Wernher von Braun

Dicen algunas lenguas que cierto día, en una clase de matemáticas en la que el profesor se disponía a comenzar, un alumno de 10 años levantó la mano:
- Señor profesor, ¿qué cálculos hay que hacer para que un cohete aterrice en la Luna?
Una sonora carcajada recorrió el aula. El alumno llevaba semanas haciéndole preguntas raras.
- Vaya, vaya! No sé por qué quiere ir usted a la Luna, si siempre está en ella.
Las carcajadas se oyeron todavía más.
Si hay algo que me repugna es un profesor que se ríe de un alumno por hacerle una pregunta. Ya no hablemos cuando ni siquiera ese profesor es capaz de contestarla. Ese obtuso profesor se hubiera tragado sus palabras si hubiera sabido que ese pequeño alumno sería años más tarde el responsable y jefe del grupo de ingenieros que diseñaron y construyeron el Saturno V: el gigantesco cohete que llevó los primeros astronautas a la Luna. Su nombre era Wernher von Braun (1912-1977). Pero me estoy adelantando.
Soñaba desde niño con ser astronauta. Le solían castigar por interrumpir las clases haciendo complicadas preguntas sobre la posibilidad de realizar viajes por el espacio. El día de su confirmación en la Iglesia Luterana su madre le regaló un telescopio, pues la baronesa von Braun era aficionada a la astronomía e inculcó a su hijo la idea de pasear algún día por la superficie lunar.
Rápidamente, agotó la capacidad del telescopio y convenció a varios de sus compañeros para que le ayudaran a construir un observatorio astronómico. Con piezas de un coche viejo, al salir de la escuela, trabajaban en dicho observatorio haciendo lo que hiciera falta: de carpintero, soldador o albañil. No hay que decir que la mayoría de ellos suspendieron matemáticas aquel año.
Von Braun fue expulsado del Instituto Francés de Berlín, por sus malas notas en matemáticas y sobre todo por los escándalos que provocaban sus lunáticas preguntas.
En Alemania unos universitarios disponían de una base de lanzamiento llamada “Campo de Cohetes de Berlín”. Era el primer campo de cohetes de la historia. En realidad era un viejo y destartalado campo de tiro. Le invitaron a entrar en ese club y aceptó inmediatamente. Los grifos de esa instalación no paraban de gotear y cuando llegó la factura del agua no pudieron pagarla. Así dejó de existir el primer campo de cohetes de la historia. Pero de algo sirvió ya que habían lanzado un total de 85 cohetes.
En 1930 se graduó en ingeniería mecánica en el Instituto Politécnico de Berlín, y dos años más tarde obtuvo su Doctorado en Física por la Universidad de Berlín. En su búsqueda por desarrollar grandes cohetes se enroló en el ejército alemán para desarrollar misiles balísticos donde fue adscrito a las SS. Mientras seguía en su trabajo obtuvo un doctorado en ingeniería aeroespacial el 27 de julio de 1934.
El 3 de octubre de 1942 se lanzaba al espacio el A-2, el primer cohete moderno de la historia, dotado de un mecanismo de guía automática. Cayó a 190 km de distancia y alcanzó una altura de 85 km hasta que se le acabó el combustible.
El primero que rápidamente vio aplicación a esos artefactos fue Adolph Hitler, quien mandó que se colocaran explosivos y los lanzaran sobre el enemigo. Ordenó construir el A-3 y el A-4; este último cambió de nombre y pasó a ser llamado V-2, “el arma de la venganza 2″. Seis meses después, la primera V-2 explotaba en territorio británico. Von Braun dijo a uno de sus colaboradores:
- Nuestro cohete ha funcionado correctamente, pero ha aterrizado en un planeta equivocado.
Ya en 1917, durante la Primera Guerra Mundial, los bombardeos a Inglaterra los habían hecho mediante zepelines. Las V-2 eran algo más serio. Medían más de 14 metros de alto y casi 2 de ancho; se elevaban con un empuje de 28 toneladas; su propulsión duraba algo más de un minuto y su velocidad, al final de quemar el combustible, era más de 5.770 km/h pudiendo alcanzar una altura de 96 km, la mayor altura alcanzada hasta entonces por un artefacto creado por el hombre. Su alcance inicial era de unos 320 km. Llevaba una ojiva de 975 Kg de peso de los que 910 eran de explosivo. Cayeron más de 2.500 de esos mortíferos cohetes sobre suelo británico.
Von Braun tuvo problemas con la Gestapo, ya que confirmó lo que sus colaboradores decían: le importaba muy poco el objetivo de Hitler, lo único que le importaba eran los viajes interplanetarios. Le metieron en la cárcel a espera de juicio. Querían deshacerse de él, mejor, querían matarlo; pero se dieron cuenta que sin ese hombre era imposible seguir fabricando los V-2.
