Mientras que existen muchos libros, series de televisión y películas sobre la vida y peripecias de los niños ingleses refugiados en el campo para ponerlos a salvo del “Blitz” alemán, prácticamente no sabemos nada sobre el “Kinderlandverschickung”, o lo que es lo mismo, la evacuación de los niños alemanes.

Según la ofensiva aérea aliada aumentaba en intensidad y se volvía cada vez más indiscriminada, el gobierno alemán decidió evacuar a los niños de varias ciudades alemanas y trasladarlos a zonas más seguras. Inicialmente, la evacuación se circunscribió a Berlín y Hamburgo, y solamente en la capital alemana 200.000 niños fueron evacuados entre septiembre y noviembre de 1940.



A principios de 1941 las cifras seguían aumentando y se calcula que ya había unos 300.000 niños evacuados. Entre las zonas acogida elegidas para el año 1.941 se encontraban Baviera, Salzburgo, Estiria, Prusia, tanto la occidental como la oriental, y partes de Sajonia. También había una seria de “países seguros”, tales como Hungría, y ciertas áreas de la actual Republica Checa y Dinamarca.

En el verano de 1943, el incremento de los bombardeos sobre las ciudades, sobre todo en el área del Rhur y en Renania, hizo necesaria la evacuación masiva de niños y mujeres. Se trato de la mayor migración interna de la historia, en la que decenas de miles de niños fueron evacuados de ciudades como Essen, Colonia y Dusseldorf, para a continuación encontrar refugio en Schleswih-Holstein, la Baja Sajonia o Westfalia.



Además de alojar a los refugiados en viviendas e incluso habitaciones requisadas, se levantaron campos de acogida para evacuados, los cuales contaban con escuelas e instalaciones médicas y que se conocían como “KVL-Lagers”. Durante los últimos años de la guerra, algunos niños llegaron a pasar hasta dieciocho meses en esos campos. Para el final de la guerra, más de 2.000.000 de niños alemanes entre los diez y los catorce años habían pasado alguna temporada en alguno de los 2.000 campos de acogida. De acuerdo con la mayoría de las fuentes, los campos cumplían de sobra los objetivos para los que habían sido diseñados y sus condiciones de vida eran todo lo agradables que podían ser para un niño en tiempo de guerra y alejado de su hogar y de sus padres. También se sabe que durante su estancia los niños nunca estuvieran sometidos a ninguna clase de adoctrinamiento político.



De improviso, y a raíz del desastre de Stalingrado, el gobierno alemán ordeno la evacuación de los campos de acogida mas lejanos, como por ejemplo los que se habían establecido en Bulgaria y Rumania, y la construcción de nuevas instalaciones en Bohemia y Moravia, que por aquel entonces aun eran consideradas áreas seguras.



Pero por desgracia, ningún lugar iba ya a ser seguro por mucho tiempo. Por ejemplo, todavía había veintiséis campamentos en las regiones fronterizas checas alojando a unos 850.000 niños para el final de la guerra. Tanto la Unión Soviética como los “Aliados” occidentales ocuparon varios “KVL-Lagers” durante los meses finales de la guerra. Muchos de los niños que habían sido enviados a Turingia desde el Rhur por su seguridad acabaron atrapados detrás de las líneas soviéticas para desesperación de sus padres.



Algunos de ellos lograron huir junto a las filas de frenéticos refugiados que escapaban del avance del Ejercito Rojo hacia occidente, pero el destino de la inmensa mayoría de ellos nos es desconocido. Se trata este de un dramático acontecimiento en el que, al igual que sucede con los civiles muertos durante la ofensiva de bombardeos, el numero de victimas es revisado constantemente a la baja como una forma casi hostil de evitar cualquier tentativa de reconocimiento de los sufrimientos padecidos por la nación alemana.



