La Represión en un caso clínico: Isabel de R.
I– 110 años no es nada...
La represión, uno de los conceptos fundamentales del psicoanálisis, es también uno de los primeros en hacer su aparición en la teoría freudiana. A diferencia de otros que fueron desechados por el propio Freud (como, por ejemplo, el de la “teoría traumática”), o que sufrieron grandes modificaciones durante el transcurso de la obra del maestro vienés (por ejemplo, los dualismos pulsionales o las tópicas del aparato psíquico), el concepto de represión se mantuvo casi sin alteraciones a lo largo del tiempo. Subrayamos el “casi” porque lo que sí podemos observar es que Freud lo va enriqueciendo con nuevos descubrimientos y aportes que, sin embargo, dejan incólume sus aspectos fundamentales. Podría acá justificarse una pregunta: ¿porqué? Sin duda, por su estrecha y estructural relación con la clínica de las neurosis, a partir de la cual Freud edificó su obra al dedicarse a ella de manera preponderante.
El título de esta introducción obedece a que abordaremos para su estudio un historial clínico del año 1895, conocido –según las traducciones– como el caso “Isabel de R”, o “Elizabeth von R.” y publicado en el libro “Estudios sobre la histeria”, escrito por Freud en colaboración con Joseph Breuer. Desde el presente año en curso –2005– podemos apreciar que la distancia que nos separa del texto original –más los desarrollos realizados posteriormente por el propio Freud y los analistas que continuaron su obra– sólo ampliaron y precisaron los conocimientos sobre el mecanismo de la represión, sin llegar a modificar, como decíamos líneas atrás, sus aspectos fundamentales.
Intentaremos en esta oportunidad mostrar el porqué de la relevancia que posee la represión, mecanismo universal en la neurosis y estructural tanto como estructurante del sujeto; y buscaremos hacerlo a partir de un ejemplo clínico, a fin de que los contenidos teóricos puedan reflejarse de una manera más “tangible” y clara. Nuestro esquema de trabajo será, de este modo, una presentación teórica como primera parte; y una segunda consistente en aplicar los conceptos al caso clínico.
II– Qué es la represión
La represión es un mecanismo estructural en el sujeto y constituyente del mismo, que consta de tres tiempos lógicos denominados como represión primaria, represión secundaria y retorno de lo reprimido.
La idea de un tiempo lógico nos sitúa al margen de la cronología, y nos indica que lo central, lo que adquiere mayor importancia es que haya funciones que se cumplan, sin que la edad constituya un dato relevante. La intervención de una función produce efectos, y crea las condiciones de posibilidad para que intervenga una función siguiente, sin que la segunda anule a la primera; diríamos más bien que se enlaza, se articula con esta en estructurar al aparato psíquico en un nivel de complejidad creciente. Por ejemplo, no habría principio de realidad si antes no hubiera estado formado el principio del placer; mas el principio de realidad no anula al primero, sino que se enlaza con él. En la misma línea, podríamos agregar que no habría principio del placer sin una previa erogenización del cuerpo, y que esta no sería posible sin la función materna, etc.
De acuerdo a lo planteado, represión primaria, secundaria y retorno de lo reprimido serán abordados en función de tiempos lógicos, que es lo que veremos a continuación.
III– Los tres tiempos de la represión
Para Freud, la represión primaria constituye una primera fase de la estructuración psíquica, y consiste en la fijación de la pulsión a un representante representativo. A ello debemos agregar que divide al aparato psíquico en consciente e inconsciente. Esto parece una formulación muy enigmática, y trataremos de desglosarla un poco a fin de comprender mejor su alcance.
¿Qué es la pulsión? Es una fuerza de empuje en busca de la satisfacción, que da cuenta de la erogenización del cuerpo. La sexualidad para el psicoanálisis trasciende a la función genital, va más allá de la genitalidad para comprender todo aquello susceptible de generar placer en el sujeto, desde el coito propiamente dicho hasta las más variadas formas de expresión (desde succionar el pecho materno hasta leer un libro, ver una película, practicar algún deporte, trabajar en algo que al sujeto le gusta, etc.). Esta sexualidad comienza a estructurarse desde que el cuerpo es erogenizado, siendo la pulsión la estructura que la representa.
