Literatura
Folklore literario: Piezas recogidas que son populares, anónimas, transmitidas oralmente desde tiempo inmemorial y enriquecen hoy una tradición que mantiene su vigencia colectiva en el seno del ambiente regional donde los textos se documentaron de boca del pueblo (cancioneros populares de Juan A Carrizo, Jorge Furt, etc)
Literatura folkórica: obras que reflejan el folklore del pueblo, habiendo tomado aspectos y elementos del tesoro tradicional y de la vida consuetudinaria del pueblo. El Folklore aparece aquí como una proyección, como ambiente, tema, carácter, elemento o episodio incorporado a la obra particular de un autor culto y perfectamente determinado (romances de Juan C Dávalos, Vidalitas de Yupanqui, el Martín Fierro)
Argentina
Titulo: Don Segundo Sombra (fragm)
Autor: Ricardo Güiraldes
Prosa
Don Segundo Sombra (fragm)
El pecho era vasto, las coyunturas huesudas como las de un potro, los pies cortos con un empeine a lo galleta, las manos gruesas y cuerudas como cascarón de peludo. Su tez era aindiada, sus ojos ligeramente levantados hacia las sienes y pequeños.
Para conversar mejor habíase echado atrás el chambergo de ala escasa, descubriendo un flequillo cortado como crin a la altura de las cejas.
Su indumentaria era de gaucho pobre. Un simple chanchero rodeaba su cintura. La blusa corta se levantaba un poco sobre un cabo de güeso, del cual pendía el rebenque tosco y ennegrecido por el uso. El chiripá era largo, talar y un simple pañuelo negro se anudaba en torno a su cuello con las untas divididas sobre el hombro. Las alpargatas tenían sobre el empeine un tajo para contener el pie carnudo. Cuando lo hube mirado suficientemente, atendí a la conversación. Don Segundo buscaba trabajo y el pulpero le daba datos seguros, pues su continuo trato con gente de campo hacía que supiera cuanto acontecía en las estancias.
Titulo: El paisanito Dolores (cuento)
Autor: Ricardo Güiraldes
Cuento:
Relata: Don Segundo Sombra, personaje principal del libro que lleva su nombre
A orillas del Paraná, donde hay más remansos que cuevas en una vizcachera, trabajaba un paisanito llamao Dolores.
No era un hombre ni grande ni juerte, pero sí era corajudo, lo que vale más.
A más de corajudo, este mozo era medio aficionado a las polleras, de suerte que al caer la tarde, cuando dejaba su trabajo, solía arrimarse a un lugar del río ande las muchachas venían a bañarse. Esto podía haberle costado una rebenqueada, pero él sabía esconderse de modo que naides maliciara su picardía.
Una tarde, como iba en dirición a un sombra 'e toro, que era su guarida, vido llegar una moza de linda y fresca que parecía una madrugada. Sintió que el corazón le corcoviaba en el pecho como zorro entrampao y la dejó pasar pa seguirla.
Ya ciego con la vista 'e la prenda, siguió nuestro hombre pa' l río y en llegando la vido que andaba nadando cerquita 'e la orilla.
Cuando malició que ella iba a salir del agua, abrió los ojos a lo lechuza, porque no quería perdir ni un pedacito.
El mocito, que estaba mirando a su prenda, encandilao como los pájaros blancos con el sol, se pegó de improviso el susto más grande de su vida.Cerquita, como de aquí al jogón, de la flor que estaba contemplando, se había asentao un flamenco grande como un ñandú y colorao como sangre 'e toro.
Este flamenco quedó aleteando delante 'e la muchacha, que buscaba abrigo en sus ropas y, de pronto, dijo unas palabras en guaraní.
En seguida no más, la paisanita quedó del altor de un cabo 'e rebenque.
¡Cruz diablo! Dijo Dolores y, como no le faltaban agallas, se descolgó de entre las ramas de su sombra 'e toro, con el facón en la mano, pa' hacerle un dentro al brujo. Pero cuando llegó al lugar, ya éste había abierto el vuelo, con la chinita hecha ovillo de miedo entre las patas y le pareció a Dolores que no más vía el resplandor de una nube coloriada por la tarde, sobre el río.
Medio sonso, el pobre muchacho quedó dando güeltas como borrego airao, hasta que se cayó al suelo y quedó, largo a largo, más estirao que cuero en las estacas.
Ricién a la media hora golvió en sí y recordó lo que había pasao. Ni dudas tuvo de que todo era magia y que estaba embrujao por la china bonita, que no podía apartar de su memoria. Y como ya se había hecho noche y el susto crece con la escuridá, lo mesmo que las arboledas, Dolores se puso a correr en dirición a las barrancas.
Sin saber por qué, ni siguiendo cuál güella, se encontró de pronto en una pieza alumbrada por un candil mugriento, frente a una viejita achucharrada como pasa, que lo miraba igual que se mira un juego de sogas de regalo. Se le arrimaba cerquita, como revisándole las costuras y lo tanteaba pa' ver si estaba enterito.
- ¿Ande estoy? gritó Dolores.
