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Las reformas ortográficas de la RAE

Ciencia Educacion2/16/2012
La noticia saltaba a todos los noticieros y, como la pólvora, se propagó por todos los foros de internet: la RAE poco más que en contubernio (en atención a las opiniones vertidas) con el resto de las Academias de la lengua del resto de países hispanohablantes, se proponía llevar a cabo una reforma de la ortografía que según preconizaba reportaría cambios tan insustanciales y a su vez biliares como la desaparición de la che o la sustitución de la i griega por ye. La polémica estaba servida; la llamada reforma ye-ye de la RAE había iniciado su periplo.

Desde que en 1492 Antonio de Nebrija publicará su celebre Gramática Castellana hasta el surgimiento en 1714, bajo el reinado de Felipe V, de la Real Academia Española; la pretensión y vocación de todas las normas publicadas al respecto era la de fijar un bien tan común e inmaterial como era y es la lengua, de ahí que el lema que adoptara la misma fuese: Limpia, fija y da esplendor. Durante años, la Academia fue la única garante de la unidad normativa de la lengua. Con la independencia, a comienzos del siglo XIX, de los países americanos la situación comenzó a modificarse aunque, si bien en todos ellos nacieron sus correspondientes academias de la lengua, hasta prácticamente bien entrada la segunda mitad del siglo XX, la RAE se arrogaba, se podría afirmar que contra natura, el dictado de las reglas normativas. Corregida está situación anómala, las últimas revisiones, entre otras, de la ortografía de la lengua española se han realizado previo estudio y consenso del conjunto de las Academias. La dificultad estriba en aunar una norma válida para todos los hablantes de una lengua en la que sienten y se expresan casi quinientos millones de personas repartidas a lo largo de veintidós países dentro de un mundo global y empequeñecido gracias a las nuevas tecnologías y la revolución que representa internet.

Acusada en no pocas veces de ser una institución mastodóntica que no hace otra cosa sino correr detrás de una entidad tan vivaz, tan contemporánea e intemporal a la vez como lo es la lengua, la RAE se defiende escudándose bajo el paraguas de la ortodoxia: su labor no consiste en trasladar o incorporar los vocablos o cambios percibidos bien al diccionario bien a la norma, sino, por contra, y al margen de “las modas” entre los hablantes, seleccionar aquellos que puedan tener vocación de permanencia o subsistencia, así como proponer las normas que consideren precisas en atención a la evolución de la lengua dentro de su prerrogativa de fijación de la misma; porque no nos engañemos, la lengua es un ser vivo que precisa de revisiones y cuidados.

La última propuesta de modificación de la ortografía española, por un lado ha generado una inusitada polémica respecto a los cambios previstos pero por otro lado ha permitido poner en boca de todos una cuestión tan importante como olvidada y a veces maltratada como es la lengua y su corrección idiomática. Dentro de la primera circunstancia se han producido declaraciones y discusiones incluso entre miembros de diferentes Academias en las que destaca la suscitada entre los presidentes de la argentina y la española, el señor D. Víctor García de la Concha, al cual en referencia a éste último, el presidente de la argentina llego a referirse como el Sr. Molusco Bivalvo, con el jocoso afán de remarcar las connotaciones que implica la palabra concha en no pocos países americanos; o las no menos punzantes declaraciones del presidente de Venezuela, Hugo Chávez, respecto a la supresión de la che, en las que apelaba a que lo llamarán “Avez”, ya que la che había sido eliminada por las Academias. También han surgido en internet grupos contrarios a la reforma y una legión de declarados insumisos a la aplicación de las mismas. Anécdotas al margen, con la reforma se ha puesto de relieve la importancia que tiene la lengua en el acervo de la comunidad hispánica no solo en sus aspectos formales sino asimismo en su vertiente sentimental, cultural, identitaria y, por qué no, económica.

Respecto de los cambios introducidos en la misma, no estoy en condiciones de indicar si son o no apropiados si son o no procedentes; doctores tiene la iglesia y académicos la academia. Por contra me permito incidir en el hecho de que anteriores propuestas realizadas por la RAE, no tuvieron la aceptación ni asimilación de las mismas por parte de los hablantes; palabras como güisqui o bluyín, prácticamente nunca llegaron a ser incorporadas en la escritura del español. Asimismo recordaría a todos los que con actitudes gazmoñas se oponen a los cambios propuestos que con toda seguridad ninguno de ellos escribiría fui o fue con tilde, si bien antes de la reforma de la ortografía por parte de la RAE de 1959 así se hacía. En todo caso el tiempo dictaminará las reglas que prevalecerán y serán asumidas y aquellas que no respecto de la anterior y hasta hace nada vigente ortografía de 1974.
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