Mas la pulsión no sólo es energía, fuerza de empuje, sino que está ligada a ciertas ideas, representaciones. Con la represión primaria se establece el primer nexo entre la energía pulsional y la idea, que Freud denominó como este representante–representativo. Este permanecerá inmutable, quedando la pulsión fijada a él. Dicho representante nunca fue consciente y tampoco lo será, y ejercerá una fuerza de atracción hacia todas las representaciones que entren en contacto con él, las cuales serán reprimidas secundariamente.
La represión secundaria o propiamente dicha es un mecanismo de defensa del yo, tendiente a apartar de la conciencia todas aquellas representaciones que, por su carácter displaciente, generen en el sujeto un estado de malestar. Para ello son necesarias dos condiciones: la repulsa del yo hacia la idea intolerable, y la atracción que las ideas ya reprimidas ejercen sobre esta representación. De esta manera, la idea de un conflicto psíquico es determinante a la hora de considerar las causas de la represión. Dice Freud al respecto: “Ateniéndonos ahora a la experiencia clínica que la práctica psicoanalítica nos ofrece, vemos que la satisfacción de la pulsión reprimida sería posible y placiente en sí, pero inconciliable en otros principios y aspiraciones. Despertaría, pues, placer en un lugar y displacer en otro. Por tanto, será condición indispensable de la represión el que la fuerza motivacional de displacer adquiera un poder superior a la del placer producido por la satisfacción” (1). Es de esta represión, la propiamente dicha, de la que hablaremos en nuestra presentación del caso.
Si líneas atrás hemos expresado que la represión recae sobre una idea displaciente, cabe ahora plantearnos qué sucede con el montante energético ligado a ella. Freud sostiene que ambos componentes de la pulsión siguen destinos diferentes: la idea (o representación, o pensamiento, términos que Freud utiliza como sinónimos) pasa a ser inconsciente, y la energía (o carga, o catexia, también sinónimos entre sí) puede tener tres destinos posibles: transformarse en angustia, transformarse en cualquier otro afecto, o bien permanecer sofocado. Sobre este último punto, cabe hacer una precisión: sofocado quiere decir que el monto energético no se manifiesta bajo la forma de algún afecto, pero no indica que quede reprimido, siendo la razón para ello muy sencilla: la energía no se reprime, sólo pueden reprimirse las ideas.
Es en la formación de los síntomas neuróticos donde Freud llega a apreciar diferentes formas de manifestación del retorno de lo reprimido (tercer tiempo de la represión), y también del monto energético. Distingue tres cuadros clínicos, que son la histeria de conversión, la histeria de angustia (o fobia) y la neurosis obsesiva. Veremos a continuación, brevemente, las características que posee cada uno de ellos.
En el caso de la histeria de conversión, el síntoma se forma a partir de un retorno de las ideas reprimidas, y posee como particularidad que éste se expresa a través de una parte del cuerpo que se ve afectada, “capturada” por las ideas inconscientes, que se realizan simbólicamente bajo la forma de una afección somática (sin que posea, desde luego, una base orgánica). Por otra parte, el monto energético permanece, en este caso, “sofocado”; esto es, no se manifiesta bajo la forma de algún afecto.
En la histeria de angustia podemos reconocer, básicamente, tres pasos para la conformación del cuadro clínico: 1° aparece la angustia desvinculada de toda representación, por lo cual el sujeto desconoce por qué se siente angustiado ; 2° la angustia se liga a una representación (u “objeto fobígeno”) irrelevante, carente de importancia, mas cuando se presenta surge la angustia acompañándola. Esto acota, limita la angustia a una representación determinada, lo cual ya produce un cierto alivio al sujeto. Como 3° momento destacamos que la representación fobígena se extiende a todas aquellas que entran en conexión con ella, por lo cual el campo de la angustia se va también extendiendo. Esto lleva a Freud a expresar que la fobia supone una lucha sin fin. En consecuencia, diremos que las ideas reprimidas desplazan su energía hacia una representación sustitutiva sin importancia, que pasa a constituir el síntoma fóbico. Por su parte, el monto energético se manifiesta como angustia, y aparece ligado a la mencionada representación.
