Hola amigos, hoy les traigo un relato realista magico, que elabore yo...
El extraño felino de Schrodinger
…Me voltee sobre mi hombro por última vez mientras seguía corriendo. Mi vista se posaba sobre el punto de fuga en el horizonte de la calle, allí donde se unía todo en un punto negro.
El reloj marco las 24:05, mi corazón se acostumbro al ritmo veloz de mis piernas. Empezó a latir más fuerte. La transpiración caía de mi larga cabellera castaña en forma de gotas. Mis dedos de los pies ya dolían y podía sentir la inactividad física de varios años de sedentarismo en mis piernas. Volví a voltear. Todavía me seguía. Ese engendro me perseguía por toda la calle Libertador…
A mitad de cuadra me encontré con un pequeño pasillo, a modo de callejón de salidas de emergencias. Me quise meter para ocultarme, pero fue cuando de golpe me acorde de todas esas películas donde el actor principal se esconde en esos lugares, y el acechador lo encuentra mas fácilmente. Así que decidí seguir corriendo. De repente los pasos se detuvieron en seco. Yo corrí unos metros mas por si las dudas, para luego descender a la caminata y mas tarde detenerme totalmente. Se me ocurrió darme vuelta, pero todavía temía por mi vida. Sentí una gota de sudor en cayendo lentamente por mi espalda, y las pequeñas brisas que por allí corrían la enfriaron, congelando todo mi cuerpo. Para rellenar, escuche un sonido que reconocí inmediatamente, se trataba de la expresión de un animal. Gire estrepitosamente como un pívot, sobre mi pie hábil, y con los ojos entrecerrados. Hay yacía el, sentado sobre sus patas traseras. Pasándose la lengua por su pecho. En lo único que pensé en ese momento fue en el maldito gato de Schrodinger. Lo había visto la semana pasada en un TOP Post en la página de la inteligencia colectiva. Me acorde de E=mc2. Me acorde de todos esos físicos y matemáticos reconocidos mundialmente por sus formulas in entendibles. Allí estaba el, pidiéndome disculpas con su tonta y cabizbaja mirada.
A Luca lo había conocido hace poco. Me lo presento Fiorella, una compañera de la facultad de ciencias avanzadas en tecnología medicinal. Tenía un solo defecto: era muy pegote. Me perseguía por todos lados. Ya me faltaban dos años para recibirme, junto con los inteligentes y amables compañeros. Sabia que seria muy feliz junto a el. Morocho por naturaleza, con el pelo un poco descuidado y ondas. Ojos celestes, como esas antiguas fichas de póker que dan en el casino. Unos 90 centímetros más de un metro, los pude deducir por su mirada hacia el marco superior de la puerta del departamento. Sus dientes blancos y brillantes como grandes perlas. Un semblante serio y generalmente se lo veía cabizbajo, lo cual, no se porque motivo, aparentaba inteligencia y pudor. Siempre se vestía como uno de esos ochentosos rockeros.
Pero esto que relato hasta ahora, no es lo más importante de la semana. Me he enfrentado a una serie de sucesos que me llamaron mucho la atención. Como soy una aficionada por los dibujos, empecé a retratar desde hace una semana, a un gato. Ya tengo 14 dibujos del, de perfil, de frente, de arriba, acostado, con fondo…
Este gato apareció un DIA sin previo aviso en la terraza del departamento. Negro, con el pelo brillante y delicado. Ojos verdes con el característico iris ovalado de los felinos.
Decidí ir a casa de Fiorella, a tomar una taza de café, expreso fuerte cortado doble, como me gusta a mí. Ella siempre se inclino por el descafeinado. Nunca le encontré el sentido a tomar café descafeinado. Ella dice que la cafeína le altera el sueño… Pasamos muchas tardes hablando, de diferentes cosas, como la facultad, los chicos de la facultad, los amigos de los chicos de la facultad… Pero esta tarde del 23 de diciembre fue una muy particular, porque cuando empezamos a charlar de un tema de los bisturís en la facultad, sucedió lo inexplicable… Escuchamos un maullido de gato, afuera de la casa. Vimos por la ventana y allí estaba. Un gato negro. Abrí la puerta y salí velozmente. En seguida pude corroborar sus botitas* blancas. Es imposible dije. Como pudo haberme seguido 36 cuadras en la ciudad de Buenos Aires, de las cuales 26 hice en el colectivo 144.
No le di mucha importancia, y lo lleve conmigo de regreso a casa.
Eran las 23 y no sabia que ponerme. Ese 25 de diciembre había quedado con Luca para ir al cine. No había grandes películas, axial que decidí ir desinteresadamente. Decidí ponerme aquel vestido rojo que había usado hace varios años para el casamiento de la tía Mary.