- En casa de gente güena, contestó la vieja. Sentate con confianza y tomá aliento pa' contarme que te trai tan estraviao.
Cuando medio se compuso, Dolores dijo lo que había sucedido frente al río y dio unos suspiros como pa' echar del pecho un daño.
La viejita, que era sabia en esas cosas, lo consoló y dijo que si le atendía con un poco de pacencia, le contaría el cuento del flamenco y le daría unas prendas virtuosas, pa' que se juera enseguida a salvar a la moza, que no era bruja sino hija de una vecina suya.
Y sin dilación ya le dentró a pegar al relato por lo más corto.
"- Hace una ponchada de años, dicen que una mujer, conocida en los pagos por su mala vida y sus brujerías, entró en tratos con el diablo y de estos tratos nació un hijo. Vino al mundo este bicho sin pellejo y cuentan que era tan fiero, que las mesmas lechuzas apagaban los ojos de miedo 'e quedar bizcas. A los pocos días de nacido, se le enfermó la madre y como vido que iba en derecera 'e la muerte, dijo que le quería hacer un pedido.
- Hablá m'hijo, le decía la madre.
- Vea mama, yo soy juerte y sé como desenredarme en la vida, pero usté me ha parido más fiero que mi propio padre y nunca podrá crecer, por falta de cuero en qué estirarme, de suerte que nenguna mujer quedrá tener amores conmigo. Yo le pido, pues, ya que tan poco me ha agraciao, que me dé un gualicho pa' podérmelas conseguir.
- Si no es más que eso - le contestó la querida 'el Diablo - atendeme bien y no has de tener de qué quejarte.
Cuando desiés alguna mujer, te arrancás siete pelos de la cabeza, los tirah'al aire y lo llamáh'a tu padre diciendo estas palabras...(aquí secretiaron tan bajito que ni en el aire quedaron señas de lo dicho).
Poco a poco vah'a sentir que no tenés ya traza 'e gente, sino de flamenco. Entonces te voláh'en frente 'e la prenda y le decís estas otras palabras...(aquí, güelta los secretos).
En seguida vah'a ver que la muchacha se queda, cuanti más, de unas dos cuartas de altor. Entonces la soliviás pa' trairla a esta isla, donde pasarán siete días antes que se ruempa el encanto.
Ni bien concluyó de hablar esto, ya la bruja querida de Añang, la sofrenó la muerte y el monstruo sin pellejo jué güérfano."
Cuando Dolores oyó el fin de aquel relato, comenzó a llorar de tal modo que no parecía sino que se le iban a redetir los ojos.
Compadecida, la vieja le dijo que ella sabía de brujerías y que lo ayudaría, dándole unas virtudes pa' rescatar la prenda, que el hijo 'el Diablo le habia robao con tan malas leyes.
La vieja tomó al llorón de la mano y se lo llevó a un aposento del fondo 'e la casa. En el aposento había un armario, grande como un rancho y desde allí sacó la misia un arco de los que supieron usar los indios, unas cuantas flechash'envenenadas y un frasco con un agua blanca.
- ¿Y qué vi'a hacer yo, pobre disgraciao, con estas tres nadas - dijo Dolores - contra las más muchas brujerías que dejuro tendrá Mandinga?
- Algo hay que esperar en la gracia de Dios - le contestó la viejita.
Y dejame que te diga cómo has de hacer, porque denó va siendo tarde: estas cosas que te he dao te las llevás y, esta mesma noche, te vas pa'l río, de suerte que naides te vea. Allí vah'a encontrar un bote; te metéh'en él y remás pa'l medio del agua. Cuando sintás que hah'entrao en un remanso, levantá los remos. El remolino te va a hacer dar unas güeltas, para largarte en una corriente que tira en dirición de las islas del encanto.
Y ya me queda poco por decirte. En esa isla tenés que matar un caburé, que pa eso te he dao el arco y las flechas. Y al caburé le sacáh'el corazón y lo echáh'adentro del frasco de agua, que es bendita y también le arrancáh'al bicho tres plumas de la cola pa' hacer un manojo que te colgah'en el pescuezo. En seguida vah'a saber más cosas que las que te puedo decir, porque el corazón del caburé, con ser tan chiquito, está lleno de brujerías y de cencia.
Dolores, que no dejaba de ver en su memoria a la morochita del baño, no titubió un momento y agradeciéndole a la anciana su bondá, tomó el arco, las flechas y el frasquito de agua, pa' correr al Paraná entre la noche oscura.
Y ya ganó la orilla y vido el barco, saltó en él y remó pa'l medio, hasta cair en el remanso que lo hizo trompo tres veces, pa'empezar a correr después aguah'abajo, con una ligereza que le dio chucho.
Ya estaba por dormirse, cuando el barco costaló del lao del lazo y siguió corriendo de lo lindo. Dolores se enderezó un cuantito y vido que dentraba en la boca de un arroyo angosto y en un descuido quedó como enredao en los juncales de la orilla.
El muchacho ispió un rato, a ver si el barco no cambiaba de parecer; pero como ahí no más quedaba clavadito, malició que debía estar en tierra de encanto y se abajó del pingo que tan lindamente le había traído, no sin fijarse bien ande quedaba, pa'poderse servir d'el a la güelta.