En lo que respecta a la neurosis obsesiva, encontramos que el síntoma se forma bajo el aspecto de una idea (la idea obsesiva), que posee como características fundamentales el ser, por una parte, intrusiva: el sujeto no puede dejar de pensarla, lo “invade” de tal manera que el sujeto no puede desvincularse de ella. Esto es lo que Lacan denominó como la “rumiación” obsesiva. Por otro lado, posee la característica de ser absurda, no obstante lo cual se impone al sujeto; y finalmente, va asociada con alguna clase de afecto: angustia moral, escrúpulos, exaltación del amor o del odio, culpa, etc., con lo que vamos viendo de qué manera se pone en juego el monto energético.
Algunas acotaciones acerca del monto energético, antes de continuar nuestra labor. Este no es exactamente lo mismo que el montante de afecto, con el que suele confundírselo; representa, como dijimos antes, energía pulsional que busca su satisfacción, mientras que el montante de afecto da cuenta de la aparición de esta energía en la conciencia. Freud señala que, cuando la energía pulsional emerge en la conciencia es percibida como afecto, siendo la angustia su principal manifestación. Inicialmente ambos componentes –ideas y energía– se encuentran asociados, y es por ello que algunas ideas poseen para nosotros mayor intensidad –o importancia– que otras; esto ocurre a partir de que se encuentran cargadas con un monto energético que las torna relevantes para nuestra vida. Si recordamos la definición freudiana del desplazamiento, diremos que éste es la transferencia de la energía psíquica desde una representación importante (Inc.) hacia otra nimia (prec–cc.) y ello es lo que hace que esta última aparezca como de suma importancia para el sujeto, y aparezca también revestida de un monto afectivo; por ejemplo, como algo (o alguien) muy querido –o muy odiado– para el sujeto, valor que no posee el objeto por sí mismo sino por lo que éste representa para el psiquismo (inconsciente) del sujeto.
Estamos hablando ya desde hace algunas líneas atrás del retorno de lo reprimido, tercer tiempo lógico de la represión que opera a través de los síntomas, lapsus, chistes, sueños, etc., con lo que podemos ir apreciando que nunca lo hace de una manera directa. Freud explica esto reconociendo por lo menos dos instancias en pugna, que son el yo (la defensa del yo) por una parte; y el deseo inconsciente por la otra. Ello nos conduce al punto de vista tópico en este proceso. Además, también señala Freud que tenemos noticias de lo reprimido sólo en la medida en que la represión fracasa, de lo contrario, nunca accederíamos a él. La represión tiene como su función capital alejar de la conciencia, separar del yo a las ideas o representaciones que causan displacer, las cuales no quedan eliminadas, sino sólo inconscientes. Siendo inconscientes mantienen su actividad en busca de la satisfacción, con lo cual consideramos ya el punto de vista dinámico del proceso de la represión. Este, a su vez, nos conduce al factor económico que entra en juego, y economía se entiende en función de gasto/ahorro de energía psíquica. Si lo reprimido se encuentra en un empuje constante hacia lo consciente, a esta carga psíquica que reviste lo reprimido el yo debe oponer una contracarga, también constante, a fin de mantener lo reprimido en lo inconsciente. Esto conlleva un gasto de energía psíquica, que en muchos casos (la mayoría) es considerable.
Luego de esta escueta introducción teórica, que deja sin explicar algunos temas (como, por ejemplo, porqué Freud considera a la represión como individual) y explica lo mínimo de otros, pasaremos ahora a ver estos conceptos en función del ejemplo clínico.
IV– Freud nos presenta a Isabel de R.
