Breve Historia de La Alquimia.
El Fuego
Existe un gran misterio y una fascinación especial sobre la relación del hombre con el fuego, único de los cuatro elementos griegos que ningún animal habita (ni incluso la salamandra). La ciencia física moderna se ocupa intensamente de la fina estructura invisible de la materia, la cual fue penetrada primero con el afilado instrumento que es el fuego. Aunque tal método analítico se inició hace varios miles de años en procesos prácticos (por ejemplo: la extracción de sal y de metales), es seguro que empezó debido al aire de magia que surge del fuego: el alquímico sentir de que las sustancias pueden ser cambiadas de maneras imprevisibles. Esta es la misteriosa cualidad que parece hacer del fuego una fuente de vida y algo viviente que nos conduce al inframundo oculto dentro del mundo material. Así lo expresan muchas recetas arcaicas.
La consistencia del cinabrio es tal que, a mayor temperatura, más exquisitas son sus sublimaciones. El cinabrio se convertirá en mercurio y, pasando a través de una serie de sublimaciones, se volverá a convertir en cinabrio, permitiendo así al hombre gozar de vida eterna.
Este es el experimento clásico con el que los alquimistas la Edad Medía imponían respeto a aquellos que les observaban, desde la china hasta España. Solían tomar el pigmento rojo, el cinabrio, que es un sulfuro de mercurio, y lo calentaban. El calor separa el azufre y deja una perla exquisita del misterioso, plateado y líquido metal, el mercurio, asombrando y pasmando al observador, cuando el mercurio se calienta al aire, se oxida y se convierte, no (como indicaba la receta) en cinabrio de nuevo, sino en un óxido de mercurio que también es rojo.
Empero, la receta no estaba del todo equivocada; el oxido se puede convertir de nuevo en mercurio, de rojo a plateado, el mercurio en óxido, de plateado a rojo, todo por la acción del calor. No se trata en sí de un experimento importante, aunque resulta que el azufre y el mercurio son los dos elementos que los alquimistas anteriores a 1500 d. de C. creían que componían el universo, Pero sí plantea algo importante, que consiste en que el fuego siempre
ha sido considerado no como elemento destructivo sino más bien como elemento transformador. Esta ha sido siempre la magia del fuego.
Segun palabras de Aldous Huxley: «Esto es lo que transforma. Estas son las leyendas que lo
demuestran. Sobre todo la leyenda del Ave Fénix que renace en el fuego y vive y revive una y
otra vez, de generación en generación».
El fuego es imagen de juventud y de sangre, colorsimbólico del rubí y del cinabrio, y del ocre y el hematites con que el hombre se maquillaba para las ceremonias. Cuando, según la mitología griega, Prometeo trajo el fuego al hombre, le dio vida y lo convirtió en un semidiós; por esto los dioses castigaron a Prometeo.
La Alquimia.
La alquimia es mucho más que un conjunto de trucos mecánicos o una creencia imprecisa en la magia. Es en el fondo una teoría de cómo se relaciona el mundo con la vida humana. En una época en que no existía una distinción clara entre sustancia y proceso, entre elemento y acción, los elementos alquímicos constituían también aspectos de la personalidad humana, así como los elementos griegos eran también los cuatro humores que se combinaban en el temperamento humano. Y de su trabajo se desprende una teoría importante que se origina en la concepción griega de tierra, fuego, aire y agua, pero que durante la Edad Media adoptó una forma nueva y de gran importancia.
Existía para los alquimistas una afinidad entre el microcosmo del cuerpo humano y el acrocosmo de la naturaleza. Un volcán en gran escala era como un divieso; una tempestad o una tormenta eran como las lágrimas y el llanto. Bajo estas analogías superficiales existía el concepto más profundo de que el universo y el cuerpo humano están conformados por los mismos materiales, principios o elementos Para los alquimistas existían dos principios. Uno era el mercurio, que representaba todo lo denso y permanente. El otro era el azufre, que representaba todo lo inflamable y pasajero.
Azufre.
Mercurio.