Y ya dentró en una arboleda macuca, que no dejaba pasar ni un rayito de la noche estrellada.
Como había muchas malezas y raíces de flor del aire, comenzó a enredarse hasta que quedó como pialao. Entonces sacó el cuchillo pa'caminar abriéndose una picada, pero pensó que era al ñudo buscar su caburé a esas horas y que mejor sería descansar esa noche. Como en el suelo es peligroso dormir en esos pagos de tigres y yararases, eligió la más juerte de las raíces que encontró a mano y subió pa'arriba arañándose en las ramas, hasta que halló como una hamaca de hojas.
Allí acomodó su arco, sus flechas y su frasco, disponiéndose al sueño.
Al día siguiente lo dispertó el griterío de los loros y la bulla de los carpinteros.
Refregándose los ojos, vido que el sol ya estaba puntiando y, pa'l mesmo lao, divisó un palacio grande como un cerro y tan relumbroso que parecía hecho de chafalonía.
Alrededor del palacio había un parque lleno de árboles con frutas tan grandotas y lucientes que podía verlas clarito.
Cuando colegió que todo era verdá, el paisanito recogió sus menesteres y se largó por las ramas.
Abriéndose paso a cuchillazos, a los tirones pa'desbrozarse una güella, llegó al fin de la selva, que era ande emprincipiaba el jardín.
En el jardín halló unos duraznos como sandías y desgajó uno pa'comerlo. Así sació el hambre y engañó la sé y, habiendo cobrao juerzas nuevas, empezó a buscar su caburé, aunque sin mucha esperanza, porque no es éste un pájaro que naides haiga visto con el sol alto.
Pobrecito Dolores, que no esperaba las penas que debía sufrir pa' alcanzar su suerte. Ansina es el destino del hombre. Naides empezaría el camino si le mostraran lo que lo espera.
En las mañanas claras, cuando él cambea de pago, mira un punto delante suyo y es como si viera el fin de su andar, pero ¡Qué ha de ser, si en alcanzándolo el llano sigue por delante sin mudanzas! Y así va el hombre, persiguiendo lo que alcanza con su vista, sin pensar en el desamparo que lo aguaita atrás de cada lomada. Tranco por tranco lo ampara una esperanza, que es la cuarta que lo ayuda en los repechos para ir caminando rumbo a su osamenta.
Pero, ¿Pa'qué hablar de cosas que no tienen remedio?
El paisanito de mi cuento craiba conseguir su suerte con estirar la mano y gaciah'a eso venció seis días de penah'i de tormento. Muchas veces pensó golverse, pero la recordaba a su morocha del río y el amor lo tiraba p'a atrás como lazo.
Recién el sexto día, a eso de la oración, vido que alrededor de un naranja revoloteaba una punta de pajaritos y dijo pa'sus adentros:
- Allá debe de hallarse lo que buscás.
Gateando como yaguareté, se allegó al lugar y vislumbró al bicho parao en un tronco. Ya había muerto dos o tres pajaritos, pero seguía de puro vicio partiéndole la cabeza a los que se le ponían a tiro.
Dolores pensó en el enano malparido, rodiao de las mujercitas embrujadas.
- ¡Hijo de Añang - dijo entre dientes - yo te vi'a hacer sosegar!
Apuntó bien, estiró el arco y largó el flechazo.
El caburé cayó p'atrás, como gringo voltiao de un corcovo y los pajaritos remontaron el vuelo igual que si hubieran roto un hilo. Sin perder de vista el lugar donde se había caído el bicho, Dolores corrió a buscarlo entre el pasto, pero no halló más que unas gotas de sangre.
Ya se iba a acobardar, cuando a unos dos tiros de lazo golvió a ver un rodeo de pajaritos y en el medio, otro caburé. De miedo y de rabia, tiró apurao y la flecha salió pa'arriba.
Tres veces erró del mesmo modo y no le quedaba más que una flecha pa'ganar la partida o dejar sin premio todas sus penas pasadas. Entonces, comprendiendo que había brujería, sacó un poquito de agua de su frasco, roció su última flecha y tiró diciendo:
- Nómbrese a Dios.
Esta vez el pájaro quedó clavao en el mesmo tronco y Dolores pudo arrancarle tres plumas de la cola, pa'hacer un manojo y colgárselo en el pescuezo. Y también le sacó el corazón, que echó calentito en el frasco de agua bendita.
En seguida, como le había dicho la vieja, vido todo lo que debía hacer y ya tomó por una calle de flores, sabiendo que iría a salir al palacio.
A unas dos cuadras antes de llegar lo agarró la noche y él se echó a dormir bajo lo más tupido de un monte de naranjos.
Al otro día comió de las frutas que tenía a mano y, como empezaba a clariar, caminó hasta cerquita de una juente que había frente al palacio.
- Dentro de un rato - dijo - va a venir el flamenco pa'librarse del encanto que dura siete días y yo haré lo que deba de hacer.
