Hola amigos taringueros
Para festejar mi "ascenso" a NFU, hoy les dejo estos dos escritos cuyo autor soy yo...

Primero les dejo el link de "El Hambre" de el escritor argentino Manuel Mujica Láinez:
ht tp://api.joli print.c om/api/rest/u rl/print?u rl=ht tp:// len li.word press.com/2010/04/07/el-hambre-de-m-mujica-lainez-2


Y ahora, la misma historia redactada por el ballestero Baitos:

Aquí, mi última obra:

SANGRE
Sangre. Líquido vital que recorre nuestras venas y arterias, en un flujo constante. Su motor: El corazón.
Muchas personas sienten repugnancia por ella, y me incluyo. Su color rojizo y ardiente, más su metálico sabor me provocan escalofríos. No entiendo por qué la desprecio de esta manera... quizá se trate de un defecto innato...
Recuerdo, en mis días de infancia, haber vomitado en repetidas ocasiones al verla. Hoy en día, no sólo siento náuseas, sino también cómo una gélida corriente recorre mi cuerpo, paralizándome. Odio observarla al derramase, al teñir de un intenso escarlata todo aquello con lo que entra en contacto, al dejar su huella indeleble, al salpicar, al esparcirse, al dispersarse...
Aún no logro comprender cómo los vampiros, criaturas horrendas, sobreviven alimentándose de sus escasos nutrientes; y la idea de haberse inspirado en ellos para crear al legendario Conde Drácula me parece ridícula e irracional.
Lo que pienso de la sangre no va a cambiar; de hecho siempre fue una de mis convicciones. Sin embargo, comenzé a considerar su importancia últimamente, y me percaté de que, me guste o no, el agente etiológico de mi fobia irremediable es tan horrible como necesario.
Fin

PD: Por si no se habían dado cuenta, "Sangre" fue escrito usando como inspiración a Dexter Morgan, mi eterno ídolo.
Hasta la próxima...
PhD. Dexter Morgan.
Para festejar mi "ascenso" a NFU, hoy les dejo estos dos escritos cuyo autor soy yo...

Primero les dejo el link de "El Hambre" de el escritor argentino Manuel Mujica Láinez:
ht tp://api.joli print.c om/api/rest/u rl/print?u rl=ht tp:// len li.word press.com/2010/04/07/el-hambre-de-m-mujica-lainez-2