Se suponía que me pase a buscar a las 23:30, y ya eran 23:32. No había señales de el. La película comenzaba a las 24, pero el todavía no había llegado. Por suerte decidí ponerme esas cómodas y bellas alpargatas bordo, eran tan livianas y cómodas para caminar, sin hablar de que mis pies ya estaban un poco crecidos. 23:45 marcaba el reloj de la cocina. Las cosas por segundo que pasaban en mi mente eran innumerables. Decidí tranquilizarme. Tantos años de psicóloga no habían sido un desperdicio. Esas técnicas de concentración me habían ayudado tanto en la facultad.
23:50 dio el reloj de la cocina y me dije a mi misma: Ya me paso lo mismo varias veces con varios hombres. Al fin y al cabo son todos iguales. Pero esta vez, decidí no amargarme la noche, y salí caminando del departamento, con rumbo al cine. No me pensaba haber cambiado y maquillado tanto para quedar axial colgada. Hice dos cuadras cuando llegue a la desembocadura de Callao en Pueyrredón. Todavía me faltaban unas angustiosas, dolorosas y cansadas 14 cuadras. Las luces de bajo consumo en la calle, que cosa. Jamás les había prestado atención, aunque estaban desde hace una semana por ley. Parecía de DIA a las casi 12 de la noche. Lo único que no era beneficioso era que entre una luz y otra había unos 2 metros y 45 CMS. de tinieblas entre la luz en la vereda de un foco, a la del otro. Conté 103 de estas oscuridades cuando llegue a la primera franja de la senda peatonal de Belgrano y Pueyrredón. Las cosas que uno hace cuando tiene el cerebro entrenado. Yo se lo debía a la facultad. Lo peor de todo eso es que uno lo hace sin darse cuenta, y cuando lo comparte con otras personas queda como un loco, un bohemio que a las noches en vez de dormir, se quedan leyendo un tonto Antimanual de la Filosofía. De hecho, era cierto. No había nada de raro en mi vida, si me encontrabas leyendo algo de eso a altas horas de la madrugada. Claro, nada que un par de tazas de café cafeinado puedan resolver.
Mi cerebro se muto en esa noche. Nunca pensé que en una simple caminata podría reflexionar tanto. Ni el mismísimo Hendrix, que en paz decante por siempre, podía tocar tantas cuelas en un segundo de su viola, como yo pensamientos transcurrieran por mi cabeza de veinte y monedas de años. Le agradecí al Dios en el cual no creo, haber llevado las alpargatas. No podría haber seguido caminando con otro tipo de calzado. De repente fue cuando hoy un ruido extravagante unos, estimando que no veía, 20 a 25 metros atrás Mio. No quise voltear. Seguí con esa incerteza curiosa y al mismo tiempo miedo terrorífico durante 2 cuadras y media. En ese momento aproveche el retrovisor de un viejo Ford estacionado, y muy disimuladamente, intente matar a esa incerteza. Pero no pude. El, la o lo que me perseguía se debió haber ocultado atrás de los barrotes de una reja o en uno de los dinteles de las joyerías mas famosas y costosas de la gran ciudad.
Un ratito después, sentí que se acercaba. Sus pasos eran cada vez más fuertes. Su forma de caminar me pareció extraña, es como si tratara de acentuar 1 de cada 4 pasos, lo que me recordó a aquellos viejos carretees de cuando Espineta conformada Almendra. De repente, estos pasos misteriosos, dieron un zarpazo, como el de un yaguareté, corriendo por detrás de su presa. Ahí fue cuando comencé a correr. Deje caer el boleto de colectivo, el cual ya había perdido forma y color, de tan solo el contacto húmedo con la piel de mi mano. Supe que tendría que aumentar la intensidad de mi trote rápido, sino me alcanzaría. Los primeros segundos fueron fáciles, porque mi diminuto cuerpo debe haber bombeado toda la adrenalina acumulada de los años de inactividad. Fue entonces cuando me acorde del mezquino profesor Roberto Raleón, y de todas las malditas glándulas del cuerpo humano, las cuales bombean una especie de liquido que Bla, Bla, Bla…Se me hizo una nube en la cabeza, y eso se debía a que en sus horas, me las pasaba escuchando música y preparando trabajos para otras materias. Me voltee sobre mi hombro para tratar de divisar a mi acechador. Pero no pude. Luego de un par de segundos, trate devuelta, pero me costaba cada vez mas. La sangre de mi cuerpo se junto en mi cabeza, efecto similar a cuando estas sentado y te paras de golpe. Ahí empezó a suceder todo…