El último estertor de un animal enjaulado
Por Hugo Cañón. Astiz fue un valiente muchacho de la Armada: falseó identidad, se infiltró entre las madres, simuló ser hermano de un desaparecido, marcó con un abrazo a quienes serían secuestrados por su intervención, luego torturados y arrojados vivos al mar.
Astiz fue un valiente muchacho de la Armada: falseó identidad, se infiltró entre las madres, simuló ser hermano de un desaparecido, marcó con un abrazo a quienes serían secuestrados por su intervención, luego torturados y arrojados vivos al mar.
En la Iglesia de la Santa Cruz, ese chico de 25 años era cuidado por temor a que algo le pasara. Madres fundadoras, monjas francesas y otras víctimas fueron blancos del exterminio. El joven marino jugaba con los boy scouts de la parroquia, se hacía llamar Gustavo Niño y era un ángel rubio.
Cuando tramitamos el pedido de extradición por la cadena perpetua impuesta en Francia por el asesinato de las monjas francesas Léonie Duquet y Alice Dumon, lanzó bravuconadas amenazantes. Habían ya arrancado su máscara de ángel y apareció su monstruosa identidad.
Hoy repite una escenografía de amenazador serial y, como ayer, parte de la premisa del amigo/enemigo. Pretende configurar en el otro su propia naturaleza del mal. Es un trasplante de roles. Las madres que se reunían en la Santa Cruz buscando caminos de verdad para saber el destino de los hijos desaparecidos y lo trataban con amoroso cuidado, hoy son brutalmente descalificadas por él.
No quiere hablar de sus actos criminales, ni siquiera ensaya una justificación. Ante la descarnada evidencia de las pruebas que irremediablemente lo condenan por los máximos crímenes que un ser humano puede ejecutar, busca el efímero atajo del escándalo provocador. Usa la declaración indagatoria para lanzar proclamas, no ejercer su defensa, acto intolerable que los jueces no pueden permitir. Pretende empadronar a su club de malvados a las víctimas y familiares para soliviantar sus propias responsabilidades. Formó parte de la estructura del terrorismo de Estado montado con el golpe del '76 y hoy cataloga de golpista a un gobierno constitucional que habilitó su juzgamiento para que la verdad y la justicia encuentren su cauce.
En tiempos de impunidad, en los '90, Astiz tomaba café con amigos en la calle Alsina, en Bahía Blanca. Su séquito de aplaudidores vinculados al poder real lo acompañaba. La sociedad victimizada cruzaba de vereda. Y cuando alguien osó escribir un paredón en su contra, fue condenado por “daño”.
Hoy recorremos un claro camino de verdad y de justicia respecto de los ejecutores militares y los promotores civiles y eclesiásticos del plan de exterminio. El rugido de Astiz es un último estertor de criminal enjaulado.
Por Hugo Cañón. Astiz fue un valiente muchacho de la Armada: falseó identidad, se infiltró entre las madres, simuló ser hermano de un desaparecido, marcó con un abrazo a quienes serían secuestrados por su intervención, luego torturados y arrojados vivos al mar.
Astiz fue un valiente muchacho de la Armada: falseó identidad, se infiltró entre las madres, simuló ser hermano de un desaparecido, marcó con un abrazo a quienes serían secuestrados por su intervención, luego torturados y arrojados vivos al mar.
En la Iglesia de la Santa Cruz, ese chico de 25 años era cuidado por temor a que algo le pasara. Madres fundadoras, monjas francesas y otras víctimas fueron blancos del exterminio. El joven marino jugaba con los boy scouts de la parroquia, se hacía llamar Gustavo Niño y era un ángel rubio.
Cuando tramitamos el pedido de extradición por la cadena perpetua impuesta en Francia por el asesinato de las monjas francesas Léonie Duquet y Alice Dumon, lanzó bravuconadas amenazantes. Habían ya arrancado su máscara de ángel y apareció su monstruosa identidad.
Hoy repite una escenografía de amenazador serial y, como ayer, parte de la premisa del amigo/enemigo. Pretende configurar en el otro su propia naturaleza del mal. Es un trasplante de roles. Las madres que se reunían en la Santa Cruz buscando caminos de verdad para saber el destino de los hijos desaparecidos y lo trataban con amoroso cuidado, hoy son brutalmente descalificadas por él.
No quiere hablar de sus actos criminales, ni siquiera ensaya una justificación. Ante la descarnada evidencia de las pruebas que irremediablemente lo condenan por los máximos crímenes que un ser humano puede ejecutar, busca el efímero atajo del escándalo provocador. Usa la declaración indagatoria para lanzar proclamas, no ejercer su defensa, acto intolerable que los jueces no pueden permitir. Pretende empadronar a su club de malvados a las víctimas y familiares para soliviantar sus propias responsabilidades. Formó parte de la estructura del terrorismo de Estado montado con el golpe del '76 y hoy cataloga de golpista a un gobierno constitucional que habilitó su juzgamiento para que la verdad y la justicia encuentren su cauce.
En tiempos de impunidad, en los '90, Astiz tomaba café con amigos en la calle Alsina, en Bahía Blanca. Su séquito de aplaudidores vinculados al poder real lo acompañaba. La sociedad victimizada cruzaba de vereda. Y cuando alguien osó escribir un paredón en su contra, fue condenado por “daño”.
Hoy recorremos un claro camino de verdad y de justicia respecto de los ejecutores militares y los promotores civiles y eclesiásticos del plan de exterminio. El rugido de Astiz es un último estertor de criminal enjaulado.