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Cordwainer Smith (2 cuentos más)


CUANDO LLOVIÓ GENTE



—¿Imagina usted una lluvia de gente en una niebla ácida? ¿Se figura miles y miles de cuerpos humanos, sin armas, acorralando a los monstruos invencibles? ¿Puede usted...?
—Mire... —empezó el reportero.
—¡No me interrumpa! Usted hace preguntas tontas. Le digo que yo vi al Goonhogo. Vi cómo tomaba Venus. ¡Pregúnteme sobre eso!
El reportero había llamado para escribir un artículo con los recuerdos de un anciano sobre tiempos pasados. No esperaba que Dobyns Bennett reaccionara así.
Dobyns Bennett aprovechó la ventaja psicológica que había obtenido al tomar la iniciativa.
—¿Imagina a los showhices con sus paracaídas, muchos de ellos muertos, cayendo de un cielo verde? ¿Se figura a las madres gritando mientras caían? ¿Imagina a la gente lloviendo sobre esos pobres monstruos indefensos?
Tímidamente, el reportero preguntó qué eran los showhices.
—Niños, en chino antiguo —explicó Dobyns Bennett—. Vi el estallido y la muerte de la última de las naciones, y usted quiere preguntarme sobre modas y otras sandeces. La historia real nunca llega a los libros. Resulta demasiado desconcertante. Supongo que usted quiere preguntarme qué pienso de los nuevos pantalones rayados para mujeres.
—No —dijo el reportero, ruborizándose. Tenía esa pregunta en su libreta, y le disgustaba sonrojarse.
—¿Sabe qué hizo el Goonhogo?
—¿Qué? —preguntó el reportero, esforzándose por recordar qué cuernos era un Goonhogo.
—Tomó Venus —respondió el viejo con más calma.
—¿De veras? —dijo cautamente el reportero.
—¡Ya lo creo que sí! —replicó agresivamente Dobyns Bennett.
—¿Usted estuvo allí? —preguntó el reportero.
—Ya lo creo que estuve presente cuando el Goonhogo tomó Venus —respondió el viejo—. Estuve allí, y fue lo más impresionante que he visto jamás. Usted sabe quién soy. He visto más mundos de los que puede usted contar, muchacho, pero esa lluvia de nondies, needies y showhices fue el espectáculo más estremecedor que ha presenciado un hombre. En el suelo estaban los londies, como habían estado siempre...
El reportero le interrumpió. Era como si Bennett hablara otro idioma. Todo esto había ocurrido trescientos años atrás. La misión del reportero era obtener una opinión y redactarla en un lenguaje comprensible para el presente.
—¿Puede comenzar por el principio de la historia? —pidió respetuosamente.
—Claro que sí. Todo empezó cuando me casé con Terza. Terza era la muchacha más bonita que usted haya visto. Era hija de los Vomact, una gran familia de observadores, y su padre era un hombre muy importante. Yo tenía treinta y dos años, y cuando un hombre llega a esa edad cree que es bastante viejo. Pero yo no era viejo, solamente lo creía, y él quería que yo me casara con Terza porque era una muchacha tan complicada que necesitaba la ayuda de un hombre. En la Tierra el tribunal la había considerado inestable, y la Instrumentalidad había ordenado que permaneciera al cuidado de su padre hasta que se casara con un hombre capaz de brindarle custodia y autoridad. Supongo que todo eso le parecerá anticuado, joven...
El reportero le volvió a interrumpir.
—Lo lamento, anciano —dijo—. Sé que usted tiene más de cuatrocientos años y que es la única persona que recuerda la época en que el Goonhogo tomó Venus. El Goonhogo era un gobierno, ¿verdad?
—Eso lo saben todos —ladró el hombre—. El Goonhogo era una especie de gobierno chino separado. Diecisiete mil millones de chinos estaban apiñados en una pequeña región de la Tierra. La mayoría hablaban inglés como usted y yo, pero también hablaban su propio idioma, con esas extrañas palabras que nos han quedado. Aún no se habían mezclado con otros pueblos. Fue entonces cuando el Waywonjong en persona promulgó la orden y empezó a llover gente. Caían del cielo. Nunca se había visto nada semejante...
El reportero tuvo que interrumpirle una y otra vez para entender mejor la historia. El viejo insistía en usar términos arcaicos que ya nadie podía entender sin una explicación. Pero tenía una memoria excelente y una gran lucidez para las descripciones.
El joven Dobyns Bennett no había permanecido mucho tiempo en la «Zona Experimental A» cuando cayó en la cuenta de que Terza Vomact era la mujer más bella que había visto. A los catorce años era totalmente madura. Algunos miembros de la familia Vomact se desarrollaban así. Quizá se debía al hecho de tener antepasados no registrados e ilegales, siglos atrás en el pasado. Incluso se rumoreaba que tenían misteriosas conexiones con el mundo perdido de la época de las naciones, cuando la gente aún podía contabilizar los años.
Se enamoró de ella y se sintió como un tonto.
Era tan bella que costaba recordar que era la hija del observador Vomact. El observador era un hombre poderoso.
A veces las historias románticas se desarrollan deprisa, y así ocurrió con Dobyns Bennett, pues el observador Vomact llamó al joven y le dijo:
—Me gustaría que te casaras con mi hija Terza, pero no sé si ella te aceptará. Si logras conquistarla, muchacho, cuentas con mis bendiciones.
Dobyns desconfió. Preguntó extrañado por qué un decano de los observadores estaba dispuesto a aceptar a un técnico joven. El observador sonrió.
—Soy mucho mayor que tú —dijo—, aunque con la aparición de esta nueva droga, la santaclara, que quizá permita vivir cientos de años, dirán que desaparecí en la flor de la edad si llego a los ciento veinte. Tú podrás vivir cuatrocientos o quinientos años. Pero sé que está llegando mi hora. Mi esposa murió hace mucho y no tenemos más hijos. Sé que Terza necesita un padre; el psicólogo diagnosticó que era inestable. ¿Por qué no la llevas fuera de la Zona? En cualquier momento puedes conseguir un pase para el domo. Puedes salir a jugar con los londies.
Dobyns Bennett se sintió casi tan insultado como si alguien le hubiera dado un cubilete para ir a jugar en el arenal. Pero comprendía que los elementos del juego congeniaban con los del cortejo, y que el viejo tenía buenas intenciones.
