirlo.
Cristina Kirchner puede no saber de economía pero sabe de manipulación, y esta es la cicuta de los argentinos. Bebida a conciencia supone un estado más grave de lo que se piensa.
¿Por qué esta inclinación por gobiernos indignos? Es muy difícil aceptar algún grado de culpa en todo esto. El “yo no la voté” sirve como atenuante para redimirnos a nosotros mismos, pero no soluciona ni evita que vuelva a repetirse una elección, sin apatía frente a lo elegido.
A esta altura se preguntarán qué es lo que se puede hacer. Rebelarse. No tomando como rebelión el concepto vacuo de desorden, caos y disgregación, sino todo lo contrario: expresándose, perdiendo el miedo a diferenciarse, dejando de esconderse detrás de seudónimos o apodos que sirven de coraza pero no aportan ninguna savia.
Jugarse no es pararse frente al delincuente y decir “-aquí estoy máteme”, pero tampoco es esconder la identidad o dejar de decir una verdad, por temor a una inspección impositiva. ¿No nos da un poco de vergüenza que así sea?
Si los argentinos callamos y manifestamos temor a la visita de la AFIP, dejemos entonces de quejarnos por quienes detentan el mando. Ellos han logrado su cometido. Ganaron.
Este análisis trae a colación una nota que escribí sobre por qué Cristina es la Presidente que Argentina debe tener hoy día. Y es que si acaso no es justo aducir que “cada pueblo tiene el gobierno que se merece”, hay sí que admitir que cada país está demostrando tener un presidente que es reflejo de su gente.
Ya no se elige a los mejores sino a los semejantes, aunque tengan rasgos más grotescos comparados con el grueso del pueblo. Hay coherencia en que Pepe Mujica conquistara Uruguay; Evo Morales a Bolivia; Lula y Dilma a Brasil; Piñera a Chile, y Merkel a los alemanes. La hipótesis es polémica pero no parece ser incierta. ¿Qué sucede con Hugo Chávez?- se interrogó a José Mujica. Su respuesta fue contundente: “Para Venezuela está bien” Del mismo modo, si se interroga por Cristina Kirchner se podrá decir que, para esta Argentina, está bien. ¿Alguien se atreve a sostener lo contrario? ¿Y por qué?
Narcisista, pagada de sí misma, ególatra, caprichosa, intolerante, no parece muy distinta al argentino promedio. Desde luego las generalizaciones son odiosas, pero es dable confesar que representa al conjunto social con una exactitud difícil de negar. ¿O no se embelesó la clase media con las cuotas para plasmas, mientras se desmantelaban las instituciones básicas? Y dentro de las clases bajas, ¿no hay muchos que prefieren el plan social a trabajar, y tener la netbook regalada?
Una sociedad que se desgarra las vestiduras apenas 48 ó 72 horas por una seguidilla de crímenes aberrantes y cuando llega el fin de semana, no recuerda más nada; una sociedad que saca las cacerolas y sin que cambie un ápice, las guarda… En definitiva, una sociedad que prioriza el bolsillo antes que la vida, no dista considerablemente de parecerse a quién encarna el Ejecutivo Nacional. A engañarse a otra parte. El espejo delata.
¿Qué podría hacer un Domingo Sarmiento en esta Argentina actual? Sarmiento existió cuando los argentinos preferían la civilización a la barbarie; y al progreso se llegaba de mano de la educación, no de un electrodoméstico.
Nos igualamos fatalmente a la Presidente. Ella incumple leyes, nosotros rompemos reglas. Ella no escucha al otro, nosotros tampoco. Pretender que cambie es como exigirle a un argentino que deje de ser ostentoso, individualista o pedante. Si nosotros echamos la culpa a otros del gobierno que tenemos, ¿por qué Cristina Fernández se haría cargo de su ineficiencia constante?
“No nos ahogamos por falta de oxígeno, sino por falta de capacidad en los pulmones” La cita es de Franz Kafka. Y a buen entendedor pocas palabras…
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