Ni bien concluyó estas palabras cuando oyó el ruido de un vuelo y vido caer a orillas de la fuente al flamenco, grande como un ñandú y colorao como sangre 'e toro.
a gatas aguantó las ganas que tenía de echársele encima, ahí no más y se agazapó más bajo en su escondrijo.
Para esto el pajarraco, parao en una pata a la orillita mesma del agua, miraba pa'lao que iba a salir el sol y quedó como dormido. Pero Dolores, que no largaba su frasquito, estaba sabiendo lo que sucedería.
En eso se asomó el sol y al flamenco le dio un desmayo, que lo tumbó panza arriba en el agua, de donde al pronto quiso salir en la forma de un enano.
Dolores, que no aguardaba otra cosa, echó mano a la cintura, sacó el cuchillo, lo despatarró de un empujón al monstruo, lo pisó en el cogote como ternero y por fin hizo con él lo que debía hacer pa'que aquel bicho indino no anduviera más codiciando mujeres.
El enano salió gritando pa'la selva, con las verijas coloriando y cuando Dolores jue a mirar el palacio, ya no quedaba sino una humareda y un tropel de mujercitas del grandor de un charabón de quince días que venían corriendo en su dirición.
Dolores, que muy pronto reconoció a su morochita del Paraná, se arrancó el manojo de plumas que traiba colgao al pescuezo, las roció de agua bendita y le dibujó a su prenda una cruz en la frente.
La paisanita empezó a crecer y, cuando llegó al altor que Dios le había dao endenantes, le echó los brazos al pescuezo a Dolores y preguntó:
- ¿Cómo te llamás, mi novio?
- Dolores ¿Y vos?
- Consuelo.
Cuando volvieron del abrazo se acordaron de las tristes compañeras y el paisanito las desembrujó del mesmo modo que a su novia.
Después las llevaron hasta donde estaba el bote y de a cuatro jueron cruzando el río hasta las cuatro últimas.
Y ahí quedaron Dolores y Consuelo, mano a mano con la felicidad que ella había ganao por bonita y él por corajudo.
Años después, se ha sabido que la pareja se ha hecho rica y tiene en la isla una gran estancia con miles de animales y cosechas y frutas de todas layas.
Y al enano hijo del Diablo, lo tienen encadenado al frasco del encanto y nunca este bicho malhechor podrá escapar de ese palenque, porque el corazón del caburé tiene el peso de todas las maldades del mundo.
Titulo: Miseria(cuento)
Autor: Ricardo Güiraldes
Cuento:
Miseria
Relata: Don Segundo Sombra, personaje principal del libro que lleva su nombre.
Esto era en tiempo de Nuestro Señor Jesucristo y sus Apóstoles.
Nuestro Señor, que según dicen jue el creador de la bondá, sabía andar de pueblo en pueblo y de rancho en rancho, por Tierra Santa, enseñando el Evangelio y curando con palabras. En estos viajes, lo llevaba de asistente a San Pedro, al que lo quería mucho, por creyente y servicial.
Cuentan que en uno de esos viajes, que por demás veces eran duros como los del resero, como jueran por llegar a un pueblo, a la mula en que iba Nuestro Señor se le perdió una herradura y dentró a manquiar.
- Fijate - le dijo Nuestro Señor a San pedro - si no ves una herrería, que ya estamos llegando al poblao.
San Pedro, que iba mirando con atención, divisó un rancho viejo de paredes rajadas, que tenía encima de una puerta un letrero que decía "ERRERIA". Sobre el pucho, se lo contó al Maestro y pararon delante del corralón.
- ¡Ave María! - gritaron. Y junto con un cuzquito ladrador, salió un anciano harapiento que los convidó a pasar.
- Guenas tardes - dijo Nuestro Señor - ¿Podría herrar mi mula que ha perdido la herradura de una mano?
- Apiensén y pasen adelante - contest'el viejo - Voy a ver si puedo servirlos.
Cuando, ya en la pieza, se acomodaron sobre unas sillas de patas quebradas y torcidas, Nuestro Señor le preguntó al herrero:
- ¿Y cuál es tu nombre?
- Me llaman Miseria - respondió el viejo y se jue a buscar lo necesario pa'servir a los forasteros.
Con mucha pacencia anduvo este servidor de Dios, olfateando en sus cajones y sus bolsas, sin hallar nada. Acobardao iba a golverse pa'pedir disculpa a los que estaban esperando, cuando regolviendo con la bota un montón de basuras y desperdicios, vido una argolla de plata grandota.
- ¿Qué hacéh'aquí vos? le dijo y, recogiéndola, se jue pa'donde estaba la fragua, prendió el juego, reditió la argolla, hizo a martillo una herradura y se la puso a la mulita de Nuestro Señor.¡Viejo sagás y ladino!
- ¿Cuánto te debemos, güen hombre? - preguntó Nuestro Señor.
Miseria lo miró bien de arriba abajo y, cuando concluyó de filiarlo, le dijo:
- Por lo que veo, ustedes son tan pobres como yo. ¿Qué diantre les voy a cobrar? Vayan en paz por el mundo, que algún día tal vez Dios me lo tenga en cuenta.
- Así sea dijo Nuestro Señor y, después de haberse despedido, montaron los forasteros en sus mulas y salieron al sobrepaso.