Si buscamos en Internet “huérfanos alemanes de guerra”, veremos que realmente no hay mucha información disponible, casi como si no hubieran existido. Sin embargo, aparte de la extremadamente optimista cantidad de 75.000 niños muertos o mutilados a causa de los bombardeos, fueron decenas de miles los que se encontraron al final de la guerra, huérfanos, abandonados, perdidos e incluso secuestrados. Por toda Alemania y por toda Austria podían verse carteles pidiendo información sobre niños desaparecidos.



Al final de la guerra había aproximadamente unos 53.000 huérfanos vagabundeando por un país devastado, viviendo allí donde podían encontrar refugio, en vagones destrozados, en fabricas abandonadas, en los restos de las granjas incendiadas. La tasa de mortalidad en la Alemania de 1945 llego a niveles equivalentes a los de la Guerra de los Treinta Años, que había tenido lugar casi trescientos años antes. En algunas ciudades, como por ejemplo Berlín, se producían hasta 4.000 muertes al día. Victimas de la falta de tratamiento medico para enfermedades y heridas, y del hambre. Muchos niños fueron dejados morir de hambre o abandonados a su suerte para que se valieran por si mismos, a merced de los elementos y de toda clase de depredadores. Miles nunca volvieron a ver sus hogares, ni a sus familias, ni a sus amigos, y su destino sigue siendo un misterio y una vergüenza.



Los líderes de los “Aliados” habían vetado los esfuerzos de la Oxfam, creada en 1942, para enviar alimentos a las ya muy presionadas poblaciones civiles de la Europa ocupada por los alemanes. Tanto Roosevelt como Churchill fueron especialmente obstinados en su negativa a cooperar con la Oxfam y con la Cruz Roja. Este tipo de actuaciones tendrían su reflejo en la posterior prohibición por parte de las autoridades militares estadounidenses y británicas de cualquier envió de ayuda humanitaria, tanto de empresas privadas como de organizaciones religiosas, a 85.000.000 de alemanes. Millones de personas fueron condenadas de esta forma a morir de hambre.



La ayuda internacional hacia Alemania estuvo prohibida durante un año desde el fin de la guerra, y a continuación, la prohibición se amplio por un año mas. Cuando se permitió su entrada, esta ya llego muy tarde para millones de personas, miles de las cuales eran solo niños.




Durante meses en algunas zonas de Alemania la ración establecida por las fuerzas de ocupación de los vencedores era de 400 calorías al día. En la mayoría de Alemania rondaban las 1.000 calorías al día y durante más de dos años, y de forma oficial, nunca supero las 1.550 calorías. El numero de alemanes asesinados, la mayoría de los cuales fueron mujeres y niños, ronda, según las diferentes estimaciones entre un mínimo de 9.300.000 y un máximo de 15.700.000.

En una situación horrible, cerca de diez mil niños alemanes menores de cinco años morirían en los campos de refugiados de Dinamarca después de la “liberación”. Durante las ultimas semanas de la guerra, entre el 11 de febrero y el 5 de mayo de 1945, unos 250.000 refugiados, la mayoría mujeres, niños y ancianos, procedentes de Prusia Oriental y Pomerania huyeron del avance del Ejercito Rojo a través del mar Báltico. Un tercio de esos refugiados eran menores de quince años. Se les trato como a “enemigos” y fueron internados en campos rodeados de alambre de espino y vigilados por guardias fuertemente armados. El mayor de esos campos se encontraba en Oskboll, y albergo a 37.000 personas. La nutrición era deficiente y la atención medica inexistente. En 1945, más de 13.000 personas morirían a causa de enfermedades fácilmente tratables, de ellos, unos 7.000 niños menores de cinco años.



El Colegio Danés de Medicina, decidió en marzo de 1945 que los refugiados alemanes no recibieran ninguna atención médica. Ese mismo mes la Cruz Roja danesa decidió no denunciar la situación por los sentimientos públicos en contra de los alemanes. El ochenta por ciento de los niños que llegaron a Dinamarca no sobrevivieron a la experiencia. Murieron de hambre o ante su incapacidad para defenderse de las infecciones debido a su extrema desnutrición.