Todos los seres materiales, incluido el cuerpo humano, estaban hechos a partir de estos dos principios y podían reconstruirse a partir de ellos. Por ejemplo, los alquimistas creían que todos los metales crecían dentro de la tierra y provenían del mercurio y del azufre, lo mismo que los huesos crecen dentro del embrión a partir del huevo. Y en verdad creían en esta analogía.
Aún persiste tal simbología en la medicina actual. Seguimos utilizando en nuestros días para la hembra el símbolo alquímico del cobre, es decir, de lo que es frágil: Venus. Y para el varón el signo alquímico del hierro, es decir, de lo que es duro: Marte
En la actualidad, esta parece una teoría muy infantil, una mezcolanza de fábulas y comparaciones falsas. Mas nuestra química también parecerá infantil dentro de quinientos años. Toda teoría se basa en alguna analogía, y tarde o temprano la teoría se derrumba por que la analogía resulta ser falsa. En su momento, una teoría ayuda a resolver los problemas de su tiempo. Y los problemas médicos no empezarían a resolverse sino hasta 1500, debido a que se pensaba que todos los remedios debían derivarse ya fuera de las plantas o bien de los animales, una especie de vitalismo que no admitía que los compuestos del cuerpo eran como otros compuestos químicos, y que limitaba por tanto a la medicina al empleo de hierbas curativas.
Ahora bien, los alquimistas introdujeron libremente los minerales en la medicina: la sal, por ejemplo, dio origen a un cambio notable, y un nuevo teórico de la alquimia la convirtió en su tercer elemento. Desarrolló también una curación característica para una enfermedad que asolaba a Europa en 1500, desconocida hasta entonces, el nuevo azote de la sífilis.
Aun día desconocemos dónde se originó la sífilis. Pudo haber sido traída de vuelta por los marineros que acompañaron a Colón; o propagada desde el oriente a través de las conquistas mogólicas; simplemente no había sido identificada antes como enfermedad aislada. Resultó que su curación dependía del uso del metal alquímico más poderoso, el mercurio. El hombre que implementó esa curación dio un gran paso de la vieja alquimia a la nueva, en camino hacia la química moderna: iatroquímica, bioquímica, la química de la vida. Trabajaba en Europa en el siglo XVI. El lugar era Basilea, en Suiza. Corría el año de 1527.
Hay un instante en el ascenso del hombre en que éste abandona el país de las tinieblas del conocimiento secreto y anónimo para adentrarse en un nuevo sistema del descubrimiento abierto y personal. El hombre que he elegido como símbolo de éste fue bautizado como Aureolus Philippus Theophrastus Bombastus von Hohenheim. Felizmente, decidió adoptar el nombre bastante más compacto de Paracelso, para hacer público su desprecio de Celso y otros autores que habían fallecido hacía más de mil años, pero cuyos textos médicos eran vigentes todavía durante la Edad Media.
En el año 1500, los trabajos de los autores clásicos se seguían considerando como portadores de la inspirada sabiduría de una época áurea tanto de la medicina y de la ciencia como de las artes.
Paracelso nació cerca de Zurich en 1493 y murió en Salzburgo en 1541 a la temprana edad de cuarenta y ocho años, se convirtió en un perpetuo desafío de todo lo académico: por ejemplo,
fue el primero en identificar una enfermedad producida por el trabajo.
De la prolongada batalla librada por el impertérrito Paracelso a lo largo de su vida contra la más vieja tradición de su tiempo – la práctica de la medicina –, conocemos episodios tanto grotescos como encantadores.
Su cabeza era fuente inagotable de teorías, muchas de ellas contradictorias, la mayoría
absurdas. Era un personaje rabelesiano, picaresco, salvaje; se embriagaba con los estudiantes, corría tras las mujeres, viajaba por todo el Viejo Mundo y, hasta hace poco, figuraba en las historias de la ciencia como un charlatán. Mas no lo era. Era un hombre de genio inestable pero profundo.
El hecho es que Paracelso era un personaje. Descubrimos en él, quizás por primera vez, cómo un descubrimiento científico fluye de la personalidad y cobra vida conforme observamos que es creado por una persona.
