Registrate y eliminá la publicidad! La Argentina que no quiero No no sé si este país me llevará a la locura, si es cierto aquello que cuenta Woody Allen que le había dicho su terapeuta: "A lo mejor la vida no es para cualquiera"... No sé siquiera si algo pueden aportar estos renglones escritos a la luz de un sueño y mil desvelos. No hay datos de la política que me tornen una amenaza para el gobierno, ni me conviertan en una alternativa capaz de convocar grandes masas. Tampoco es lo mío. Debo admitir, sin embargo, que pese a los años de estudio, el don de la palabra y la capacidad de análisis se ausentan, a veces, en los momentos más inciertos y es entonces cuando advertimos que sólo tenemos los sentimientos sin saber cómo traducirlos. Con querer un país mejor nada hacemos, es cierto. Mas mi filosofía es y fue siempre el intento. En este trance de confesiones "sensibleras" puedo decir, sin que medien prejuicios, que no me gusta este gobierno. ¿Peco por ello? Desde hace cinco años vengo esgrimiendo las causas por las cuales los Kirchner no despiertan en mí más que un rechazo supino. No se trata del carisma que no tienen ni del atril del Salón Blanco o de los actos pre-fabricados donde se refugian de la gente, ni siquiera de una ideología distinta. No. No pienso como ellos, pero eso no es lo que necesariamente genera esta sensación de irritación. Rechazo las formas de maltratar a los habitantes del norte, del sur, de todas partes. Rechazo que quieran anular el futuro con un pasado distorsionado. Rechazo que se olviden de los niños, de los jubilados y jueguen con los derechos humanos, atribuyéndolos apenas a algunos. Me rodean personas con opiniones y perspectivas distintas en todo orden de la vida, de ellas aprendo, compartimos puntos de vista, discutimos en un mano a mano donde nadie gana ni pierde sino que ambos nos enriquecemos. Nos escuchamos, un síntoma de educación: otro término olvidado por los dirigentes de hoy. Con el gobierno pasa todo lo contrario. No acepta un simple artículo que disienta con sus objetivos. Quieren callarnos. Nos ubican en listas como si fuéramos amenazas, cuando sólo somos intérpretes o analistas de una realidad que desde este lado del escenario se ve distinta. No veo el crecimiento de este país cuando salgo, y en los portales hay gente indigente durmiendo y hablo de lo que sucede en pleno centro... No veo el renacer de la Argentina cuando de ser el granero del mundo pasó a estar desabastecida, y no ahora porque el campo reclama ser parte de esta geografía. No veo representantes del pueblo, el voto "no positivo" de Julio César Cobos fue un acierto no por contradecir a la sociedad conyugal sino por despertar al Congreso. Previo a ello, sólo se veía un rebaño moviéndose en un recinto según las directivas del Poder Ejecutivo. Menos todavía puedo comprender la Justicia en estos días. Una misma persona salió del penal de Marcos Paz y a la semana volvió a entrar, sin que las pruebas del delito -que supuestamente ha cometido- salgan a relucir para entender que esté preso. Tampoco entiendo el festejo porque dos octogenarios vayan presos a cárceles comunes, mientras violadores y asesinos sólo llevan "pulseritas" en el tobillo que, además, osan quitarse para salir a reiterar delitos. Si los ex uniformados deben quedar arrestados que lo estén, no cuestiono ello. Pero, ¿no es menos peligroso que sean aquellos con más de 80 años quienes tengan la tobillera, a que la posean delincuentes que reinciden constantemente? Un simple ejemplo: que mi sobrina de 16 años pase, de pronto, por el domicilio de un ex militar allí encerrado, me produce menos temor que leer a diario que camina y pasa al lado de violadores supuestamente monitoreados... Por más analista que se sea, la salida y entrada de un diputado electo que nunca asumió el cargo, aunque sí fue desaforado, al penal de Marcos Paz no admite racionalidad. Y no comulgo en su totalidad con las ideas de Luis Patti, pero me atengo a la lógica: si el Congreso aprobó su desafuero, ¿no significa que estuvo 5 meses preso con fueros, ilegalmente en consecuencia? Sin duda, la interpretación oficial no llegará, ya que no ha habido fiscal capaz de averiguar qué ha pasado o qué hay detrás de toda esta comedia vendida como realidad e "igualdad judicial". No hallo en los