Cerca de Leipzig se levanto un campo para niños llamado Bischofswerda, después de que decenas de miles de refugiados llegaran procedentes de las provincias orientales del Reich. Era uno más de los típicos campos para huérfanos y niños sin familia. Todos los niños que llegaron a la ciudad fueron registrados y la mayoría presentaban las huellas evidentes del infierno que acababan de sufrir, después de abandonar sus hogares, muchos de ellos completamente solos, y tener que luchar por la supervivencia prácticamente sin medios. Como muchos de los refugiados adultos, los niños que habían padecido grandes carencias alimenticias durante bastante tiempo tendían a volverse enfermizos y sufrir toda clase de dolencias.



Después de que millones de alemanes hubieran huido de Prusia y otras zonas del Báltico ante el avance del Ejercito Rojo, los comparativamente pocos que se quedaron fueron expulsados a la fuerza entre 1945 y 1947. Esta situación produjo unos 25.000 huérfanos y niños abandonados que con frecuencia formaron pequeños grupos en busca de compañía, seguridad y por simple supervivencia. Se les conoció como los “Wolfskinder”. Algunos de esos niños procedían del área del Rhur y habían sido enviados a Prusia Oriental para ponerlos a salvo de los bombardeos. Aproximadamente entre 2.000 y 3.000 de esos niños fueron capturados por los soviéticos y enviados a campos de internamiento donde la mayoría perecerían a causa del hambre, la enfermedad y los abusos.



A veces los agricultores locales les dieron refugio, pero más a menudo, y sobre todo en las zonas bajo control polaco, estos niños fueron utilizados como mano de obra esclava y muy maltratados. Solo en Lituania había unos 5.000 de estos niños abandonados que sobrevivían pidiendo limosna y buscando comida entre la basura.



A estos “niños nazis” se les prohibió estrictamente hablar en alemán para evitar problemas a las familias que los habían acogido o a quienes los utilizaban para el trabajo. Su idioma fue suprimido y después también los serian sus nombres para hacerse pasar por ciudadanos soviéticos procedentes de las republicas bálticas. A comienzos de la década de los años cincuenta, un grupo de unos 1.000 “Wolfskinder” fueron enviados a lo que era la antigua Alemania comunista. Actualmente sobreviven menos de cien.



A finales de los años ochenta y principios de los noventa, varios centenares de supervivientes crearon la asociación Edelweiss-Wolfskinder. Con ella pretendían darse a conocer y llamar la atención de los medios de comunicación, con la esperanza de descubrir a mas personas en su situación e incluso llegar a reunirse con sus familias perdidas. También desde esta asociación se ha organizado financiera y materialmente a los ahora envejecidos “Wolfskinder” en sus intentos para obtener el pasaporte alemán y ser reconocidos como ciudadanos alemanes. Sin embargo, la simple naturalización no es posible debida a las dificultades jurídicas que se les presentan a la hora de fundamentar sus reclamaciones, ya que la inmensa mayoría han perdido totalmente su cultura e idioma natal. Además, una muy a menuda enmarañada burocracia inflige todavía una mayor angustia a estas victimas de la guerra. Pero todo esto no ha evitado que la asociación se siga manteniendo activa y con energía, lo que también ha traído como resultado algunos éxitos.

Durante la década de los años noventa, unos doscientos “Wolfskinder” lograron recuperar la nacionalidad alemana, e incluso, alguno de ellos pudo regresar junto a su familia. Actualmente, en el año 2008, se sabe con certeza que quedan noventa y tres “Wolfskinder” reconocidos viviendo en Lituania. En el año 2007, una campaña de patrocinio y donaciones consiguió que estos noventa y tres ancianos pudieran cobrar una pequeña pensión suplementaria que alivio algo su precaria situación económica.