Paracelso era un hombre práctico que entendía que el tratamiento de un paciente dependía del diagnóstico (él era un diagnosticador brillante) y que el tratamiento debería ser aplicado directamente por el médico. Rompió con la tradición de que el médico era un académico erudito que leía de un libro muy antiguo, mientras que el infeliz paciente estaba en manos de algún ayudante que se limitaba a hacer lo que el médico ordenaba.
«No debe haber ningún cirujano que no sea también médico», escribió Paracelso.
«Donde el médico no sea también cirujano, no será más que un ídolo que no es sino monigote».
Tales aforismos no hicieron gozar a Paracelso de la simpatía de sus rivales, pero con el los atrajo la atención de otras entes independientes de la era de la Reforma. Por esto fue llevado a Basilea, por el único año de triunfo de su desastrosa carrera internacional. En Basilea, en el año 1527, Johann Frobenius, famoso impresor protestante y humanista, padecía de una grave infección de una pierna – que estaba a punto de serle amputada –, y en su desesperación recurrió a sus amigos del nuevo movimiento, quienes le enviaron a Paracelso. Este expulsó a los académicos de la habitación, salvó la pierna y efectuó una curación que tuvo eco por toda Europa.
Erasmo le escribió lo siguiente: «Has salvado a Frobenius, que es la mitad de mi vida, del mundo de las sombras».
No es casual que las nuevas ideas iconoclastas en medicina y en el tratamiento químico aparezcan conjuntamente, en época y lugar, con la reforma iniciada por Lutero en 1517.
Un centro de aquel período histórico era Basilea. El humanismo había florecido allí aun antes de la Reforma. Existía una universidad con tradición democrática, de modo que, pese a que sus
médicos miraban con recelo a Paracelso, el consejo de la ciudad pudo insistir en que se le admitiese como catedrático. La familia Frobenius imprimía libros, entre ellos algunas obras de Erasmo, que difundían la nueva visión general de todas las ramas del conocimiento.
Se estaba generando un gran cambio en Europa, más grande quizá que el enorme revuelo religioso y político echado a andar por Martín Lutero. Se aproximaba 1543, año simbólico del destino. Durante ese año se publicaron tres libros que habrían de cambiar la mentalidad europea: las ilustraciones anatómicas de Andrés Vesalio; la primera traducción de la matemática y física griegas de Arquímedes; y el libro de Nicolás Copérnico, La revolución de los orbes celestes, que ubicaba al sol en el centro de los cielos, creando lo que hoy se conoce como la Revolución Científica.
Toda esa batalla entre el pasado y el futuro fue resumida proféticamente en 1527, en un acto realizado delante de la catedral, en Basilea. En público, Paracelso arrojó a la hoguera tradicional de los estudiantes un antiguo texto médico escrito por Avicena, un discípulo árabe de Aristóteles Hay algo simbólico en esa hoguera veraniega, e intentaré evocarlo en el presente.
El fuego es el elemento alquímico mediante el cual puede el hombre profundizar en la estructura de la materia. Luego entonces, ¿es el fuego una forma de materia?. Si usted cree eso tendrá que atribuir al fuego toda clase de propiedades insólitas, tales como que es más ligero que la nada. Dos siglos después de Paracelso, hacia 1730, los químicos aseveran esto por medio de la teoría del flogisto, como encarnación final del fuego material.
Mas No existe una sustancia tal como el flogisto, como tampoco existe el principio llamado vital, porque el fuego no es material, como tampoco lo es la vida. El fuego es un proceso de transformación y de cambio, mediante el cual los elementos se vuelven a unir en nuevas combinaciones. La naturaleza de los procesos químicos no fue comprendida sino cuando el fuego mismo fue comprendido como un proceso.
La acción de Paracelso clamaba: «La ciencia no puede mirar hacia el pasado. Jamás existió una época áurea».
Y habrían de transcurrir otros doscientos cincuenta años para descubrir un nuevo elemento, el oxígeno, que explicaba finalmente la naturaleza del fuego y liberaba a la química de las ataduras de la Edad Media. Lo más curioso del caso es que el hombre que realizó el descubrimiento, Joseph Priestley, no estaba estudiando la naturaleza.