Cuando los científicos alemanes vieron que la guerra estaba perdida se reunieron en secreto para ver a quién se podían entregar. Ni Francia ni Inglaterra perdonarían sus inventos dada la destrucción y muerte que habían provocado y los rusos, seguramente, los pondrían en un campo de concentración. Decidieron escapar a EEUU. El ingenio de von Braun jugó aquí un papel decisivo. Escondieron los planos en una mina abandonada y falsificaron órdenes del alto mando alemán. Así fue como unos 500 técnicos se evadieron en tren de la base de Peenemünde. Para cuando las SS habían recibido la orden de matarlos a todos ya se habían entregado a las tropas americanas.
Un soldado americano llamado Fred Schneiker había perdido contacto con su unidad de infantería y vagaba solo por el campo. De repente, unos 500 hombres, trajeados y con corbata lo rodearon diciéndole con un marcado acento alemán que se rendían, a pesar que eran muchos más que él.
Totalmente confundido, el soldado comunicó la noticia a los servicios de contraespionaje que llevaban meses queriendo capturar científicos que habían colaborado con los nazis. Era la operación sujetapapeles o paperclip y se llamaba así por la sencilla razón que los expedientes de los investigadores que pretendían detener estaban sujetos por vulgares clips. Por dicha operación y una vez en EEUU, von Braun y sus colaboradores fueron instados a cooperar para la fuerza aérea norteamericana. A cambio, se les eximiría de culpa por su pasado nazi, esto incluía las muertes ocasionadas por el uso de sus proyectos aéreos por los nazis y el uso de obreros esclavos.
El grupo de ingenieros capitaneados por von Braun fue aceptado por la Marina de los EEUU. Su misión: reconvertir los V-2 en cohetes espaciales incorporando las últimas innovaciones del profesor Goddard. La primera colaboración entre técnica alemana y americana desembocó en el Redstone, que fue el primero de la serie que llevó a los primeros astronautas de la NASA al espacio.
Un militar norteamericano preguntó a Von Braun:
- ¿Dónde está el secreto de su magia con los cohetes?
- No hay ningún truco. Simplemente, nosotros somos buenos en esto porque llevamos más de quince años de experiencia realizando lanzamientos fallidos y aprendiendo de nuestros propios errores.
En el verano de 1969, el cohete Saturno V, a cargo del grupo de von Braun, impulsaba al Apolo XI para llevar a los primeros astronautas a la Luna. Si pensabais que las V-2 eran potentes, esperad a ver los asombrosos datos del Saturno V: tenía 111 metros de longitud y pesaba 2.940 toneladas; estaba constituido por 5 millones y medio de piezas y era un vehículo lanzador de tres fases. Aparte de los once motores principales que accionaban sus diferentes etapas, disponía de otros 30 motores auxiliares que actuaban como estabilizadores de dirección para controlar en todo momento la trayectoria del vehículo.
Von Braun dio el relevo a Goddard. Recorrió EEUU dando conferencias sobre la importancia de la exploración pacífica del Universo. Se hizo muy popular. Los periodistas y ciudadanos le llamaban Herr Doktor. Explicó su idea de una constelación de satélites para transmitir desde el espacio señales de radio y televisión, así como construir una gigantesca estación espacial en forma de rueda (¿os suenan esas ideas?).
Se le llegó a conocer como el “Señor del Espacio”. Las salidas de von Braun ante las preguntas que le hacían eran muchas veces apoteósicas. Una señora que asistía a una de sus conferencias públicas le gritó enfadada:
- Herr Doktor von Braun, las esposas americanas nunca permitiremos que nuestros maridos piloten esos peligrosos aparatos para lanzarse a la conquista del espacio!
- ¿Quiere decirme qué hubiera pasado si la señora Colón hubiera pensado lo mismo que usted?
En plena carrera espacial entre EEUU y la Unión Soviética un grupo de periodistas le preguntó:
- Herr Doktor, ¿cree que encontraremos vida cuando aterricemos en la Luna con el cohete que usted está construyendo?
- Sí, estoy convencido de ello.
Los periodistas se quedaron de una pieza. Le preguntaron:
- ¿Podría explicarnos a qué tipo de vida se refiere?
- Estoy hablando de los rusos, porque seguro que llegarán antes si no nos damos prisa.
Al volver los astronautas del Apolo XI, en una conferencia de prensa, le preguntaron:
- Doctor von Braun, ¿nos vamos a quedar aquí en la exploración del Universo?
- Por supuesto que no. Después de la Luna, estamos ya trabajando para llegar a Marte y otros planetas de nuestra galaxia. La exploración espacial no ha hecho más que empezar.
En una cosa aquel profesor tenía razón: von Braun tuvo su mente gran parte de su vida en otro sitio, muy lejos de la Tierra.