Todos los intentos de obtener algún tipo de ayuda económica por parte del gobierno alemán, han fracasado.




Una de las historias mas conocidas es la de Marienne Beutel. a continuaciopn un extracto de sus relatos:



En un día caluroso de verano en agosto de 1945, de nueve años de edad, Marianne Beutler estaba de pie en el jardín detrás de las ruinas de la casa de su familia con su madre y sus hermanos menores, Dieter y Manfred. Un profundo agujero se abría a sus pies. Su madre llevaba una pequeña caja de cartón blanco. Contenía los restos de Sigfrido, su hermano menor.

El muchacho acababa de cumplir tres meses de edad cuando murió de hambre en Königsberg, que había sido conquistada y destruida por completo por el Ejército Rojo. La madre se quedó en silencio con sus tres hijos. Una última mirada, una breve oración y luego enterraron a Siegfried. No había tiempo para el duelo.

Beutler está sentada en su pequeña sala de estar en Berlín. Fotos de Königsberg y el istmo de Curlandia se cuelgan de las paredes. Mapas, libros y álbumes de fotos están en frente de ella sobre la mesa: los recuerdos de una infancia protegida.

"Nuestra vida era muy buena", recordó Beutler, ahora de 72 años, con una sonrisa. Ella toma una foto que muestra la casa de la familia. Ella tenía su propia habitación con su piano de cola. El 9 de abril de 1945, el idilio de la familia llegó a un abrupto final: Königsberg se rindió al Ejército Rojo.

"Lo que siguió fue demasiado terrible para las palabras", dijo. Los soldados del Ejército Rojo se llevaban a los civiles alemanes, casi exclusivamente mujeres y niños porque los hombres estaban muertos o prisioneros de guerra, fuera de los bunkers y les perseguian por las calles de la ciudad.

Por la noche, los expulsaban hacia abajo en los bunkers. "Las noches eran lo peor. Los soldados llegaron a tener las mujeres para sí mismos", dijo Beutler. "Sólo escuché sus gritos. Le tapaba las orejas a mi hermano pequeño." Muchas de las mujeres nunca regresaron.



El hambre pronto se convirtió en un terrible compañero. Las enfermedades como la sarna, tifus y la disentería se convirtió en algo común. La población civil alemana se vio obligado a realizar trabajos forzados - muchos murieron de agotamiento.

Todavía recuerdo la Navidad de 1945, como si fuera ayer. "Mamá trató de consolarlo y le dijo que Papá Noel no pudo encontrarnos, porque no había demasiada nieve", recordó. "Entonces ella nos dio los regalos. Cada uno de nosotros recibió una papa". Unas semanas más tarde, de cuatro años de edad, Dieter murio de hambre.

"Él era simplemente demasiado débil", dijo. "Me senté junto a él para que no sintiera demasiado frío. De pronto, dejó de respirar." Ella, su madre y Manfred lo llevaron al cementerio. El suelo estaba helado duro y no podían cavar un hoyo. Ellos simplemente lo cubrieron de nieve.

Una parte de la población civil alemana fue llevada por el tren a otros lugares a realizar trabajos forzados. Beutler perdió a su madre y el único sobreviviente de un hermano durante el transporte en 1946. Ella estaba sola - en un mundo que era completamente ajeno a ella.

"Me paré en la estación de tren, llorar", recordó. "Yo no podía entender a nadie y no pudieron leer la escritura." Beutler había aterrizado en Kaunas, la segunda ciudad más grande de la República Soviética de Lituania.

En 1945, el hambre se había llevado a miles de niños del este de Prusia allí. Se rumoreaba que los agricultores de Lituania a veces daba algo de comer a los alemanes. Muchos lituanos se compadecieron de los huérfanos y se creian que ayudarles a ellos era también una manera de protestar contra los ocupantes soviéticos que odiaban.