Continuara...
El Fuego
Existe un gran misterio y una fascinación especial sobre la relación del hombre con el fuego, único de los cuatro elementos griegos que ningún animal habita (ni incluso la salamandra). La ciencia física moderna se ocupa intensamente de la fina estructura invisible de la materia, la cual fue penetrada primero con el afilado instrumento que es el fuego. Aunque tal método analítico se inició hace varios miles de años en procesos prácticos (por ejemplo: la extracción de sal y de metales), es seguro que empezó debido al aire de magia que surge del fuego: el alquímico sentir de que las sustancias pueden ser cambiadas de maneras imprevisibles. Esta es la misteriosa cualidad que parece hacer del fuego una fuente de vida y algo viviente que nos conduce al inframundo oculto dentro del mundo material. Así lo expresan muchas recetas arcaicas.
La consistencia del cinabrio es tal que, a mayor temperatura, más exquisitas son sus sublimaciones. El cinabrio se convertirá en mercurio y, pasando a través de una serie de sublimaciones, se volverá a convertir en cinabrio, permitiendo así al hombre gozar de vida eterna.
Este es el experimento clásico con el que los alquimistas la Edad Medía imponían respeto a aquellos que les observaban, desde la china hasta España. Solían tomar el pigmento rojo, el cinabrio, que es un sulfuro de mercurio, y lo calentaban. El calor separa el azufre y deja una perla exquisita del misterioso, plateado y líquido metal, el mercurio, asombrando y pasmando al observador, cuando el mercurio se calienta al aire, se oxida y se convierte, no (como indicaba la receta) en cinabrio de nuevo, sino en un óxido de mercurio que también es rojo.
Empero, la receta no estaba del todo equivocada; el oxido se puede convertir de nuevo en mercurio, de rojo a plateado, el mercurio en óxido, de plateado a rojo, todo por la acción del calor. No se trata en sí de un experimento importante, aunque resulta que el azufre y el mercurio son los dos elementos que los alquimistas anteriores a 1500 d. de C. creían que componían el universo, Pero sí plantea algo importante, que consiste en que el fuego siempre
ha sido considerado no como elemento destructivo sino más bien como elemento transformador. Esta ha sido siempre la magia del fuego.
Segun palabras de Aldous Huxley: «Esto es lo que transforma. Estas son las leyendas que lo
demuestran. Sobre todo la leyenda del Ave Fénix que renace en el fuego y vive y revive una y
otra vez, de generación en generación».
El fuego es imagen de juventud y de sangre, colorsimbólico del rubí y del cinabrio, y del ocre y el hematites con que el hombre se maquillaba para las ceremonias. Cuando, según la mitología griega, Prometeo trajo el fuego al hombre, le dio vida y lo convirtió en un semidiós; por esto los dioses castigaron a Prometeo.
La Alquimia.
La alquimia es mucho más que un conjunto de trucos mecánicos o una creencia imprecisa en la magia. Es en el fondo una teoría de cómo se relaciona el mundo con la vida humana. En una época en que no existía una distinción clara entre sustancia y proceso, entre elemento y acción, los elementos alquímicos constituían también aspectos de la personalidad humana, así como los elementos griegos eran también los cuatro humores que se combinaban en el temperamento humano. Y de su trabajo se desprende una teoría importante que se origina en la concepción griega de tierra, fuego, aire y agua, pero que durante la Edad Media adoptó una forma nueva y de gran importancia.
Existía para los alquimistas una afinidad entre el microcosmo del cuerpo humano y el acrocosmo de la naturaleza. Un volcán en gran escala era como un divieso; una tempestad o una tormenta eran como las lágrimas y el llanto. Bajo estas analogías superficiales existía el concepto más profundo de que el universo y el cuerpo humano están conformados por los mismos materiales, principios o elementos Para los alquimistas existían dos principios. Uno era el mercurio, que representaba todo lo denso y permanente. El otro era el azufre, que representaba todo lo inflamable y pasajero.
Azufre.
Mercurio.
