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Historia de paciencia



paciencia


Había una vez un rico mercader que vivía en Bagdad. Tenía una valiosa casa, grandes y pequeñas propiedades y embarcaciones que navegaban a las Indias con ricos cargamentos. Había logrado esto en parte por herencia, en parte por sus propios esfuerzos, ejercidos en el lugar y el tiempo adecuados, en parte por el benévolo consejo y dirección del Rey de Occidente, como era llamado el Sultán de Córdoba en aquel tiempo.

Entonces algo anduvo mal. Un cruel opresor se apoderó de las tierras y de las casas. Barcos en camino a la India zozobraron en tifones; el desastre afectó su casa y su familia. Aún sus amigos más cercanos parecían haber perdido la capacidad para estar en real armonía con él, aunque tanto él cómo ellos deseaban una buena relación social.

El mercader decidió viajar a España para ver a su antiguo protector, poniéndose en marcha a través del Desierto Occidental.

En el camino tuvo un accidente tras otro. Su burro murió; fue capturado por bandidos y vendido como esclavo, escapando con gran dificultad; el sol le quemó la cara hasta que pareció cuero; toscos aldeanos lo huyeron de sus puertas. De vez en cuando un derviche le daba un bocado y un andrajo con que cubrirse. Algunas veces pudo tomar un poco de agua fresca de un pozo, pero frecuentemente ésta era salobre.

Finalmente llegó el palacio del Rey de Occidente. Aún aquí tuvo las mayores dificultades para lograr entrar. Los soldados lo alejaban con las astas de sus lanzas, los chambelanes se negaban a hablar con él. Fue puesto a trabajar como empleado menor en la Corte, hasta que pudiese ganar lo suficiente como para comprar una vestimenta adecuado, para cuando solicitara al Maestro de Ceremonia admisión a la Presencia Real.

Pero no se olvidaba de que se hallaba cerca de la presencia del Rey y el recuerdo de la bondad del Sultán hacia él, tiempo atrás, aún perduraba. Sin embargo, debido a que había pasado tanto tiempo en estado de pobreza y desgracia sus modales se habían resentido, y el Maestro de Ceremonias decidió que debía seguir un curso de comportamiento y autodisciplina antes de autorizarlo a presentarse a la corte.

Todo esto soportó el mercader hasta que, tres años después de haber abandonado Bagdad, fue llevado a la sala de audiencia. El Rey lo reconoció enseguida, le preguntó cómo estaba y le pidió que se sentara en un lugar de honor a su lado.


"Su Majestad", dijo el mercader "he sufrido terriblemente durante estos últimos años. Mis tierras fueron usurpadas, mi patrimonio expropiado, mis barcos se perdieron y con ellos toda mi fortuna. Durante tres años he luchado contra el hambre, los bandidos, el desierto, y con gentes cuyo lenguaje no comprendían. Aquí estoy para ponerme en manos de la misericordia de su majestad."

El rey se dirigió a Chambelán. "Dale cien ovejas. Hazlo Pastor Real, envíalo a aquella montaña y déjalo hacer su trabajo".

Algo deprimido debido a que la generosidad del rey aparentaba ser menor que la esperada por él, se retiró, luego de las salutaciones acostumbradas.

Tan pronto hubo llegado con sus ovejas al magro apacentadero, éstas fueron afectadas por una plaga, y todas murieron. Retornó a la corte.


"¿Cómo están tus ovejas?", Le preguntó el rey.

"Su Majestad, murieron tan pronto las llevé al apacentadero".

El Rey hizo una señal y ordenó: "Dadle a este hombre cincuenta ovejas y dejad que cuide de ellas hasta nuevo aviso".


Sintiéndose avergonzado y perturbado, el pastor llevó los cincuenta animales a la ladera de la montaña. Estas comenzaron a pastar bien, pero súbitamente apareció un par de perros salvajes que las corrieron hasta el borde de un abismo .por donde se precipitaron todas ellas. El mercader, muy apenado, retorno al Rey y le contó su historia. "Muy bien", dijo el Rey "ahora puedes llevar veinticinco ovejas y continuar como antes".

Casi sin tener ya esperanzas en su corazón, y sintiéndose aturdido más allá de toda medida, pues no se sentía pastor en sentido alguno, el mercader llevo sus ovejas al apacentadero. Tan pronto como hubieron llegado allí, se dio cuenta de que todas sus ovejas comenzaban a parir mellizos, llegando casi a duplicar su majada.

Después, nacieron mellizos nuevamente. Estas nuevas ovejas eran gordas de buen vellón y excelentes para comer. El mercader encontró que, vendiendo algunas y comprando otras, las que compraba flacas y chicas en un principio, crecían fuertes y sanas y se asemejaban a la asombrosa nueva raza que estaba criando.

Después de tres años pudo retornar a la corte, espléndidamente atareados, con su informe acerca de la prosperidad del rebaño durante su administración. Fue inmediatamente admitido a la presencia del Rey.


"¿Eres ahora un próspero pastor?", Preguntó el monarca.

"Sí, en verdad, su Majestad. En una forma incomprensible mi suerte ha cambiado y puedo decir ahora que nada adverso ha sucedido; aunque todavía no me agrada criar ovejas".

"Muy bien", dijo el Rey, "Allá está el reino de Sevilla, cuyo trono es mi don. Ve y que sepan que yo te hago Rey de Sevilla".

Y lo tocó sobre el hombro con el hacha ceremonial.

El mercader no pudo contenerse y prorrumpió: "Pero, ¿Por qué no me hiciste rey la primera ves que vine aquí? ¿Estabas poniendo a prueba mi paciencia, ya tensa y apunto de romperse? ¿O lo hicisteis para enseñarme algo?".

El Rey río. "Digamos simplemente que, si el día que llevaste las cien ovejas a la montaña y las perdiste, hubieras tomado el gobierno del reino de Sevilla, hoy no habría piedra sobre piedra".



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