Cuando iban ya retiraditos, le dice a Jesús este San Pedro, que debía ser medio lerdo:
- Verdá, Señor, que somos desagradecidos. Este pobre hombre nos ha herrao la mula con una herradura 'e plata, no noh'a cobrao nada por más que es repobre y nosotros nos vamos sin darle siquiera una prenda de amistá.
- Decís bien - contestó Nuestro Señor - Volvamos hasta su casa pa' concederle tres Gracias, que él eligirá a su gusto.
Cuando Miseria los vido llegar de güelta, creyó que se había desprendido la herraudra y los hizo pasar como endenantes. Nuestro Señor le dijo a qué venían y el hombre lo miró de soslayo, medio con ganitas de rairse, medio con ganitas de disparar.
- Pensá bien - dijo Nuestro Señor - antes de hacer tu pedido.
San Pedro, que se había acomodao atrás de Miseria, le sopló:
- Pedí el Paraíso.
- Cayate, viejo - le contestó por lo bajo Miseria, pa'dispués decirle a Nuestro Señor:
- Quiero que el que se siente en mi silla, no se pueda levantar de ella sin mi permiso.
- Concedido, dijo Nuestro Señor - ¿A ver la segunda Gracia? Pensala con cuidado.
-¡Pedí el Paraíso, porfiao!- le sopló de atrás San Pedro.
- Cayate, viejo metido - le contestó por lo bajo Miseria, pa'dispués dicirle a Nuestro Señor:
- Quiero que el que suba a mis nogales, no se pueda bajar d'ellos sin mi permiso.
- Concedido, dijo Nuestro Señor. Y aura, la tercera y última Gracia. No te apurés.
- Pedí el Paraíso, porfiao! - le sopló de atrás San Pedro.
- te querés callar, viejo idiota? - le contestó Miseria enojao, pa' dispués dicirle a Nuestro Señor:
- Quiero que el que se meta en mi tabaquera no pueda salir sin mi permiso.
- Concedido, dijo Nuestro Señor y después de despedirse, se jue.
Ni bien Miseria quedó solo, comenzó a cavilar y, poco a poco, jue desntrándole rabia de no haber sabido sacar más ventaja de las tres Gracias concedidas.
- También seré sonso - gritó, tirando contra el suelo el chambergo - Lo que es, si aurita mesmo se presentara el demonio, le daría mi alma con tal de poderle pedir veinte años de vida y plata a discreción.
En ese mesmo momento, se presentó a la puerta'el rancho un caballero que le dijo:
- Si querés, Miseria, yo te puedo presentar un contrato, dándote lo que pedís - Y ya sacó un rollo de papel con escrituras y numeritos, lo más bien acondicionado, que traiba en el bolsillo. Y allí las leyeron juntos a las letras y, estando conformes en el trato, firmaron los dos con mucho pulso, arriba de un sello que traiba el rollo.
Ni bien el Diablo se jue y Miseria quedó solo, tantió la bolsa de oro que le había dejao Mandinga, se miró en el bañadero de los patos, donde vido que estaba mozo y se jue al pueblo pa' comprar ropa, pidió pieza en la fonda como señor y durmió esa noche contento.
Pero, bien dicen que pronto se pasan los años cuando se emplean de este modo, de suerte que se cumplió el año vegísimo y en un momento casual en que Miseria había venido a rairse de su rancho, se presentó el Diablo con el nombre de caballero Lilí, como vez pasada y peló el contrato pa'exigir que se le pagara lo convenido.
Miseria, que era hoombre honrao, aunque medio tristón le dijo a Lilí que lo esperara, que iba a lavarse y ponerse güena ropa pa presentarse al Infierno, como era debido. Así lo hizo, pensando que al fin todo lazo se corta y que su felicidá había terminao.
Al golver lo halló a Lilí sentao en su silla aguardando con pacencia.
- Ya estoy acomodao, le dijo - ¿Vamos yendo?
- ¡Cómo hemos de irnos - contestó Lilí - si estoy pegao a esta silla como por encanto!
Miseria se acordó de las virtudes que le había concedido el hombre 'e la mula y le dentró una risa tremenda.
- ¡Enderezate, pues, maula, si sos diablo! - le dijo a Lilí.
Al ñudo éste hizo bellaquear la silla. No pudo alzarse ni un chiquito y sudaba, mirándolo a Miseria.
- Entonces - le dijo el que fue herrero - si querés dirte, firmame otros veinte años de vida y plata a discreción.
El demonio hizo lo que le pedía Miseria y éste le dio permiso pa'que se juera.
Otra vez el viejo, remozado y platudo, se golvió a correr mundo: terció con príncipes y manates, gastó plata como naides, tuvo trato con hijas de reyes y de comerciantes juertes...
Pero los años, pa'el que se divierte, juyen pronto, de suerte que, cumplido el vegísimo, Miseria quiso dar fin cabal a su palabra y rumbió al pago de su herrería.
A todo esto Lilí, que era medio lenguarás y alcahuete, había contao en los infiernos el encanto 'e la silla.