Todos los seres materiales, incluido el cuerpo humano, estaban hechos a partir de estos dos principios y podían reconstruirse a partir de ellos. Por ejemplo, los alquimistas creían que todos los metales crecían dentro de la tierra y provenían del mercurio y del azufre, lo mismo que los huesos crecen dentro del embrión a partir del huevo. Y en verdad creían en esta analogía.
Aún persiste tal simbología en la medicina actual. Seguimos utilizando en nuestros días para la hembra el símbolo alquímico del cobre, es decir, de lo que es frágil: Venus. Y para el varón el signo alquímico del hierro, es decir, de lo que es duro: Marte
En la actualidad, esta parece una teoría muy infantil, una mezcolanza de fábulas y comparaciones falsas. Mas nuestra química también parecerá infantil dentro de quinientos años. Toda teoría se basa en alguna analogía, y tarde o temprano la teoría se derrumba por que la analogía resulta ser falsa. En su momento, una teoría ayuda a resolver los problemas de su tiempo. Y los problemas médicos no empezarían a resolverse sino hasta 1500, debido a que se pensaba que todos los remedios debían derivarse ya fuera de las plantas o bien de los animales, una especie de vitalismo que no admitía que los compuestos del cuerpo eran como otros compuestos químicos, y que limitaba por tanto a la medicina al empleo de hierbas curativas.
Ahora bien, los alquimistas introdujeron libremente los minerales en la medicina: la sal, por ejemplo, dio origen a un cambio notable, y un nuevo teórico de la alquimia la convirtió en su tercer elemento. Desarrolló también una curación característica para una enfermedad que asolaba a Europa en 1500, desconocida hasta entonces, el nuevo azote de la sífilis.
Aun día desconocemos dónde se originó la sífilis. Pudo haber sido traída de vuelta por los marineros que acompañaron a Colón; o propagada desde el oriente a través de las conquistas mogólicas; simplemente no había sido identificada antes como enfermedad aislada. Resultó que su curación dependía del uso del metal alquímico más poderoso, el mercurio. El hombre que implementó esa curación dio un gran paso de la vieja alquimia a la nueva, en camino hacia la química moderna: iatroquímica, bioquímica, la química de la vida. Trabajaba en Europa en el siglo XVI. El lugar era Basilea, en Suiza. Corría el año de 1527.
Hay un instante en el ascenso del hombre en que éste abandona el país de las tinieblas del conocimiento secreto y anónimo para adentrarse en un nuevo sistema del descubrimiento abierto y personal. El hombre que he elegido como símbolo de éste fue bautizado como Aureolus Philippus Theophrastus Bombastus von Hohenheim. Felizmente, decidió adoptar el nombre bastante más compacto de Paracelso, para hacer público su desprecio de Celso y otros autores que habían fallecido hacía más de mil años, pero cuyos textos médicos eran vigentes todavía durante la Edad Media.
En el año 1500, los trabajos de los autores clásicos se seguían considerando como portadores de la inspirada sabiduría de una época áurea tanto de la medicina y de la ciencia como de las artes.
Paracelso nació cerca de Zurich en 1493 y murió en Salzburgo en 1541 a la temprana edad de cuarenta y ocho años, se convirtió en un perpetuo desafío de todo lo académico: por ejemplo,
fue el primero en identificar una enfermedad producida por el trabajo.
De la prolongada batalla librada por el impertérrito Paracelso a lo largo de su vida contra la más vieja tradición de su tiempo – la práctica de la medicina –, conocemos episodios tanto grotescos como encantadores.
Su cabeza era fuente inagotable de teorías, muchas de ellas contradictorias, la mayoría
absurdas. Era un personaje rabelesiano, picaresco, salvaje; se embriagaba con los estudiantes, corría tras las mujeres, viajaba por todo el Viejo Mundo y, hasta hace poco, figuraba en las historias de la ciencia como un charlatán. Mas no lo era. Era un hombre de genio inestable pero profundo.
El hecho es que Paracelso era un personaje. Descubrimos en él, quizás por primera vez, cómo un descubrimiento científico fluye de la personalidad y cobra vida conforme observamos que es creado por una persona.