El día en que todo ocurrió, Terza y él estaban fuera del domo. Habían estado empujando londies.
Los londies no resultaban peligrosos a menos que uno los matara. La gente podía tumbarlos, empujarlos o amarrarlos; al cabo de un rato se zafaban y continuaban sus actividades. Había que ser un ecólogo muy especial para averiguar cuáles eran esas actividades. Tenían noventa centímetros de diámetro y flotaban a dos metros por encima de la superficie de Venus, comiendo sustancias microscópicas. Durante mucho tiempo la gente creyó que se alimentaban de radiación. Se multiplicaban a velocidades asombrosas. Empujarlos era una diversión tonta, pero no había otra cosa que hacer.
Nunca reaccionaban de forma inteligente.
Una vez, hacía mucho tiempo, habían llevado un londie al laboratorio con propósitos experimentales. La criatura había redactado un claro mensaje con la máquina de escribir: «¿Por qué no volvéis a la Tierra y nos dejáis en paz? Nosotros estamos bien».
Era el único mensaje que les habían sonsacado en trescientos años. La conclusión del laboratorio fue que tenían una inteligencia muy elevada cuando se decidían a usarla, pero que su mecanismo volitivo era tan profundamente distinto de la psicología humana que resultaba imposible obligar a un londie a reaccionar ante el estrés como la gente de la Tierra.
El nombre londie era una vieja palabra china. Significaba «antiguo». Como los chinos habían sido los primeros colonos de Venus bajo las órdenes del Waywonjong, su Comandante Supremo, el término se popularizó.
Dobyns y Terza empujaron londies, subieron a las lomas y miraron hacia los valles donde era imposible distinguir un río de un pantano. Se mojaron bastante, se les atascaron los conversores de aire, la transpiración les provocó cosquilleo y picazón en las mejillas. Como no podían comer ni beber estando en el exterior —al menos no era seguro hacerlo—, no se podía decir que la excursión fuera un picnic. En cierto modo resultaba refrescante jugar como un niño con una bonita muchacha—niña. Pero Dobyns se hartó.
Terza intuyó esa reacción. Rápida como un animal perceptivo, se enfadó.
—¡No tenías por qué salir conmigo! —le espetó con petulancia.
—Quería hacerlo —respondió Dobyns—, pero ahora estoy cansado y preferiría volver.
—Si decides tratarme como a una niña, de acuerdo, juega conmigo. Si prefieres considerarme una mujer, compórtate como un caballero. Pero no vaciles constantemente. En cuanto me siento feliz actúas con la condescendencia de un hombre maduro. No me agrada.
—Tu padre... —empezó él, comprendiendo de inmediato que cometía un error.
—Mi padre esto, mi padre aquello. Si quieres casarte conmigo, hazlo por ti mismo.
Ella le dirigió una aguda mirada, le sacó la lengua, echó a correr sobre una duna y desapareció.
Dobyns Bennett quedó desconcertado. No sabía qué hacer. Ella no corría peligro. Los londies nunca atacaban a nadie. Decidió darle una lección y regresar a la Zona. Que se las ingeniara ella sola para volver. El equipo de rastreo la encontraría sin dificultad si se perdía de veras.
Dobyns emprendió el regreso.
Cuando vio las puertas cerradas y las luces de emergencia encendidas, comprendió que había cometido el mayor error de su vida. Abatido, corrió los últimos metros y golpeó el portón de cerámica con las manos desnudas hasta que lo abrieron apenas para dejarlo entrar.
—¿Qué ocurre? —preguntó al guardia.
El guardia masculló algo que Dobyns no entendió.
—¡Habla en voz alta! —gritó Dobyns—. ¿Qué sucede?
—El Goonhogo regresará y ocupará el planeta.
—Imposible —dijo Dobyns—. No podrían... —Se interrumpió. ¿O sí podrían?
—El Goonhogo ocupará el planeta —insistió el guardia—. Se lo han cedido. Las autoridades terráqueas han votado por ello. El Waywonjong decidió enviar a sus tropas. Y las enviará.
—¿Para qué quieren Venus los chinos? No puedes matar a un londie sin contaminar mil acres de tierra. No puedes empujarlos sin que regresen. No puedes ahuyentarlos a manotazos. Nadie puede vivir aquí hasta que resolvamos el problema de los londies. Y todavía nos falta mucho para resolverlo —dijo Dobyns con furioso desconcierto.
El guardia meneó la cabeza.
—Yo no sé nada, sólo lo que oí en la radio. Todos los demás también están inquietos.
Una hora después empezó la lluvia de gente. Dobyns subió a la sala de radar y miró el cielo. El operador tamborileaba en el escritorio con los dedos.
—No se ha visto nada igual en mil años —dijo—. ¿Sabes qué hay allá arriba? Naves de guerra, aquellas naves de guerra que quedaron de la última guerra sucia. Yo sabía que los chinos estaban dentro. Todos lo sabían. Era como un museo. Ahora no tienen armas. ¡Pero hay millones de personas colgando sobre Venus, y no sé qué piensan hacer!
Señaló una pantalla.
—Mira, ahí están agolpados. Una nave detrás de otra, formando un cúmulo. Nunca había visto una imagen así en un radar.
Dobyns miró la pantalla. Estaba, como decía el operador, llena de blips.
—¿Qué es esa mancha lechosa a la izquierda? —preguntó otro técnico—. Es como... una lluvia. Algo está cayendo de esos puntos. Es imposible. No se puede distinguir una lluvia mediante radar.
El operador de radar miró la pantalla.
—No me preguntes, yo tampoco sé lo que es. Tendréis que averiguarlo. Veamos qué ocurre.
El observador Vomact entró en la sala. Echó una rápida y experta mirada a las pantallas.
—Quizá sea lo más extraño que veamos en la vida, pero tengo la sensación de que están tirando personas. Miles, cientos de miles, quizá millones. Está lloviendo gente. Vosotros dos, venid conmigo. Iremos a ver. Tal vez alguien necesite ayuda.
A Dobyns le remordía la conciencia. Quería contar a Vomact que había dejado a Terza fuera, pero no se atrevía: no sólo porque estaba avergonzado de haberla dejado allá, sino porque no quería ser inoportuno. Ahora se decidió a hablar.
—Su hija aún está en el exterior.
