InicioApuntes Y MonografiasLa Mazorca. Rosas nombrado gobernador, renuncias
Fundación de la Sociedad Popular Restauradora

Por esos meses de mediados de 1834 se ha producido un acontecimiento al parecer poco importante, pero que tendrá después la más grande trascendencia en la historia de Rosas; ha sido creada la Sociedad Popular Restauradora, la famosa Mazorca, a la que los unitarios considerarán como una asociación de malhechores. Ni una palabra dicen los diarios, que en esa época raramente dan noticias. Sólo en el aniversario del movimiento de octubre, “La Gaceta” la mencionará como una “columna firme del orden y de la libertad”, fundada en “celebridad” de ese movimiento.

La Sociedad Popular Restauradora es, en sus comienzos, una reunión de más o menos cuarenta federales, todos fieles de Rosas y en su mayoría jóvenes. Pertenecen principalmente a la clase media. Más tarde ingresarán en ella ciudadanos de la más elevada posición, ex ministros, abogados, estancieros, que figurarán como elemento decorativo. La Sociedad no es sólo práctica, pues ayuda a sus miembros necesitados. Un médico, al ser repuesto en la policía agradece a la Sociedad Popular Restauradora por la generosidad con que lo atendiera mientras estuvo sin ejercer su empleo. Su fin principal es mantener la unión y el fervor entre los federales. Más tarde, cuando gobierne Rosas, ayudarán a las autoridades policiales contra la anarquía y el desorden.

¿Por qué la llaman la Mazorca? Este nombre, símbolo de apretada unión, lo hace circular Tiburcio Ochoteco, un joven que ha conocido en Cádiz, en 1822, una sociedad análoga y así llamada. Algunos miembros de la sociedad molestan a ciertos unitarios y cismáticos, en aquellas vísperas del nuevo advenimiento de Rosas, introduciéndoles en los pantalones, por la parte trasera, una mazorca de maíz; y mientras la víctima, en ridículo, corre a quitársela, los “mazorqueros” estallan en risotadas.

La Mazorca tiene algo en común con los actuales “guardias de asalto”, que, en diversos países de Europa –en la España republicana como en la Alemania de Hitler- han perseguido o persiguen a sus enemigos; y el marlo en el trasero es un precursor del manganello y el aceite de castor de los fascistas italianos. Por ahora, que sólo utiliza el marlo, y durante los cuatros años que siguen, la Mazorca se conduce o se conducirá moderadamente.


Rosas, ya en su estancia El Pino, es nombrado gobernador y renuncia



Rosas llega a San Martín, en su estancia El Pino, distante tres leguas de Buenos Aires, seis días después de la renuncia de Viamonte. Allí se reúne con su mujer y sus hijos, después de un año y tres meses de separación. Y se encuentra con Quiroga que, desde su arribo, seis meses atrás, está ansioso por entrevistarse con él, pues quiere pedirle ayuda militar para el gobierno de San Luis. Acaso, también, Quiroga ha deseado explicarse por cierta revolución realizada contra el gobierno de Córdoba de José Vicente Reynafé, por el jefe y algunas tropas del Ejército del Centro, que han estado bajo sus órdenes directas. Esa revuelta ha sido la causa de que la División del centro no continuara sus operaciones comenzadas con el mayor éxito, contra los indios ranqueles.
Juan Manuel ha experimentado una muy grande alegría por estar de nuevo junto a Encarnación. Escríbele a Pacheco: “Estoy en el retiro, al lado de mi compañera, pero sin poder aún disfrutar de la libertad y salud que tanto busco”. Sus cartas le han mostrado cómo ella, después de veintiún años de matrimonio, lo sigue amando. Ha de recordar algunas palabras: “Juan Manuel mío…” Y ha de recordar, sobre todo, cuanto ella ha hecho, con tanta inteligencia y habilidad, en favor de su renombre y de su política. Sólo Encarnación lo ha adivinado y sólo ella, la Heroína de la Federación, como la llaman, ha sabido poner en práctica los medios convenientes para triunfar. ¡Si habrán hablado de los sucesos transcurridos! Encarnación le habrá precisado la situación de cada cual, le habrá referido mil detalles del movimiento de octubre. Y le habrá hablado del general Quiroga que ha comprado una buena casa para traer a su familia y que está dedicado al juego y, según dicen, a las mujeres.

Y no menos contento habrá tenido Juan Manuel al ver a sus hijos, principalmente a Manuelita, que tiene ya diecisiete años. No ha crecido en belleza la niña, pero si en gracias. Sus modos son más suaves, más llenos de encanto que nunca. Sólo que está un poco triste, allá en la soledad de la estancia. Una amiga la ha acompañado un tiempo. Pero desde que su amiga se ha marchado, desde esa “cruel separación”, como se lo dice en una carta, no tiene “gusto para nada”.

Allí, en San Martín, Rosas tiene noticias de que se lo va a designar gobernador. Lo anuncian los diarios. Sus fieles –si alguno ha logrado verlo- tienen que habérselo referido. El, que asegura estar resuelto a retirarse de la política, nada hace, que sepamos, para evitarlo. Acaso cree que sería inútil oponerse. Sus partidarios no quieren ser gobernados sino por él, porque lo creen el único capaz de mandar esos momentos y el único que puede dominar a los unitarios. Y así ocurre: la Sala, invocando “su grandeza de alma tan probada”, lo elige gobernador el 29 de ese mes de junio.