Paracelso era un hombre práctico que entendía que el tratamiento de un paciente dependía del diagnóstico (él era un diagnosticador brillante) y que el tratamiento debería ser aplicado directamente por el médico. Rompió con la tradición de que el médico era un académico erudito que leía de un libro muy antiguo, mientras que el infeliz paciente estaba en manos de algún ayudante que se limitaba a hacer lo que el médico ordenaba.
«No debe haber ningún cirujano que no sea también médico», escribió Paracelso.
«Donde el médico no sea también cirujano, no será más que un ídolo que no es sino monigote».
Tales aforismos no hicieron gozar a Paracelso de la simpatía de sus rivales, pero con el los atrajo la atención de otras entes independientes de la era de la Reforma. Por esto fue llevado a Basilea, por el único año de triunfo de su desastrosa carrera internacional. En Basilea, en el año 1527, Johann Frobenius, famoso impresor protestante y humanista, padecía de una grave infección de una pierna – que estaba a punto de serle amputada –, y en su desesperación recurrió a sus amigos del nuevo movimiento, quienes le enviaron a Paracelso. Este expulsó a los académicos de la habitación, salvó la pierna y efectuó una curación que tuvo eco por toda Europa.
Erasmo le escribió lo siguiente: «Has salvado a Frobenius, que es la mitad de mi vida, del mundo de las sombras».
No es casual que las nuevas ideas iconoclastas en medicina y en el tratamiento químico aparezcan conjuntamente, en época y lugar, con la reforma iniciada por Lutero en 1517.
Un centro de aquel período histórico era Basilea. El humanismo había florecido allí aun antes de la Reforma. Existía una universidad con tradición democrática, de modo que, pese a que sus
médicos miraban con recelo a Paracelso, el consejo de la ciudad pudo insistir en que se le admitiese como catedrático. La familia Frobenius imprimía libros, entre ellos algunas obras de Erasmo, que difundían la nueva visión general de todas las ramas del conocimiento.
Se estaba generando un gran cambio en Europa, más grande quizá que el enorme revuelo religioso y político echado a andar por Martín Lutero. Se aproximaba 1543, año simbólico del destino. Durante ese año se publicaron tres libros que habrían de cambiar la mentalidad europea: las ilustraciones anatómicas de Andrés Vesalio; la primera traducción de la matemática y física griegas de Arquímedes; y el libro de Nicolás Copérnico, La revolución de los orbes celestes, que ubicaba al sol en el centro de los cielos, creando lo que hoy se conoce como la Revolución Científica.
Toda esa batalla entre el pasado y el futuro fue resumida proféticamente en 1527, en un acto realizado delante de la catedral, en Basilea. En público, Paracelso arrojó a la hoguera tradicional de los estudiantes un antiguo texto médico escrito por Avicena, un discípulo árabe de Aristóteles Hay algo simbólico en esa hoguera veraniega, e intentaré evocarlo en el presente.
El fuego es el elemento alquímico mediante el cual puede el hombre profundizar en la estructura de la materia. Luego entonces, ¿es el fuego una forma de materia?. Si usted cree eso tendrá que atribuir al fuego toda clase de propiedades insólitas, tales como que es más ligero que la nada. Dos siglos después de Paracelso, hacia 1730, los químicos aseveran esto por medio de la teoría del flogisto, como encarnación final del fuego material.
Mas No existe una sustancia tal como el flogisto, como tampoco existe el principio llamado vital, porque el fuego no es material, como tampoco lo es la vida. El fuego es un proceso de transformación y de cambio, mediante el cual los elementos se vuelven a unir en nuevas combinaciones. La naturaleza de los procesos químicos no fue comprendida sino cuando el fuego mismo fue comprendido como un proceso.
La acción de Paracelso clamaba: «La ciencia no puede mirar hacia el pasado. Jamás existió una época áurea».
Y habrían de transcurrir otros doscientos cincuenta años para descubrir un nuevo elemento, el oxígeno, que explicaba finalmente la naturaleza del fuego y liberaba a la química de las ataduras de la Edad Media. Lo más curioso del caso es que el hombre que realizó el descubrimiento, Joseph Priestley, no estaba estudiando la naturaleza.
Continuara...