Vomact se volvió hacia él con solemnidad. Los inmensos ojos brillaban fríos y amenazadores, pero la suave voz era serena.
—Búscala. —Y el observador añadió, en un tono que estremeció a Dobyns—: Todo irá bien si la traes de vuelta.
Dobyns asintió como si hubiera recibido una orden.
—Yo también saldré —dijo Vomact— para ver qué puedo hacer, pero tú te encargarás de buscar a mi hija.
Bajaron, se pusieron los conversores de larga duración, recogieron el equipo topográfico miniaturizado para orientarse en la niebla y salieron. Cuando pasaban por la puerta, el guardia les salió al paso.
—Un momento, excelencia. Tengo un mensaje telefónico. Por favor, llame a Control.
Si llamaban al observador Vomact, era por algo serio, y él lo sabía. Recogió el aparato y habló con voz áspera.
El operador de radar apareció en la pantalla telefónica de la pared del guardia.
—Están arriba, señor.
—¿Quiénes están arriba?
—Los chinos. Ahora están bajando. No sé cuántos son. Debe de haber dos mil naves de guerra por encima de nosotros, y millares más sobrevuelan el resto de Venus. Están bajando. Si quiere ver cómo aterrizan, señor, será mejor que salga pronto.
Vomact y Dobyns salieron.
Los chinos bajaban. Una lluvia de gente se cernía desde las lechosas nubes. Miles y miles de ellos, con paracaídas de plástico que parecían burbujas.
Dobyns y Vomact vieron bajar un hombre sin cabeza. Las cuerdas del paracaídas lo habían decapitado.
Una mujer cayó cerca de ellos. La caída le había arrancado el tubo respiratorio de la garganta toscamente vendada, y la mujer se ahogaba en su propia sangre. Se tambaleó hacia ellos, intentó hablar pero sólo soltó un espumarajo de sangre y gemidos sofocados, y al fin cayó de bruces en el lodo.
Cayeron dos niños. El viento había desviado al adulto que los acompañaba. Vomact corrió a recogerlos y se los dio a un chino que acababa de aterrizar. El hombre miró a los niños, fijó en Vomact una mirada desdeñosamente inquisitiva, dejó los niños en el frío cieno de Venus, les echó una ojeada impersonal y echó a correr hacia otro lado.
Vomact indicó a Bennett que recogiera a los niños.
—Vamos —dijo—, sigamos buscando. No podemos encargarnos de todos ellos.
El mundo sabía que los chinos tenían muchas costumbres imprevisibles, pero no sospechaba que podían llover nondies, needies y showhices de un cielo ponzoñoso. Sólo el Goonhogo podría haber usado vidas humanas con tal indiferencia. Los nondies eran los hombres, las needies eran las mujeres, los showhices eran los niños. Y el nombre Goonhogo constituía un resabio de los antiguos días de las naciones. Significaba República, Estado o Gobierno. En cualquier caso, era la organización que gobernaba a los chinos al estilo chino, bajo la Autoridad de la Tierra. Y el Comandante del Goonhogo era el Waywonjong.
El Waywonjong no fue al planeta Venus. Sólo envió a sus tropas. Las envió flotando hacia Venus, para dominar la ecología venusiana con la única arma que podía hacer factible la colonización de ese planeta: la gente misma. Los brazos humanos podían hacerse cargo de los londies las criaturas a quienes los primeros exploradores chinos de Venus habían llamado «antiguos».
Había que reunir a los londies con suavidad, para que no murieran, pues si morían contaminarían mil acres. Había que valerse de cuerpos y brazos humanos para arrearlos a un gigantesco cercado viviente.
El observador Vomact echó a correr.
Un chino herido llegó al suelo y su paracaídas se derrumbó detrás de él. Vestía pantalones cortos, llevaba un cuchillo en el cinturón y una cantimplora colgando de la cintura. Tenía un conversor de aire cerca de la oreja, con un tubo inserto en la garganta. Farfulló algo y se alejó cojeando.
La gente seguía descendiendo alrededor de Vomact y Dobyns Bennett.
Los paracaídas desechables estallaban como burbujas en el aire brumoso, un instante después de tocar el suelo. Alguien había sabido aprovechar las consecuencias químicas de la electricidad estática.
Y el aire estaba atestado de gente. Una vez, algo tumbó a Vomact. Descubrió sorprendido que eran dos niños chinos amarrados entre sí.
—¿Qué estáis haciendo? —preguntó Dobyns—. ¿Adónde vais? ¿Tenéis jefes?
Le respondían con gritos ininteligibles. Aquí y allá alguien gritaba en inglés: «¡Por aquí!», o «¡Dejadnos en paz!», o «Adelante...».
Pero eso era todo.
El experimento dio resultado.
En un solo día llovieron ochenta y dos millones de personas.
Al cabo de varias horas que le parecieron una eternidad, Dobyns encontró a Terza en un rincón de aquel frío infierno. Aunque Venus era cálido, el sufrimiento de esos chinos semidesnudos le había helado la sangre.
Terza corrió hacia él.
No podía hablar.
Le apoyó la cabeza en el hombro y lloró. Al fin, logró balbucir:
—¡He intentado ayudarlos, pero son demasiados, demasiados, demasiados!
Terminó la frase en un grito agudo.
Dobyns la condujo de vuelta a la Zona Experimental.
No tuvieron que hablar. El cuerpo de Terza le decía que necesitaba el amor y la presencia de Dobyns, y que había escogido un destino común para ambos en la vida.
Cuando dejaron la zona de descenso, que en apariencia abarcaba casi todo Venus, la situación empezó a aclararse. Los chinos se pusieron a arrear a los londies.
Terza lo besó en silencio cuando el guardia los dejó entrar. No era preciso que dijera nada. Luego fue a su cuarto.
Al día siguiente, la gente de la «Zona Experimental A» intentó averiguar si podía salir a echar una mano a los colonos. Pero cualquier ayuda resultaba imposible; eran demasiados. Millones de personas se desparramaban por las colinas y valles de Venus, abriéndose paso trabajosamente en el lodo y el agua, aplastando el cieno y las plantas del extraño planeta. No sabían qué comer. No sabían adonde ir. No tenían jefes.
Sólo tenían la orden de reunir a los londies en grandes rebaños y acorralarlos con los brazos.
Los londies no se resistieron.
