Cuando Megan se fue, yo decidí irme también. Buscaría otro lado para sargear. Iría al parque Kenendy, pero tomaría el camino más largo. Cuando salí de la universidad había una morena de muy buen cuerpo que dejaba lucir un gran escote. No me gustaba mucho, y no la abordé. Acaso debí hacerlo. Caminé por la larga vereda que acompaña a la PUCP y me dirigí al paradero que estaba por Plaza San Miguel cantando como suelo hacer. La morena tomaba la misma dirección que yo, y cuando pasamos al costado de los tipos que lavaban los autos, ellos empezaron a excitarse en voz alta. Acaso debí abordarla y demostrarles lo fácil que era hacerle la conversación a esta chica: no. Seguí cantando, y la chica volteaba a mirarme. ¡Carajo!¿Por qué la gente me mira cuando canto?
Llegué al paradero y tomé mi carro. Me moría de sueño adentro. Pero luego de media hora aproximadamente llegué. Estaba a dos cuadras del Parque Kennedy. Ahora iba a llamar al rockero, pero no tenía saldo. Tenía que hacer una recarga. Entro a la farmacia: dos chicas lindas; no las abordo y tampoco pude hacer mi recarga. Ahora tenía que seguir mi camino. Estoy caminando y veo una gringa (que aborde gringas es pura coincidencia con mis gustos), la abordo, la detengo, le digo algo y me dice el me-tengo-que-ir, entonces psicológicamente le doy el permiso para que se vaya. No estaba tan contento como lo había estado en la PUCP. Tal vez parte de ello se debía al sueño que cogí en el carro.
Iba a llamar al rockero por el teléfono público, pero no contestaba. Y entonces me sonreí a mí mismo y de lo fregadamente genial que es la vida. La aleatoriedad me daba oportunidad de sargear solo, absolutamente solo. “Que lindo el parque Kennedy”. “Puta madre, hay más policías”. “¿Y si me encuentro con un pata por pura casualidad?”. Seguía caminando y vi a una gringa sentada. Lo dudé un poco, pero decidí abordarla. Le dije nada más mi típico robótico y monótono Hola-te-acabo-de-ver-y-eres-linda. Ella me dijo algo pero no logré escuchar del todo porque tenía mis audífonos puestos. Ella dijo algo como “fuck off”, se levantó y se fue. Medio parque Kennedy había volteado a verme: ¡joder!. Me estaba importando el lo-que-dicen y el lo-que-piensan, así que me fui para la Calle de las Pizzas y abordé a otra gringa en un restaurante, pero se escudó en su libro. Ahora el tipo de al lado me estaba observando: ¡joder!
Ya me había cansado y me dolía un poco la pierna. Hacía mucho calor y todo el universo se configuró de tal manera que iba a descansar. Fue así, me senté en una banca con las piernas recostadas sobre esta y me puse a cantar hasta que me cansé. Luego simplemente cerré los ojos y la oscuridad por tener los ojos cerrados se tornaba rojo debido al sol. Pasó una gringa y jugué con ella con gestos y mirada: al pasar por mi lado se estaba riendo, pero no tenía ya ganas de abordar. Pasaron veinte minutos y era la hora de abordar. Volví al parque y vi a una rubia con un cachorrito blanco hermoso en brazos (¡no!¡no le estoy diciendo perra!, esta era peruana, pura casualidad. Pero volví a repetir mi monótona frasesita, y se fue. Luego simplemente tomé un respiro, sonreí y me dije a mí mismo: “diviértete”. Fue cuando veo una chica de cabello largo y rubio oscuro. Voy a abordarla, y justo me llama Alex.
Conversación corta y “te corto porque al frente hay una chica que voy a abordar; me llamas”. Voy corriendo detrás de la rubia, la voy rodeando, “hola”, me paro delante de e lla y detengo su caminar.
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