“En el otoño de 1892, un colega y amigo mío me pidió reconociese a una señorita que desde hacía más de dos años venía padeciendo dolores en las piernas y dificultades para andar. (...) los últimos años habían traído para ella más desdichas que felicidades. Primero, había fallecido el padre de la enferma; luego, tuvo su madre que someterse a una grave operación en la vista, y, poco después, una hermana suya, casada, que acababa de tener un hijo, sucumbía a una antigua enfermedad del corazón. En todas estas enfermedades y desgracias había tomado la sujeto parte activísima, no sólo afectivamente, sino prestando a sus familiares la más abnegada asistencia.
(...) Parecía inteligente y psíquicamente normal, y llevaba su enfermedad, que la apartaba del trato social y de los placeres propios de su edad, con extraordinaria conformidad, haciéndome pensar en la belle indifferénce de los histéricos. Andaba inclinada hacia adelante, aunque sin precisar apoyo ninguno ni presentar tampoco su paso carácter patológico u otra cualquiera singularidad visible. Sin embargo, se quejaba de grandes dolores al andar y de que, tanto este movimiento como simplemente el permanecer en pie, le producían pronta e intensa fatiga, viéndose así obligada a guardar reposo, durante el cual, si bien perduraba el dolor, era bastante mitigado. Este dolor era de naturaleza muy indeterminada. (...) Como foco de sus dolores indicaba una zona bastante extensa y mal delimitada, situada en la cara anterior del muslo derecho” (2)
V– Análisis del caso
¿Qué quiere decir este síntoma? Sólo sabemos que carece de una “base orgánica”, pero no su sentido. El cómo llegó Freud a saber que poseen un sentido lo dejaremos para la última parte de nuestro ensayo, pero partiremos afirmando que el síntoma expresa algo, es como un mensaje en clave cuyo contenido no podemos, de buenas a primeras, descifrar.
Ampliaremos un poco la presentación realizada de este caso, diciendo que Isabel tenía 24 años y era la menor de tres hermanas. Cuando su padre enfermó, se hallaba la sujeto enamorada de un joven conocido suyo, y debe resignar la búsqueda de su compañía para poder cuidar al padre. En cierta ocasión, es invitada a una reunión social a la que iba a asistir su enamorado e Isabel se resiste a ir, alegando que era prioritario para ella el cuidado de su padre enfermo. No obstante, ante la insistencia de su familia y del propio padre, cambia de opinión. Ya en la mencionada reunión, decide marcharse temprano, aunque el pedido de los invitados la persuade a quedarse por más tiempo. Se retira tarde, y vuelve a su casa acompañada por el joven que ella quería. Al llegar a su hogar, se entera que la salud del padre había empeorado, lo cual la lleva a hacerse los más duros reproches por haberlo abandonado. Dice Freud sobre este punto: “Su primer síntoma histérico, constituido por un intenso dolor en una zona determinada del muslo derecho, surgió durante la enfermedad del padre. El análisis nos reveló claramente el mecanismo de este síntoma. Era un momento en el que el círculo de representaciones correspondientes a sus deberes filiales entró en conflicto con sus deseos eróticos” (3). Podemos apreciar acá que se presenta ya la idea de un conflicto entre diferentes ideas. A lo que debemos agregar lo sucedido en cierto momento del tratamiento: “me sorprendió la enferma, poco después, con la noticia de que ya sabía por qué los dolores partían siempre de determinada zona del muslo derecho y se hacían sentir en ella con máxima intensidad. Era ésta la zona sobre la cual descansaba el padre, todas las mañanas, sus hinchadas piernas, mientras ella renovaba los vendajes” (4).
Lo expresado en este fragmento nos da una primera aclaración del caso, y destacaremos como tema fundamental que el contenido del conflicto no fluctúa tanto entre “deberes filiales” y amor por el joven, sino entre los deseos incestuosos dirigidos al padre y la oposición de la defensa hacia ellos. Nos sentimos autorizados a realizar esta observación por lo expresado por la propia sujeto en relación al lugar donde sus dolores se sentían “con máxima intensidad”; esto es, donde el padre reposaba sus piernas para que ella lo curase. La intensidad corresponde, como vimos en la primera parte, a la energía pulsional que se dirige por un desplazamiento desde las representaciones eróticas incestuosas hacia la pierna de Isabel, que pasa a obtener de esta manera el valor de una representación sustitutiva nimia, con la cual se deforma el deseo para obtener una expresión. Dicho de otro modo: para la sujeto es mucho más tolerable un dolor físico que la aceptación de sus deseos por el padre, que existían con máxima intensidad en su psiquismo inconsciente. También vimos que el inicio de la represión secundaria se encuentra en la existencia de un conflicto psíquico, que se manifiesta claramente acá.