Al cabo de varios días terráqueos, el Goonhogo envió vehículos exploradores. En esta oleada llegaban chinos muy diferentes: hombres uniformados, educados, crueles y orgullosos. Sabían lo que hacían. Y estaban dispuestos a sacrificar a su pueblo para hacerlo.
Traían instrucciones. Reunieron a sus tropas en grupos. No importaba de qué parte de la Tierra vinieran los nondies y las needies; no importaba si encontraban a sus propios showhices o los ajenos. Les indicaron qué hacer y los pusieron a trabajar. Los cuerpos humanos lograron lo que no habrían conseguido las máquinas: mantuvieron a los londies acorralados hasta que la última criatura murió de hambre.
Milagrosamente brotaron arrozales.
El observador Vomact no podía creerlo. Los bioquímicos del Goonhogo se las habían ingeniado para adaptar el arroz al suelo de Venus. Las semillas venían embaladas dentro de los vehículos exploradores. Personas sollozantes caminaban entre los cadáveres de sus seres queridos para sembrarlas.
Las bacterias venusianas no mataban a los seres humanos, ni los descomponían después de la muerte, pero resolvieron el problema.
Inmensos trineos llevaron a los hombres, mujeres y niños muertos —los que habían caído mal, los que se habían ahogado, los que habían sido pisoteados por la multitud— a un destino secreto. Dobyns sospechó que usarían ese material para abonar el suelo venusiano con desechos orgánicos terráqueos, pero no se lo contó a Terza.
El trabajo continuaba.
Los nondies y las needies trabajaban por turnos. Cuando caía la oscuridad, trabajaban a ciegas, manteniéndose en línea a tientas o a voces. Capataces recién adiestrados ladraban órdenes. Los obreros formaban hileras tocándose los dedos. El trabajo continuaba.
—Una gran historia —concluyó el viejo—. Ochenta y dos millones de personas en un solo día. Luego oí decir que el Waywonjong había declarado que no habría importado que murieran setenta millones. Doce millones de supervivientes habrían bastado para que el Goonhogo tuviera su cabeza de puente en el espacio. Los chinos se quedaron con Venus.
»Pero nunca olvidaré a los nondies, las needies y los showhices que caían del cielo; hombres, mujeres y niños con sus pobres caras de chinos asustados. El extraño aire venusiano les daba un color verde en vez de bronceado. Caían por todas partes.
»¿Sabe usted una cosa, jovencito? —dijo Dobyns Bennett, que se acercaba al quinto siglo de edad.
—¿Qué? —preguntó el reportero.
—En ningún mundo volverán a ocurrir cosas así. Porque ahora, a fin de cuentas, no existe ningún Goonhogo. Hay una sola Instrumentalidad, y no le importa cuáles fueron los afanes del hombre en el pasado. Los días que yo viví fueron los más duros, la época en que los hombres trataban de hacer las cosas.
Dobyns pareció adormilarse, pero se despabiló de pronto y dijo:
—El cielo estaba lleno de gente. Caía como agua. Caía como lluvia. He visto esas horrendas hormigas africanas, y no hay nada más aterrador entre las estrellas. Le aseguro que son peores que cualquier cosa que haya en el universo. He visto los mundos locos cerca de Alfa Centauro, pero jamás he presenciado algo parecido a la vez que llovió gente en Venus. Más de ochenta y dos mil millones en un día, y mi pequeña Terza perdida entre ellos.
»Pero el arroz creció. Y los londies murieron entre cercos de brazos humanos. Cercos de gente, con voluntarios que se apresuraban a reemplazar a los caídos.
»Todavía eran gente, aunque gritaran en la oscuridad. Trataban de ayudarse unos a otros mientras libraban una batalla que se tenía que ganar sin violencia. Aún eran gente. Y vencieron. Era uña locura imposible, pero vencieron. Simples seres humanos lograron algo que las máquinas y la ciencia habrían tardado un milenio en lograr...
»Lo más raro de todo fue la primera casa que vi construir a un nondie, bajo la lluvia de Venus. Estaba allí, con Vomact y la pálida y triste Terza. Era una vivienda improvisada, fabricada con retorcida madera venusiana. Allí estaba. Él la había construido, un nondie chino semidesnudo y sonriente. Fuimos a la puerta y le pregunté en inglés:
»”Qué construyes aquí, un refugio o un hospital?”
»El chino sonrió.
»”No. Casa de juegos”.
»”¿Juegos?" —exclamó el incrédulo Vomact.
»”Claro —explicó el nondie—. El juego es lo primero que necesita un hombre en un lugar extraño. Le quita las preocupaciones del alma”.
—¿Eso es todo? —dijo el reportero.
Dobyns Bennett masculló que el aspecto personal no importaba.
—Quizá vengan los hijos de los hijos de los hijos de los hijos de mis hijos. Cuente usted las generaciones. Sus caras le explicarán por qué me casé con una Vomact. Terza vio lo que sucedió. Vio cómo la gente construía mundos. Éste era el modo más difícil de llevarlo a cabo. Nunca olvidó la noche en que los bebés chinos muertos yacían en el lodo penumbroso, ni las cuerdas de los paracaídas disolviéndose lentamente. Oyó el llanto de las needies mientras los nondies impotentes las consolaban y las llevaban a ninguna parte. Recordaba a los pulcros y crueles oficiales saliendo de los vehículos exploradores. Vio cómo crecía el arroz, y cómo el Goonhogo transformaba Venus en un lugar chino.
—¿Qué le ocurrió a usted, personalmente? —preguntó el reportero.
—Nada importante. Nosotros no teníamos nada más que hacer, así que cerramos la «Zona Experimental A». Me casé con Terza.
»Tiempo después, cuando le dije que no era una muchacha tan mala, ella admitió que yo tenía razón. La noche en que llovió gente habría puesto a prueba el alma de cualquiera, y ella había pasado la prueba. Terza solía decirme: "Lo vi una vez. Vi llover gente, y no quiero ver sufrir a nadie nunca más. Quédate conmigo, Dobyns, quédate conmigo para siempre".
»No fue para siempre —añadió Dobyns Bennett—, pero disfrutamos de trescientos años dulces y felices. Ella murió después de nuestro cuarto aniversario de diamante. ¿No le parece maravilloso, joven?
El reportero asintió. Pero cuando llevó el artículo al Jefe de Redacción, le dijo que lo guardara en los archivos. No era una historia divertida. Ya nadie sabría apreciarla.


