La "Alianza del Pacífico" y el retroceso de la unión Latino Americana

El 30 de abril pasado la Cámara de Diputados de Chile aprobó, un proyecto de ley de Sebastián Piñera, que buscaba la sanción parlamentaria para el acuerdo de la Alianza del Pacífico, firmado en Paranal, Antofagasta, el 6 de junio de 2012. Dicho pacto fue suscrito por los presidentes del país anfitrión de dicha cita y de México, Perú y Colombia, quienes también son firmantes de esta iniciativa que se remonta a la Declaración de Lima (28 de abril de 2011), cuando Alan García, que estaba muy próximo a entregar el poder a Ollanta Humala, invitó a los mandatarios de los tres países restantes a sumarse al propósito de fomentar una estrecha colaboración entre todos ellos.
El 23 de mayo del 2013, está prevista la nueva cumbre en Cali, Colombia, donde Sebastián Piñera traspasará a Juan Manuel Santos la presidencia de la entidad. Y, en principio, los “aliancistas” se proponen reafirmar allí la decisión de avanzar hacia una integración “más profunda”, ante representantes de varios países observadores (Australia, Nueva Zelanda, Canadá, Guatemala y Uruguay, entre ellos).
La ocasión es propicia, entonces, para preguntarse si este tipo de pacto aceleradamente refrendado por Chile y sin debate público, va a favorecer el interés nacional de Chile, ó si, por el contrario, se trata de otro intento más de una de las tantas conocidas tretas ocultas del imperio del norte para debilitar el continente.
La noticia ha causado algarabía en los sectores mas pudientes de la derecha chilena –y en ciertos sectores de una centroizquierda confundida -, pues para nadie es un secreto que, más allá de las declaraciones formales que dicen que solo es un acuerdo estrictamente económico, la Alianza se plantea, en realidad, como un factor de balance contra-hegemónico que pretende neutralizar foros de unidad latinoamericana como el Mercosur, y asimismo, a Unasur y la Celac.
Otros analistas, llevados por el entusiasmo capitalista, no dudan en alterar las cifras para darle a esta coalición una envergadura mayor a la que realmente tiene, afirmando en los grandes medios, que sus miembros serían responsables del 50% del PIB de la región. Una indudable exageración, porque al margen de la dinámica exportadora, el PIB sumado de sus integrantes es, en rigor, el 34% del total de América Latina.
Las dudas que nos asisten no son pocas. Por ejemplo ¿será conveniente proponer una fractura vertical en el hemisferio que separe a paises libre-mercadistas y del otro lado a quienes desconfían del fracasado modelo neoliberal? ¿Conviene a estos países o sólo obedece a agendas injerencistas que quieren fomentar la desunión entre países que, trabajosamente, han ido elevando poco a poco sus niveles de acción y coordinación en común?
¿Será prudente, por otra parte, echar por la borda aliados tradicionales como Brasil y Ecuador, sólo por refinanciar deuda con el FMI?
¿Conviene, acaso arriesgar las buenas relaciones que se mantienen hoy con Argentina, con quien compartimos más de 5 mil kilómetros de frontera, dándole la espalda a los países del Atlántico y propiciando, de esta manera, la reactivación de problemas fronterizos que ahora están virtual y literalmente congeladas?
Son preguntas legítimas y pertinentes. Del mismo modo que cabe plantearse si China, principal socio comercial de Chile y destino central de nuestras exportaciones de cobre, observa con indiferencia las especulaciones que ven en la Alianza del Pacífico similar a la Trans-Pacific Partnership Agreement (TPP).

EL "DIVIDE Y VENCERAS" SIGUE VIGENTE DESPUES DE 200 AÑOS
En junio de 2012, en Singapur, el secretario de Defensa de EE.UU., Leon Panetta, anunció en forma pública que Estados Unidos se propone redistribuir sus fuerzas navales en la zona Asia-Pacífico , la cual representa para Washington su nueva gran prioridad estratégica.
Panetta declaró que “de aquí a 2020, la Armada desplegará sus fuerzas pasando del actual 50/50 repartido entre el Pacífico y el Atlántico a una proporción de 60/40 entre esos océanos”.
Como bien afirma el dicho, “el que avisa no es traidor”, de manera que todos los actores involucrados ya saben a qué atenerse (mas bases en sus territorios y mayor injerencia).
Dicen que el que olvida sus errores, esta condenado a repetirlos, y ese parece ser el camino de la alianza del pacifico. Los gobernantes de la alianza apuestan por seguir siendo económicamente dependientes de los mandatos arancelarios de la potencia del norte y no se atreven a dar el paso decisivo de alentar la tecnología propia, y lo analistas saben que, a la larga, sin tecnología propia, no hay futuro propio.
