Cuentan que una vez un joven enamorado, dormía muy feliz soñando que abrazaba a su amante, tal vez jurándose amarse para toda la vida.
De pronto se despertó sobresaltado, alguien había entrado a su habitación, inexplicablemente, porque las puertas y ventanas tenían puestas las trabas.
Al pie de su cama, una dama de piel tan blanca como la nieve, lo miraba en silencio, en la penumbra su figura se confundía con la de su amada.
Así fue que llamándola “amor mío” LE PREGUNTÓ CÓMO ERA QUE HABIA ENTRADO; pero con una sonrisa ella le respondió:- no soy tu amor, pero sí la muerte que te ama y te busca en nombre de Dios.
La desesperación hizo que el enamorado de un salto saliera de la cama. Y suplicara con voz temblorosa a la muerte: déjame vivir un día más.
Pero la muerte no da plazos que sólo Dios otorga. No puedo- le dice al joven – tu tiempo termina en una hora.
A solas en la habitación, el amante se apuraba, se vistió, se calzó y corriendo salió a la calle, debía ver a su amada, ella lo consolaría, a su lado, no se atrevería la muerte, seguro que se conmovería, o quizás desorientada no lo encontraría.
Los pasos rápidos lo llevaban por las veredas desparejas, en cada esquina temía ver a la dama blanca asomarse, ¿Por qué tenía que ser el elegido? ¿No había gente muy anciana y muy enferma que ya no esperaban nada de la vida?
La casa de su amor estaba en silencio, en medio de la noche, sólo él estaba despierto. Buscó con desesperación una piedrita con la que golpear la ventana del dormitorio. Una adolescente, rubia y de piel muy blanca se asomó extrañada:- ¿Por qué vienes ahora que no estoy sola?, no puedo abrirte la puerta, mis padres están aquí.
-Te suplico, amor mío, debes creerme, no volveremos a vernos si no me abres ahora.
La muchacha con ansiedad ató sábanas de seda para ayudarlo a subir por el balcón. Así, el joven trepaba, ocultado por la oscuridad, pero los nudos eran débiles y la fina seda se abría por el peso del cuerpo que pendía aferrado de ella.
Acercándose a los brazos de su amante, que trataban de sujetarlo, creyó que había vencido a su destino, pero las sábanas cedieron y rasgándose se precipitaron al suelo.
El enamorado yacía con sus ojos mirando al cielo, y lo último que vio fue la dama blanca como la nieve, que sonreía sin labios y que moviendo su lengua de gusano le decía:- vámonos, eres mío, tu hora ha terminado.
De pronto se despertó sobresaltado, alguien había entrado a su habitación, inexplicablemente, porque las puertas y ventanas tenían puestas las trabas.
Al pie de su cama, una dama de piel tan blanca como la nieve, lo miraba en silencio, en la penumbra su figura se confundía con la de su amada.
Así fue que llamándola “amor mío” LE PREGUNTÓ CÓMO ERA QUE HABIA ENTRADO; pero con una sonrisa ella le respondió:- no soy tu amor, pero sí la muerte que te ama y te busca en nombre de Dios.
La desesperación hizo que el enamorado de un salto saliera de la cama. Y suplicara con voz temblorosa a la muerte: déjame vivir un día más.
Pero la muerte no da plazos que sólo Dios otorga. No puedo- le dice al joven – tu tiempo termina en una hora.
A solas en la habitación, el amante se apuraba, se vistió, se calzó y corriendo salió a la calle, debía ver a su amada, ella lo consolaría, a su lado, no se atrevería la muerte, seguro que se conmovería, o quizás desorientada no lo encontraría.
Los pasos rápidos lo llevaban por las veredas desparejas, en cada esquina temía ver a la dama blanca asomarse, ¿Por qué tenía que ser el elegido? ¿No había gente muy anciana y muy enferma que ya no esperaban nada de la vida?
La casa de su amor estaba en silencio, en medio de la noche, sólo él estaba despierto. Buscó con desesperación una piedrita con la que golpear la ventana del dormitorio. Una adolescente, rubia y de piel muy blanca se asomó extrañada:- ¿Por qué vienes ahora que no estoy sola?, no puedo abrirte la puerta, mis padres están aquí.
-Te suplico, amor mío, debes creerme, no volveremos a vernos si no me abres ahora.
La muchacha con ansiedad ató sábanas de seda para ayudarlo a subir por el balcón. Así, el joven trepaba, ocultado por la oscuridad, pero los nudos eran débiles y la fina seda se abría por el peso del cuerpo que pendía aferrado de ella.
Acercándose a los brazos de su amante, que trataban de sujetarlo, creyó que había vencido a su destino, pero las sábanas cedieron y rasgándose se precipitaron al suelo.
El enamorado yacía con sus ojos mirando al cielo, y lo último que vio fue la dama blanca como la nieve, que sonreía sin labios y que moviendo su lengua de gusano le decía:- vámonos, eres mío, tu hora ha terminado.