Aunque estas observaciones nos aclaren bastante del caso, la señorita Isabel de R. tiene más para contarnos de su historia (clínica). Luego de la muerte de su padre, se casa su hermana mayor con un hombre que desagradaba a Isabel, y se marcha de la casa. Isabel se dedica entonces al cuidado de su madre enferma. Al poco tiempo, se casa su otra hermana con un joven que agradaba a la sujeto. El día que llega por primera vez a la casa, el cuñado saluda primero a Isabel, pensando que ella era su prometida. En otra ocasión, estando ya casada la hermana le señala ésta que Isabel y su marido habrían podido también entenderse muy bien, al ver cómo conversaban animadamente ambos. La sujeto veía en ellos a un matrimonio feliz, donde ambos se trataban con cariño, se entendían con sólo mirarse, etc., y todo ello la lleva a reconciliarse con la idea del matrimonio (que antes le disgustaba) y acrecienta su cariño por el cuñado.
La hermana tiene un hijo y, al poco tiempo, queda embarazada nuevamente. Durante el segundo embarazo, comienza a mostrar serios problemas de salud. También la madre empeora y debe someterse a una operación de la cual sale exitosa. Durante todo este tiempo, Isabel se había dedicado al cuidado de la madre enferma.
Entre el inicio de la enfermedad de la hermana y la operación de la madre, Isabel había podido compartir algunos momentos con el “feliz matrimonio” y también un paseo a solas con su cuñado. A esto debe agregarse un paseo que había realizado solitaria por una colina, en el cual la embargó la ensoñación del matrimonio con un hombre como su cuñado. Luego de este paseo, aparecen con más fuerza los dolores (recordemos que ya se habían manifestado luego de la muerte del padre). Dice Freud sobre estos episodios: “Cuando Isabel invitó a su cuñado a acompañarla al paseo con el cual hubieron de relacionarse tan íntimamente sus dolores, no quería aquél acceder al principio a ello, prefiriendo quedarse acompañando a su mujer; pero ésta le hizo cambiar de propósito para complacer a su hermana. Isabel paseó, pues, durante toda la tarde con su cuñado, y tan de acuerdo se sintió con él en los diversos temas de su diálogo, que experimentó con mayor intensidad que nunca el deseo de hallar para sí un hombre que se le pareciese. Días después fue cuando subió a la colina que había constituido el paseo favorito del feliz matrimonio, y sentada en un banco de piedra se perdió en el ensueño de haber hallado una felicidad conyugal semejante a la de su hermana y ser amada por un hombre tan grato a su corazón como su cuñado. Al levantarse sintió dolores en las piernas, que desaparecieron a poco; pero aquella misma tarde, después del baño, surgieron de nuevo, y ya definitivamente” (5).
Cuando se repone su madre de la operación, asiste con Isabel a un balneario, aunque luego de alguna vacilación ante la resistencia de alejarse de su hermana, que entre tanto había empeorado su estado de salud. Estando ya en el balneario, son llamadas con urgencia para asistir a la hermana, mas cuando llegan a destino ésta había muerto. “Llegadas, por fin, a la habitación de la hermana y ante su lecho, comprobaron la triste realidad, y en este momento, que imponía a Isabel la terrible certidumbre de que su hermana había muerto sin tener el consuelo de su compañía ni recibir sus últimos cuidados; en este mismo momento cruzó por su imaginación, como un rayo a través de la tempestuosa oscuridad, un pensamiento de distinta naturaleza: «Ahora ya está él libre y puede hacerme su mujer»” (6).
