El día 5 de septiembre de 1677, el pintor bávaro Cristóbal Haitzmann fue llevado, con una carta de presentación del párroco de Pottenbrunn, al vecino lugar de Mariazell. Haitzmann llevaba varios meses de residencia en Pottenbrunn, dedicado a su arte.
El día 29 de agosto anterior, hallándose en la iglesia, se vio acometido de terribles convulsiones, y al repetirse tales ataques en días sucesivos, el praefectus Domini Pottenbrunnensis le había examinado, preguntándole qué es lo que le atormentaba y si había tenido tratos ilícitos con el demonio.
A lo cual el pintor respondió que, efectivamente, nueve años antes, en una época de desconfianza en sus dotes artísticas y en la posibilidad de subsistir, había cedido a las sugestiones del demonio, que ya le había tentado nueve veces, y se había comprometido, por escrito, a pertenecerle en cuerpo y alma pasado cierto plazo, que expiraba precisamente el día 24 del mes en curso.
El desdichado se arrepentía de su locura y estaba convencido de que sólo la gracia de la Santísima Virgen de Mariazell podría salvarle, obligando al Malo a devolverle el contrato escrito con sangre. Por esta razón se permitió al párroco de Pottenbrunn recomendar miserum hunc hominem omni auxilio destitutum a los religiosos de Mariazell. Hasta aquí el párroco de Pottenbrunn, Leopoldo Braun, en I de septiembre de 1677.
El motivo del pacto con el demonio
Haitzmann había caído en honda melancolía; se sentía incapaz de trabajar en su arte, o sin voluntad para ello, y le preocupaba amargamente la idea de una muerte próxima. Padecía, pues, una depresión melancólica, con inhibición de la capacidad de trabajo y miedo (justificado) a morir pronto.
Vemos así que nos encontramos realmente ante un historial patológico, y averiguamos también cuál fue la causa ocasional de tal enfermedad, a la que el pintor mismo da, en las notas a sus dibujos, el nombre de «melancolía».
Nos encontramos, por tanto, ante el caso de un individuo que vende su alma al diablo para ser libertado de una depresión de ánimo.
Motivo que habrá de aparecer plenamente justificado a cuantos puedan formarse una idea de los tormentos que tal estado trae consigo y sepan, además, qué escasa ayuda logra prestar en estos casos la ciencia médica.pactos nos reservan dos grandes sorpresas.
En primer lugar, no imponen al diablo obligación alguna a cambio de la cual hipoteque el sujeto su salvación eterna, sino que se limita a consignar una exigencia del demonio, que el pintor se compromete a cumplir. Nos encontramos, por tanto, ante el caso totalmente ilógico y absurdo de alguien que vende su alma, no por algo que ha de recibir del diablo, sino por algo que él ha de hacer en favor del mismo. Pero todavía es más extraña la obligación que el pintor se compromete a cumplir.
El primer pacto, escrito con tinta, reza:
«Yo, Cristóbal Haitzmann, me obligo a este señor, como hijo suyo fidelísimo, por nueve años. Año 1669.»
Y el segundo, escrito con sangre:
«Año 1669. Cristóbal Haitzmann. Me obligo a Satanás y me comprometo a ser su hijo fidelísimo y a entregarle, dentro de nueve años, mi cuerpo y mi alma.»
El pacto, antes incomprensible, presenta ya así un perfecto sentido, consistente en que el diablo se obliga a sustituir, cerca del pintor y durante nueve años, al padre que el mismo había perdido. Transcurrido dicho plazo, Haitzmann caería en cuerpo y alma bajo la potestad del demonio, como era generalmente de rigor en esta clase de tratos.
Así pues, el proceso mental que motivó en el pintor su pacto con el diablo parece haber sido el siguiente: La muerte de su padre le ha hecho perder la alegría y la capacidad de trabajo; si logra hallar un sustituto del padre, espera recobrar lo perdido. Un individuo a quien la muerte de su padre ha hecho caer en melancolía tiene que haber amado tiernamente al mismo. Pero entonces resulta en extremo singular que a un tal sujeto se le ocurra elegir al demonio como sustituto del padre amado.
El demonio como sustituto del padre
Si pudiéramos averiguar de Cristóbal Haitzmann tanto como de un paciente sometido a nuestro análisis, se nos haría fácil desarrollar dicha ambivalencia, hacer recordar al sujeto cuándo y en qué ocasiones tuvo motivos de temer y odiar a su padre, y, sobre todo, descubrir los factores accidentales que se añadieron a los motivos típicos del odio al padre, arraigados inevitablemente en la relación paternofilial natural. Quizá entonces encontraríamos una explicación especial de la inhibición de la capacidad de trabajo.
Es posible que el padre se opusiera al deseo de su hijo de ser pintor, y entonces la incapacidad de pintar que acometió a Haitzmann a raíz de la muerte de su padre sería una manifestación de la conocida «obediencia a posteriori» y, además, al incapacitar al sujeto para ganarse el sustento, habría incrementado su nostalgia del padre como protector ante sus necesidades de la vida. Como obediencia a posteriori, sería también una manifestación de remordimiento y un autocastigo eficaz.
Siéndonos imposible llevar a cabo un tal análisis con Cristóbal Haitzmann, muerto en 1700, hemos de limitarnos a hacer resaltar aquellos rasgos de su historial patológico que pueden apuntar hacia los motivos típicos de una actitud negativa para con el padre. Tales rasgos son muy escasos y de poco resalte, pero muy interesantes.
Ante todo, el papel que desempeña el número nueve.
El pacto con el demonio es cerrado por nueve años.
Y todavía en este mismo informe encuentra el número nueve otra distinta aplicación. Nonies -nueve veces-pretende el pintor haber resistido las tentaciones del demonio, antes de entregarse a él.
Este detalle no aparece ya mencionado en los informes posteriores. Postannos novem, reza luego también el testimonio del abad, y ad novel annos, repite el compilador en su extracto, prueba de que tal número no fue considerado indiferente.
El número nueve nos es ya muy conocido por su inclusión en fantasías neuróticas.
Es el número de los meses de la gestación, y dondequiera aparece, orienta nuestra atención hacia una fantasía de embarazo.
En el caso de nuestro pintor, se trata, desde luego, de nueve años y no de nueve meses, y, además, se nos dirá que el nueve es también, por otros muchos conceptos, un número muy significativo. Pero quién sabe si el nueve no debe, en general, una gran parte de su calidad de número sagrado al papel que desempeña en la gestación; y, además, el cambio de nueve meses en nueve años no tiene por qué desorientarnos.
Evaluacion de la neurosis:
Haitzmann no quiso nunca más que asegurarse el sustento; la primera vez con ayuda del diablo y a costa de su buenaventuranza, y al fallar este medio y tener que abandonarlo, con la ayuda del clero y a costa de su libertad y de la mayor parte de las posibilidades de goce que la vida ofrece.
Acaso Cristóbal Haitzmann no era más que un pobre diablo poco afortunado o demasiado torpe o demasiado mal dotado para poder ganarse el sustento, y uno de aquellos tipos que conocemos como «eternos niños de pecho», sujetos incapaces de arrancarse de la dichosa situación del niño lactante, que conservan, a través de toda su vida, la pretensión de ser alimentados por alguien.
Aclaracion: Esto es un resumen que hice ,no es puro copy-past