- Hay que andar con ojo alerta - había dicho Lucifer. Ese viejo está protegido y es ladino. Dos serán los que lo van a buscar al fin del trato.
Por eso jue que al apiarse en el rancho, Miseria vido que lo estaban esperando dos hombres y uno de ellos era Lilí.
- Pasen adelante; sientensén - les dijo - mientras yo me lavo y me visto pa'dentrar al Infierno como es debido.
- Yo no me siento - dijo Lilí.
- Como quieran. Pueden pasar al patio y bajar unas nueces, que seguramente serán las mejores que habrán comido en su vida 'e diablos.
Lilí no quiso saber nada; pero cuando se hallaron solos, su compañero le dijo que iba a dar una güelta por debajo de los nogales, a ver si podía recoger del suelo alguna nuez caída y probarla. Al rato no más golvió, diciendo que había hallado una yuntita y que, en comiéndolas, naide podía negar que jueran las más ricas del mundo.
Juntos se jueron pa'dentro y comenzaron a buscar, sin hallar nada.
Pa'esto, al diablo amigo de Lilí se le había calentao la boca y dijo que se iba a subir a la planta, pa'seguir pegándole al manjar. Lilí le advirtió que había que desconfiar, pero el goloso no hizo caso y subió a los árboles, donde comenzó a tragar sin descanso, diciéndole de tiempo en tiempo:
- ¡Cha que son güenas! ¡Cha que son güenas!
- Tirame unas cuantas - le gritó Lilí, desde abajo.
- Allí va una - dijo el de arriba.
- Tirame otras cuantas - golvió a pedirle Lilí, no bien se comió la primera.
- Estoy muy ocupao - le contestó el tragón - Si querés más, subite al árbol.
Lilí, después de cavilar un rato, se subió.
Cuando Miseria salió de la pieza y vido a los dos diablos en el nogal, le dentró una risa tremenda.
- Aquí estoy a su mandao - les gritó. Vamos cuando ustedes gusten.
- Es que no nos podemoh'abajar - le contestaron los diablos, que estaban como pegaos a las ramas.
- Lindo - les dijo Miseria. Entonces fiemenmén otra vez el contrato, dándome otros veinte años de vida y plata a discreción.
Los diablos hicieron lo que Miseria les pedía y éste les dio permiso pa'que bajaran.
Miseria golvió a correr mundo y terció con gente copetuda y tiró plata y tuvo amores con damas de primera.
Pero los años dentraron a disparar, como denantes, de suerte que al llegar al año vegísimo, Miseria, queriendo dar pago a su deuda se acordó de la herrería en que había sufrido.
A todo esto, los diablos del Infierno le habían contado a Lucifer lo sucedido y éste, enojadazo, les hbía dicho:
- ¡Canejo! ¿No les previne que anduvieran con esmero, porque ese hombvre era por demás ladino?
Esta güelta que viene, vamoh'a dir toditos, a ver si se nos escapa.
Por esto jue que Miseria, al llegar a su rancho, vido más gente riunida que en una jugada 'e taba.
Pero esa gente, acomodada como un ejército, parecía estar a la orden de un mandón con corona.
Miseria pensó que el mesmito Infierno se había mudado a su casa y llegó, mirando como pato el arriador, a esa pueblada de diablos.
- Si escapo de ésta - se dijo - en fija que ya nunca la pierdo. Pero haciéndose el muy templao, preguntó a aquella gente:
- ¿Quieren hablar conmigo?
- Sí - contestó juerte el de la corona.
- A usté - le retrucó Miseria - no le he firmao contrato nenguno, pa'que venga tomando velas en este entierro.
- Pero me vah'a seguir - gritó el coronao - porque soy el Rey de loh'Infiernos.
- ¿Y quién me da el certificao? - alegó Miseria. Si usté es lo que dice, ha de poder hacer de fijo que todos los diablos dentren en su cuerpo y golverse una hormiga.
Otro hubiera desconfiao, pero dicen que a los malos los sabe perder la rabia y el orgullo, de modo que Lucifer, ciego de juror, dió un grito y en el momento mesmo se pasó a la forma de una hormiga, que llevaba adentro a todos los demonios del Infierno.
Sin dilación, Miseria agarró el bichito que caminaba sobre los ladrillos del piso, lo metió en su tabaquera, se jué a la herrería, la colocó sobre el yunque y, con un martillo, se arrastró a pegarle con todita el alma, hasta que la camiseta se le empapó de sudor.
Entonces se refrescó, se mudó y salió a pasiar por el pueblo.
¡Bienhaiga, viejito sagás! Todos los días colocaba la tabaquera en el yunque y le pegaba tamaña paliza, hasta empapar la camiseta pa'después salir a pasiar por el pueblo.
Y así fueron los años.
Y resultó que ya en el pueblo no hubo peleas, ni plaitos, ni alegaciones. Los maridos no las castigaban a las mujeres, ni las madres a los chicos. Tíos, primos y entenaos se entendían como Dios manda; no salía la viuda, ni el chancho; no se veían luces malas y los enfermos sanaron todos; los viejos no acababan de morirse y hasta los perros jueron virtuosos. Los vecinos se entendían bien, los baguales no corcoviaban más que de alegría y todo andaba como reló de rico. Qué, si ni había que baldiar los pozos porque toda agua era güena.