Este último dato revelado por el análisis nos esclarece más el caso, dado que muestra la relación del síntoma con otro grupo de representaciones inconscientes, vinculadas éstas a los deseos fratricidas, es decir, de muerte de la hermana. Seguramente, estos deseos ya se encontraban reprimidos desde la primera infancia de la sujeto –al igual que los deseos incestuosos vinculados al padre–, y se reavivan, se intensifican, al enamorarse Isabel de su cuñado. Estos deseos infantiles reprimidos son los que ejercen una fuerza de atracción sobre aquellas representaciones que entran en conexión asociativa con ellos, y además se cuenta el rechazo del yo como segunda condición para que la represión se lleve a cabo. El retorno de lo reprimido se produce a través del desplazamiento de la carga psíquica desde las ideas reprimidas hacia otra indiferente, que pasará a constituir, en este caso, un síntoma. Dicho de otro modo, para la sujeto es mucho más soportable el dolor físico en sus piernas y que le ocasiona “dificultades para andar”, que el dolor psíquico de saber que en su subjetividad existen deseos eróticos vinculados al padre y también deseos de muerte hacia la hermana. Incesto y fratricidio, ambos vinculados a los primeros objetos, y que le impiden un lazo exogámico satisfactorio con objetos sustitutos debido a la fuerza, a la intensidad con que se encuentran cargados estos primeros objetos. Nuevamente se nos plantea la existencia de un conflicto psíquico como condición de la represión.
El monto energético se transforma acá en dolor físico y no en alguna clase de afecto, motivo por el cual Freud afirma que en la histeria de conversión permanece “sofocado”. Ya en la primera cita que introdujimos sobre este caso, Freud menciona que “llevaba su enfermedad con extraordinaria conformidad, haciéndome pensar en la belle indifferénce de los histéricos”. Por otra parte, las ideas o representaciones centrales en el caso de Isabel están constituidas por el amor y la muerte, enlazadas –condensadas– ambas en el síntoma formado a partir del retorno de lo reprimido.
Resumiendo, podemos apreciar la existencia de dos ideas centrales en Isabel, el amor y la muerte, vinculadas a los primeros objetos y por ende, a la endogamia. Ideas que se encuentran intensamente cargadas por la energía pulsional que las torna muy intensas, y ello plantea un conflicto con el yo; dicho conflicto se resuelve por medio de la represión (secundaria). Las ideas se tornan inconscientes, y retornan luego (tercer tiempo) formando un síntoma en el cuerpo: los dolores en las piernas y las dificultades para andar. Por su parte, el monto energético ve cortada por la represión su conexión con la idea y se manifiesta como dolor físico, mas no como afecto. Ello permite hablar de la “bella indiferencia” de los histéricos. La contracarga del yo se mantiene en actividad fijando la atención del sujeto en dicho dolor, que no es orgánico y del que desconoce su sentido. No obstante, este desconocimiento es consciente, porque subjetivamente el sujeto sí lo posee; el inconsciente es un saber no sabido para el yo, mas no para el sujeto, que constituye una estructura mucho más amplia y compleja que el yo; el yo es una parte del sujeto. Recordamos acá una cita que comentamos con anterioridad: “me sorprendió la enferma, poco después, con la noticia de que ya sabía por qué los dolores partían siempre de determinada zona del muslo derecho y se hacían sentir en ella con máxima intensidad”. Esto es: el sujeto sabe el porqué de su malestar, aunque no lo sepa conscientemente. El trabajo del análisis permite ir levantando las represiones e ir haciendo consciente este saber reprimido.
Sobre el sentido del síntoma, citaremos una vez más a Freud: “Observando que la enferma cerraba el relato de toda una serie de sucesos con el lamento de haber sentido «lo sola que estaba» (Stehen significa en alemán tanto “estar” como “estar en pie”), y que no se cansaba de repetir, al comunicar otra serie, referente a sus fracasadas tentativas de reconstruir la antigua felicidad familiar, que lo más doloroso para ella había sido el sentimiento de su «impotencia» y la sensación de que «no lograba avanzar un solo paso» en sus propósitos, no podíamos menos de conceder a sus reflexiones una intervención en el desarrollo de la abasia y suponer que había buscado directamente una expresión simbólica de sus pensamientos dolorosos, hallándola en la intensificación de sus padecimientos” (7).