"Pero la actitud hacia los niños lobo en Lituania era cualquier cosa menos unida", explicó Ruth Leiserowitz, presidenta de la Sociedad Histórica de los Niños del lobo. "En algunas casas, les preparaban una olla grande de sopa para los refugiados todos los días. En otros, sin embargo, los agricultores desencadenaban a sus perros."

Desde su base en Berlín, Leiserowitz ha localizado numerosos antiguos niños lobo desde la década de 1990 y les preguntó sobre sus experiencias en entrevistas en profundidad. Se enteró de que la piedad era más probable que prevalezca en el caso de los niños más pequeños - los más viejos tenían un rato duro el conseguir un techo sobre sus cabezas.

Beutler tuvo que vagar por los pueblos durante semanas antes de que una familia de agricultores de Lituania se la llevó a trabajar como niñera. A pesar de que rápidamente aprendió a hablar perfecto lituano, los otros niños no paraba de llamarle "palo de golf fascista" o "pequeño Hitler".



Un amigo de Lituania le dijo que necesitaba un nombre que no sea alemán y le llamaron Nijole desde entonces. Beutler es sólo uno de muchos niños alemanes con historias similares.

"Porque ellos tenían miedo de los rusos, las familias destruyeron todo lo que podría apuntar a su herencia alemana", explicó Leiserowitz. Direcciones, cartas y fotografías se perdieron para siempre. Muchos niños pequeños se olvidaron de sus nombres, sus antecedentes familiares y su lenguaje nativo.



Pero no todos los niños llegaron a Lituania. Muchos estaban tan débiles por el hambre que tenían problemas para mantenerse en pie. Ellos se fueron puestos en casas establecidas en áreas dentro y alrededor de Königsberg (que ahora se llama Kaliningrado) por la administración militar soviética en 1946-47.

Más tarde fueron trasladados en masa a las viviendas construidas para tal fin en la recién creada República Democrática Alemana. Pero nunca los wolfkinder que vivian en las aldeas de Lituania lejos de las ciudades más grandes escucharon hablar de los traslados.

Tampoco Beutler. "Yo pensaba que no había más Alemanes en Königsberg estaba en ruinas, no se nos permitió hablar alemán más. Que podría haberse dejado allí?" dijo. Ella también cree que todos los miembros de su familia estaban muertos, por lo que hizo su hogar en Lituania. Beutler trabajo hasta convertirse en una distribuidora de productos alimenticios y más tarde se trasladó a Klaipeda, el Lituano el puerto de la ciudad antiguamente llamada Memel en alemán.

Ella no reveló sus orígenes alemanes a nadie. El único que sabía era que su marido, un capitán de Lituania. También la apoyó cuando ella envió en secreto una solicitud de información a la oficina de la Cruz Roja Alemana en Hamburgo - y descubrió que su madre murió a los 36 años en 1949.



Su padre se había vuelto a casar después de regresar de un campo de prisioneros ruso, pero su esposa no quería ningún contacto con la hijastra de su primer matrimonio. Nijole se quedó en Lituania. Ella esperó hasta 1991 para contar a sus hijos que su madre es alemana.

Después de que Lituania se independizó de la Unión Soviética, algunos ex Wolfkinders fundaron la sociedad Edelweiss-Wolfkinder. Beutler fue fundamental en la organizacion del capítulo Klaipeda / Memel. Ella se quedó sin habla cuando unos sorprendentes 65 alemanes llegaron a la primera reunión en septiembre de 1991. Como ella, todos ellos habían vivido en Lituania desde hace décadas, sin revelar que era alemánes.

Beutler y su esposo han vivido en Berlín desde 2001. Pasan los meses de verano en la parte polaca de la antigua Prusia Oriental.

Este año, finalmente quiere ir a Kaliningrado. En el lugar donde tuvo una infancia alegre, pero también el lugar donde enterró a su hermano Siegfried en un día de agosto hace 64 años.



Gracias a todos por leer.


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