Ansina como no hay caminos sin repechos, no hay suerte sin desgracias y vino a suceder que abogaos, procuradores, jueces de paz, curanderos, médicos y todos los que son autoridá y viven de la desgracia y vicios de la gente, comenzaron a ponerse chacones de hambre y jueron muriendo.
Y un día, asustaos los que quedaban de esta morralla, se endilgaron pa'lo del gobernador, a pedirle ayuda por lo que les sucedía. Y el gobernador, que también dentraba en la partida de los castigaos, les dijo que nada podía remediar y les dio una plata del estao, advirtiéndoles que era la única vez que lo hacía, porque no era obligación del gobierno el andarlos ayudando.
Pasaron unos meses y ya los procuradores, jueces y otros bichos, iban mermando por haber pasao los más a mejor vida, cuando uno de ellos, el más pícaro, vino a maliciar la verdá y los invitó a todos a que golvieran a lo del gobernador, dándoles promesa de que ganarían el plaito.
Así jue. Y cuando estuvieron frente al manate, el procurador le dijo a Suecelencia que todah'esas calamidades sucedían porque el herrero Miseria tenía encerraos en su tabaquera a los diablos del Infierno.
Sobre el pucho, el mandón lo mandó a trair a Miseria y, en presencia de todos, le largó un discurso:
- ¿Ahá, sos vos? ¡Bonito andás poniendo al mundo con tus brujerías y encantos, viejo indino! Aurita vah'a dejar las cosas como estaban, sin meterte a redimir culpas ni castigar diablos. ¿ No ves que siendo el mundo como es, no puede pasarse del mal y que las leyes y lah'enfermedades y todos los que viven d'ellas, que son muchos, precisan de que los diablos anden por la Tierra? En este mesmo momento vah'al trote y largás loh'infiernos de tu tabaquera.
Miseria comprendió que el gobernador tenía razón, confesó la verdá y jue pa'su casa pa'cumplir lo mandao.
Ya estaba por demás viejo y aburrido del mundo, de suerte que irse dél, poco le importaba.
En su rancho, antes de largar los diablos, puso la tabaquera en el yunque, como era su costumbre, y por última vez le dio una güena sobada, hasta que la camisetaa quedó empapada de sudor.
- ¿Si yo los largo van a andar embromando por aquí? - les preguntó a los mandingas.
- No, no - gritaban éstos de adentro - Larganos y te juramos no golver por tu casa.
Entonces Miseria abrió la tabaquera y los licenció pa'que se jueran.
Salió la hormiguita y creció hasta ser el Malo. Comenzaron a brotar del cuerpo de Lucifer todos los demonios y redepente, en un tropel, tomó esta diablada por esas calles de Dios, levantando una polvareda como nube'e tormenta.
Y aura viene el fin.
Ya Miseria estaba en las últimas humeadas del pucho, porque a todo cristiano le llega el momento de entregar la osamenta y él bastante la había usado.
Y Miseria, pensando hacerlo mejor, se jue a echar sobre sus jergas a esperar la muerte. Allá, en su piecita de pobre, se halló tan aburrido y desganao, que ni se levantaba siquiera pa'comer ni tomar agua. Despacito, no más, se jue consumiendo, hasta que quedó duro y como secao por los años.
Y aura es que, habiendo dejao el cuerpo pa'los bichos, Miseria pensó lo que le quedaba por hacer y, sin dilación, porque no era sonso, el hombre enderezó pa'l Cielo y, después de un viaje largo, golpió en la puerta d'éste.
Cuantito se abrió la puerta, San Pedro y Miseria se reconocieron, pero al viejo pícaro no le convenían esos recuerdos y, haciéndose el chancho rengo, pidió permiso pa'pasar.
- ¡Humm! - dijo San Pedro. Cuando yo estuve en tu herrería con Nuestro Señor, pa'concederte tres Gracias, te dije que pidieras el Paraíso y vos me contestastes: "Cayate, viejo idiota". Y no es que te la guarde, pero no puedo dejarte pasar aura, porque en habiéndote ofrecido tres veces el Cielo, vos te negaste a acetarlo.
Y como ahí no más el portero del Paraíso cerró la puerta, Miseria, pensando que de dos males hay que elegir el menos pior, rumbió pa'l Purgatorio a probar cómo andaría.
Pero amigo, allí le dijeron que sólo podían dentrar las almas destinadas al Cielo y que como él nunca podría llegar a esa gloria por haberla desnegao en la oportunidá, no podían guardarlo. Las penas eternas le tocaba cumplirlas en el Infierno.
Y Miseria enderezó al Infierno y golpió en la puerta como antes golpiaba en la tabaquera sobre el yunque, haciendo llorar a los diablos. Y le abrieron, ¡Pero qué rabia no le daría cuando se encontró cara a cara con el mesmo Lilí!
- ¡Maldita mi suerte - gritó - que andequiera he de tener conocidos!
