Uno echa un vistazo por Internet y encuentra más reacción contra el pacifismo
en blogs o artículos de autodefinidos como izquierdistas que en lugares calificados como
la derecha o la extrema derecha. Eso sí, muchos señalan al liberalismo como origen,
siendo el pacifismo una especie de esencia burguesa, aunque otros al
inexistente fascismo para justificarse... ¡para luchar contra el capitalismo!, jajaja....
Eso sí, en todas los medios los violentos son siempre los mismos.
en blogs o artículos de autodefinidos como izquierdistas que en lugares calificados como
la derecha o la extrema derecha. Eso sí, muchos señalan al liberalismo como origen,
siendo el pacifismo una especie de esencia burguesa, aunque otros al
inexistente fascismo para justificarse... ¡para luchar contra el capitalismo!, jajaja....
Eso sí, en todas los medios los violentos son siempre los mismos.
Existen aquellos que luchan y aquellos que se dejan pegar. Yo soy de los que luchan, y los que dirimen sus diferencias según las presente mi rival, ya sea en un terreno verbal o en uno extraverbal. Me da igual que sea más fuerte que yo, me importa bien poco recibir una paliza o no: lo inadmisible es tener una actitud cobarde, correr ante el peligro. No hay que dejar que te machaquen, dar siempre un paso adelante, mostrar predisposición a la lucha puede ser ya algo disuasorio. Si te muelen que el otro se vaya igual de desmenuzado, puede que con la victoria, pero no de rositas. Para muchos una actitud así supone un escándalo. Una actitud así, que es calificada de violenta, y lo es, no es mi intención engañar a nadie. Una actitud que por otro lado no quiere decir 'ir por la calle buscando bronca'. No, no es eso.
Pero la respuesta ante esta actitud de lucha no es menos violenta en el que dice ser pacifista: la violencia adquiere ciertos niveles de expresión, de los cuales muchos no tienen por qué ser de contacto físico. El pacifista, que no se quiere manchar las manos como buen aburguesado –aunque sea su mentalidad, me da igual lo lleno o no que tenga el bolsillo-, que a veces se muestra –o así cree- rebelde ante el sistema, de repente se convierte en un admirador de la ley y te echa encima todo el peso de la legalidad vigente. El pacifismo se impone. Lo impone el estado bajo su propio esquema, mediante la religión y una moralidad que rechaza la lucha y el dolor, es decir, la naturaleza en la parte que corresponde a esos elementos. Si la legalidad, la religión y cierta moral no son suficientemente pacificadores, existe la presión social o los perros de presa del sistema, que no dudarán en llegar allí donde la ley no puede actuar para no caer en contradicción: todo ataque violento venido de esa parte no es un ataque, sino una defensa de la democracia; y de repente, aunque suene contradictorio (el doblepensar es propio del progre), queda justificada si se aplica ante “esos animales”. Porque no se confundan, eso no es violencia, eso es aplicar el pacifismo.

El pacifismo no se impone por capricho, el estado y todas esas organizaciones que quieren castrar a Europa de su potencia lo hacen para aplicar su fuerza y su ley con sencillez. ¿No es para el estado más cómodo tener a miles de personas en una plaza sabiendo que éstas no van a defenderse por prejuicios de bondad estúpida y superioridad moral postcristiana que a miles de tíos dispuestos a luchar por su libertad, por lo que les pertenece, por lo que les ha sido arrebatado? Así pues, ahí lo tenéis, el pacifismo como concepto armado para dominarnos, para seguridad del poder constituido. Sé que muchas veces se va todo de las manos -o así parece, aunque no descartemos que sea todo una apariencia en ocasiones- , y surgen aguerridos chicos y chicas con ganas de bronca. Pero esto es luego utilizado por el aparato estatal para justificar su acción en favor de la paz en la calle, y muchas personas ven en ello una pérdida de legitimidad en la protesta, escandalizándose y echándose las manos a la cabeza. El pacifismo se impone.