Y ahora, la misma historia redactada por el ballestero Baitos:
Los salvajes aborígenes nos tienen prisioneros a cada uno de nosotros, los habitantes de la desdichada aldea de Santa María del Buen Ayre. No solo quieren asesinarnos, sino expulsarnos para siempre de sus amadas tierras. Nos asedian cada día con sus saetas en llamas, imposibilitando nuestra huida, y para empeorar las cosas somos ampliamente superados en número.
En su adornada choza, Pedro de Mendoza sufre de una terrible enfermedad: Sífilis. Alucina y se lo oye gritar constantemente, agobiándonos hora tras hora. Pero la mayor amenaza en este lugar es el hambre. No hemos comido en días, a causa de los indios, y Mendoza hace ahorcar a cualquiera que ose alimentarse de los equinos; después de todo, son nuestro único medio para escapar.
Yo, Baitos, oriundo del prestigioso Reino de Portugal, he servido con mi ballesta a los avaros españoles, creyendo que me haría rico y poderoso; pero nada de eso ocurrió. Ahora, esta intolerable fame me hace delirar y me genera el deseo caníbal de comerme a mis pares. Aquello, sumado al profundo odio que siento por Mendoza y todos sus hidalgos, me sumerge en un eterno sufrimiento. Cómo quisiera que Juan Osorio siguiera vivo, que no lo hubieran asesinado esos malditos jefes en Janeiro. En él si que podía confiar.
Hoy con mi hermano Francisco, buscamos en vano provisiones y comida. En un momento, me propuso entregarme el anillo que había obsequiado nuestra madre al zarpar, a cambio de cualquier objeto o ser comestible, a pesar de que ambos sabiámos que era un intercambio imposible.
De pronto, fruto del fuerte olor que despiden los condenados, se me ocurre una idea: Esta noche, es turno de mi hermano montar guardia y juntos prodríamos al fin saciar esta insoportable sed que nos tortura desde hace tiempo. Nadie nos vería...
Al anochecher, luego de tomar mi daga, me dirijo hacia las horcas. Allí, tres sucias figuras se tambalean como un metrónomo horrendo. Se me hace agua la boca de sólo mirarlas.
Repentinamente, emergen de las sombras cuatro hombre. Me fijo en sus rostros y los reconozco: son Francisco de Mendoza, Diego Barba, Carlos Dubrin, y Bernardo Centurión.
La ira me invade como nunca antes, pero la contengo y me limito a ocultarme tras unos viejos y podridos barriles, y escuchar la conversación de los hidalgos. Consumido por la melaconlía y la "Necesidad", comienzo a marearme, e instantáneamente caigo inconsciente sobre la fría tierra americana.
Me despierto tiempo después, con la vista nublada. Al parecer han pasado varias horas desde mi desmayo, y no detecto movimiento alguno en la increíble y silenciosa quietud que reina donde me hallo. Cuando recobro la visión normal descubro al taimado de Bernardo Centurión, de espaldas a mí, contemplando los cadáveres.
Mi estómago ruge como una fiera enjaulada y famélica. Cada segundo que pasa es una agonía. ¿Podré resistir la tentación, ese impulso animal de masticar un trozo de carne? Claro que no. Sin pensarlo dos veces, desenvaino mi facón y me abalanzo sobre mi presa, asestándole numerosas estocadas hasta su último suspiro. Desesperado, comienzo a saborear mi recompensa.
Aquel enorme gozo se ve interrumpido al desviar mi mirada hacia la muralla, y observar con horror cómo yace inerte el cuerpo del verdadero Bernardo Centurión, cuyo sangriento semblante está atravesado por una gran flecha. Más horroso aún es papar en mi boca la valiosa joya que mamá le había entregado a... sí... a Francisco...al abandonar Europa...
Es incuestionable: el cuerpo que sotengo entre mis brazos pertenece al mi hermano. El delirio y la irracionalidad se apoderan de mi mente. Desorientado, huyo del pueblo a trompicones, con dirección al campamento indígena. La sangre se acumula en mis sienes, mientras siento cómo un brazo invisible me quita el aire poco a poco...
Fin
En su adornada choza, Pedro de Mendoza sufre de una terrible enfermedad: Sífilis. Alucina y se lo oye gritar constantemente, agobiándonos hora tras hora. Pero la mayor amenaza en este lugar es el hambre. No hemos comido en días, a causa de los indios, y Mendoza hace ahorcar a cualquiera que ose alimentarse de los equinos; después de todo, son nuestro único medio para escapar.
Yo, Baitos, oriundo del prestigioso Reino de Portugal, he servido con mi ballesta a los avaros españoles, creyendo que me haría rico y poderoso; pero nada de eso ocurrió. Ahora, esta intolerable fame me hace delirar y me genera el deseo caníbal de comerme a mis pares. Aquello, sumado al profundo odio que siento por Mendoza y todos sus hidalgos, me sumerge en un eterno sufrimiento. Cómo quisiera que Juan Osorio siguiera vivo, que no lo hubieran asesinado esos malditos jefes en Janeiro. En él si que podía confiar.
Hoy con mi hermano Francisco, buscamos en vano provisiones y comida. En un momento, me propuso entregarme el anillo que había obsequiado nuestra madre al zarpar, a cambio de cualquier objeto o ser comestible, a pesar de que ambos sabiámos que era un intercambio imposible.
De pronto, fruto del fuerte olor que despiden los condenados, se me ocurre una idea: Esta noche, es turno de mi hermano montar guardia y juntos prodríamos al fin saciar esta insoportable sed que nos tortura desde hace tiempo. Nadie nos vería...
Al anochecher, luego de tomar mi daga, me dirijo hacia las horcas. Allí, tres sucias figuras se tambalean como un metrónomo horrendo. Se me hace agua la boca de sólo mirarlas.
Repentinamente, emergen de las sombras cuatro hombre. Me fijo en sus rostros y los reconozco: son Francisco de Mendoza, Diego Barba, Carlos Dubrin, y Bernardo Centurión.
La ira me invade como nunca antes, pero la contengo y me limito a ocultarme tras unos viejos y podridos barriles, y escuchar la conversación de los hidalgos. Consumido por la melaconlía y la "Necesidad", comienzo a marearme, e instantáneamente caigo inconsciente sobre la fría tierra americana.
Me despierto tiempo después, con la vista nublada. Al parecer han pasado varias horas desde mi desmayo, y no detecto movimiento alguno en la increíble y silenciosa quietud que reina donde me hallo. Cuando recobro la visión normal descubro al taimado de Bernardo Centurión, de espaldas a mí, contemplando los cadáveres.
Mi estómago ruge como una fiera enjaulada y famélica. Cada segundo que pasa es una agonía. ¿Podré resistir la tentación, ese impulso animal de masticar un trozo de carne? Claro que no. Sin pensarlo dos veces, desenvaino mi facón y me abalanzo sobre mi presa, asestándole numerosas estocadas hasta su último suspiro. Desesperado, comienzo a saborear mi recompensa.
Aquel enorme gozo se ve interrumpido al desviar mi mirada hacia la muralla, y observar con horror cómo yace inerte el cuerpo del verdadero Bernardo Centurión, cuyo sangriento semblante está atravesado por una gran flecha. Más horroso aún es papar en mi boca la valiosa joya que mamá le había entregado a... sí... a Francisco...al abandonar Europa...
Es incuestionable: el cuerpo que sotengo entre mis brazos pertenece al mi hermano. El delirio y la irracionalidad se apoderan de mi mente. Desorientado, huyo del pueblo a trompicones, con dirección al campamento indígena. La sangre se acumula en mis sienes, mientras siento cómo un brazo invisible me quita el aire poco a poco...
Fin