Y Lilí, acordándose de las palizas, salió que quemaba, con la cola como bandera 'e comisaría y no paró hasta los pieses mesmos de Lucifer, al que contó quién estaba de visita.
Nunca los diablos se habían pegao tan tamaño susto y el mesmo Ray de loh'infiernos, recordando también el rigor del martillo, se puso a gritar como gallina clueca, ordenando que cerraran bien toditas las puertas, no juera a dentrar semejante cachafás.
Ahí quedó Miseria, sin dentrada a ningún lao, porque ni en el Cielo, ni en el Purgatorio, ni en el Infierno lo querían como socio; y dicen que es por eso que, desde entonces, Miseria y Pobreza son cosas de este mundo y nunca se irán a otra parte, porque en ninguna quieren admitir su existencia.
Catamarca
Titulo: Cerro Nativo
Autor: Quiroga Carlos B.
Prosa:
Cerro Nativo (fragm)
En el camino entre Mirafiores y Huillampa se encuentra una cruz en la que se ha colgado un tarrito de hojalata. Todo caminante deposita en él una limosna. En este lugar descansan los restos de un paisano muerto por las huestes de Mariano Acha, adicto a la causa del general Lavalle. Acha acusó al infortunado de ser espía de Facundo Quiroga, que luchaba contra la Capital y lo mandó quemar en una hoguera. El quemadito posee innumerables poderes mágicos: encuentra, por ejemplo, animales perdidos.
Año 1921.
Chaco
Titulo: Monólogo de la Gringa
Autor: Abel Pohulanik (1)
Prosa:
Monólogo de la Gringa (fragm)
Soy la "Gringa Loca" y mañana todo el pueblo hablará de mí.
Como cuando era "La Gringa" a secas y empezaron a llamarme así porque no me vieron llorar en el velorio del Basilio.
Era el único hijo varón que en mala hora tuve con el Gervasio; me lo mataron como a un pato de estero, con perdigones...
Y yo pregunto si no es como para volverse loca si una dejó que se le seque el alma durante veinte años cuidando un hijo para que al final... Me había salido demasiado rubio y hermoso como para que durase.
La hija no: negra y mala como su padre, sólo nos parecíamos en el odio.
Cuando mi hijo murió sangrando por diez mil agujeros yo ya estaba seca desde siempre. Se me había ido la vida de a poco gambeteándole a la muerte desde que él nació. El resto fue sólo para exprimirme lo que quedaba.
Ciudad de Buenos Aires
Titulo: Evaristo Carriego
Autor: Jorge L. Borges (1)
Prosa:
Evaristo Carriego
En las afueras están las involuntarias bellezas de Buenos Aires, que son también las únicas – la liviana calle navegadora Blanco Encalada, las desvalidas esquinas de Villa Crespo, de San Cristóbal Sur, de Barracas, la majestad miserable de las orillas de la estación de cargas La Paternal y de Puente Alsina – más expresivas, creo que las obras hechas con deliberación de belleza: la Costanera, el Balneario y el Rosedal.
Año 1930.
Corrientes
Titulo: Los Mamanga
Autor: Gerardo Pisarello
Prosa:
Los Mamanga
Estaban: el largo callejón que se abría entre talares espinosos y sombríos, con un aire de selva misteriosa; una vieja quinta de naranjos, donde los pájaros más queridos para nosotros como los zorzales de pecho colorado se refugiaban, escapando de la persecución del pueblo; una laguna que, si bien no era muy grande, tenía el privilegio de convocar entre sus juncales tupidos y sobre sus embalsados a las aves acuáticas de la zona y hasta algún yacaré que asomaba la cabeza en el agua, mientras alrededor desaparecían carpinchos y vizcachas, a la espera de la noche para aparecer en la costa.
Año 1946.
Cordoba
Titulo: Córdoba del Recuerdo
Autor: Arturo Capdevilla
Prosa:
Cordoba del recuerdo
Probablemente el acontecimiento más popular del año cordobés fue siembre el carnaval y no la Semana Santa, cosa en verdad muy lógica. Mi coprovinciano – el hombre del pueblo – ha sido, desde lo antiguo, bastante malicioso y sensual para no preferir, entre todas, la fiesta amorosa.
Nada hubiera podido con él la Iglesia, al prohibírsela; como tampoco nada pudo en punto a su ingénita despreocupación un si es no es librepensadora...La Iglesia obtuvo de él, cuando más, una resignación bonachona.
Año 1923.
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Algo del Folklore Argentino
Indumentaria del hombre y de la mujer
Introducción
Es importante conocer la indumentaria del gaucho porque representa una exteriorización de diversas épocas. En sus origenes era pastoril; el gaucho, parcial transformación del español que se adaptó a la pampa, modificó sustancialmente su traje por imposición del medio y de los trabajos a los que habría de dedicarse.
El sombrero El pañuelo La camisa El chaleco La chaqueta
Los calzoncillos cribados El calzón El chiripá Las bombachas
La faja.El tirador La rastra El poncho La bota de potro
Las espuelas Las Alpargatas
Indumentaria de la mujer
Considerar su evolución a través de las distintas épocas de la mujer en la pampa.
Continuaraaa......
Gracias!!