MARK ELF



Los años pasaron; la Tierra siguió viviendo, aun cuando una humanidad maltrecha y agobiada se arrastraba entre las gloriosas ruinas de un pasado inmenso.

1. El descenso de una Dama

Las estrellas giraban en silencio en un cielo estival, aunque hacía tiempo que los hombres habían olvidado llamar a esas noches «noches de junio».
Laird trató de contemplar las estrellas con los ojos cerrados. Era un juego estimulante y aterrador para un telépata: en cualquier momento podía sentir que se abrían los cielos y que él se despeñaba en una pesadilla de caída perpetua, palpando con la mente la imagen de las estrellas más cercanas. Cada vez que tenía esa vertiginosa, sorprendente, horrenda y sofocante impresión de caída sin fin, Laird cerraba la mente hasta que sus poderes cicatrizaban.
Buscaba con la mente objetos que flotaban alrededor de la Tierra, calcinadas estaciones del espacio, vestigios de las antiguas guerras atómicas girando eternamente en órbitas múltiples.
Encontró una.
Dio con una tan antigua que carecía de controles criotrónicos de supervivencia. El diseño era increíblemente arcaico. Al parecer toberas químicas la habían elevado en otra época por la atmósfera.
Abrió los ojos y enseguida perdió contacto.
Cerrando los párpados buscó de nuevo hasta que encontró el antiguo artefacto. Los músculos de la mandíbula se le tensaron. Captó vida en la estación, una vida tan antigua y arcaica como el artefacto mismo.
Laird se comunicó con su amigo Tong Ordenador.
Vertió sus conocimientos en la mente de Tong. Muy interesado, Tong le mostró una órbita que cortaría la trayectoria ligeramente parabólica del antiguo aparato y lo devolvería a la atmósfera de la Tierra.
Laird realizó un esfuerzo supremo.
Pidiendo ayuda a sus amigos invisibles, buscó de nuevo entre las ruinas que corrían y titilaban arriba del cielo. Encontró la antigua máquina y logró empujarla.
Así, dieciséis mil años después de abandonar el Reich de Hitler, Carlotta Vom Acht emprendió el regreso a la Tierra de los hombres.
En todos esos años, Carlotta no había cambiado.
La Tierra sí.
El antiguo cohete cambió de rumbo. Cuatro horas después, rozó la estratosfera. Los viejos dispositivos, protegidos de todos los cambios gracias al frío y al tiempo se descongelaron y activaron.
El curso se estabilizó.
Quince horas después, el cohete buscaba un destino.
Los instrumentos electrónicos, que habían permanecido inactivos durante miles de años en el tiempo inmutable del espacio, buscaron el territorio alemán, observando el terreno mediante mecanismos realimentadores que seleccionaban las ondas nazis de comunicación electrónica.
No registraron ninguna.
¿Cómo iba a saberlo la máquina? El aparato había dejado la localidad de Pardubice el 2 de abril de 1945, cuando el Ejército Rojo barría los últimos refugios alemanes. ¿Cómo iba a saber la máquina que no había Hitler, que no había Reich, que no había Europa, que no había Estados Unidos, que no había naciones? La máquina estaba preparada para captar códigos alemanes. Sólo códigos alemanes.
Esto no afectó los mecanismos realimentadores.
Siguieron buscando códigos alemanes. No hallaron ninguno. El ordenador electrónico del cohete cayó en una especie de neurosis. Parloteó como un mono enojado, descansó, parloteó de nuevo, y al fin orientó el cohete hacia algo que parecía vagamente eléctrico. El cohete bajó y la muchacha despertó.
La joven sabía que estaba en la caja donde la había puesto su padre. Sabía que ella no era una cerda miedosa como los nazis que su padre despreciaba. Era una buena muchacha prusiana de noble familia militar. El padre le había ordenado que se quedara en la caja. Ella siempre había obedecido a papá. Ésa era la primera regla para una muchacha como ella, una aristócrata alemana de dieciséis años.
El ruido aumentó.
El parloteo electrónico estalló en furiosos chasquidos.
La muchacha percibió un hedor espantoso y nauseabundo. Algo se estaba quemando. Quizá fuera ella misma, pero no sentía dolor.
—Vadi, Vadi, ¿qué me pasa? —le gritó a su padre.
(Su padre había muerto más de dieciséis mil años atrás. Obviamente, no respondió).
El cohete empezó a girar. El viejo arnés de cuero que sostenía a la muchacha se aflojó. Aunque aquella sección del cohete no era mayor que un ataúd, la muchacha sufrió crueles magulladuras.
Rompió a llorar.
Vomitó, aunque muy poco. Se deslizó en su propio vómito y se sintió sucia y avergonzada por algo que sólo era una reacción humana.
Los ruidos se fundieron en un clímax aullante y chillón. Lo último que captó la muchacha fue el momento en que se conectaron los desaceleradores de proa. El metal estaba tan fatigado que los tubos no sólo dispararon hacia delante, sino que estallaron en pedazos hacia los flancos.
Cuando el cohete se estrelló, la muchacha estaba inconsciente. Tal vez eso le salvó la vida, pues la menor tensión le habría desgarrado los músculos y quebrado los huesos.

2. La encontró un Idiota

Los adornos y penachos del vistoso uniforme refulgían bajo el claro de luna mientras la criatura se escabullía por el oscuro bosque. Hacía tiempo que el gobierno del mundo estaba en manos de los Idiotas, pues los hombres verdaderos no se interesaban en la política ni en la administración.
El peso de Carlotta, no su voluntad consciente, había abierto la cerradura de la puerta de emergencia.
Su cuerpo estaba a medias fuera del cohete.
Tenía una grave quemadura en el brazo izquierdo, en la piel que tocaba el casco recalentado de la nave.
El Idiota apartó los arbustos y se acercó.
—Soy el sumo administrador de la «Zona Setenta y Tres» —dijo, identificándose según las reglas.
La muchacha desvanecida no respondió. El Idiota se acercó al cohete, agazapándose para protegerse de los peligros de la noche, y escuchó el contador de radiación que llevaba inserto bajo la piel, detrás de la oreja izquierda. Levantó con destreza a la muchacha, se la echó al hombro, dio media vuelta y se internó a la carrera entre los arbustos. Giró en ángulo recto, anduvo unos metros, miró a su entorno vacilando y enseguida (aún vacilando, aún como un conejo) corrió hacia el arroyo.
Hurgó en el bolsillo y encontró un ungüento. Extendió una gruesa capa sobre la quemadura de la muchacha. El ungüento aliviaría el dolor, protegiendo la piel hasta que la quemadura se curara.
El Idiota salpicó la cara de la muchacha con agua fría. Carlotta despertó.
—Wo bin ich —preguntó en alemán.
En el otro lado del mundo, Laird, el telépata, había olvidado el cohete por el momento. Laird habría podido entender a Carlotta, pero él no estaba allí. Un bosque rodeaba a la muchacha, y el bosque bullía de vida, miedo, odio y despiadada destrucción.
El Idiota farfulló algo en su propio idioma.
Ella lo miró y pensó que era ruso.
—¿Eres ruso? —preguntó en alemán—. ¿Eres alemán? ¿Perteneces al Ejército del General Vlasov? ¿A qué distancia estamos de Praga? Debes tratarme con cortesía. Soy una muchacha importante...
El Idiota la miró fijamente.
Sonrió con inocente y consumada lascivia (Los hombres verdaderos no consideraban necesario inhibir los hábitos de procreación de los Idiotas entre las Bestias, los No Perdonados y los Menschenjägers. Para cualquier ser humano resultaba difícil permanecer con vida. Los hombres verdaderos querían que los Idiotas siguieran multiplicándose, para transmitir noticias, para conseguir algunas cosas imprescindibles, para distraer a los demás habitantes del mundo. Así, ellos, los hombres verdaderos, podían llevar la vida serena y contemplativa que exigían sus altivos aunque fatigados temperamentos).
El Idiota era un típico representante de su especie. Para él, el alimento significaba comer, el agua significaba beber, la mujer significaba lujuria.
No discriminaba.
A pesar de la fatiga, las magulladuras y la confusión, la muchacha reconoció la expresión del Idiota.
Dieciséis mil años atrás había temido que la violaran o la mataran los rusos. Este soldado era un hombrecillo singular, y llevaba casi tantas medallas como un General soviético. Bajo el claro de luna vio que el hombre estaba bien afeitado y tenía una cara agradable, pero parecía demasiado ingenuo y tonto para ser un oficial de tan alto rango. Quizá todos los rusos sean así, pensó.
El Idiota quiso abrazarla.
A pesar del agotamiento, Carlotta le propinó una solemne bofetada.
El Idiota se quedó confundido. Sabía que tenía derecho a capturar a cualquier mujer Idiota que encontrara. Pero también sabía que tocar a una mujer de los hombres verdaderos representaba algo peor que la muerte. ¿Qué era esa cosa, esa potestad, esa entidad que había descendido de las estrellas?
La compasión es tan antigua y emotiva como el deseo. Y cuando el deseo retrocedió fue reemplazado por la elemental compasión humana del Idiota, que buscó unas tabletas secas en el bolsillo del chaquetón.
Se las ofreció a la muchacha.
Carlotta comió mirándolo confiada como una niña.
De pronto se produjo un estruendo en el bosque.
Carlotta se preguntó qué ocurría.
Al principio el Idiota había puesto cara de preocupación. Más tarde había sonreído y hablado. Luego había demostrado lascivia. Al fin se había portado como un caballero. En ese momento estaba pálido y concentraba la mente, los huesos y la piel para escuchar. Atendía a algo que estaba más allá del estruendo, y que ella no conseguía oír. El Idiota se volvió hacia la muchacha.
—Tienes que correr. Tienes que correr. Levántate y corre. ¡Vamos, corre!
Carlotta no entendió los balbuceos del Idiota.
El Idiota se acuclilló de nuevo para escuchar.
La miró con la cara transida de horror. Carlotta trató de comprender, pero no pudo descifrar lo que le decía.
Otros hombrecillos extraños, vestidos como el Idiota, salieron ruidosamente del bosque. Corrían como alces o venados huyendo del fuego. Tenían la cara pálida por el esfuerzo. Miraban hacia delante sin ver, como ciegos. Esquivaban los árboles con desconcertante agilidad. Se lanzaron cuesta abajo, desparramando hojas a su paso. Corrieron atolondrados por el arroyo, chapoteando en el agua. Soltando un grito animal, el Idiota los siguió.
Carlotta vio cómo se internaba en el bosque, sacudiendo ridículamente el penacho mientras cabeceaba en el esfuerzo de la fuga.
Un silbido siniestro y pavoroso llegaba desde el lugar de donde habían salido los Idiotas. Era un silbido furtivo y grave, acompañado por el ronroneo de una máquina.
Parecía el ruido de todos los tanques del mundo comprimidos en el fantasma viviente de un único tanque, en el corazón de una máquina que sobrevivía a su propia destrucción y erraba como un espíritu por los escenarios de antiguas batallas.
El ruido se acercó aún más. Carlotta intentó levantarse, pero no pudo. Se dispuso a enfrentar el peligro (Todas las muchachas prusianas destinadas a ser madres de oficiales habían aprendido a hacer frente al peligro y a no darle la espalda). Carlotta oía ahora un agudo parloteo electrónico. Le recordaba el sonar que había oído una vez en el laboratorio de su padre en Nordnacht, en las oficinas del proyecto secreto del Reich.
La máquina salió del bosque.
Y, en efecto, parecía un fantasma.