Aquí, mi última obra:

SANGRE
Sangre. Líquido vital que recorre nuestras venas y arterias, en un flujo constante. Su motor: El corazón.
Muchas personas sienten repugnancia por ella, y me incluyo. Su color rojizo y ardiente, más su metálico sabor me provocan escalofríos. No entiendo por qué la desprecio de esta manera... quizá se trate de un defecto innato...
Recuerdo, en mis días de infancia, haber vomitado en repetidas ocasiones al verla. Hoy en día, no sólo siento náuseas, sino también cómo una gélida corriente recorre mi cuerpo, paralizándome. Odio observarla al derramase, al teñir de un intenso escarlata todo aquello con lo que entra en contacto, al dejar su huella indeleble, al salpicar, al esparcirse, al dispersarse...
Aún no logro comprender cómo los vampiros, criaturas horrendas, sobreviven alimentándose de sus escasos nutrientes; y la idea de haberse inspirado en ellos para crear al legendario Conde Drácula me parece ridícula e irracional.
Lo que pienso de la sangre no va a cambiar; de hecho siempre fue una de mis convicciones. Sin embargo, comenzé a considerar su importancia últimamente, y me percaté de que, me guste o no, el agente etiológico de mi fobia irremediable es tan horrible como necesario.
Fin

PD: Por si no se habían dado cuenta, "Sangre" fue escrito usando como inspiración a Dexter Morgan, mi eterno ídolo.
Hasta la próxima...
PhD. Dexter Morgan.