De este modo, podemos apreciar que Isabel de R., una persona “normal” y que padecía sus dolores y su malestar, también albergaba inconscientemente los deseos incestuosos y fratricidas que ya hemos referido. Aunque cabe precisar que Isabel no es, en este aspecto, una excepción, sino más bien un “botón de muestra”, ya que en todos los sujetos encontramos esta serie de deseos incompatibles con la vida psíquica consciente y las ideas éticas y morales que el yo posee.
VI– Algunos aspectos metodológicos
Siendo el texto de Freud que nos ocupa del año 1895, corresponde realizar una aclaración de importancia: el psicoanálisis no se hallaba aún constituido como disciplina, sino en una fase de formación. Freud, antes de formalizar el método analítico pasó por, al menos, dos pasos previos: la hipnosis y la sugestión en estado de vigilia.
La hipnosis le posibilitó acceder al conocimiento de la existencia de un grupo psíquico separado del yo, al que denominó como inconsciente y también como “doble consciencia” y “otra escena”. Cuando, por medio de la hipnosis, el sujeto evocaba esta “otra escena” –constituida por representaciones “traumáticas”– se producía una liberación de afectos –la catarsis– y el síntoma se disolvía. El problema que presentaba este método era que al cabo de un tiempo el cuadro sintomático reaparecía con igual o mayor intensidad que antes.
Freud decide, en consecuencia, cambiar de método. Sabiendo ya de la existencia de ideas inconscientes que causaban y sobredeterminaban el síntoma, busca acceder a ellas por otra vía, que se llegó a conocer como la “sugestión en estado de vigilia”. El nuevo método prescindía de la sugestión hipnótica, y consistía en afirmar al paciente que cuando el terapeuta le coloque una mano sobre la frente, emergería el recuerdo traumático buscado, y que con este recuerdo el síntoma desaparecería. Los pacientes muy rara vez evocaban la idea reprimida, y la cura se tornaba entonces muy tortuosa y problemática. Las ideas de represión y resistencia datan ya de esta época.
Ante las dificultades que presentaba este método, Freud realiza una observación: los pacientes no evocaban la “escena” o el “recuerdo traumático”, pero en su lugar evocaban algún recuerdo reciente, o nimio, o algún sueño, o alguna idea que parecía no poseer relación alguna con lo buscado. Ante ello, Freud supone que, así como el síntoma era una expresión disfrazada de estos “recuerdos” (en realidad, deseos reprimidos), las ideas irrelevantes que aparecían en su lugar debían tener también alguna relación con el inconsciente del sujeto. Decide, pues, invitar a sus pacientes a comunicar todo aquello que se les ocurra, sin restricciones ni críticas, y esto es ya la regla fundamental del método psicoanalítico: la asociación libre. Vemos que se encuentra encaminada a “quitar jurisdicción” al yo en el manejo del discurso, en la medida en que las ideas que importan no son aquellas previamente pensadas o razonadas, sino las que aparecen “espontáneamente”, aunque en apariencia no posean relación alguna con el contenido de lo que el sujeto venía relatando hasta ese momento. Con el método analítico ya no se busca un acceso “directo” a lo inconsciente (tarea, en realidad, imposible), sino a través de todos los rodeos que la represión y la resistencia obliguen a realizar al sujeto. Tampoco se busca con el psicoanálisis curar el síntoma, la tarea deja de centrarse en el síntoma para dejar hablar al sujeto de todo lo que éste quiera. A medida que lo reprimido se va haciendo consciente, el síntoma se va resolviendo solo y, diríamos, como por añadidura.
En el caso de Isabel nos encontramos situados todavía en la sugestión en estado de vigilia, aunque empiezan a vislumbrarse ya los primeros pasos hacia el método psicoanalítico.