3. La muerte de todos los hombres

Carlotta observó la máquina: tenía patas de saltamontes, el cuerpo de una tortuga de tres metros, y tres cabezas que se movían sin cesar bajo el claro de luna.
Un brazo oculto, más mortífero que una cobra, más veloz que un jaguar, más silencioso que un murciélago volando ante la faz de la luna, asomó de la parte superior del blindaje como para atacarla.
—¡No! —gritó Carlotta en alemán.
El brazo se detuvo bruscamente bajo el claro de luna, tan bruscamente que el metal vibró como la cuerda de un arco.
La máquina volvió todas sus cabezas hacia Carlotta. El artefacto parecía sorprendido. El silbido se redujo a un susurro. El parloteo electrónico aumentó hasta que por fin enmudeció. La máquina se arrodilló. Carlotta se le acercó reptando.
—¿Qué eres? —preguntó en alemán.
—Soy la muerte de todos los hombres que se oponen al Sexto Reich alemán —canturreó la máquina en un alemán aflautado—. Si la Reichsangehöriger desea identificarme, tengo el modelo y el número grabados en el blindaje.
La máquina se agachó más, y Carlotta pudo coger una cabeza con ambas manos y mirar el borde del casco superior a la luz de la luna. La cabeza y el pescuezo, aunque de metal, parecían más débiles y quebradizos de lo que la muchacha esperaba. Un aire de inmensa vejez rodeaba a la máquina.
—No veo —gimió Carlotta—. Necesito luz.
Una maquinaria inactiva durante largo tiempo crujió y rechinó. Otro brazo mecánico asomó, esparciendo escamas de polvo casi cristalizado. El extremo del brazo irradiaba una luz azul, penetrante y rara que alumbró el arroyo, el bosque, el pequeño valle, la máquina y a Carlotta misma. La luz no hería a los ojos sino que infundía una sensación de bienestar. Carlotta pudo leer. En el blindaje, encima de las tres cabezas, había una inscripción:

WAFFENAMT DES SECHSTEN DEUTSCHEN
REICHES BURG EISENHOWER, AD 2495

Y debajo, en caracteres latinos mucho más grandes:

MENSCHENJÄGER MARK ELF

—¿Qué significa «Cazador de Hombres Modelo Once»?
—Soy yo —silbó la máquina—. ¿Conque eres alemana y no me conoces?
—¡Claro que soy alemana, imbécil! —exclamó la muchacha—. ¿O acaso parezco rusa?
—¿Qué significa rusa? —preguntó la máquina.
Carlotta se quedó bajo la luz azul, presa del asombro, el estupor y el miedo a lo desconocido, que se había materializado de pronto.
Cuando su padre, Heinz Horst Ritter Vom Acht, profesor y doctor en física matemática que trabajaba en el «Proyecto Nordnacht», la había lanzado al espacio antes de recibir una espantosa muerte a manos de los soldados soviéticos, no le había hablado del Sexto Reich, ni de lo que podía encontrar, ni del futuro. Carlotta temió que el mundo hubiera muerto, que los extraños hombrecillos no estuvieran cerca de Praga. Quizás estuviera en el cielo o en el infierno, también muerta; o se encontrara en otro mundo, o en su propio mundo en el futuro; o tal vez hubiera sucedido algo inaccesible, algo que trascendía la comprensión humana.
Se desmayó otra vez.
El Menschenjäger no podía saber que Carlotta estaba inconsciente y canturreó en su alemán agudo:
—Ciudadana alemana, confía en mi protección. Me construyeron para identificar pensamientos alemanes y para matar a cualquier hombre que no tuviera auténticos pensamientos alemanes.
La máquina titubeó. Chasquidos eléctricos reverberaron entre los silenciosos robles mientras la máquina examinaba su propia mente. No era fácil escoger, entre palabras olvidadas durante tanto tiempo, las adecuadas para una situación tan vieja y tan nueva a la vez. La máquina seguía envuelta en su luz azul. Sólo se oía el suave canto del arroyo. Hasta los pájaros de los árboles y los insectos de las inmediaciones habían callado ante la presencia de la formidable máquina silbante.
Para los receptores de sonido del Menschenjäger, la huida de los Idiotas, que ahora estaban a tres kilómetros, era un débil tamborileo.
La máquina debía de elegir entre dos obligaciones: el ya acostumbrado deber de matar a todos los hombres que no fueran alemanes, y el viejo y olvidado deber de socorrer a todos los alemanes, fueran quienes fuesen. Tras otro borbotón de chasquidos electrónicos, la máquina habló de nuevo. Bajo el canturreo alemán había una curiosa advertencia que evocaba el silbido de la máquina al moverse, el ruido de un inmenso esfuerzo mecánico y electrónico.
—Tú eres alemana —dijo la máquina—. Hace mucho tiempo que no hay alemanes en ninguna parte. He dado la vuelta al mundo dos mil trescientas veintiocho veces. He causado la muerte confirmada a diecisiete mil cuatrocientos sesenta y nueve enemigos del Sexto Reich alemán, y la muerte probable a otros cuarenta y dos mil siete. He acudido once veces al centro automático de reparación. Los enemigos que se autodenominan hombres verdaderos siempre me evitan. Hace más de tres mil años que no mato a ninguno. Los hombres comunes que algunos llaman los No Perdonados son mis víctimas más frecuentes, pero a menudo cazo Idiotas, y también los mato. Lucho por Alemania, pero no encuentro a Alemania en ninguna parte. No hay alemanes en Alemania. No hay alemanes en ninguna parte. Sólo puedo aceptar órdenes de un alemán. Pero no hay alemanes en ninguna parte, no hay alemanes en ninguna parte, no hay alemanes en ninguna parte...
Algo se atascó en el cerebro electrónico, pues la máquina repitió «no hay alemanes en ninguna parte» trescientas o cuatrocientas veces.
Carlotta recobró el conocimiento mientras la máquina parloteaba como en sueños, repitiendo con triste y lunática intensidad «no hay alemanes en ninguna parte».
—Yo soy alemana —dijo Carlotta.
—...no hay alemanes en ninguna parte, no hay alemanes en ninguna parte, excepto tú, excepto tú, excepto tú.
La voz mecánica se acalló con un chirrido. Carlotta trató de levantarse. Al fin la máquina pronunció otras palabras.
—¿Qué... debo hacer... ahora?
—Ayúdame —ordenó Carlotta.
La orden activó un mecanismo de realimentación en el viejo aparato cibernético.
—No puedo ayudarte, miembro del Sexto Reich alemán. Para eso se necesita una máquina de rescate. Yo no soy una máquina de rescate. Soy un cazador de hombres, diseñado para matar a todos los enemigos del Sexto Reich alemán.
—Entonces, tráeme una máquina de rescate —exigió con entereza Carlotta.
La luz azul se apagó, dejando a Carlotta a ciegas en la oscuridad. Le temblaron las piernas. Oyó la voz del Menschenjäger:
—Yo no soy una máquina de rescate. No hay máquinas de rescate. No hay máquinas de rescate en ninguna parte. No he encontrado a Alemania en ninguna parte. No hay alemanes en ninguna parte, no hay alemanes en ninguna parte, excepto tú. Necesitas una máquina de rescate. Ahora me voy. Debo matar hombres. Hombres que son enemigos de Sexto Reich alemán. No puedo hacer otra cosa. Lucharé eternamente. Buscaré un hombre y lo mataré. Luego buscaré otro hombre y lo mataré. Me voy a trabajar para el Sexto Reich alemán.
Se produjeron más silbidos y chasquidos.
La máquina cruzó el arroyo con increíble delicadeza, ágil como un gato. Carlotta aguzó el oído. Ni siquiera las hojas secas del último año se movían mientras el sorprendente Menschenjäger se deslizaba entre las sombras de los lozanos y frondosos árboles.
De pronto reinó el silencio.
Carlotta oyó el penoso chasquido de los ordenadores del Menschenjäger. El bosque cobró un aire misterioso cuando la luz azul se encendió de nuevo.
La máquina regresó. Habló desde la otra orilla del arroyo en su alemán entrecortado, aflautado y cantarín:
—Ahora que he hallado a un alemán, me presentaré a ti cada cien años. Eso me parece correcto. Creo que está bien. No sé. Me construyeron para presentarme ante los oficiales. Tú no eres oficial, pero eres alemana. Por lo tanto, me presentaré a ti cada cien años. Entretanto, cuídate del «Efecto Kaskaskia».
Carlotta, otra vez sentada, masticaba las tabletas secas que le había dejado el Idiota. El sabor parecía una parodia del chocolate. Con la boca llena, la muchacha le gritó al Menschenjäger:
—Was ist das?
Al parecer la máquina la comprendió, pues respondió:
—El «Efecto Kaskaskia» es un arma norteamericana. Todos los norteamericanos han desaparecido. No hay norteamericanos en ninguna parte, no hay norteamericanos en ninguna parte, no hay norteamericanos en ninguna parte...
—Deja de repetir siempre lo mismo —dijo Carlotta—, ¿Qué es ese efecto del que hablas?
—El «Efecto Kaskaskia» detiene a los Menschenjägers, detiene a los hombres verdaderos, detiene a las Bestias. Se siente, pero no se puede ver ni medir. Se desplaza como una nube. Sólo los hombres sencillos, de pensamiento puro y vida feliz, pueden vivir con ese efecto. También los pájaros y las bestias comunes. Los Efectos Kaskaskia se desplazan como nubes. Hay más de veintiún y menos de treinta y cuatro Efectos Kaskaskia desplazándose lentamente sobre el planeta Tierra. Yo he llevado a otros Menschenjägers para que fueran reparados y reconstruidos, pero el centro de reparación no les encuentra ningún fallo. El «Efecto Kaskaskia» nos estropea. Por lo tanto huimos, aunque los oficiales nos ordenaron que no huyéramos de nada. Pero si no huyéramos, dejaríamos de funcionar. Tú eres alemana. Creo que el «Efecto Kaskaskia» te mataría. Ahora iré tras un hombre. Cuando lo encuentre lo mataré.
La luz azul se apagó.
La máquina se internó silbando y chasqueando en el oscuro silencio de la noche del bosque.