Rosas está en San Pedro. Acaso ha ido allí por evitar encontrarse con sus amigos, por eludir compromisos. En la elección unánime –su hermano, su cuñado y su socio dieron, por delicadeza, sus votos a Anchorena- él ha sentido cómo es de sólido su poder. Nacido para mandar, convencido de que sólo él puede mandar en estos días de inquietudes, lo ha de haber asaltado la tentación del sí. Pero no. En las terribles circunstancias actuales, con la amenaza europea y la amenaza unitaria, después de la honda crisis pasada, él jamás aceptará el gobierno débil que le ofrecen. Acaso también teme desprestigiarse en el mando y perder el enorme poder moral que hoy tiene, y que es necesario para salvar al país cuando el momento llegue.

Y lo rechaza el 4 de julio, desde San Pedro, con los pretextos de la inmoralidad de los enemigos; de la espantosa brecha abierta en la causa nacional de la Federación; del estado de espíritu de los buenos argentinos, que ahora se dejan engañar; y de que necesita descanso.


Renuncias sucesivas

Consternación. En la Sala se pronuncian discursos patéticos. Se rechaza la renuncia y se nombra una comisión para que lo entreviste. “Todos los obstáculos –afirma La Gaceta- cederán ante el inmenso poder moral de ese ciudadano extraordinario”.
El Imparcial, conciliador y enemigo de las facultades extraordinarias, dice: “Si él nos llegara a faltar, ¿cuál sería la suerte de Buenos Aires? ¡La anarquía más espantosa o la más terrible esclavitud!” Y agrega en su ingenuo liberalismo: “Aprovechemos, pues, los precisos instantes de la vida de don Juan Manuel de Rosas para adquirir lo que no tenemos: que él nos dé la libertad, que él nos dé la garantía de nuestros derechos en una constitución republicana: que él nos enseñe a amar a nuestros hermanos, dando la señal del perpetuo olvido de lo pasado”.
La comisión lo encuentra en San José de Flores, en la quinta de sus compadre y socio Juan Nepomuceno Terrero, en donde, por no querer venir a la ciudad, pasarán una temporada. Todo inútil. Él insiste y entrega su segunda renuncia. La Sala no la admite, por unanimidad. Se redacta una comunicación a Rosas. Uno de sus fieles declara, acaso imprudentemente, que Rosas dijo a la comisión que si en otra época habían sido saludables y necesarias las facultades extraordinarias, hoy serían altamente funestas. Rosas reitera su excusación. No teme los sacrificios, sino el “inutilizarse para la defensa, orden y seguridad de su Patria”. Ofrece sus servicios para el caso en que los enemigos perturben el orden. La Sala le envía una nueva nota con su decisión irrevocable, en la que le advierte su responsabilidad si insiste “en contrariar el voto universal de sus conciudadanos”. Ya estamos a 24 de julio y no se ha avanzado un solo paso. La Sala se reúne nuevamente. Se lee unos apuntes unos apuntes de las declaraciones hechas por Rosas a la comisión. Ha dicho que la Sala no robusteció al Ejecutivo y que las facultades extraordinarias, consideradas como odiosas, han llegado a ser inútiles; que para soldar a los federales y vencer las empresas de los unitarios él no tiene esperanzas de éxito ni salud suficiente; que acaso no encontraría hombres que quisieran acompañarlo, y, de encontrarlos, no podría garantizarles que, al final de su administración, no serían perseguidos con el mismo furor que antes; que carecería de medios para reprimir la anarquía, pues los ordinarios son insuficientes y los extraordinarios están inutilizados; y que él no será un obstáculo a quien acepte el gobierno, para lo cual ofrece abandonar la provincia, aunque eso sí, sólo se irá en el caso de que se lo ordene la Sala. Este pormenor, y las razones que da para no aceptar el gobierno, hacen pensar que Rosas se está burlando de sus amigos, que se está vengando de anteriores actitudes erradas o indecisas y que se complace en asustarlos con la enumeración de los enormes peligros –que son reales, sin duda- y la imposibilidad de evitarlos.
En otra sesión se lee la cuarta renuncia del 28 de julio; no se le puede obligar a tomar sobre sí responsabilidad tan enorme, “sin embargo de estar persuadido de que se hallan inutilizado todos los medios necesarios para obrar con rapidez y energía que demandan la gravedad e inminencia de los males a que por momentos está expuesto el país”.
En unos días de julio, después de su tercera renuncia, Rosas le escribe a Corvalán una carta de gran valor psicológico y que creo inédita. Parece que los federales arden contra unos pocos íntimos de Rosas –los Anchorena, Maza, Arana, Terrero y algún otro-, que en la Sala han acabado de opinar, acaso de acuerdo con él, que no conviene su ascenso al poder en estos momentos. Rosas le dice a su edecán lo que debe aconsejar confidencialmente a los federales. Quiere que la barra no falte el respeto a la Sala ni a la libertad de opinión de los representantes ni al “crédito y honor del Partido Federal”; que, por lo mismo que lo aman, se conduzcan con decencia, “de lo que tantos ejemplos les doy constantemente”; que no anden oyendo cuentos que perjudiquen a aquellos amigos; que si ellos opinan, como él, que él no debe aceptar el gobierno, es porque ven en su renuncia el único medio de salvarse de la red tendida por los unitarios; que lean sus renuncias, que están “llenas de sentido”, con atención; y que deben abrir los ojos, pues “es tiempo de salir de las tinieblas y, conociendo el error, buscar el remedio que se presenta para salvar de esta funesta estratagema”.
Recuerda las maniobras de sus enemigos, como aquella lista encabezada con su nombre. Ahora debe divulgarse que no tiene sobrada razón para renunciar. Su partido debe creer que él “no hace cosa que no sea justa y conforme a los grandes intereses del Estado”, y que lo que él dispone debe respetarse y no ser contrariado por ninguna causa.




Del excelente historiador Manuel Gálvez



Este post es una transcripción del libro "Vida de don Juan Manuel de Rosas" de Manuel Gálvez. Editorial Claridad
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