Post recomendado para mayores de cuarenta años...
En una de las últimas entregas de los premios Oscar, el anfitrión Billy Cristal gritó desde el escenario “¡Jack!”e inmediatamente todos miraron en dirección a ese ícono del cine norteamericano que es Jack Nicholson. Ahora bien...¿hacia dónde mirarían los argentinos al grito de Jack? Sin duda alguna, hacia un kiosco...
Todo parece nacer en 1956, cuando a Carlos Fort, hijo de Felipe Fort -fundador de La Delicia Felipe Fort S. A. (Fel-Fort)- se le ocurre sacar al mercado un chocolatín con un formato más que extraño: una especie de ¿cajoncito? ¿ataudcito? ¿bañaderita? de chocolate con una muñequito en su interior, todo envuelto con papel celofán y convenientemente pintado de blanco en su parte superior para no descubrir cuál era la sorpresa. Al principio los regalos eran autitos, animales y naves espaciales, pero los chicos no se entusiasmaron como seguramente Don Felipe imaginó que sucedería. Se probaron otros diseños, materiales y tamaños, como jugadores de fútbol y muñequitos de goma, pero nada parecía funcionar: Jack tenía que pegar entre los chicos y eso sólo se lograría si la sorpresa fuese algo que todos los pibes quisieran tener... ¿y cuál era el boom del momento?: los personajes de García Ferré, que llegaban desde la revista Anteojito o por televisión en El Club de Hijitus.
A Don Carlos no tuvo que caerle un yunque en la cabeza para darse cuenta hacia dónde había que apuntar... Y es en 1968 cuando nace la colección que todos recordamos y a la que asociamos cuando hablamos del Jack (al menos los que estamos en la vereda dorada de los cuarenta...). La publicidad nos decía “¡Leones! ¡Elefantes! ¡Jirafas!...y ahora también con todos los personajes de la famosa serie de Hijitus” pero créanme que a ningún chico le interesaban los leones ni los elefantes y menos aun las jirafas: todos empezaron a coleccionar a Trucu, Cachavacha, Neurus, Pucho y compañía, haciendo que el Jack se vendiera como pan caliente.
Durante todo 1969 se siguió con la apuesta de los animalitos y los personajes de García Ferré, y tal vez por eso es extraño que en el número uno de la revista Hijitus, en diciembre de ese año, la publicidad de Fel-Fort apuntara al Chiclefort, con la cara de Firulete en primer plano. Como sea, por nuestras manos de obsesivos pichones de Howard Hughes pasaron un cambalache de figuras, y así uno se encontraba con Ratonius Ratus, un torero, un estegosaurio, el Gran Hampa, el Zorro, Tarzán, la lámpara de Aladino, Don Pepito, Don José, Pepe Biondi, un vikingo, Largirucho vestido de detective, Largirucho con un embudo en la cabeza tocando la guitarra, Larguirucho vestido de vikingo (?), Don Quijote, el Gato con Botas, la gallina Turuleca, al Comisario en motoneta, Pinocho, un gallo, un soldado británico, Manuelo, un toro Miura, un Centauro, Charles Chaplin, el Cañitus de Hijitus y Napoleón Bonaparte, por nombrar algunos...
En 1973 Fel-Fort repite la fórmula con un nuevo producto: ¿Qué nos partía la cabeza en ese año a la mayoría de los chicos? Acertaron: Titanes en el Ring. Un gerente de ventas oficia de mediador entre la empresa y Martín Karadagian y así nacen veinte excelentes muñequitos de la trouppe del Titán Mayor. El éxito es tan grande que al poco tiempo se agregan otros 18, entre los que se contaba Joe Galera, S. T. P., Ulus el Mongol y el Hombre de la Barra de Hielo. Impresionante... Y no me olvido del abecedario animado (en el cual nunca apareció la W) ni de los personajes de la película Mil intentos y un invento, pero los Titanes arrasaron hasta con los recuerdos.
El tiempo pasa, nos vamos volviendo...
Jack absorbe cualquier boom gráfico, televisivo o cinematográfico y lo transforma en muñequito. Podemos discutir si tal o cual colección fue más o menos exitosa, pero lo que no se puede objetar es la calidad del producto, ya sea que hablemos del chocolate o del juguete. El único punto oscuro (ya que tocamos el tema) fue cuando en la década del noventa, Fel-Fort adquiere una máquina capaz de imprimir cualquier dibujo sobre plástico. En ese momento a alguien le pareció una buena idea y los clásicos muñequitos fueros sustituidos por planchitas de plástico con imágenes de autitos, animales y jugadores de fútbol. Demás está decir que este emprendimiento nació muerto: aunque empresarialmente se pudieron abaratar los costos, los chicos querían ver a sus personajes en 3D y no como una figurita, no al menos en un Jack. Para cualquier otra golosina del mercado, ese cambio hubiese sido el beso de la muerte. Pero un producto que combinó la figura de Martín Karadagian con Super Hijitus no podía desaparecer de esa manera y 1997 encontró al Jack con un nuevo isotipo y una nueva serie: los Tiny Toons de Steven Spielberg.
Jorge Fort (nieto de Felipe) ya tenía el cargo de “me meto en todo” y se dedicó de lleno a revivir al Jack... ¿a algunos chicos les gustaba más el chocolate blanco? Ahora tenemos el Jack Blanco... ¿Así que el huevito Kinder está rompiendo las pelotas por ahí? Ahora va a tener que pelear con el Huevo Jack... Aparecieron los personajes de Cartoon Network, los Animaniacs, la serie Monster Rancher con concursos incluidos y en este 2004... Los Simpsons. Si algo le faltaba al Jack para quedarse para siempre en las Grandes Ligas, era contar con los personajes de Matt Groening. Con detalles cuidados al máximo (y como siempre pintados a mano uno por uno), estos nuevos muñequitos deliran a nuestros chicos como antes los de García Ferré lo hacían con nosotros.
En definitiva: ¿cómo estamos?
Cincuenta y siete años... Ya no está Pepe Galleta, el único guapo en camiseta, Karadagián practica sus cortitos desde el canal Volver, Anteojito espera una mejor época para renacer de las cenizas de la era De la Rua y Firulete nos dejó preguntándonos “¿que pasoooo?”. Y entre todos esos recuerdos, Jack continúa nutriendo la imaginación de generaciones de chicos. Y grandes. Porque sean sinceros... ¿qué no darían por recuperar aquella lata oxidada de leche Nido en la que guardaban todos los muñequitos después de darse una panzada con el chocolate?
Larga vida al Jack. Por la industria Argentina. Por Pucho, el Señor Burns y el Caballero Rojo.
Por nuestra infancia.
Se agradece la visita y suplico no hacer bromas obvias con el imbécil de Ricardo Fort.