4. Conversación con el Oso de Mediana Estatura

Carlotta ya era adulta.
Había dejado la aullante turbulencia de la Alemania hitleriana cuando los puestos de avanzada de Bohemia comenzaban a caer bajo los enemigos. Había obedecido a su padre, el caballero Vom Acht, cuando la colocó junto a sus hermanas en proyectiles destinados a transportar personal y suministros a la Primera Base Lunar Nacionalsocialista Alemana.
El caballero Vom Acht y su hermano médico, el profesor y doctor Joachim Vom Acht, habían sujetado firmemente a las muchachas dentro de los proyectiles.
El tío médico les había administrado inyecciones.
Primero había partido Karla, luego Juli, y por fin Carlotta.
La fortaleza de Pardubice y el monótono rugido de los camiones de la Wehrmacht, atacados por la Fuerza Aérea Roja y por los bombarderos norteamericanos, murieron en una sola noche, y a la noche siguiente brotó un misterioso «bosque en medio de la nada del espacio».
Carlotta estaba aturdida.
Encontró un lugar agradable a orillas del arroyo, donde se habían amontonado hojas viejas. Sin pensar en nuevos peligros, Carlotta se durmió.
Había descansado sólo unos minutos cuando los arbustos se apartaron de nuevo.
Ahora era un oso. El oso se quedó al filo de la oscuridad y observó el valle recorrido por el arroyo bajo la luz de la luna. No oía ruidos de Idiotas ni silbidos de manshonyaggers, como él y los de su raza llamaban a las máquinas cazadoras. Cuando consideró que ya no corría ningún peligro, metió una garra en la bolsa de cuero que llevaba al cuello, colgada de una correa. Sacó un par de gafas y se las caló despacio sobre los viejos y cansados ojos.
Se sentó al lado de la muchacha y esperó a que despertara.
La muchacha despertó al amanecer, alertada por la luz del sol y el trino de los pájaros.
(¿Habría sentido ella el sondeo de la mente de Laird? Los potentes sentidos de Laird indicaban al telépata que una mujer había salido de forma mágica y misteriosa del anticuado cohete, y que una persona distinta de las demás especies de humanidad despertaba ahora a orillas de un arroyo en un lugar otrora llamado Maryland).
Carlotta despertó, pero estaba enferma.
Tenía fiebre.
Le dolía la espalda.
Tenía los párpados casi pegados con una especie de espuma. El mundo había tenido tiempo de desarrollar muchas sustancias alérgicas nuevas desde la última vez que Carlotta había pisado la superficie terrestre. Cuatro civilizaciones habían surgido y desaparecido. Esas civilizaciones y sus armamentos habían dejado residuos que ahora le inflamaban las membranas.
Carlotta sentía el estómago revuelto.
Le picaba la piel.
Tenía el brazo entumecido y cubierto por una sustancia negra y pegajosa. No sabía que era el ungüento que el Idiota le había puesto la noche anterior, y que le protegía una quemadura.
La ropa reseca se le deshacía en jirones.
Se encontraba tan mal que cuando vio al oso no tuvo fuerzas para correr.
Se limitó a cerrar los ojos de nuevo.
Acostada, con los ojos cerrados, se volvió a preguntar dónde estaba.
—Estás en el límite de la Zona de Despersonalización —contestó el oso en perfecto alemán—. Te ha rescatado un Idiota. No sé cómo has detenido a un Menschenjäger. Por primera vez en mi vida tengo acceso a una mente alemana y comprendo que manshonyagger es en realidad Menschenjäger, «cazador de hombres». Me presentaré. Soy el Oso de Mediana Estatura, y vivo en estos bosques.
No sólo hablaba alemán, sino que se expresaba con toda corrección. Sonaba como el alemán que Carlotta había oído toda la vida de labios de su padre. Era una voz viril, segura, seria, tranquilizadora. Sin abrir los ojos, Carlotta comprendió que quien hablaba era un oso. Recordó con un sobresalto que el oso llevaba gafas.
—¿Y tú qué quieres? —chilló, incorporándose.
—Nada —respondió suavemente el oso. Se miraron un rato.
—¿Quién eres? —preguntó al fin Carlotta—. ¿Dónde aprendiste alemán? ¿Qué me pasará?
—¿Fräulein desea que responda a sus preguntas en orden? —dijo el oso.
—No seas bobo —suspiró Carlotta—. No me interesa el orden. De todos modos, tengo hambre. ¿No tienes nada para comer?
—Supongo que no te gustará buscar larvas de insectos —respondió dulcemente el oso—. He aprendido alemán leyéndote la mente. Los osos como yo somos amigos de los hombres verdaderos, y buenos telépatas. Los Idiotas nos temen, y nosotros tememos a los manshonyaggers. Pero tú no debes preocuparte, pues pronto llegará tu esposo.
Carlotta se dirigía al arroyo para beber cuando oyó las últimas palabras del oso y se paró en seco.
—¿Mi esposo? —jadeó.
—Es tan probable que es seguro. Un hombre verdadero llamado Laird te hizo descender. Él ya sabe lo que piensas, y compruebo que se alegra de haber encontrado un ser humano extraño y salvaje, aunque no salvaje del todo ni extraño del todo. Ahora Laird está pensando que quizá viniste desde los siglos pasados para devolver la vitalidad a los hombres. Está pensando que tú y él tendréis bellos hijos. Ahora me indica que no te cuente lo que pienso que está pensando, pues teme que huyas.
El oso rió entre dientes.
Carlotta se quedó boquiabierta.
—Puedes montar en mi lomo —invitó el Oso de Mediana Estatura—, o esperar aquí hasta que llegue Laird. De un modo u otro, recibirás cuidados. Sanarás. Tus dolores pasarán. Serás feliz otra vez. Lo sé porque soy uno de los osos más sabios que se conocen.
Carlotta estaba enfadada, aturdida, asustada, y de nuevo se sentía enferma.
Algo le golpeó como un objeto sólido.
Sin necesidad de explicaciones, Carlotta supo que era la mente del oso.
La mente del oso la golpeó —¡bum!— y eso fue todo.
Carlotta nunca había imaginado que la mente de un oso pudiera resultar tan acogedora. Era como estar tendida en una cama muy grande, como cuando era una niña muy pequeña, satisfecha y mimada, convencida de que iba a sanar bajo los cuidados de mamá.
El enfado pasó. El miedo se esfumó. Carlotta se encontró mejor. Era una hermosa mañana.
Ella también se sintió hermosa cuando volvió la cabeza...
Del cielo azul bajaba rauda y grácilmente la figura de un joven bronceado. Un pensamiento feliz palpitaba en la mente de Carlotta: Ése es Laird, mi amado. Ya viene. Ya viene. Seré feliz para siempre.
Era Laird.
Carlotta fue feliz para siempre.


"Los señores de la instrumentalidad I" Cordwainer Smith
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