Con la imposición del pacifismo el estado se asegura que no haya ninguna insurrección en el pueblo que dice representar. La violencia como medio está mal vista gracias a todo ese esfuerzo. Desde las instituciones religiosas y políticas, se clama por ese amor al pacifismo, es decir, a la rendición. El poner la otra mejilla se hace ley. Pero se impone para el pueblo, el estado tiene su aparato represor. Si te pones violento o un poco chulo te pacificarán. Porque eso es lo que hace todo estado democrático en el extranjero o en cualquier otro lugar: imponer la paz. El lenguaje, como en todo, juega un papel crucial.
En los colegios, donde se enseñan multitud de cosas inútiles, no hay lugar para la lucha, que debería ser un elemento indispensable en la formación de toda persona, como las matemáticas, el lenguaje, la naturaleza... Al sistema no le interesa educar a los jóvenes en la defensa y el ataque personal, ni les educan en amar aquello que les hace ser lo que son. Los hombres blancos, ante el racismo que padecemos de forma creciente, ya sea en su forma institucional o al margen de éstas, no tenemos más remedio que educar a nuestros jóvenes en el combate. Que los padres instruyan a sus hijos e hijas en artes marciales o en el boxeo, y que no teman si reciben algún puñetazo o se lastiman, eso les hará más fuertes, porque la piedad no nos va a salvar. Los deportes de contacto o las artes marciales, al contrario de lo que muchos piensan, no hace violenta a la persona; es decir, no es que no la haga potencialmente violenta, sino que dosifica a la persona: da control de sí al individuo, le da una seguridad personal; en definitiva, le hace más dueño de sí mismo, al tener un conocimiento de y una destreza con su cuerpo que no puede dar ninguna educación de tipo pupitre. Por supuesto, aquí la palabra educación debe adquirir su dimensión plena, pues no se trata de instruir para pegar gratuitamente, no se trata de crear soldados (antítesis del guerrero, que no lucha por dinero), sino instruir para la lucha con una filosofía. En esa educación es primordial formar en la idea de que la violencia es siempre el último recurso, porque repito, nada de violencia gratuita, aunque siempre dispuestos a ella si se hace necesaria. No somos matones, ni pandilleros, ni una mafia, y no queremos eso para las generaciones futuras: lo que si queremos es que tengan las armas adecuadas para protegerse y luchar, y que su primera arma sean ellos mismos. Y se debe instruir en no abusar del débil, pero si en hacerle más fuerte. Pero el débil no debe abusar con sus artimañas del fuerte, si el fuerte carece de las destrezas propias de la perspicacia, la oratoria o la astucia. Se debe cultivar la nobleza, y más entre iguales (que no idénticos). En este contexto la fuerza y la debilidad adquieren una dimensión puramente física, pues objetivamente la fuerza no es sólo física, ni es lo determinante.

Otros pensarán que este artículo está construido sobre la base de un error, como si se dijera que la sociedad es pacífica. Sin duda no lo es en varios aspectos, y muchos pensarán en videojuegos, películas, series de televisión y otros elementos relacionados con la violencia. Pero todo ello contribuye a focalizar la violencia propia de las personas en elementos que no sean el poder. Es una forma del establishment para focalizar toda esa rabia que el individuo posee en su interior. Para dicho fin también existe la pornografía, para focalizar muchas frustraciones. Y a la hora de la verdad, el pacifismo está impuesto, pues hoy el pacifismo, es decir, la rendición, supone un aire de modernidad, aunque de moderno tenga “la forma de dominar a las masas”. Además, la violencia existente, generada o magnificada ayuda a potenciar el pacifismo, pues es la forma de controlar mediante el terror, mediante el miedo.
El pacifismo es en muchos casos una respuesta ante su debilidad personal, y en otros es su escudo para poder dar rienda suelta a su volitiva inclinación a pacificar.
Hoy más que nunca, que nos teman. Quien nos ame es de los nuestros… o un enemigo formidable. Que cada uno de los nuestros sea una pavorosa individualidad, tanto física como mental: que su espíritu esté dedicado para la gloria.■
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