diccionarios actuales una definición de la Argentina que se aleje de mencionar su extensión, su densidad poblacional, las características de su clima y alguno que otro dato más que no define realmente de qué trata este lugar. Es un enigma que pone en duda, en el siglo XXI, hasta la prosapia de sus próceres y sus hacedores. Está de moda sacar a relucir sus miserias en detrimento de sus venturas. Así, los jóvenes no tienen referentes, endiosan héroes con pie de barro e imitan modelos furtivos cuyos valores sólo se sustentan en la habilidad para hacer dinero, encima a costa de ellos. Pero encontré sí una vieja descripción que dio el Diccionario de la Real Academia en 1919 y entonces me quedé sin letra para esta columna que se supone debe analizar la coyuntura... El progreso visible quedó únicamente en proclamas del INDEC que ofrece números y porcentajes que no se condicen con lo que hay en la calle. La riqueza del suelo produce incendios tan extraños que nadie se anima a decir qué pasó y las hipótesis se multiplican echando culpas a uno y otro lado. Porque la actividad de los ciudadanos hoy no da para destacarse en una definición. Los habitantes de esta región estamos sumidos en la búsqueda de un espacio donde sentirnos identificados. Estamos todos enfrentados, coaccionados, atrapados por cortes de ruta a saber: a) producidos por piqueteros; b) por asambleístas (un concepto que sólo obtiene definición en el diccionario político argentino, un compendio de eufemismos que en otras latitudes serían considerados antónimos o, respecto de su definición, contradicciones en término); c) producidos por el gobierno para evitar accidentes de tránsito, una forma muy peculiar de cuidar la salud y la vida de los ciudadanos... Podría metaforizarse la inmovilidad vial con la movilidad social que existe en la Argentina. Estamos varados en una nebulosa de incongruencias y dislates que nadie explica. De los hechos más polémicos surgen líderes que duran lo que arena entre los dedos. La sed de representación habla a las claras del gobierno que tenemos. Irrita. Ofusca. No habla, grita. Tienen culpables para todos los males que ellos mismos provocan con su soberbia y su zozobra. No gobiernan, dictaminan. El territorio republicano al que alude el viejo diccionario quedó reducido a un feudo manejado a destajo, según capricho de un mandatario que logra distraernos con cambios de figuritas tan intrascendentes como los actos que éstas van a llevar a cabo. Si ni siquiera, tras las elecciones, cambió el verdadero jefe de Estado. Un análisis más riguroso de esto que está pasando diría obviedades, cosas que se leen ya en todas partes: que ganó Julio De Vido y por eso se fue Alberto Fernández, que el secretario de Comercio sigue en su puesto, que Kirchner es el que manda, que hay crisis y pueden volver los paros, que el que piensa diferente no tiene espacio. Nada original. Quizás sí aporte algo, un llamado a la introspección porque los argentinos venimos escuchando que estamos en el peor momento, en la crisis más grande, etc., etc., no una sino mil veces y, sin embargo, en eso nos quedamos, como meros espectadores de una obra de ficción. Y así como se demonizó en un comienzo a las Fuerzas Armadas, luego al clero, posteriormente a los productores agropecuarios, a los empresarios, al periodismo y ahora al establishment internacional que nos baja las calificaciones de riesgo, es probable que, en breve, se demonice directamente al pueblo. A la gente no se la ha de apretar con Guillermo Moreno, sino que utilizarán herramientas más viejas pero eficaces si no se está alerta: se apelará al miedo, al desprestigio, a la falsa acusación y a la necesidad de hallar chivos expiatorios que expliquen luego cómo se deshizo una Nación. La Argentina ya no es un país para el análisis político aunque podamos intentarlo y devanarnos los sesos. La Argentina es un sentimiento que nos está haciendo cada vez más daño y eso no se debe tanto a los Kirchner sino a que, en general, cómodos o acostumbrados, no nos estamos haciendo cargo. GABRIELA POUSA, Máster en Economía y Ciencias Políticas. Autora de "La opinión pública: un nuevo factor de poder" (1991). Directora de "Política & Agro" Newsletter - Consultoría Fuente:http://www.rionegro.com.ar/diario/2008/09/03/20089o03s03.php?nc=1